Capítulo 30 #2
Posé tres dedos sobre el dibujo del meñique y lo arrastré hacia mí.
Me esforcé en recorrer el contorno dibujado a lápiz.
No quería tocarlo, ya no me pertenecía. En cambio, toqué la prótesis fabricada por Ismael con el latón de su pulsera.
Sabía que le había costado más de lo que admitía.
Ismael no era un artífice; sin embargo, se había esmerado con la magia sin recibir nada a cambio.
También en la Hidden Society había personas increíbles, como Ismael, Bianca, Leo…
y puede que incluso Lisa y Jacopo. Tenía que averiguarlo.
Ellos me habían hecho sentir completa pese a la falta del dedo o del colgante.
El reloj dio las nueve y me recordó que Ismael me esperaba en un bar cercano para llevarme de vuelta a Seledia.
Abandoné el dibujo sobre la mesa y, al hacerlo, tropecé con la pila de libros que había traído Alberto.
Un atlas cayó al suelo y descubrió un cuaderno dorado escondido debajo.
Lo reconocí enseguida: era mi diario. Lo había empezado al llegar a Venecia y creía haberlo perdido tras el secuestro.
Al regresar al ático, no lo encontré. Lo sostuve en la mano y eché un vistazo a la primera página.
Contaba que no me podía creer la habitación que Domiziana me había asignado y lo emocionada que estaba por empezar las clases.
Sentí que un hilo se conectaba donde nunca había esperado encontrar un nudo. Mi antigua vida se había perdido para siempre, pero al menos podía releer mis recuerdos.
* * *
Dormí muchas horas. Mi cuerpo ansiaba tanto disponer de un tiempo de descanso en un lugar seguro que se abandonó por completo, sumiéndose en un sueño libre de visiones.
Cuando me desperté, Ismael estaba conmigo bajo las mantas, con la espalda apoyada en la almohada y una leve sonrisa.
Llevaba una camisa adornada con una hilera de botones de latón y un pantalón color arena.
Porque, por supuesto, también su pijama tenía que parecer un traje formal.
—Buenos días, Ámbar.
Un rayo de sol se filtraba a través de las cortinas, iluminando el libro que estaba leyendo. Introdujo los dedos entre las páginas para no perder el punto en el que iba y usó la otra mano para apartarme el flequillo de la frente.
Respondí a su sonrisa achinando los ojos y permitiéndome mirarlo como siempre había deseado, como si no todo tuviera que ser un desafió.
Al menos por una vez. Estaba segura de que cuando volviéramos a las mesas de la biblioteca seguiríamos compitiendo por sentarnos en el mejor sitio, pero ese día quería concederme mostrarle mis grietas, porque sabía que él mantendría los pedazos unidos.
Habían transcurrido diez días desde mi despedida de Alberto y de la casa de Domiziana.
Las pesquisas de los vigilantes de la Hidden Society sobre mi presente y mi pasado habían resultado más largas de lo esperado.
Los humanos no gozaban de demasiados derechos en el mundo mágico, y mi clasificación como artefacto lo hacía todo más complicado.
Había decidido no participar en el proceso a Domiziana y a Gritti, y dedicar mis esfuerzos al estudio de la magia, tras obtener por fin la autorización.
Bianca y Pakuna afirmaban que se trataba de un proceso curativo que mi mente ponía en marcha para aliviar la conmoción causada por la lucha y el descubrimiento.
Yo no tenía respuestas, solo sabía que reencontrarme con el orden de las estanterías y las páginas me ayudaba a pasar revista a mis necesidades.
La primera de ellas fue pedirle a Ismael que durmiera conmigo. Porque no quería cerrar los ojos sola y porque, desde que la herrumbre se había aquietado, buscaba cualquier oportunidad para tocarlo.
—¿Tenemos clase? —pregunté, desplazando la almohada contra el respaldo para acomodarme a su lado.
—Después de comer —respondió Ismael con prontitud, jugando con las esquinas de las páginas del libro. Era de los que las doblaba y escribía en ellas, como un bárbaro.
—Por favor, no hagas eso en mi presencia.
Yo, por supuesto, conservaba mis libros como si nunca hubieran sido hojeados e insertaba papelitos de colores en las partes que me interesaban.
Ismael esbozó su sonrisa menos prudente y extendió las manos, cubriendo casi todo el volumen.
—¿Estás sugiriendo otro uso para mis dedos?
Aproveché para refugiarme entre sus brazos, apoyándome entre su hombro y su pecho, inclinando la cara hacia arriba para mostrarle mi sonrisa más inocente.
—Claro que sí, S agredo, podrías buscar una pluma y escribir.
Ismael obedeció con una mirada que insinuaba sus pésimas intenciones, pero se limitó a dejar el libro sobre la mesilla, junto a la pila encabezada por mi diario, y cogió una pluma.
No acababa de creerme que Ismael Sagredo estuviera en mi cama haciendo insinuaciones descaradas. Desde nuestro regreso a Seledia, había aprovechado cada ocasión para besarme, pero nuestro contacto no había llegado más allá, en parte porque ambos teníamos que curar nuestros cuerpos.
