Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Miré el retrato de Domiziana sobre la mesa. Parecía pertenecer a otra vida.

Tendría más o menos trece años cuando entré por primera vez en su ático y recuerdo que pensé que era como la casa de una reina.

Recibió a mis padres con una copa de vino, y a mí con un petisú y un guiño.

Luego nos invitó a seguirla mientras se deslizaba ligera sobre las alfombras, como si su ropa le permitiera permanecer suspendida.

Visto lo visto, puede que de verdad se valiera de algún hechizo. Al traer a mi memoria los encuentros entre mis temerosos padres y la altanera Domiziana me reprochaba no haber detectado la improbabilidad de su conexión.

Quizás sí la detecté, pero, como sucede con las excentricidades —que, al fin y al cabo, vuelven la vida un poco más vistosa—, la ignoré. De hecho, me encantaba.

Las visitas de Domiziana a Génova representaban los fines de semana más divertidos, cuando mis padres, para demostrar que no solo eran unos incondicionales del sofá, organizaban excursiones y reservaban cenas en las mejores marisquerías.

Enterarme de que me alojaría en su casa durante los años en la universidad significó algo así como la promesa de vivir con la tía sofisticada e interesante que nunca había tenido.

Prácticamente había volado hacia ella en cuanto surgió la oportunidad, y en ese momento mi vida cambió y alcanzó su plenitud.

Gracias a Domiziana pude asistir a inauguraciones de exposiciones y estrenos teatrales.

Durante cuatro años disfruté del privilegio de formar parte de un selecto círculo de la sociedad veneciana.

Como contrapartida, dediqué todo mi tiempo y empeño a mi carrera universitaria. Además de convertirme en su artefacto.

—¿Por qué? —le pregunté a su retrato, consciente de que no me iba a responder.

Había contado con más de una semana para preparar mi regreso a aquella casa. Ahora me parecía un período insuficiente.

Permanecí cinco días en la enfermería con el fin de que Pakuna me curara las heridas de las agujas y aliviara otras esparcidas por mi cuerpo, muchas de las cuales ni siquiera sabía que tenía hasta que me tumbaron en la camilla y se manifestó el dolor.

Los primeros días apenas distinguía si estaba dormida o despierta, pese a que en sueños veía escenas de mi vida en el ático y en la universidad y cuando volvía a abrir los ojos Ismael siempre estaba a mi lado.

—Porque a quienes estudian el cosmos les resulta difícil establecer límites —respondió la voz de Alberto, dándome un susto de muerte. De alguna manera, siempre se las arreglaba para aparecer de la nada, sin hacer el menor ruido.

Acto seguido, deslizó el dedo índice por encima de uno de los libros que descansaban junto a la fotografía.

La Hidden Society me había advertido de que cualquier día abrirían las últimas voluntades de Domiziana, porque, aunque no estaba claro qué había sido de ella y de Bartolomeo Gritti, se les consideraba muertos.

No me importaban demasiado los detalles burocráticos del testamento de Domiziana; lo que no conseguía entender era cómo había podido hacer trizas mi pasado.

—¿Acaso yo no era suficiente límite? —pregunté, recorriendo despacio la pared de aquella estancia que tan bien conocía.

Me apoyé en una cómoda para mantener el equilibrio. Habíamos compartido cientos de almuerzos allí, además de infusiones o licores después de veladas en lugares que siempre me habían parecido demasiado buenos para ser verdad. Quizás ahora entendía por qué.

—¿Lo planeó todo? ¿Me invitó a vivir aquí porque necesitaba… un cuerpo para un artefacto?

Alberto tomó el primer libro, uno de los pesados manuales de astronomía de la maga, y pasó el dedo índice entre las páginas, hojeándolas con rapidez.

—Dicho así, parece un monstruo, Ámbar. Tú tampoco dudaste en prescindir de la moral para obtener lo que deseabas.

La acusación cayó sobre mí como un jarro de agua fría que me paralizó en medio de la sala, mientras la cabeza me daba vueltas.

—¡Derramé un poco de polvo en una pulsera para evitar que me volvieran a borrar la memoria!

¿De verdad pretendes compararnos? Por favor, dime qué parte se me escapa, porque, por lo que tengo entendido, Domiziana y el profesor Gritti compartieron el descubrimiento de una estrella y desde entonces recurrieron a todos los medios a su alcance para quedarse con su poder.

Domiziana no dudó en recurrir a cualquier medio a su alcance con tal de vencer.

—Es cierto —confirmó Alberto, abriendo el libro que estaba sobre la mesa.

Además de páginas y páginas de diagramas celestes, aparecían papeles sueltos con gráficos trazados a tinta y un dibujo.

Levanté la vista cuando la página se deslizó por la mesa.

En el dibujo se veía representado un dedo, colocado en un envoltorio de tela, como si se tratara de una reliquia.

