Epílogo
EPÍLOGO
Si un año antes me hubieran dicho que esa sería mi vida, me habría limitado a sonreír con amargura. Ahora, en cambio, cada día era diferente, y no habría vuelto atrás por nada del mundo.
Me gradué en la Ca’ Foscari con una tesis sobre la ubicación de los yacimientos arqueológicos en la Media Luna Fértil y utilicé la investigación para planificar mi primera misión por encargo de la Academia de Seledia.
Partiríamos en dos semanas para comprobar el estado de algunos hallazgos localizados en el sur de Irán.
Le di una palmadita a mi farol y lo empujé a avanzar hacia el fondo de la Gran Biblioteca de Sotobóveda, por la que ya podía moverme libremente para estudiar.
Carecía del poder necesario para utilizar artefactos más complejos y no controlaba la reacción que desencadenaba la magia, pero el polvo de estrellas que ahora formaba parte de mi cuerpo bastaba para hacer flotar un farolillo o usar un marcapáginas evanescente, aunque a menudo reaparecía páginas más lejos.
Me levanté el cuello de la capa mientras me dirigía a una sección poco concurrida.
La primavera por fin había hecho acto de presencia, pero en algunas zonas de la Academia la temperatura era invernal.
El ribete blanco de la manga reflejó la luz de mi farol.
Había sido aceptada en Seledia como el primer artefacto humano, y dado que no era clasificable en ninguna de las cuatro artes mágicas, magistra Poluaro me había tejido unos adornos blancos en la capa.
Ismael afirmaba que la magia era mucho más que ringorrangos y gradaciones; por el contrario, Bianca y Leo se mostraban entusiasmados.
Yo no me había parado a pensarlo. Habría sido igual de feliz si me hubieran cosido bordados marrones o de cualquier otro color que desentonase con el azul cobalto de las capas.
Ser estudiante de Seledia era lo único que me importaba.
Agarré el montón de libros que había recogido esa mañana de mi mesa de noche, secuestrados más tiempo del necesario, y coloqué en su sitio un volumen sobre la contribución del sustrato de arena de los desiertos en la conservación del polvo de estrellas.
Lo introduje con cuidado entre los lomos de los otros libros dispuestos en orden en una estantería y saqué el siguiente.
Con sorpresa, comprobé que le faltaba el tejuelo para indicar su colocación.
No se trataba de un libro. Era mi diario. Ni siquiera recordaba haberlo colocado allí y no había puesto un pie en el ático de Domiziana desde mi conversación con Alberto.
Lo examiné y me lo llevé a una celda situada junto a una vidriera. A mi alrededor, la Gran Biblioteca se veía silenciosa y fría. Me había alejado mucho del corazón de Sotobóveda, donde me esperaba Ismael y donde haría mejor en volver, a menos que quisiera coger un resfriado.
No obstante, algo me detuvo y me obligó a sentarme entre los cojines de la celda y a recuperar mi farolillo para hacerlo brillar. Abandoné los restantes libros a mis pies y abrí el diario sobre mi regazo.
Hojeé las primeras páginas, que relataban mi llegada a Venecia, la emoción de los meses iniciales en la Ca’ Foscari, las salidas que me permitía con los compañeros de clase y las veladas formales a las que me invitaba Domiziana.
Incliné la cabeza a un lado y releí en mi letra menuda y pulcra el comienzo de mis sospechas medio en broma sobre la posibilidad de que mi madrina tuviese una vida oculta y frecuentase una sociedad secreta.
Seguí pasando páginas que trataban sobre los veranos a lo largo de varios años. El mar de Génova que me recibía en un lugar que ya no podía llamar casa, pero que parecía saludarme cada vez que regresaba a casa de mis padres.
Echaba de menos su brisa cargada de espuma, sus temporales y el sonido de las olas durante la noche. Venecia, en cambio, era un sitio tranquilo y plácido, pero ya se había convertido en la ciudad de las mil luces reflejadas en la laguna. En mi ciudad.
Sonreí al revivir el verano posterior a mi diplomatura, las caminatas por el paseo marítimo, las noches que parecían no terminar nunca y las lecturas en las que estaba inmersa, olvidando el paso del tiempo.
Entonces los recuerdos se interrumpían.
Dos páginas en blanco indicaban una pausa, y una frase que no recordaba haber escrito ocupaba el centro de una hoja. Pero era mi letra, sin lugar a dudas.
Ámbar; si encuentras este diario, no lo destruyas ni lo leas. No vuelvas la página. Solo estamos a salvo de la verdad hasta que la conocemos.
Lo cerré de golpe.
El corazón me latía desbocado y me faltaba el aliento.
Tomé aire y lo expulsé. Los escalofríos me provocaban temblores en los dedos.
Miré a mi alrededor y finalmente volví a abrirlo.
Transcribo estos recuerdos, que copio de las hojas en las que los anoté. Lo hago con la pluma guardarrecuerdos para que desaparezcan de mi mente y pueda vivir en la inocencia de la ignorancia.
12 de noviembre
Hoy ha venido un hombre muy muy distinguido a hablar con
Domiziana. Se presentó como Bartolomeo Gritti. Se ayudaba
con un bastón con cabeza de león para caminar. Llevaba un montón
de documentos bajo el brazo y se encerró en el despacho de mi madrina.
