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si.re.ni.to

Nadar se parece mucho a estar solo. Me sumerjo en la piscina y todo se apaga.

Con la cola de sireno me impulso, me dejo llevar.

A veces cuando saco la cabeza para respirar vuelvo al día en que nací, en una piscina en el fondo de mi madre.

No recuerdo nada de todo ese tiempo dentro de ella, por eso imagino que era feliz.

El recuerdo es para cuando hemos perdido algo. O para cuando estamos perdidos.

Eh, ¿qué es eso? ¿Ahora eres una tía o qué?

Marc casi me lo escupe. En la mano llevo la cola de sireno que me acabo de quitar en el vestuario.

Estoy esperando en la puerta, porque no sé dónde se han metido ni mis padres ni mi hermana Ángela.

Venimos a esta piscina los domingos para nadar.

El resto de la semana entreno con Marc en la piscina de nuestro club.

No sabía que Marc iba a estar aquí. No tenía que estar aquí.

Debería estar descansando en nuestro único día libre.

Esto es de mi hermana, está en el vestuario, contesto.

Más te vale, dice. No queremos nenitas en el equipo.

Y al pasar a mi lado me empuja con su hombro.

¿Has venido a bajar la marca o qué?, me pregunta.

Sí. ¿Y tú?

Yo también, dice y se da un golpe en la espalda para animarse. O le meto caña o el cabrón de Eric me va a reventar el campeonato. Venga, tío, nos vemos mañana en el entreno.

Luego lo veo irse por el pasillo hacia el vestuario. Bueno, no lo veo a él. Veo su espalda, enorme, musculada.

Yo me quedo pegado a la cola, que sobresale de mis brazos.

Todavía está mojada. Es una pasada la cantidad de agua que se le escurre.

Mi padre la pilló por internet, había leído un artículo sobre el mermaiding y quería que viniéramos todos a probarlo.

Yo quería pasar más tiempo con mi padre porque es un buen tío.

Y, además, siempre está comiéndose mis competiciones, chupando grada y aplaudiendo, aunque eso signifique no tener sábados disponibles para nada más que para hojear un periódico en los descansos.

Mermaiding viene a ser hacer apnea con una cola de sirena.

Hacemos apnea con la fantasía. La buceamos.

Lo veo venir de las máquinas de refrescos, sonriente.

Mi padre es una mezcla entre Joaquin Phoenix y Papá Noel.

Joaquin Phoenix por la cara, Papá Noel por la tripa.

Si alguien lo viera por la calle no creo que pensase que los domingos viene a la piscina y se disfraza de tritón.

Somos una familia en la piscina y somos otra familia en la superficie.

Como todas. Depende de dónde nos pilles olemos a cloro o a champú.

No sabía que ya habías terminado de cambiarte, dice él.

Se ha creado un pequeño charco en el suelo entre los dos.

Pues sí.

Gotas, gotas enormes escurriendo, el vapor del baño se difumina y se queda mi cara al otro lado del espejo.

Toco los pelos que me han nacido en la barbilla, como púas pequeñas, esparzo la espuma por mi cara y me voy afeitando.

Luego miro mis pectorales, intento sacar músculo.

Por mucho que coma no logro coger volumen.

A veces pienso que mi padre se ha quedado todo para él.

O que soy de otro padre, de uno que nació de brotes y de espigas.

Vuelvo a dar al agua caliente, porque me gusta verme desaparecer.

Cenamos los cuatro juntos, contentos, porque cada vez aguantamos más tiempo haciendo apnea.

Yo hoy he conseguido estar un par de minutos.

Ángela nos dice que el domingo que viene igual trae a su novio a la piscina a probarlo.

Ella tiene veinte años, me saca cuatro, aunque a veces parece más pequeña que yo.

También competía, pero ya no lo hace. Lo dejó el año pasado cuando tuvo una rotura del ligamento cruzado en la rodilla.

Se tiró medio año sin poder nadar, pero durmiendo, y ahí es cuando se dio cuenta de que podía vivir sin ello.

Creo que ese es el punto, cuando te das cuenta de que puedes vivir sin algo.

También un día mi padre vino, rompió un cigarro y dijo: «Puedo vivir sin esto».

No fue verdad, pero lo de Ángela sí. Nadamos desde que somos pequeños porque mi madre tuvo un sueño en el que nos ahogábamos.

Así que su ansiedad creó nuestra rutina.

Casi todas nuestras fotos de niños son con manguitos y flotadores o con bañadores y medallas.

Ángela y yo competimos a ver quién se come el filete más rápido.

Me río de su cara y termino echando el agua por la boca.

Mi padre también se ríe. Mi madre dice: «Mirad que sois bobos los tres, ¿eh? ».

Antes de dormirme me meto a un subforo de Reddit y escribo:

Tengo una cola de sireno, ¿quieres verla?

