Despertar y amanecer
Despertar y
amanecer
Fuera, el pueblo ya estaba levantando persianas, arrastrando sillas por las aceras, encendiendo rótulos, preparando juicios. Bagheera dejó la leche sobre la mesa y se volvió hacia ella.
«¿Has dormido?», preguntó. Wren se encogió apenas de hombros. «Lo suficiente.»
Era una mentira amable. En realidad, había pasado media noche mirando al techo, escuchando la respiración de Bagheera a su lado y preguntándose si el amor era realmente eso: conseguir por fin aquello que deseas y seguir teniendo miedo de todos modos.
La cucharilla golpeó la taza. Desde el pasillo llegó el ruido de los pasos de los niños.
La normalidad, pensó Wren, es mucho más difícil que la oscuridad. Mucho más difícil que los escondites. Mucho más difícil que los besos robados en los invernaderos o las manos que se buscan en la sombra.
Porque la luz exige explicaciones. «¿Mamá?»
Bagheera se tensó apenas un instante antes de sonreír.
«Ya voy.»
Wren observó aquella transformación con un nudo en el estómago. Bastaban unos segundos para que Bagheera cambiara de postura, de tono, de expresión. Como si el mundo le exigiera constantemente versiones distintas de sí misma. Una para sus hijos.
Una para el pueblo.
Una para el marido que ya no estaba. Una para sobrevivir.
Y una solo para Wren.
Los niños entraron en la cocina todavía adormilados. Uno se frotaba los ojos; la otra abrazaba un peluche medio descosido.
Bagheera preparó el desayuno con movimientos automáticos. Pan tostado.
Mermelada.
Leche caliente.
«Estás muy callada esta mañana», dijo Bagheera en voz baja.
Wren bajó la mirada.
«Estoy pensando.»
«Mala señal.»
Intentó sonreír al decirlo, pero una fatiga opaca seguía adherida a ella. El más pequeño de los niños miró a Wren con curiosidad.
«¿Te vas a quedar aquí?»
«Por ahora sí», respondió suavemente. Por ahora.
Siempre esa mínima distancia entre el presente y el futuro.
Siempre ese miedo a prometer demasiado.
***
«¿Y no podrían cambiar de repertorio?», pensó Wren con una irritación repentina. «Llevan toda la vida diciendo las mismas cosas.»
Todo le parecía siempre igual. El amor reducido a chismorreo. Las personas convertidas en equipos a los que apoyar.
Las relaciones tratadas como partidos de fútbol.
«Y a ver si me aclaro», siguió pensando mientras caminaba junto a Bagheera, «¿estamos hablando de mujeres, de amor... o tenemos que hablar de fútbol? Porque a veces parece que aquí solo saben discutir de eso.»
Estuvo a punto de echarse a reír. La gente defendía a un equipo con más libertad de la que defendía a una persona. Bagheera percibió la tensión. «No los mires.»
«Es difícil no oírlos.»
«No están diciendo nada.»
«Precisamente.»
Recordó todas las veces que había intentado convertirse en aquello que los demás esperaban de ella. Todas las identificaciones equivocadas. Todas las máscaras.
La voz de sus padres.
La voz de los profesores. La voz de la gente.
Incluso los pensamientos, a veces, parecían pertenecer a otros. Y quizá ese era precisamente el problema. No era el mundo interior lo que guiaba a las personas. Era la necesidad desesperada de ser aceptadas.
«No es la ansiedad lo que nos asusta», pensó. «Son los síntomas. El hecho de que nos vuelva diferentes. Que nos obligue a huir del lugar donde todos esperan que sigas siendo la misma.»
Bagheera le rozó el dorso de la mano por un instante.
Y aun así bastó para que una mujer al otro lado de la calle dejara de sonreír. Wren lo vio.
Lo vio perfectamente.
Cuando llegaron al vivero, la verja estaba entreabierta.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Las macetas estaban volcadas. Tierra por todas partes.
Ramas rotas.
Los invernaderos, destrozados. Alguien había arrancado filas enteras de plantas nocturnas, dejándolas morir bajo la luz de la mañana.
Bagheera se quedó inmóvil. Tenía el rostro blanco.
«No...»
La voz se le quebró apenas. Wren avanzó despacio entre los restos. Una de las orquídeas negras había sido cortada de raíz.
Las camelias, aplastadas. Las flores que solo se abrían en la oscuridad eran las que habían sufrido los peores daños.
Como si alguien hubiera querido enviar un mensaje muy concreto.
Bagheera se agachó para recoger una maceta rota.
Le temblaban las manos. «¿Quién haría algo así?»
Wren no respondió enseguida. Porque ambas conocían la respuesta. Wren se acercó.
«Escúchame.»
Le sostuvo el rostro entre las manos manchadas de tierra.
«Firma un tratado de paz con el miedo.» Bagheera la miró sin comprender. «No es él el enemigo. El enemigo es todo aquello que nos han enseñado a ser.» Durante un momento permanecieron así. Entre los restos.
La tierra.
El silencio.
Bagheera bajó la mirada hacia las plantas destruidas.
«No quiero que acabemos siendo infelices», dijo en voz baja. Bagheera la observó fijamente. «Entonces, ¿qué es lo que quieres?» Quería pertenecerle sin poseerla.
Quería quedarse sin encerrarla. Quería ser elegida, no necesaria. Pero el amor, a la luz del día, se volvía más complicado.
Mucho más humano.
Mucho más frágil.
Desde el fondo de la calle llegaron unas voces.
Alguien se reía.
Alguien observaba.
Alguien solo esperaba verlas derrumbarse. Bagheera se secó una lágrima con rabia. «Los odio.»
Wren negó lentamente con la cabeza.