Animal Print si.re.ni.to #2
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si.re.ni.to #2

El chico sigue al otro lado de la cámara, se ha puesto unos auriculares.

Me quedo un rato mirándolo sin decirle que ya estoy.

Lleva un pendiente en la oreja y las puntas del pelo teñidas de blanco.

Me fijo en que al fondo de la habitación tiene un terrario, así que imagino que tendrá una iguana, un lagarto o algo así.

Es muy mono, me gusta. Tengo curiosidad por saber qué está pensando él y en cómo piensa.

Si nunca ha visto una sirena, ¿cómo va a imaginar cómo es una cola de sirena? No se puede tocar lo que no existe.

Pongo el audio. Y digo susurrando:

Vale, aquí estoy, perdona. Me da un poco de vergüenza esto, nunca he mandado mi voz por aquí.

Tranquilo, tu voz ya me gusta.

Eso no me pone tranquilo, pero intento que no se note y sigo susurrando.

Pues, a ver… Me estoy quitando los pantalones y ahora el calzoncillo delante de la cámara, me quedo desnudo.

Luego cojo la cola de sirena, es preciosa, es amarilla, ¿sabes?

Tiene escamas. Y una aleta enorme. Me siento en la cama y me la voy poniendo encima.

La parte de mi paquete se queda abultada, ya sabes.

¿Cuánto?

Mucho.

Él se empieza a acariciar por encima de sus calzoncillos.

Y ahora me tumbo en la cama y empiezo a aletear, susurro.

Espera. No lo oigo. Acércate el micrófono a la aleta, please .

Lo acerco y lo dejo ahí, ya no hablo y me vuelvo a tumbar bocarriba.

Pienso que estoy en la piscina y empiezo a mover los pies en el aire.

Los muevo rapidísimo. Como para batir mi récord.

En el aire la aleta suena como si estuviera dando latigazos a alguien.

Al otro lado el chico se empieza a tocar.

Cuanto más rápido muevo los pies, más rápido mueve él la mano.

Estoy en la piscina y estoy a punto de llegar.

Pero me gana y llega él antes. Se ríe. Me río.

Gracias, criatura marina.

Sonrío. Y, justo cuando le voy a preguntar cómo se llama, desaparece.

Me quedo un rato mirando la pantalla vacía. Luego me tumbo bocarriba, con los brazos estirados. He renacido. Miro la mancha blanca que se ha quedado pegada entre las escamas. Pongo mi mano encima.

8.00. Bañadores Speedo, bañadores mojados. Culos apretados. Me gusta el culo de Marc, redondo y perfecto, lo miro de reojo cuando sale de la ducha. Es como el emoticono del melocotón. Me encantaría meterme dentro.

Estamos sentados en el poyete del patio comiéndonos el bocadillo.

Dylan nos habla de su madre y de que anoche tuvo una recaída, lo abrazamos porque nos encanta su madre, es profesora de Filosofía y siempre nos hace bizcochos mientras nos habla del devenir.

Rubin nos habla de su padre y de que sigue empeñado en su silencio.

También la abrazamos, pero aquí solo porque nos encanta Rubin.

Entonces me toca a mí. Digo rápido y de pasada: «Ayer conocí a un chico muy mono online».

Ellos se emocionan. «¿Cómo?, ¿cómo?, cuenta», dicen.

Se emocionan aún más cuando les digo que es ciego.

Por lo que sea, evito la parte en la que le conozco en un foro de porno.

Ya saben que tuve problemas con eso, pero también saben que me he recuperado.

Escribo en el foro y espero un rato por si aparece el chico ciego. Voy rechazando varias solicitudes. Estoy cachondo y me pongo más cachondo esperando. Quince minutos después acepto al primer usuario.

«Solo veintisiete personas han descendido al abismo Challenger, el punto más profundo de los océanos, en la fosa de las Marianas.

A los 1.000 metros empieza la zona afótica y ya no hay luz.

El abismo mide unos 11.000 metros. Estas son algunas de las criaturas que han encontrado en la oscuridad total».

Mientras lo cuento paso unas diapositivas de peces abisales con pieles gelatinosas, gusanos marinos, pepinos de mar y organismos microscópicos terribles. En la agonía del mar ya no hay presión por la belleza. La última foto es una bolsa de patatas fritas habitando en lo más profundo del océano.

Eso sí que da miedo, dice la profesora.

Me sumerjo con mi cola de sireno y aguanto la respiración.

Hoy estamos en la piscina de saltos, que tiene cinco metros.

Bajo hasta el fondo. Voy contando los segundos en mi cabeza.

Tengo los ojos cerrados para que no me entre el agua.

En un momento los abro y veo las aletas de los demás flotando ya en la superficie.

Llevo dos minutos y pienso aguantar más.

Pienso convertirme en un relicario. Uno que se quede en el fondo para que alguien lo tenga que encontrar.

Lleno de imágenes de cuerpos y no de santos.

