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Elijo al oso

¿Cómo lo sabes?

Porque es una hija de puta. Ya se la he pasado dos veces. ¿Qué quiere?, ¿una hamburguesa o la suela de un zapato?

La suela.

Trabajo en la hamburguesería por lo mismo por lo que todos terminamos trabajando aquí, porque no hay otro curro.

Cuando llegué me dieron a elegir: ¿delivery u oso?

Miré mi vida hacia delante, siendo atropellada en un semáforo por un estúpido que llega tarde a cenar su delivery, llamando a las puertas de casas que nunca tendré o comiéndome el pedido que me habrían cancelado en el último minuto sentada en una acera, empapada, cualquier día de lluvia, mientras otro estúpido atropella a un delivery que no soy yo.

Lo peor es que ni siquiera podría darme pena ese chico, porque la pena es un sentimiento que te arrebata un trabajo como este.

Y luego miré mi vida siendo un oso. Sirviendo mesas y diciendo ajuuu, ajuuu.

Sé que los osos no hacen eso, pero he tenido que darle alguna marca a mi personaje para que me dejen más propina, aunque lo único que he conseguido de momento es que Yuna se ría de mí.

Debería dejar de trabajar aquí, dice Yuna mientras espachurra la hamburguesa contra la plancha, estoy hasta el coño de que las putas niñatas me manden hacer cosas.

Ajuuu, ajuuu, le digo yo para rebajar la tensión.

Y tú también, tía. Estás desaprovechando tu talento.

3

En el hipotético caso de que elijas al oso, ¿qué oso elegirías? No es lo mismo un oso grizzli que un oso panda. No es lo mismo un oso polar que un oso malayo. El oso hormiguero no vale porque no es un oso.

Una vez hice una lista de osos con los que me encantaría encontrarme por el mundo.

En el pódium estaba el perezoso, que es mi espíritu animal.

Yo sé que en otra vida era un perezoso y que alguien me sacó el alma a patadas de ese cuerpo que estaba felizmente abrazado a la rama de un árbol para meterme corriendo en este horrible cuerpo de humana.

Y, de repente, ya, nací y tuve que hacer cosas.

¿A ver cómo se ríe la niña? ¿A ver cómo llora la niña?

¿A ver cómo anda la niña? ¿A ver cómo hace el pino puente la niña?

¿A ver cómo se saca tres carreras, construye una casa con sus propias manos, mata a un jabalí y pare veinte críos?

Obviamente todo esto me lo he dejado para otra vida porque con lo del pino y con lo de llorar ya tuve bastante.

Yo vengo de la rama y aún estoy despertando.

Aparecí aquí todavía sin transformarme. Esta es la explicación que doy siempre cuando llego tarde, que, por otro lado, es siempre.

En la hamburguesería voy disfrazada de oso porque a alguien se le ocurrió que sería una buena idea servir hamburguesas haciendo un numerito.

¿Por qué un oso si las hamburguesas son de vaca?, le pregunté a la tía que me hizo la entrevista.

Porque no queremos que los clientes asocien lo que están comiendo con el espectáculo que ofrecemos. Eres la mascota. Y estás feliz de que nadie te coma.

¿No es eso algún tipo de clasismo animal?

Si quieres el puesto, lo tienes. Y, si no, ahí tienes la puerta.

Mi espectáculo incluye estarme callada, un baile, una doble pirueta y un «aquí tienes tu HAMBURGOSA».

4

Tenía cinco años cuando elegí a mi primer oso.

Mi madre me lo puso delante en un catálogo de juguetes y ya no pude ver ninguno más.

Fue un flechazo. Se llamaba Tim Tim y le hacía desayunos de plástico por las mañanas.

Tim Tim era precioso, el oso rosa que todas hemos tenido alguna vez lleno de babas, legañas y cariño.

Se lo regalé a la primera niña que me gustó.

La niña se lo metió a la boca y le arrancó una oreja.

Ya tenía cinco años, pero era una niña caníbal que acababa de comerse a mi mejor amigo.

Entre esa niña salvaje y el oso, elegí a la niña.

La acompañé a un ritual donde lo descuartizó ante el asombro de un rinoceronte, una jirafa y un pony de peluche.

Me pareció que el pony abrió la boca, pero eso es porque quizá la abrí yo.

Cuando llegué a casa, mi madre me pilló en el pasillo y me dijo «espera» y me preguntó qué había pasado con Tim Tim.

Yo le dije que había encontrado una nueva familia. Mi madre me miró preocupada.

No te lo habrá quitado nadie en el colegio, ¿verdad?

No, le dije y apreté el bracito de Tim Tim en mi bolsillo.

5

¡Aquí tienes tu HAMBURGOSA!, le digo gritando a la niña y gesticulando todo lo que puedo antes de ponerle el plato sobre la mesa.

He aprendido que si gesticulas mucho la gente sonríe más.

Creo que es porque en ese momento se dan cuenta de que hay alguien dentro, intentando hacer que sonrías y se derriten.

Cualquiera que tenga un corazón, por muy diminuto que sea, se derrite.

Además, si no sonrieran, sería muy incómodo y patético para todos.

Y, por lo general, nadie quiere crear un ambiente incómodo que le involucre a sí mismo.

La niña no está sola. Está con su madre, que, si no fuera por su hija y la evidencia explícita de que es portadora de unos genes horribles, ya me habría enamorado de ella. La he visto más veces por aquí y siempre me fijo.