Espero unos minutos a que se conecte cualquier hombre.

Entonces me quito los pantalones y el calzoncillo delante de la cámara, me quedo en bolas.

Luego cojo la cola de sireno, me siento en la cama y me la voy poniendo.

Tardo unos minutos en hacerlo, porque lo hago despacio, mientras me voy acariciando.

Cuando termino, muevo la aleta en el aire.

Ni siquiera le veo la cara al hombre. No me interesa.

6.30 de la mañana y mi padre me deja en la puerta de la piscina.

Ahora se irá a una cafetería y desayunará su dónut o su cruasán y hará algo con las dos horas que le he robado de sueño.

Le doy un beso y las gracias y salgo del coche volando.

En el vestuario me encuentro con Marc, que ya está enfundado en su bañador y dándose golpes en los músculos para despertarlos.

También me encuentro con el resto de los chicos del equipo.

Alguien cuenta un chiste de mierda sobre una entrenadora.

Otro alguien le dice que no hace gracia.

El primer alguien le contesta: «Eso es porque eres un maricón». Me cambio en un microsegundo y salgo.

Lo que más me gusta del agua es la evasión.

En el primer largo todavía estoy aquí, pienso en mis manos entrando en el agua, en mis pies rompiendo la superficie, en los músculos que empiezan a despertarse y todavía se quejan.

En el segundo largo, sin embargo, ya me he ido, estoy lejos.

A partir de aquí aparecen como un torbellino en mi cabeza: Rubin y Dylan riéndose conmigo en el patio, mis padres, el trabajo que tengo que hacer para Biología de la fosa de las Marianas, la fosa de las Marianas y la idea de que sea el punto más profundo conocido del océano, las fotos que he estado viendo de las criaturas que lo habitan, un pez abisal con dientes terribles que no mide ni un palmo, el hombre de anoche, que me dijo…

¿podremos hablar mañana? Lo bloqueé. Me tiro nadando media hora con Marc en la cabeza.

La otra media hora pienso en bajar los 22.

40 segundos de mi marca, en el pódium. En el campeonato que tenemos en diez días.

Me visualizo con la medalla puesta. Con el chándal del club, que es azul con bandas blancas en los laterales.

Los últimos minutos del entreno, cuando hacemos series de cincuenta metros, me imagino compitiendo en las Olimpiadas un día, tal vez dentro de un par de años, con una cámara enfocándome siempre que saco la cabeza y respiro.

Cuando pienso eso, los pies van solos. 22.

20. Nuestro entrenador me aplaude al salir.

Dylan y Rubin vienen juntos a clase, cogidos del brazo. Son las 8.29 y ya arrastro mi cansancio húmedo por el mundo. Nos abrazamos y yo me dejo caer un poco sobre sus hombros. «¿Qué tal tu vida acuática?», dice Dylan. «Cansada», digo yo.

No se llaman Dylan y Rubin, como yo tampoco me llamo Liam, pero son nuestros nombres elegidos.

Rubin es guapísima. Dylan, también. Los tres estamos enamorados de conocernos.

Por nuestros apellidos no nos sentamos juntos, pero en clase formamos una especie de triángulo de las Bermudas.

Todo lo que queda en medio desaparece. Solo basta con mirarnos entre nosotros y sonreírnos para saber que ninguno va a ahogarse mientras estemos los otros dos aquí.

Me como un plátano en el vestuario antes del entreno de las 17.00. Marc me sorprende por la espalda y me da un golpe. Toso porque casi me atraganto.

Ey, enhorabuena por la marca de esta mañana.

Y mi humedad.

Por la noche vuelvo al foro. Conecto mi cámara. Veo unas piernas al otro lado de la pantalla y escribo:

Tengo una cola de sireno, ¿quieres verla?

Eso va a estar difícil, soy ciego, escribe él.

Me quedo un rato pensando qué responder, luego digo:

¿Puedo comprobarlo?

El chico deja de enfocarse el paquete y se enfoca a la cara. No debe de tener más de dieciséis años, como yo.

Entonces ¿qué quieres que haga?

Pon el audio. Y cuéntame lo que vas haciendo.

Okey. Dame un momento, no te vayas, ¿eh?

Salgo de la habitación y me asomo al pasillo.

Mis padres están en el salón viendo una película.

Entro, les digo que me voy ya a la cama.

Mi madre me da las buenas noches sin apartar la vista de la pantalla.

«¿Mañana a las seis?», pregunta mi padre.

«Mañana a las seis», digo yo. Luego cierro la puerta del pasillo.

Toco la puerta de la habitación de mi hermana.

No me escucha. Abro, está tumbada con los cascos puestos: «¿Qué quieres?

», dice bajándoselos. «Nada, da igual», digo.

«Pues cierra». Cierro. Entro a mi habitación y echo el pestillo.