Animal Print Muda #2
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Muda #2

¿Cuál me has dicho que querías, el blanco o el gris?

, me pregunta el hombre de la tienda de animales girando la cabeza para mirarme justo antes de meter la mano en la jaula y coger uno de los hámsteres.

Me ha costado encontrar la tienda porque casi todas han cerrado.

Ya no se venden animales y mi corazón se alegra.

El blanco, digo yo. Él se gira de nuevo.

Yo me giro también para el lado contrario, justo hacia donde están los terrarios.

Hay camaleones, iguanas, lagartos y serpientes.

Me fijo en una que tiene la piel moteada naranja y amarilla.

Aprovecho que el hombre sigue con el hámster y me acerco al cristal.

La serpiente repta por el suelo hacia mí.

Tiene los ojos naranjas. Dos faros en mitad de un accidente.

¡Qué bonita!, digo yo subiendo la voz para que el hombre me pueda oír bien desde donde está.

¿Te gusta? Es una serpiente del maíz, dice él también subiendo la voz.

Es increíble, contesto sin poder dejar de mirarla.

Se la lleva mucha gente, dice él. ¿Sí?, ¿no es peligrosa?

Nada de nada, no es venenosa. Es una mascota perfecta.

Superdócil y muy tranquilita, ¿quieres que la saque y te la enseñe?

No, no hace falta, le digo tocando con mi mano el cristal.

Sus ojos se quedan alerta al otro lado. A lo mejor otro día que venga, digo al aire.

Me vuelvo a girar y voy al mostrador, donde ya tiene el hámster metido en la jaula. No le molestes mucho por el día, porque es cuando duermen, por la noche son pura energía. Me llevo también pienso y un bebedero.

Le mando una foto a N. del hámster:

¡Tachán! Dile hola a Boo.

N. contesta:

¿Quééé? ¿Y esta cosita? ¿Eres la nueva Fleabag con su cobaya o qué?

Yo escribo:

¿Has visto? He sustituido tu ausencia por un hámster.

N. escribe:

Ya veo.

Yo escribo:

Me lo voy a comer.

N. escribe:

¿Qué?

Yo contesto:

¿No te lo comes tú de amor?

N. escribe:

Aaah, sí. Por un momento me he rayado y he pensado que te lo ibas a comer de verdad, jajaja.

Yo contesto:

¿Te imaginas?

Hoy una amiga que tenemos en común N. y yo ha subido una foto de ellas dos juntas abrazadas.

Muy cerca. N. y yo tenemos una foto parecida del principio.

Las dos pegadísimas, sonriendo. De cuando el tiempo no parecía el tiempo, sino una extensa ladera blanca en la que nosotras podíamos pintar.

Supongo que se le ha olvidado quitarme de mejores amigos.

El eccema me llega hasta el hombro y ha empezado a bajarme por la espalda.

Me lo miro de reojo en el espejo del baño.

Lo acaricio y voy quitándome pedazos de piel que dejo caer sobre el lavabo.

Como no llego bien del todo, cojo el cepillo de dientes que se dejó N.

para ayudarme a raspar la costra. Las púas del cepillo me dejan marcas en la nueva piel.

Bifurcaciones que no sé muy bien a dónde llevan.

También ha empezado a caérseme caspa de la cabeza y un poco de pelo.

Lo bueno es que me ha vuelto el hambre, ayer comí huevo y salmón crudo en una especie de tartar improvisado.

Los ojos me los limpio cada mañana con suero fisiológico y agua tibia. Como no quiero asustarme demasiado, me he dicho a mí misma que son lágrimas acumuladas que no he sabido soltar.

Me asomo a la jaula de Boo. Está durmiendo hecho una bola.

Es pequeñísimo. Lo cojo en mis manos con mucho cuidado de no despertarlo y me tumbo en el sofá con él encima.

Lo mido con mi mano. No mide ni un palmo.

Puede que esa sea la medida de las cosas que han empezado a importarme últimamente.

Luego lo voy envolviendo con todo mi cuerpo hasta que dejo de verlo.

N. me escribe:

¿Me mandas fotito de Boo?

Yo no contesto.

¿Y esta jaula?, me dice mi madre. Del hámster, le digo yo desde la cocina.

La he recibido con los guantes de fregar puestos para taparme el eccema de las manos y que no lo vea.

Menos en el cuello, la cara y los pies, ya lo tengo por todo el cuerpo y no me apetece que se asuste.

¿Y dónde está el hámster?, sigue preguntando.

¿No está ahí? No. Pues andará debajo de algún mueble, digo yo.

No sé, por aquí no lo veo. Luego mi madre regresa a la cocina.

Entonces ¿ya se te pasó lo del eccema?, me pregunta.

