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Por Irene Cuevas

© inepub.com

Muda

N. me escribe:

¿Cómo estás?

Yo le contesto:

No lo sé. Tengo que colocarlo todavía. Estoy rara, supongo. De momento me ha salido un eccema en el brazo. ¿Crees que tendrá algo que ver? Quiero decir, ¿crees que la piel se estresa?

Ella se lo piensa:

No creo. ¿Igual es el frío? A mí las calefacciones me agrietan la piel. Y en casa siempre estaba muy alta.

Miro mi piel agrietada, la raspo, una capita de polvo blanco cae sobre mi sofá y lo ensucia.

Voy a una chamana. Le digo que necesito quitarme un hechizo. Te han abandonado, ¿a que sí?, me dice. Sí, le contesto yo. Lo llevas en los ojos, cielo.

En la sesión con la chamana tengo una visión.

Una serpiente se enrosca a mis ojos. Al principio es una serpiente buena, mueve la lengua.

Yo sé que sonríe. La serpiente me atrae mucho.

La cojo y me tumbo sobre el suelo con ella.

El cuerpo de la serpiente me arde en las manos en una sensación física que traspasa la pared entre lo que es y lo que no es.

La poso sobre mi pecho y entonces su cuerpo arde sobre mí.

Ella avanza y empieza a colarse por mi camiseta.

No tengo miedo. Mi piel es de su lengua. Lo primero que lame es mi pezón.

N. me escribe:

¿Has pasado buena semana?

Yo le contesto:

Bueno, creo que estoy mejor. Estoy empezando a acomodarme a la casa.

N. está escribiendo.

Yo la corto:

Y, por cierto, te dejaste el cepillo de dientes, ¿qué hago?

N. escribe:

No importa, tengo otros, solo es un cepillo de dientes.

Yo contesto:

Ok.

N. escribe:

Siento que haya sido todo tan rápido.

En el cuarto de baño cojo el cepillo de dientes y me lo meto a la boca, lo lamo.

Lo lamo.

Lo lamo.

Lo lamo.

Hoy me cuesta despertar y cuando despierto me doy cuenta de que se me ha amoratado la piel alrededor del eccema.

Mis sábanas están llenas de pielecillas.

Las sacudo y las pielecillas caen al suelo formando un manto de cáscaras.

También me duelen los ojos. Al mirarme en el espejo del baño descubro que tengo muchísimas legañas.

Montones. Un Everest de legañas. Me las quito con suavidad.

Luego busco en Google el teléfono de una dermatóloga y el de un oftalmólogo.

N. me escribe:

Mira este gatito, me he acordado de ti.

Yo contesto:

Jajaja, qué mono. En otra vida me pido ser él.

N. escribe:

Sí, es muy tú. Oye, ¿cómo estás?

Yo contesto:

Mejor. Creí que iba a ser más complicado verte de esta nueva forma, pero poco a poco me voy acostumbrando. ¿Y tú cómo estás?

N. escribe:

A mí me está costando un poco también, pero sé que es lo mejor para las dos.

Yo contesto:

No sé si es lo mejor para las dos.

N. escribe:

Bueno, yo creo que sí, pero todavía es pronto… ¿Lo del eccema ya se te pasó?

Yo contesto:

Sí, sí. Era la calefacción. La he apagado.

La dermatóloga mira mi brazo preocupada y luego teclea rápidamente en el ordenador.

Me lanza preguntas de un cuestionario imaginario: ¿has comido algo que no hubieras comido antes?

¿Has estado en algún país extranjero? ¿Te has vacunado últimamente?

¿Has mantenido relaciones sexuales con algún desconocido?

¿Has tocado mercurio, titanio, litio, algún tipo de metal pesado?

¿Estás expuesta a radiaciones? ¿Alguna alergia?

¿Alguna enfermedad? ¿Alguna enfermedad remarcable en tu línea ascendente?

Yo contesto a todo que no. Luego deja el ordenador y se acerca.

Vuelve a mirar mi brazo, se pone unos guantes de látex y acaricia mi piel alrededor del eccema.

¿Te duele? No. ¿Te pica? Tampoco. ¿Cuánto llevas así?

Una semana. ¿Y ha cambiado? ¿Ha crecido?

Sí. Antes solo era el eccema, pero ha cambiado el color, digo.

Es una descamación, dice y retira piel muerta de mi brazo como si estuviera haciéndolo con un pincel.

Eso no me preocupa, continúa ella. Lo que me preocupa es el color.

Sospecho de vitíligo, pero nunca había visto que se presentara así.

¿Qué es el vitíligo?, pregunto. Una enfermedad de la piel que lleva a la pérdida de pigmentación.

Pero igual te suena más si te digo que es lo que tenía Michael Jackson.

Ah, sí, contesto. Ella sonríe. Te voy a mandar una crema y, si empeoras, vuelves a venir de urgencia.

Vale, digo. ¿Has estado estresada o ansiosa últimamente? , me pregunta. Eso puede que sí.

S. me escribe:

Oye, tía, ¿cómo estás con lo de N.? ¿Se fue ya?

Yo contesto:

Sí, ya se fue. Parece que se llevó todo, menos el cepillo de dientes xd.