Conversaron durante horas y, cuando la puerta se abrió, los oí
despedirse entre insultos y gritos. Quizás pensaron que dormía.
3 de diciembre
Domiziana me ha dicho que debo asistir a la inauguración de una
exposición de arte contemporáneo. Busqué información, pero no he
encontrado ninguna referencia a los artistas ni al lugar al que tengo
que ir. ¿Será un evento muy exclusivo? No es la primera vez que me
descubre lugares de los que nunca había oído hablar.
12 de diciembre
El 12 de diciembre es mi día favorito, aunque ignoro por qué motivo.
Puede que tenga que ver con la noche de Santa Lucía, ya que de
pequeña recibía un regalo por haberme portado bien. Me parecía la
noche más mágica del año, mucho más que Navidad. Estaba
convencida de que si existía una mujer que volaba en un carrito
tirado por un burro, en el mundo había espacio para la magia. Tal
vez me aferró demasiado a esta idea, o quizás no.
16 de enero
He regresado a Venecia antes de tiempo después de las vacaciones
de Navidad. Mis padres estaban insoportables. Como tengo que
estudiar para los exámenes de invierno, he preferido hacerlo aquí.
Intenté avisar a Domiziana, pero nunca mira el teléfono. Cuando
entré en la casa, estaba examinando unos mapas celestes en la mesa
del salón. De repente se puso muy tensa y me ordenó que me fuera a
mi habitación. Pero alcancé a echar una ojeada a los mapas. Eran
extraños, complejos, más grandes que cualquier atlas del universo que
conozca. Aunque, claro, ¿qué sé yo de física?
2 de febrero
Hay algo extraño. Muy extraño. Intrigada por los mapas he
registrado parte de la biblioteca de Domiziana y estoy segura de que
ciertas obras no son… normales. No tienen código de barras por
ningún lado y tampoco un precio. Por supuesto, hay algún que otro
libro antiguo, pero muchos parecen simplemente…
No sé explicarlo. Me siento una chiflada al escribir esto,
pero estoy segura de que no son normales.
17 de febrero
¡El Carnaval ha sido maravilloso! No me he disfrazado, pero estar
entre la multitud que se lo pasaba en grande y cantaba ha sido
divertido. Salí con Domiziana, aunque la perdí de vista cuando se
fue a saludar a unos amigos. La seguí un rato y vi que se metía en un
palacio. Quizás lo soñé, porque detrás del portalón me pareció ver
una biblioteca enorme. No tiene sentido. Últimamente, nada tiene
sentido con Domiziana.
28 de febrero
¡Dios mío! ¡Dios mío! Me tiembla la mano al intentar escribir,
pero la alternativa es ponerme a gritar. He empezado a prestar más
atención a lo que hace Domiziana. No la sigo, pero… no la pierdo
de vista. Le dije que me iba a acostar temprano. En lugar de hacerlo,
me escondí en las escaleras que conducen a mi habitación. Domiziana
salió al salón poco después y… No sé ni cómo explicarlo, pero hizo…
¿un experimento? Utilizó unos polvos brillantes que dejaban un
rastro en el aire y luego… Me siento una loca por escribir esto: su
mano se volvió como de cerámica. Me tapé la boca para no hacer
ruido y casi me desmayo. Estoy segura de que no era un guante ni
nada semejante. ¡Era su piel!
11 de marzo
Lo ha vuelto a hacer. No el truco de la mano, sino que abrió una
puerta… y al otro lado no estaba la habitación que debería estar.
Creyó que yo había salido e introdujo una llave extraña en la puerta
de su despacho. Nunca he estado allí, aunque alguna que otra vez le he
echado un vistazo. Es una estancia preciosa, con una librería y un
escritorio de madera, pero… normal. Hoy, en cambio, la puerta se abrió
a una biblioteca enorme, la más grande que he visto en mi vida.
13 de marzo
Lo sabía. He conseguido que Domiziana me confiese la verdad.
Es maga. Todavía me parece absurdo escribir esta palabra, y no me
esperaba para nada que se definiera de ese modo. Estaba segura de
que había algo raro detrás de sus desapariciones, de las horas que pasa
encerrada en su despacho y de los invitados que la frecuentan.
La magia existe, además de un mundo que se oculta en el ángulo
muerto de nuestra visión. ¡Oh, Dios mío! ¡La magia existe!
15 de marzo
Domiziana me lo ha contado todo, o casi. Me ha hablado de la
Hidden Society y de sus leyes. Existe un grupo de criaturas que
se esconden del mundo y que siempre han vivido entre las sombras.
Es una sociedad organizada y muy antigua. ¿Acaso estoy soñando?
21 de marzo
Domiziana me ha entregado el manual con las leyes de la Hidden
Society y me ha prohibido salir de casa. La primera regla
fundamental es el secreto, y nosotras acabamos de infringirla. Me ha
dicho que está obligada a llamar a los vigilantes, el cuerpo que se
encarga de controlar a los humanos, para borrar de mi memoria todo
lo que he descubierto. Pero yo no quiero. No quiero olvidar, no quiero
volver a mi vida cotidiana. Quiero saber más. No sé cómo, pero la he
convencido de que espere.
19 de abril
Domiziana se ha quedado conmigo en casa todos estos días.