Oye, muchísimas gracias, me dice la madre apurada. Y perdona el lío.

La niña levanta uno de los panes, retira una hoja de lechuga y mira la hamburguesa chamuscada.

Buah, qué asco, grita. Está quemada.

Como tú querías, le digo yo extendiendo los brazos.

Ella se pone a llorar.

6

También yo lloré el día en que vi a mi primer oso.

Tendría unos diez años y me llevaron por primera vez al zoo en una visita del colegio.

Lloré porque un niño que andaba enamorado de mí me había pellizcado cerca de la jaula de los monos.

Me escabullí como pude del grupo y me planté junto a los osos panda, que me dieron una calma increíble.

Estuvieron buscándome durante una hora y se armó una buena en el grupo.

Cuando me encontraron ahí estaba yo, tan tranquila, viendo a una tal Yuka comer bambú.

7

Otra hamburguesa para la mesa 3, le grito a Yuna mientras abro la tapa de la basura y tiro la hamburguesa quemada dentro.

¿De verdad?, ¿me está vacilando?

Tranqui. La van a pagar.

Me da igual. Como si se la meten por el culo. No pienso hacérsela, dice enfadadísima.

Yuna, tía, no me jodas.

Te jodo y que se jodan.

8

A mi siguiente oso lo vi en el norte. O bueno, más bien no lo vi, pero sí vi su figura persiguiéndonos en las señales de tráfico y en los llaveritos de las tiendas de souvenir.

También en la etiqueta de repelentes para oso que me compré, segura de que íbamos a encontrarnos con uno de ellos.

Había ido de aventura con mi mejor amiga de los veinte.

Yo estaba enamorada de ella y creí que ella también estaba enamorada de mí.

Solo nos habíamos besado una vez, pero había una tensión brutal cuando estábamos juntas.

De esas que podrían cortar el hielo y crear borrascas y hacer que orbitasen planetas alrededor y que acabásemos todas mareadas con el centrifugado.

Entonces, en medio de las montañas, frente a un lago inmenso, me dijo que había elegido a un hombre. Se había echado un novio y llevaban varios meses juntos. No me lo podía creer. Sobre todo porque no sabía cuándo había pasado aquello sin que yo me enterara.

Me enfadé. Discutimos. Un enfado de oso torpe que en el fondo tiene la barriga rellena de algodón. Tim Tim enfadado, vamos.

Pero ¿cómo has elegido al tío?, le pregunté llorando. Si ni siquiera has visto al oso.

9

Vuelvo con las manos vacías y le digo a la madre de la niña repelente que ya no podemos hacerle más hamburguesas a su hija. He tirado tres. Y eso son al menos tres vacas en mi cabeza.

Las íbamos a pagar, pero tranquila, que ya nos vamos, dice ella bastante molesta.

Yo no sé si quiere que suene a amenaza o a alivio. La niña se va diciéndome:

Qué oso más tonto eres.

Llegamos al final del día quemadas. Yo huelo a la costra de las patatas que se queda en la plancha.

Yuna huele a carne triturada y frita de quinientas vacas distintas.

Parece que alguien nos ha pasado por la plancha a nosotras hasta sacarnos todo lo que teníamos dentro, que tampoco era mucho, pero al menos era algo.

¿Te vienes hoy conmigo? He traído la moto, dice Yuna mientras mete las cosas en la mochila.

No, prefiero irme andando hoy, que necesito despejarme, digo.

Como quieras.

Luego sale del baño del personal y me quedo sola mirando el disfraz de oso que dormirá aquí en la taquilla y que me despertará mañana en un nuevo día de mierda.

De Tim Tim conservo todavía el bracito. Me hice un llavero y lo llevo encima, como la gente que lleva encima una pata de conejo.

La diferencia es que a mí este puto brazo no me ha traído ninguna suerte.

Quizá porque no todo lo que conviertes en amuleto funciona.

De mi amiga ya no conservo nada. Y encima odio los zoos.

10

De lo que va la vida es de tomar decisiones. ¿Eliges al hombre o al oso? ¿La hamburguesa poco hecha o muy hecha? ¿La maternidad o la no maternidad? ¿La hipoteca de por vida o la casa alquilada que te asfixie? ¿El trabajo de mierda o dormir a la intemperie?

Pero ¿qué pasa con los intersticios?, ¿con las terceras opciones? ¿Dónde quedamos la gente como yo?

Salgo de la hamburguesería después de destrozarlo todo: la plancha, la freidora, la nevera; después de haber dejado el bracito de Tim Tim en el aceite ardiendo y todas las hamburguesas estampadas por el suelo.

Y me meto en el autobús con el disfraz de oso puesto.

Paso por delante del conductor, enganchándome a los laterales.

Soy una decisión de mierda más en medio de un montón de decisiones de mierda.

No sé en qué momento mis padres decidieron seguir adelante con la idea de tenerme, no sé en qué momento yo decidí seguir adelante con lo de respirar, no sé en qué momento he decidido que me gusta la avena por la mañana.

Me siento ocupando un par de asientos y abro las piernas para que el hombre de enfrente las cierre.

La gente no me quita el ojo de encima. Cuando llevas un disfraz de oso con la cara de tu peluche favorito de la infancia la expectativa de que puedas hacer algo divertido te sobrevuela.

Pero esta es toda la diversión que voy a ofrecer.

Por primera vez, esto es todo lo que soy.

Un animal que acaba de escapar de su cautiverio y que va salvajemente a la vida.