Sí, mamá, ya estoy bien. Pues menos mal, porque no veas qué susto teníamos encima tu padre y yo.

No te quise decir nada, pero habíamos leído cosas horribles en internet.

Por eso no hay que leer nada en internet, mamá, siempre es un cáncer.

Ya, hija, pero es que daba yuyu. ¿Qué te ha dicho la dermatóloga?

Nada, que me debió de dar alergia algo, pero ya estoy perfecta y comiendo de todo.

Cuando se va, me quito el jersey y la camiseta y empiezo a restregar mi cuerpo desnudo contra los cantos de las puertas para sacarme toda la piel que me sobra de encima.

N. me escribe:

Sé que no te pasa nada conmigo, pero ¿te pasa algo conmigo?

Yo no contesto.

Me levanto y hoy es la primera vez que me asusto de verdad.

Tengo una parte de mi cara descamada. La barbilla, la mejilla izquierda y todo el cuello.

Me agarro al lavabo porque pienso que me voy a desmayar.

Algo así debe de sentir alguien que se despierte de un sueño quirúrgico y vea a otra persona en el espejo.

Me echo agua, me quito la piel, me quito la piel, me quito la piel hasta la nariz.

Grito. Abro enloquecida los cajones y saco una base de maquillaje.

Me lo echo como una loca por toda la cara.

Luego me pongo una bufanda, unos guantes, y me voy.

¿El gris, el blanco o el marrón?, me pregunta el hombre de la tienda de animales.

El marrón esta vez, le digo. Me recuerda un poco a un brownie, así que lo llamaré Brownie.

El hombre se ríe de mi ocurrencia o hace que se ríe de mi ocurrencia.

Yo creo que te servirá con la otra jaula, dice, seguro que tienen suficiente espacio para los dos.

Sí, contesto yo, porque además lo saco mucho para que corra por la casa. Eso es estupendo, dice él.

Por cierto, ¿dónde está la serpiente?, le pregunto señalando al terrario vacío.

Se la han llevado esta mañana, un chico, justo acababa de mudar y estaba preciosa.

Te hubiera encantado verla, dice y coge mi tarjeta para cobrarme.

¿Ah, sí? ¿Es tiempo de que muden? Bueno, el tiempo es siempre, dice él.

Depende de la serpiente y de qué les haya pasado.

¿Y por qué mudan? Para quitarse parásitos de encima, sanar heridas, crecer, ya sabes…

Qué bien, digo yo, parece un proceso muy interesante.

Sí que lo es. El hombre me devuelve la tarjeta y me mira a los ojos por primera vez en todo el tiempo que llevo en la tienda.

Oye, me dice de repente preocupado, ¿estás bien?

Sí, contesto. Es que… tienes algo en los ojos.

¿Qué tengo?, pregunto intentando no alarmarme.

Los tienes muy rojos, como si tuvieras un derrame.

El hombre coge un espejo pequeño para mascotas y me lo da.

Me miro. Tengo los ojos inyectados en sangre.

Joder, mierda, digo. Y siento que me voy a desmayar.

En el siguiente segundo cojo a Brownie y salgo corriendo de la tienda. En la calle paro un taxi y le digo que me lleve a casa.

N. me escribe:

¿Te has quedado muda o qué?

Yo no contesto.

N. me escribe:

Qué pena, Irene. Tanta responsabilidad afectiva y luego nada. Dijimos que íbamos a ser amigas y que íbamos a cuidarnos, ¿te suena?

Bajo del taxi con Brownie pegado a mi pecho.

El taxista acelera y desaparece en un segundo.

No me he mirado la cara, pero he visto cómo se me ha ido cayendo la piel en el asiento y cómo he ido dejando todo perdido de mí.

De lo que fuimos. Ahora llevo la bufanda enredada hasta los ojos.

En el portal me encuentro a una vecina que me sujeta la puerta y se me queda mirando con cara de pánico.

Intento decirle algo, algo como ¿hoy sí me sujetas la puerta?

, pero las palabras se pegan a la bufanda y no salen de ahí.

Entro en casa, dejo a Brownie en el suelo, me quito la bufanda, el abrigo, me desnudo, no me miro en ningún espejo.

De camino a la cocina voy golpeándome con las paredes para sacar todo lo que me sobra de encima.

Un día N. me dijo que quería llegar a ser vieja conmigo, me lo dijo mirándome a los ojos. Eso también me lo saco de encima.

En la cocina arrastro mi cuerpo hasta el fregadero. Desenrosco la tapa del desagüe y empiezo a entrar por el tubo. Las paredes abrazan mi nueva piel. Me deslizo no sé hacia dónde. Me dejo caer.