S. escribe:

Un cepillo hace un hogar. Tíralo.

Yo contesto:

Lo sé.

S. escribe:

¿Y cómo estás?

Yo contesto:

Pues, no sé, es que ha sido todo muy rápido y creo que todavía no he hecho tierra. Hablamos mucho y es todo normal. Pero también tengo la sensación de que hay algo que no entiendo, ¿sabes?

S. escribe:

¿Algo como qué?

Yo contesto:

Pues no quiero pensar así de N., pero igual hay alguien.

S. escribe:

Hala, ¿sí? ¿Tú crees?

Yo contesto:

Sí, se lo pregunté y todo. Me dijo que no.

S. escribe:

Pero sigues sospechando algo.

Yo contesto:

Sí.

Es como si viera una neblina, le digo al oftalmólogo mientras me revisa los ojos con una máquina gigante.

Veo borroso. Él se separa al otro lado de la máquina.

¿Y ves destellos de luz o algo así como halos o moscas volantes?

, me pregunta alcanzando algo de su mesa.

Hum, no, eso no tanto. Vale, dice, y aparta por fin la máquina de mis ojos.

Luego acerca su cara para observarlos con un aparato de mano.

Parecen cataratas, pero no creo que lo sean, dice, y casi le siento respirar encima de mí.

Eres demasiado joven para que tu vista se haya dañado tanto.

¿Llevas lentillas? Pueden haberte dado reacción.

No, digo yo. Qué extraño, dice él. Es como si tuvieras un trozo de piel dentro.

Llevo días sin tener nada de hambre, pero mi madre viene a verme y me trae una crema de verduras que ha hecho.

A mí se me revuelve el estómago solo con ver el túper.

Mamá, gracias, pero huele a cebolla desde aquí, le digo.

¿Y no te gusta la cebolla?, ¿desde cuándo no te gusta?

Si siempre que veníais a casa N. y tú me pedías la tortilla con cebolla.

No lo sé, mamá, no me apetece. Estoy sin ganas.

Bueno, hija, pero algo tendrás que comer, ¿no?

, dice ella con cara de pena. Me gusta mucho esa cara de mi madre, siempre termina haciéndome chantajes tiernos.

Bueno, déjamela aquí, que igual mañana me apetece.

Mi madre abre la nevera y la nevera le devuelve un golpe de silencio.

¿No tienes nada?, pregunta preocupadísima.

Es que me estaban dando arcadas y he tenido que tirar todo lo que tenía, no soportaba el olor.

¿Pero cuánto llevas sin comer?, ¿desde que se fue N.

? No, no, un par de días. Yo creo que son los medicamentos que estoy tomando para lo del eccema.

Ah, es verdad, ¿a ver cómo lo llevas? Me arremango el jersey y se lo enseño.

Ella da un salto hacia atrás. Ay, hija, tápate eso, qué horror.

¿Por qué no vas al hospital ahora mismo?

, me dice. Ya me lo he ido a mirar, mamá, está todo bien, me ha mandado una crema y unas pastillas.

Y está mejorando, no veas cómo lo tenía el miércoles, le digo bajándome de nuevo la manga del jersey, aunque sea mentira.

N. me escribe:

Perdona, tenía que escribirte porque estoy rayada. Es que no sé si te pasa algo conmigo.

Yo contesto:

No me pasa nada.

N. escribe:

Entonces ¿por qué no me hablas?

Yo contesto:

Jo, perdona, N. Es solo que estoy acomodándome a esta nueva forma de hablarnos, es un proceso, estoy procesándolo.

N. escribe:

Vale, claro, lo entiendo, ¿pero no me habías colocado ya?

Yo contesto:

Sí, pero bueno, resulta que no. No es tan fácil.

N. escribe:

Tranquila, lo entiendo. Pensé que estabas enfadada o algo así.

Yo contesto:

Noooo. ¿Cómo voy a estar enfadada?

N. escribe:

Yo qué sé, no lo sé. Yo también estoy rara, ¿sabes? No sé qué hacer ni cómo venir sin hacerte daño, ¿me dices cómo hacerlo?

Yo contesto:

No tienes que hacer nada. Puedes seguir siendo tierna, si quieres. Eso me ayuda.

N. escribe:

Vale. ¿Te puedo seguir mandando gatitos entonces?

Yo contesto:

Sííí. Y ratones.

N. escribe:

¿Ratones? ¿Ahora te gustan los ratones?

Yo contesto:

Jajaja, sí, es que son monísimos.

N. escribe:

Eres tan tierna.

Me he obsesionado con los vídeos de gente que da de comer pienso a sus hámsteres. También me he obsesionado con los vídeos de gente que da ratones de comer a sus mascotas. Y con los vídeos de gente que corta vísceras. Y con las vísceras. Y con los likes que pone N. a otras chicas por Instagram.

Ayer tiré el puré de mi madre por el váter. Luego vomité, pero, como llevaba tres días sin comer, solo me salió ácido.

N. me manda el meme de un hámster que mueve las manos haciendo que conduce un coche:

Tenías razón, son monísimos.

Yo contesto:

¿A que sí?