Capítulo 30 #3
El contacto fue delicado. Ismael se inclinó hacia mí y me besó como si en mis labios se escondiera un secreto, un misterio que quería desvelar lentamente.
Volvió a recogerme el pelo, pero esta vez para pasar los dedos por él una y otra vez, y luego para atármelo en un moño con una goma tintineante.
Reuní los recuerdos de todos los besos que había querido darle cuando habíamos estado separados y se los conté a la persona que tenía a mi lado.
Aparté las mantas y me senté a horcajadas sobre él, rodeando su cara con las manos, midiendo la línea de su mandíbula. Lo toqué con todos los dedos menos con el meñique de latón, que trataba de ocultar. Fue Ismael quien puso su mano sobre la mía y posó también la prótesis en su mejilla.
—No me prives del tacto del latón, lo echo de menos cada día —susurró—. Y sobre todo, no te alejes, Ámbar, no hay parte de ti que no desee.
Me sentí ridícula por pensar que podría molestarle y permití que me besara las palmas de las manos y me mordiera la piel en la que solo quedaban leves rastros de los arañazos tras la pelea.
—¿Puedo preguntarte algo sobre los anillos? —dije mientras trazaba el contorno irregular de su nariz. Noté que asentía bajo mi dedo índice—. ¿Dónde están?
Las comisuras de sus labios se curvaron detrás de mi mano, y su cara se iluminó con la sonrisa que utilizaba para retarme.
—¿Por qué no los buscas?
Resoplé, mirando alrededor en busca de un escondite en la habitación. Algún lugar seguro, pero a saber dónde. Estaba segura de que él nunca metería sus anillos en un rincón sucio. Me disponía a dirigirme al escritorio cuando sus manos se cerraron alrededor de mis caderas.
—¿Adónde vas, Ámbar? Obviamente, me refería a que los buscases en mí.
Se me escapó un murmullo de sorpresa mientras encontraba la posición más cómoda sobre sus piernas, doblando las rodillas a ambos lados de sus caderas. Lo escudriñé, tratando de revisar su cuerpo y su ropa al acecho de bolsillos o zonas de sombra. No descubrí nada, pero me sentí desafiada.
—Empiezo —anuncié.
Hundí los dedos, todos los dedos, entre su pelo, apartándoselo de las sienes para dejar a la vista la imperfecta simetría de su rostro.
Una risa silenciosa sacudió los hombros de Ismael.
—¿Qué? ¿Crees que me los he escondido detrás de las orejas?
—No, pero quería tocarte el pelo —reconocí sin pudor, retirando los mechones hacia la nuca.
—Muy mal, Valmori. Si no te tomas en serio la investigación, acabarás con mala nota.
—Incorrecto —murmuré, tirándole del pelo hacia atrás para descubrir su cuello solo para recorrerlo con mis labios y marcarlo con una constelación de besos profundos, con el tacto de mi boca cálido y húmedo.
Le oí tragar saliva y luego tomar aire con una respiración pesada, una muda petición de que continuara. Así que, por supuesto, me detuve.
—¿Por qué paras? —preguntó, intentando que no sonase a súplica.
—Tengo que concentrarme en la búsqueda —le recordé con una sonrisita, antes de agacharme y escapar de su intento de agarrarme de nuevo.
Retrocedí hasta los pies de la cama, rozando sus tobillos desnudos y agarrando el dobladillo de los pantalones para quitárselos. Descubrí sus largas y torneadas piernas, desprovistas de todo oropel. Los anillos tampoco estaban allí.
No me dio tiempo a pensar, porque Ismael me atrapó y me tumbó en el colchón, y mi cara se hundió entre las sábanas revueltas.
—¿Estaré soñando? —bromeó, apoyando una mano en medio de mi espalda para sujetarme—. ¿Te he oído hacer un comentario ingenioso? —Se inclinó hacia delante para susurrarme la pregunta a la oreja.
Me estremecí al sentir el cálido aliento de su voz y ladeé la cabeza, observándolo con un solo ojo.
—¿Acaso tienes tú la exclusiva?
Ismael negó con la cabeza y me acarició las caderas con la mano libre, mientras sus dedos apartaban despacio la tela de mi camisón.
—En absoluto, me encanta ver que intentas ser tan ocurrente como yo —dijo, recorriendo la cara interna de mis muslos con las yemas de los dedos, y luego cambiando de dirección para volver a ascender—. Pero no después de esos besos. Después de esos besos deberías arder.
Llevó los dedos índice y corazón a la tela que había entre mis piernas y la acarició con suavidad hasta que se dio cuenta de que ya estaba húmeda y yo ardía.
El fuego se avivó sin previo aviso y sentí que la sangre hervía por todo mi cuerpo, que corría a gran velocidad y me abrasaba. No era capaz de controlar la energía dorada que fluía y se expandía por el aire, y braceé, aterrorizada. Ismael se iba a quemar.
Me apoyé en los codos y flexioné la espalda para girarme, pero me lo encontré inmóvil, con los ojos entornados, como si disfrutara de una cálida brisa de verano.
—Interesante.
Me analizó, como si fuera uno de sus enigmas, y volvió a tocarme, esta vez con menos delicadeza. Enredó la tela entre sus dedos y tiró de ella hasta convertirla en una fina tira, jugando con mi cuerpo y mi placer.
Me atravesaron nuevas oleadas de calor, igual que me había ocurrido en casa de Gritti, pero el fuego que las animaba era a todas luces distinto. Al generar este poder no había sufrimiento. Estaba en profunda comunión con mi energía. Y la liberé.
La estancia se vio invadida por la tibieza luminosa de la estrella a la que Domiziana me había vinculado, y noté que cada átomo vibraba al ritmo de mi respiración, que mi cuerpo se tensaba y se arqueaba, guiado por el tacto de los dedos de Ismael.
Luego, una oleada más intensa estalló como una burbuja y reventó contra las paredes, mientras sentía mi aliento inflamarse y el fuego arder hasta transformar cada parte de mi cuerpo en calor líquido.
Cuando menos, esa fue la sensación que los dedos de Ismael me provocaron.
Al incorporarme, lo sorprendí con la mirada clavada en mí, de nuevo apoyado en el cabecero de la cama.
Tenía los hombros relajados y las manos sobre los cojines y observaba con atención las curvas de mi cuerpo desnudo.