Sin embargo, era una parte de mi cuerpo, el pedazo de mí que siempre había pensado que me habían arrebatado por un juego cruel, sin imaginar cuál era la verdad.

—¿Lo hizo sola? Me secuestró y luego…

—Sí, realizó un ritual prohibido. Vinculó tu cuerpo al poder de una estrella, como si fueras un najma . Los humanos tenéis una composición ideal para ser transformados en artefactos. Basta un trozo del tamaño de un dedo para liberar su fuerza.

Sentí que se me secaban la boca y la garganta, como si mi cuerpo me impidiera hablar, como si me sugiriese que aquel era un terreno árido, que debería volverme y caminar en otra dirección, correr hacia otra parte.

En lugar de eso, unas cuantas palabras se abrieron paso, impulsadas por el dolor de saber que me habían tratado con menos cuidado del que se le dedica a un objeto.

—Le bastaba mi dedo meñique… y el resto era un problema.

Alberto dejó escapar un suspiro y cerró el libro, pero dejó el dibujo encima de la mesa.

—Confiaba en que el colgante inhibidor fuera suficiente para mantenerte a salvo.

El mayordomo me dedicó una larga mirada, y por primera vez descubrí una emoción en su rostro. Se veía vacío, de la forma más dolorosa que conocía. Estaba solo, con los ojos hundidos entre sombras y los labios casi inmóviles. Guardó silencio, como si quisiera comunicarme un mensaje con la mirada.

La verdad era que él y yo nunca habíamos mantenido ese tipo de relación.

Tampoco entre los tres: Domiziana, Alberto y yo.

Pese a que me había sentido acogida por ellos, siempre notaba como si nos separase una fría losa, un cristal por el que intentaba escalar para acabar sin remedio en el suelo, a un centímetro de Domiziana, sin poder tocarla nunca.

Uní las manos y sentí la tibieza del meñique de latón. Ismael se había ofrecido a acompañarme al apartamento, pero yo sabía que solo a mí me correspondía exigir la verdad sobre Domiziana. Volvería con él para procesarla.

Inspiré e intenté poner freno a la fuerza de las estrellas latente en mi pecho.

Dormir mi energía se había convertido en la parte más compleja de la curación.

El poder era como una ola, y la había llevado a tal altura que se había estrellado en su descenso.

Me había aplastado contra el suelo. Tras liberar las ondas doradas y cálidas que contenía, solo había quedado una cáscara fría y débil.

Pasé días temblando bajo las mantas y hacía muy poco que había comenzado a recobrarme.

Pakuna me había sugerido que invocara la energía en pequeñas dosis, para encontrar el equilibrio adecuado, pero yo temía ceder a la sensación de gozo que me producía el polvo de estrellas entre los dedos.

—Si eso es todo, me voy —dije, dirigiéndome a la salida.

—¡Espera! —exclamó Alberto, reuniendo fuerzas para levantarse y cerrarme el paso.

—Ámbar, tanto tú como Domiziana sabíais lo que significa tener un rival.

Es un tormento devorador y, al mismo tiempo, un fuego que estimula.

La relación entre Domiziana y Bartolomeo Gritti se deterioró, y lo que nació como una colaboración sin igual se convirtió en una competición sin reservas para apropiarse de un poder que, en realidad, no necesitaban, pero…

—Se llevó el puño a los labios, como si retase a las palabras a salir y se asegurara de hacerlas retroceder al primer intento.

—Pero ¿qué? —Lo azucé, mirándole a los ojos, acariciando todavía la ilusión de que hubiera alguna verdad que cambiase el punto de vista del proceder de Domiziana.

—Nada… —El mayordomo sacudió la cabeza y dio un paso atrás, señalando todo el salón—. Sé que no podrá compensar lo que sientes, pero Domiziana te nombró propietaria de esta casa. Espero que sepas cuidarla. Si necesitas mi ayuda…

Instintivamente, cogí el libro de la mesa y lo arrojé contra el retrato de Domiziana.

Alberto fue rápido y lo atrapó al vuelo. Me miró con un destello de severidad, cerró el libro con delicadeza y lo volvió a colocar, como si su ama fuera a regresar de un momento a otro para consultarlo.

Pero Domiziana nunca volvería. Nunca más la vería fumar en el balcón ni hojear revistas con el ceño fruncido.

No comprendía cómo podían justificarse sus acciones.

A lo mejor, Alberto no estaba ciego a la locura de su jefa, simplemente era leal.

El mundo de la Hidden Society distaba mucho de ser bueno, en cualquiera de los significados que se le quisiera atribuir a la palabra.

La magia no hacía mejor a la gente oculta, solo les proporcionaba medios insospechados para engañar y someter a los demás, y yo había sido una estúpida ingenua.