Los cierro. Leí que a partir de los tres minutos en apnea mucha gente se desmaya.

A partir de los cinco ya empieza a haber riesgos para el cerebro si no estás entrenando.

Yo entro en un estado de calma absoluta.

Todo está callado aquí abajo. Noto mi cuerpo latir despacio.

El golpe de mis oídos que es el golpe de mi corazón.

¿Así es como se siente no ver, como una expansión de ti hacia la nada?

De repente alguien me tira del brazo. Abro los ojos bruscamente y veo a Ángela borrosa diciéndome algo, aunque solo le salen burbujas.

Intento soltarme de ella para que me deje en paz.

Pierdo el aire. Forcejeamos. Me arrastra a la superficie.

Eres imbécil.

Tú sí que eres imbécil, le digo ya en el coche de vuelta a casa. Va sentada en la otra ventanilla y en el medio va su novio, que nos separa con sus manos alargadas.

Vale ya, chicos, tengamos la fiesta en paz, dice mi madre.

No, es que es imbécil, no puede hacer eso. No está preparado y es peligroso.

Estaba perfectamente, no me pasaba nada.

Hazle caso a tu hermana, dice mi padre, es peligroso.

Por la noche busco cualquier cosa peligrosa.

6.35. Estoy sentado en un banquillo del vestuario cambiándome rápido cuando llega Marc sonriendo y abre su taquilla. Todos calientan afuera.

¿Qué pasa, sirenito?

¿Por qué me llamas así?

Te vi ayer en la piscina. Saliendo del agua con tu cola. Qué bonita es, ¿no?

Que te den.

Ya te gustaría.

El setenta por ciento de la superficie de la tierra es agua, el sesenta por ciento de mi cuerpo es agua.

El otro cuarenta por ciento de mi cuerpo es deseo que se transforma también en agua y humedad.

Me gusta llorar debajo del agua. Me gusta tocarme debajo de la ducha hasta que se vacía todo lo oscuro que hay en mí.

Mi cuerpo acuático se funde con la sustancia de la que salió y me perdona.

Es martes y el sábado tenemos el campeonato.

Lo pienso mientras nado y me pierdo en mi cabeza.

La marca que haga también me sirve para las eliminatorias nacionales, así que es muy importante que baje de los 22.

00 segundos. Llevo esquivando a Marc desde ayer, he llegado media hora antes para meterme el primero a la piscina.

El agua estaba helada porque no había ningún cuerpo dentro.

Ni siquiera el de nuestro entrenador. Marc llega y se pone en la calle de al lado.

Cada vez que pasa noto elevarse el agua con sus brazadas de mariposa. Respiro, lo veo; respiro, ya no.

Llego el último al vestuario, porque he remoloneado para darle tiempo a Marc a que se fuera. Estoy solo. Cojo mis cosas y me meto a la ducha. Aprieto el botón del agua y entonces escucho una cisterna sonando de fondo. Marc entra a la ducha, todavía sigue en bañador.

Ey, sirenito, que no te he visto desde ayer, ¿qué tal?

Aunque las duchas son gigantes se pone en la de al lado. No solo se pone él, claro, se pone su cuerpo enorme.

Deja de llamarme así, tío.

Él aprieta el botón y empieza a mirarme. También empieza a acariciarse por encima del bañador. Es un bañador slip que se pega a la piel, así que veo perfectamente que está excitado.

¿Qué mierda haces?, le digo.

¿No te gusta?

No.

¿Y esto?

Entonces se me echa encima y me intenta tocar.

Yo le muerdo donde puedo. En la espalda.

En el cuello. Le doy un puñetazo en la cara.

Le doy un puñetazo en el pecho. Le doy un puñetazo en su mandíbula perfecta y cincelada que amo y que desearía destrozar.

Él me da un puñetazo a mí. Y otro. Y ahora nos damos patadas.

Gritamos «déjame, hijo de puta» y «te voy a matar».

No sé quién grita qué. Nuestro entrenador llega y nos separa.

El agua arrastra la sangre hasta el desagüe y se la lleva.

Vamos en el coche mi padre y yo. Tengo el ojo morado, el labio ensangrentado y mi mano monstruosa con un bulto horrible que podría saltar y devorarnos.

Lo único que sé es que Marc se ha quedado con la frente abierta.

Mi padre está serio. Le pido perdón. Él relaja la expresión y me dice: «¿Perdón por qué, cariño?

Yo le hubiera pegado más fuerte todavía».

En el hospital me escayolan la mano y el brazo hasta el codo. Me dicen que tengo que estar un mes en reposo y al menos otro en rehabilitación. Pienso en el campeonato diluyéndose. Las ventanas del coche se empañan de gotas que en realidad son de mis ojos.

En mi habitación me tiro a la cama y me pongo a llorar con rabia.

Pataleo. Me levanto y lanzo mis medallas contra el suelo.

Las odio y odio nadar y odio todo lo que se moja y duele.

