Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 29 #7
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Capítulo 29 #7

Había sido ella. Durante todo aquel tiempo mi dedo había estado guardado en su collar.

Lo había llevado consigo, manteniéndolo oculto, y me había mentido durante meses.

Sobre todo lo ocurrido. Me había mentido cuando fue a verme al hospital y en sus frecuentes visitas a Génova.

No tenía ni idea de qué significaba en términos mágicos tener en su poder una parte de mi cuerpo. No estaba segura de querer saberlo.

Dejé que resbalara sobre el banco de madera y retrocedí, trastabillando.

Ismael me sostuvo y me rodeó los hombros para impedir que me cayera hacia atrás.

Miré a mi alrededor y me di cuenta de que Gritti estaba en las mismas condiciones.

La herrumbre había ascendido por su mentón en forma de un reguero de costras abultadas y se unía al rojo de sus labios, mientras una mancha encarnada se extendía por el centro de la frente, ignorando sus desesperados intentos de arrancarla con la mano.

Parpadeé y las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez eran lágrimas de rabia, y quemaban.

Todo en mí se calentó. El dolor en el costado era imperceptible comparado con el desgarro que sentía en el centro del pecho.

La energía comenzó a extenderse a mi alrededor, sin previo aviso.

Se tornó violenta y abrasadora, oleadas y oleadas que hicieron vibrar cada trozo de madera de las góndolas.

La materia respondió a mi poder dispuesta a ser controlada, movida y manipulada, a la espera de desatar la fuerza del mismo caos.

Tenía la posibilidad de cumplir todos y cada uno de mis deseos tan solo con la fuerza de la mente.

Era el poder de un najma inoculado en mi sangre.

Domiziana me seguía suplicando perdón con la mirada. Gritti bufaba, incapaz de formular palabras, y se aferraba al borde de la barca para no acabar más lejos.

—¡Los dos me habéis utilizado! ¡Tú me convertiste en un artefacto, y tú intentaste arrebatarme mi poder! —Las olas crecieron al tiempo que mi voz.

Inspiré, sintiendo el aire tórrido, y contuve la respiración mientras los fragmentos de mi pasado se recomponían por fin en un orden sensato, un orden en el que no habría deseado verlos jamás.

Grité con toda la rabia que me quedaba dentro y la expulsé, porque estaba segura de que si me la guardaba acabaría devorándome.

—Debería…

Dejé la frase en suspenso, intentando refrenar mi primer instinto: hacerles tanto daño como ellos me habían causado.

Mi mente reunía todo lo que me había sucedido, todos los hechos que habían destrozado y reconstruido mi vida, cada vez con menos sentido.

Las olas empezaron a emitir un sonido de ligera fricción, el sol provocaba un hormigueo sobre cada objeto y el calor comenzó a deformar el aire en torno a mí, hasta que se abrió una brecha.

El tejido del espacio se resquebrajó, primero como una fina hendidura donde normalmente solo existía el vacío, y empezó a ensancharse de forma progresiva, transformando el aire invisible en un retazo de otro lugar.

En él danzaban hilos dorados y plateados que se entrelazaban y se separaban, abriendo otras grietas en la nada, como lanzados por una mano invisible que agrandaba cada vez más la brecha.

Era un portal abierto a la luz, demasiado cálido y brillante para distinguir cualquier otra cosa, aunque yo sabía perfectamente qué era aquello.

Era como me había dicho Ismael.

Era una herida, mi herida.

Era el lugar de origen de lo que llevaba dentro, de aquello en lo que me había convertido.

—¿La reconocéis? —bramé, volviéndome hacia Gritti y Domiziana, agarrados al asiento de la góndola.

Entonces noté el viento. Yo estaba protegida por las ondas de calor que generaba, que ardían con la misma intensidad que el portal, pero los demás…

Los demás sufrían la atracción de la hendidura.

Gotas de agua se alzaban del canal y desaparecían en la grieta, y la misma suerte corrió el largo remo de la góndola, pues los remeros se habían lanzado al agua y huían a nado.

—Es la estrella que descubrimos… —farfulló Gritti, tendiendo la mano hacia la luz y enderezándose la corona que llevaba en la cabeza.

La piedra blanca vibraba, respondiendo a la llamada. De ahí procedía su poder, al igual que el del camafeo de Domiziana que contenía mi dedo y… también mi propio poder.

—¡Ámbar!

Me volví y descubrí a Ismael sujeto al hierro de la proa. Tenía la piel enrojecida, las mejillas encendidas, una de ellas marcada por un rasguño, y los ojos rodeados por dos cercos rubescentes. Apretó los dientes y volvió a gritar:

—¡Debemos cerrar el portal antes de que lo absorba todo!

Asentí, temblando. Era así como tenía que acabar.

Al fin y al cabo, aquel poder nunca había sido mío.

Era un error, una aberración perpetrada de acuerdo con los planes de dos rivales que llevaban toda la vida intentando pisotearse, y yo simplemente había acabado en el medio de ellos.

