Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 30 #4
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Capítulo 30 #4

—Cuando te miro, Ámbar, el mundo que me rodea es solo oscuridad.

Me sonrojé bajo la luz que todavía irradiaba y me acerqué a él, hundiendo las piernas temblorosas en el colchón, agitadas aún por los escalofríos de placer.

Me senté sobre él e inspiré, intentando recuperar el control de mis movimientos.

Pero me resultaba complicado, tremendamente complicado.

Era como si hasta mis pensamientos fueran líquidos y, a su lado, no encontrasen límites que los contuviesen.

Vagaban por todas partes, desde nuestro primer encuentro hasta el beso en la Biblioteca, y regresaban sin cesar a sus ojos, a sus manos ante mí.

E Ismael parecía no tener ninguna prisa.

Me concentré en desabotonarle la camisa y liberarlo con cuidado de las mangas sin provocar ningún movimiento doloroso para el brazo.

Por fin lo desvestí del todo y se quedó tan desnudo como yo, piel con piel.

Nuestros cuerpos respiraban a la misma temperatura, como si compartiéramos el calor generado por la estrella.

Al verme reflejada en sus ojos, me pareció que dentro de él ardía mi propio fuego.

Me incliné para besarlo en el pecho, siguiendo el rastro dejado por mis labios e interrumpido poco antes.

—Me has mentido —susurré, hundiendo los dientes justo debajo de las costillas, en uno de los pocos puntos donde su piel era suave—. Tus anillos no están aquí.

Sentí que sus pulmones se vaciaban con una risotada que un instante después resonó en toda la habitación.

—No, no te he mentido —insistió, y alzó una mano para llevarla a mi nuca y levantarme la cabeza hasta que me topé de nuevo con su mirada.

Entonces sentí un tintineo y el pelo cayendo sobre la espalda.

Ismael dobló el codo, retiró el brazo y me mostró dos largos cordones en los que estaban insertados sus anillos. Me los había atado al pelo, así que, de algún modo, estaban en su cuerpo.

—Eso no vale —protesté, curvando los labios.

—No creas que eres la única que ha perdido en este juego —dijo, con una pizca del resentimiento que conocía bien.

Lo había percibido en su voz cada vez que me felicitaba por sacar una nota superior—.

Soy un perdedor desde el día que empecé a sentir felicidad cada vez que te veía tener éxito.

¿Hay Peor contrincante que aquel que se alegra de la victoria de su rival?

Traté de ahogar una carcajada.

—Ni idea. A mí me pasa lo mismo —confesé. Por supuesto, siempre había deseado ser mejor que él, pero no me gustaba verlo fracasar.

Ismael giró los collares entre sus dedos y me puso uno, deslizándolo desde la punta de la nariz, para vestirme con uno de sus anillos.

—No hay ninguna posibilidad de que… —quise sugerir, pero Ismael negó con la cabeza, evidenciando la herida que aquella separación le había causado.

—No, los he perdido, pero te tengo a ti —recalcó, y comprendí que en él había cabida para ambas emociones: el dolor por la pérdida de los anillos y la calidez del vínculo que nos unía—.

Y ahora que Nazar será el heredero del palacio Sagredo, hay cientos de cosas que me apetece hacer. ¿Recuerdas el mapa de mi habitación?

Asentí. Recordaba cada detalle de su cuarto, y aquel mapa siempre me había parecido curioso, incongruente con la imagen de heredero de la casa que Ismael pretendía proyectar y, al mismo tiempo, perfecto para el concepto de arqueólogo que yo tenía de él.

—Me gustaría clavar una chincheta en tantos lugares como sea posible. Hay todo un mundo de artefactos que proteger. Y quiero hacerlo contigo.

Me sonrió y, por un segundo, emanó más luz que mi poder. La felicidad lo iluminaba. Tomé el collar de sus dedos y se lo colgué al cuello. Sus ojos de color terracota siguieron cada uno de mis movimientos y finalmente se cruzaron con los míos.

—Es una promesa.

Y la sellé con un beso.

Sabía que uno no bastaría. El sol se empezaba a colar por las cortinas del dormitorio, y más allá de la ventana el archipiélago se despertaba.

La vida que me esperaba fuera era un sueño que nunca me habría imaginado poder cumplir, y lo que la convertía en aún más increíble era el chico que tiraba de mí para darme otro abrazo.

Me sumergí en su beso hasta sentir el calor de mis labios, hasta sentir que su lengua se encontraba con la mía y buscaba espacio entre mi agitada respiración.

Hundí las manos en la piel de su espalda, agarrada a sus hombros, mientras comenzaba a moverse debajo de mí y notaba que ardía de deseo.

Me rodeó la nuca y las caderas, guiándome y abrazándome, hasta que sentí de nuevo como las oleadas de calor se expandían a nuestro alrededor.

Parpadeé, sorprendida. Esta vez no solo provenían de mí, sino que ambos cuerpos emitían energía y, cuando se unieron, la luz formó un aura perfecta.

Olvidé todo lo que no fuera el cuerpo de Ismael. Sus manos me estrechaban como si temiera perderme entre las sábanas. Su boca indagaba en cada parte de mí. Su aliento se volvía más agitado e intenso, y sus ojos no me abandonaban ni por un instante.