La herrumbre de Ismael estaba ya controlada del todo, una cicatriz escarlata a lo largo del brazo que se ramificaba como el dibujo de un rayo.
Vi que trataba de girar la pluma entre los dedos marcados por las venas y que los movía con dificultad.
Esa era la única consecuencia. Yo, en cambio, estaba aprendiendo a dosificar la energía que me había dejado el ritual y a convivir con la certeza de ser el primer artefacto humano que se veía en la Hidden Society.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije, mientras se esforzaba en mover la pluma entre los dedos.
Lo había visto en la Biblioteca pasarse un lápiz desde el índice hasta el meñique y sabía que había perdido parte de la movilidad. Pero él no me había reprochado ese cambio ni por un instante.
Asintió sin apartar los ojos de la pluma.
—¿Cómo saltaste a la góndola en el Gran Canal? —Le planteé, haciendo un esfuerzo para incorporarme.
Ismael adivinó mi intención y me sujetó; sus dedos me recogieron el pelo bajo la nuca, y me permitió alzarme lo suficiente para recolocar la almohada en mi espalda.
—Me devolvieron los zapatos.
Ni siquiera tuvo que especificar cuáles; su sonrisa mostraba las mismas florituras que los zapatos con los que yo había huido del Colegio.
—Entonces estoy en deuda con ellos —dije.
—Puedes besarlos, si quieres —replicó Ismael, levantando una mano como si estuviera a punto de llamarlos.
La atrapé y me la acerqué a los labios.
—Por ahora te besaré a ti y más adelante me pensaré en prodigar mi cariño a tu vestuario por si cometo alguna imprudencia.
Ismael enarcó una ceja.
—¿Qué te parece la opción de no cometer ninguna imprudencia en el futuro, talayi ?
Negué con la cabeza.
—No me comprometo. —Me acomodé mejor, sintiendo que sus ojos recorrían mi piel—. ¿Qué tipo de lindeza es talayi ? ¿Significa principiante? ¿O tal vez aburrida?
La pregunta hizo que el brazo que Ismael había pasado por detrás de mi nuca se pusiera rígido.
—¿Lo ves? Ni siquiera tengo que esforzarme en inventarme un insulto, ya lo haces tú sólita.
Ladeé la cabeza para mirarlo con los párpados entrecerrados.
—Nunca dices una verdad a medias cuando me revelas algo molesto. ¿No será… un bonito apodo? —Esbocé una sonrisa.
Capté su estremecimiento antes de notar su mano en mi cara y el flequillo despeinado entre sus dedos.
— Talayi es dorado en farsi.
Levanté las manos para abrir una rendija en sus dedos y observarlo a la luz del farol.
—Hay algo dorado en ti. Lo pensaba antes de saber que eras una especie de personificación de una estrella.
Me aparté un mechón de pelo y me acaricié la oreja. Siempre había pensado que todo en mí era frío. Él, en cambio, había visto otra cosa.
—Confirmado, un apodo bonito.
Ismael miró al cielo y yo solté una carcajada que me hizo contraer los músculos.
Estaba acostumbrada: durante aquellos días había sentido pinchazos de dolor cada vez que espiraba rápido. Ya habían desaparecido.
Me llevé una mano al pecho, al lugar donde antes tenía un colgante que durante meses había considerado especial; en lugar de eso, no era más que un trozo de cristal colocado allí para anular mi poder.
Cuando lo agarraba para calmarme, lo que hacía en realidad era incitarlo a silenciar emociones que debería haber expresado.
Al final, había aprendido que yo misma me bastaba, que podía enfadarme y controlarme sola, y que ya no permitiría a nadie hacerlo por mí.
—¿Alguna otra promesa que pueda recibir a cambio? —preguntó, con una voz de repente grave y divertida, llevando los dedos a mi frente para acariciármela.
Ismael se dejó arrastrar del todo bajo las sábanas y se tumbó a mi lado, flexionando un brazo para apoyar la cabeza en la palma de la mano.
Parecía cómodo buscando mis ojos, muy cerca de mi nariz.
Como si yo no pudiera sentir su aliento soplando sobre mi frente y sus ojos posándose en mis labios.
Durante meses había estado convencida de que simplemente me sentía atraída por él, ya que ignoraba los límites de la relación que nos unía.
Él había sido mi centro de gravedad, ambos lo habíamos sido para el otro y nos habíamos mantenido en equilibrio a lo largo de años: primero como rivales que se perseguían por los pasillos; más tarde, él se había convertido en mi guía en el mundo mágico, y yo en su recuerdo del mundo humano.
Sin saberlo, nuestro poder había crecido unido, como el de un mago con su marbiri , entretejido en una síntesis perfecta.
Con un dedo trazó el perfil de mi cara. Su tacto se asemejaba a una pluma que escribiese sobre mi piel, y yo conseguía entender sus palabras sin que las pronunciase.
Palabra tras palabra, hablaba de los días en que nos habíamos acercado, y de cómo ya no podíamos prescindir uno del otro, de la energía que emitíamos cuando estábamos cerca. La sensación era incomparable, y sabía que la cuidaríamos.