Estaba rabiosa, estaba airada, y deseaba gritar y llorar, pero no podía permitir que Ismael, que la gente que nos miraba boquiabierta desde las callejuelas junto al canal, ni que toda Venecia sufriera daño.

Yo no era así, no sacrificaría a nadie para ser más poderosa.

Sonreí a Ismael, esperando que interpretara todo lo que no podía decirle, lo que nunca podría decirle. Y vi que sus ojos se abrían de par en par cuando lo comprendió.

Avancé flotando y tiré de los bordes de la hendidura, esforzándome en cerrarla.

Intenté curar la herida, sanar las grietas abiertas por los hilos, cogerlos uno a uno y reconstruir la trama invisible del espacio.

Mis dedos trabajaron de manera incansable; buscaron en el aire cada pliegue, cada punto que amenazaba con desgarrarse para recomponerlo.

Sabía que, al mismo tiempo, estaba curando mi herida interior.

Me habían hecho daño, pero no habían conseguido volverme como ellos. Entre tanto, iba cerrando el portal.

Sonreí y enseguida sentí un tirón hacia delante.

La sangre goteaba caliente sobre mis labios mientras mi cuerpo empezaba a enfriarse. Ya no funcionaba, no era suficiente. Había alcanzado y roto mi límite demasiadas veces, y ahora malgastaba mis últimas energías, mientras que el portal seguía reclamándolas.

Comencé a sentir su temperatura abrasadora, el viento que me absorbía por dentro, y entendí que si me soltaba podría coser los pedazos a mi espalda.

Cerré los ojos. No quería. No quería irme, pero ya no tenía fuerzas para contrarrestar el poder de la grieta.

Espiré y busqué a Ismael con la mirada antes de dejarme arrastrar.

Sin embargo, Ismael se abalanzó sobre mí. Se lanzó utilizando un remo como palanca y me aplastó contra el banco de la góndola, agarrándose a los bordes del asiento para mantenernos presionados contra la madera.

Sus ojos ardían. En la base del cuello y en el dorso de la mano izquierda aún podían verse las cicatrices rojas dejadas por la herrumbre, aunque ya no había ni rastro de ella. Sus músculos temblaban por el esfuerzo que hacía para sujetarnos a ambos.

Tardé un segundo en darme cuenta de que compartíamos la misma fuerza, la energía escasa.

—No te dejaré ir, Ámbar.

Apenas podía hablar, pero tendió una mano hacia delante.

Era el mismo patrón de movimientos que utilizaba para manipular los hilos de sus anillos, y comprendí que conservaba algún resto de su poder.

Solo que ahora su marbiri era yo y no necesitaba estar unido a mí para manejar a Gritti como una marioneta.

Vi que el profesor se alzaba vacilante; sus piernas apenas le sostenían mientras se dirigía hacia el portal.

—¡No, no, no! —gritó, resistiéndose y tratando de escapar, pero fue en vano, pues estaba bajo el yugo de Ismael.

—Sujétate bien la corona —le dijo, antes de hacer que saltase.

Gritti desapareció entre los deshilachados retales del aire, absorbido por la resplandeciente luz de la estrella que tan desesperadamente había anhelado.

El portal redujo su tamaño, se cosió y se afinó. Pensando que tal vez así sería capaz de cerrarlo, hice ademán de levantarme, pero Ismael me retuvo en el banco mirando a Domiziana.

Mi madrina se había puesto en pie con dificultad tras tirar al suelo la capa, como si el peso de la tela le resultara insoportable. Mientras caminaba hacia la brecha, me pareció ligera, hecha de aire y hierro, ingrávida, como siempre la había considerado.

Las manos de Ismael se mantenían firmes. Su cara reflejaba el mismo estupor que la mía.

Domiziana se volvió una sola vez y bajó la mirada hacia mí. Mientras, el camafeo flotaba ante ella y los hilos de luz comenzaban a devorarlo, exigiendo el poder latente en su interior.

—Espero que puedas perdonarme, Ámbar —dijo, respirando a duras penas—. Si me concedes un último deseo…, pediría un recuerdo que no te consuma.

La sonrisa que me dedicó fue triste y echó por tierra todo mi resentimiento.

Intenté levantarme de nuevo para ayudarla, pero en esta ocasión ni siquiera hizo falta que Ismael me lo impidiera; mi cuerpo no tenía fuerzas.

Solo pude ver cómo Domiziana traspasaba el portal y cerraba tras de sí hasta el más ínfimo de los hilos.

De repente, el aire recobró su perfecta calma y tibieza, y a nuestro alrededor los presentes prorrumpieron en gritos y aplausos por lo que debían de haber interpretado como un espectáculo con unos trucos sensacionales.

Permanecí abrazada a Ismael en el banco de la góndola, con el denso aroma de la magia como único rastro del portal. Había sangre y trozos de madera agrietados, pero lo único que nos quedaba era la fuerza para abrazarnos y para gozar del cielo estrellado.