Luego abro el armario y saco la cola de sireno.

La muerdo, pero mis dientes no hacen nada contra el tejido impermeable.

Parece que lo que resiste al agua también resiste a la violencia.

La pongo contra la cama y le empiezo a dar puñetazos con mi mano buena, hasta que me canso y me duermo abrazado a ella.

Por la mañana soy otro: tan solo un chico que ha aceptado su destino de escayola.

Paso toda la semana con Rubin y Dylan, vamos al cine, comemos bizcocho en casa de Dylan y el viernes bebemos vodka en un aparcamiento antes de entrar a la discoteca.

Bailamos, nos besamos los tres, me sostienen el brazo en cabestrillo y le hacen una reverencia.

Llegamos a casa a las 7.00 de la mañana y por el camino vemos el sol naciendo, un sol que nunca había visto con estas ganas de comérmelo entero.

Duermo cinco horas y me despierto por una pesadilla, una en la que me ahogo y tengo que salir como puedo a la superficie.

Me incorporo y me quedo sentado en la cama mirando el vacío de la habitación.

Son las 12.00. Ángela toca la puerta y se asoma:

Dormilón, ¿estás bien?

No.

Ella entra, sube la persiana y se sienta a mi lado. La luz me da en los ojos y la rechazo con la mano buena.

¿Es por el campeonato?

Sí. Ahora estaría compitiendo.

Ángela me abraza y acopla su cabeza en mi hombro.

Te entiendo. Yo también me sentí así cuando dejé de nadar. Pero luego te das cuenta de que hay otra vida. Una mucho mejor.

Me husmea.

De hecho, huele a que te lo pasaste bien anoche.

No te imaginas.

¿Ves?

Ya, si lo sé, pero también… No sé, Angie, ¿tú no soñabas con ir a las Olimpiadas?

Ángela se ríe.

Sí, y además soñaba con batir el récord Guiness, que es peor.

¿De qué?, digo alucinado.

De la nadadora con más medallas de la historia.

Le doy un golpe en el brazo. Nos reímos.

Luego miramos los trofeos y las medallas que he vuelto a poner por toda la habitación.

Ángela se levanta y coge una foto de los dos juntos con nuestros gorritos.

Éramos una monada. Fue la primera en quitarme el churro en la piscina para obligarme a flotar.

No lo hice y casi me ahogo. Pero también de ahí me sacó.

Bueno y, además, ¿sabes qué?, dice Ángela mordiéndose un poco el labio, nerviosa. No te lo he dicho, pero he visto que hay un campeonato de mermaiding .

¿Qué? ¿Dónde? No te creo.

En Taiwán.

Pues ya sabes a dónde vamos a ir cuando me quiten esta mierda.

Seguro que ahí batimos todos los récords.

El de comer fideos taiwaneses sí.

Por la noche recibo un mensaje privado en mi cuenta del foro y entonces caigo en que llevo una semana sin entrar. El mensaje dice: «Soy un chico ciego, ¿quieres verlo?».

Me conecto y la cara del chico aparece al otro lado. Está sin camiseta, aunque con pantalones, y me alegro de que esta vez no vaya a ser todo tan rápido. Tardo un rato en darme cuenta de por qué no me dice nada de mi ojo morado ni de mi escayola. Me había olvidado de lo esencial.

¿Cómo estás?, me pregunta.

Bien, no me quejo, digo. ¿Tú qué tal?

También, estaba pensando en ti, quería saber cómo te iba, dice. No te he visto por aquí últimamente y me he preocupado. Aunque, claro, tampoco veo.

Me río.

Oye, no tengo hoy mi cola de sireno, ¿te apetece que hagamos otra cosa?

Claro, ¿qué quieres hacer?

Me quedo un rato pensando mientras miro su habitación y la luz que emana del terrario como una llama. Quiero ir hacia ahí. Todavía no sé su nombre ni en qué parte del mundo vive, pero quiero ir hacia el misterio. El misterio siempre es lo primero. Es el anzuelo, lo que te arrastra contra las rocas.

¿Qué tienes en el terrario?, ¿me lo enseñas?

Claro, dice. Pero no te asustes, no hace nada.

Luego se levanta, va hacia él como si se supiera el camino de sobra y no tuviera que tantear nada con las manos.

Veo cómo lo abre y saca una serpiente amarilla con manchas naranjas.

Es enorme. Vuelve a sentarse en la silla con ella.

La serpiente se enrosca en su mano, después en su torso desnudo y le va trepando por el cuello hasta que se queda cerca de su pendiente.

Mueve la lengua. Él la acaricia y tengo la sensación de que se conocen desde siempre.

La piel de la serpiente se funde con la suya igual que me fundo yo con las escamas cuando estoy en el agua.

No sé muy bien qué sentir. No sé si me gusta o me aterra, pero no puedo dejar de mirar.

Es justo eso. Me quedo fascinado mirando.