Capítulo 29 #6
Pero ahora lo sabía. En mi interior había un nudo que me refrenaba, me oprimía, como si quisiera impedirme hacer daño, porque siempre me habían enseñado que eso estaba mal.
Dejé caer la tela sucia y arrugada, y caí en la cuenta de lo mucho que aún se parecía a una túnica inmaculada, el atuendo adecuado para un sacrificio.
Eso era lo que esperaban que fuera, una víctima silenciosa, amansada por cumplidos y falsas esperanzas.
Habían cometido un único error: concederme demasiado poder, pensando que no lograría controlarlo.
Una chica insegura con una necesidad apremiante de cariño.
Quizás pensaban que caminaba de puntillas con el fin de no molestar, pero solo cubría mis huellas.
Y no tenían ni idea de lo lejos que había llegado.
Solo había una persona a la que no quería dejar atrás, y confiaba en que eligiera caminar junto a mí. Una mano que anhelaba estrechar. E incluso ahora que podía llamar a las estrellas por su nombre, el único nombre que quería pronunciar era el suyo.
—Ismael…
Lo había visto todo. Me había visto derretir la máscara sin vacilar, pese a que en ese momento, como en tantas otras ocasiones, tampoco conseguía leer nada en su mirada.
Estaba de pie a mi lado, sin que apenas le afectase el vaivén de las olas del Canal.
Sus hombros subían y bajaban con lentitud, pues recuperaba el aliento tras el combate.
O quizás estaba decidiendo si yo era un monstruo o no.
Me apartó el flequillo de la frente y clavó los ojos en mí.
Hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y sus labios esbozaron una sonrisa de satisfacción.
Tardé un instante en darme cuenta de que se sentía orgulloso de mí, y otro en entender que no hacían falta palabras.
Ahora comprendía perfectamente su silencio.
—¿Cómo me has encontrado? —pregunté.
—Cuando dejaste de escribirme, te busqué por todas partes.
Gritti nos comunicó a todos que cumplías una misión organizada por él en el exterior.
Por supuesto, no nos lo creímos. Leo, Bianca, Jacopo y yo examinamos cada pista.
Sí, hasta Jacopo estaba preocupado. Pero Gritti se esmeró en ocultar tu rastro.
Me disponía a partir cuando Lisa se puso en contacto conmigo.
Me lo contó todo tras asegurarse de que su hermana estaba sana y salva.
Estaba a punto de entrar en casa de Gritti, pero Lisa me avisó de que en dos días participarías en el Carnaval.
—Abrió y cerró los dedos desprovistos de anillos—.
No te imaginas el esfuerzo que tuve que hacer para quedarme quieto mientras ese cobarde te mantenía encerrada.
Para desahogarme, escribí una descripción detallada de lo que desearía hacerle.
No daba crédito: Ismael reconocía su odio hacia Gritti.
—¿Sagredo, el cuidadoso planificador, revelándose como un ser impulsivo? ¿Quién eres en realidad? —Se me escapó una risita que resonó en mi pecho y me provocó otro pinchazo doloroso.
—Soy… el caminante que sigue tu luz, Ámbar. Nunca me he perdido, no he recurrido a ti en busca de salvación y, sin embargo, te has convertido en mi estrella.
Porque cuando no necesitamos a una persona y seguimos buscándola, encontramos la forma más pura del deseo.
Sonreí e Ismael me acarició la mejilla con la palma de la mano. Retrocedí, tambaleándome hacia atrás.
—¡No me toques! ¡La herrumbre!
Como respuesta, Ismael me agarró del brazo sin esfuerzo y tiró de mí hacia él, abrazándome. No sufrió ningún temblor, se mantuvo firme y sereno.
—¿Por qué no aparece la herrumbre? —pregunté desconcertada, cogiéndole ambas manos, retorciéndoselas y comprobando que bajo la piel se transparentaban las venas de sus muñecas, como lo harían en un día normal de verano.
—Ámbar, ¿de verdad has conseguido entender tantas cosas sobre ti y esto no? No comprendes que…
Seguí las líneas de sus manos como si pudieran orientar mi razonamiento por caminos que nunca había recorrido.
Había barajado todas las hipótesis. Estaba hecha de la misma sustancia que un artefacto.
Ismael había utilizado mi poder de forma involuntaria al beber una gota de mi sangre y, a partir de entonces, la herrumbre había empezado a corroerlo.
Eso era lo que sucedía cuando se utilizaba el poder del marbiri de otro mago, pero ahora…
—Ahora te pertenezco —susurré.
Y entonces vi sonrojarse a Ismael Sagredo por primera vez en mi vida.
Entrelacé mis manos con las suyas, sin poder imaginar que el simple hecho de tocar a otra persona me hiciese tan feliz.
Si bien había puesto mi vida patas arriba, Ismael Sagredo la trastornaba de la mejor manera posible; cada descubrimiento que hacía a su lado era una sorpresa, y parecía imposible que, a pesar de todo, nos hubiéramos elegido.
Le levanté las manos y le besé los nudillos, sintiendo cómo su piel se renovaba con mi roce. Poco a poco, el calor que me rodeaba lo envolvió, calentándolo sin lastimarlo.
Miré a Mora, que se había rendido en su afán por intentar liberarse de la red y yacía boca abajo, inmóvil. Me disponía a comprobar qué hacía cuando una nueva explosión de luz me obligó a girarme hacia la otra góndola.
Domiziana liberaba una nueva ráfaga de viento. Esta vez pude distinguir los filamentos dorados que se propagaban por el aire y se precipitaban contra Gritti.
—No es posible —musité, y descubrí idéntico estupor en los ojos de Ismael. Intentaba comprender, pero parecía tan desconcertado como yo.
Traté de dar un paso adelante, pero él estiró un brazo para detenerme.
—No te metas, no es asunto tuyo.
Estaba a punto de responder que quería saber, comprender la naturaleza familiar de aquel viento, cuando me percaté de que Ismael tenía razón.
El enfrentamiento entre Gritti y Domiziana no era asunto mío, era su batalla; llevaban años preparándose para librarla.
Y lo habían hecho armándose mutuamente, avivando el conflicto sin lograr enfriarlo nunca.
Habían alimentado el fuego que compartían con veneno y, ahora, las llamas que ardían entre ellos eran negras.
Ambos gritaron.
Mi madrina sacó una lupa plateada y apuntó con ella a Gritti antes de que pudiera escabullirse.
El mago se estremeció, y su brazo derecho empezó a encoger hasta volverse como el de un muñeco.
La insultó, mientras con la mano de tamaño normal que le quedaba empuñaba una aguja.
La agitó en el aire como si cosiera con un hilo invisible y, un instante después, mi madrina se tocó la cara entre alaridos.
Tenía un ojo cerrado y los párpados unidos por un hilo que asomaba a través de la piel.
Gritti también intentó coserle la boca, moviendo la aguja con furia, pero ella logró colocarse una goma entre los labios cuando las primeras puntadas se cerraban. Un instante después su aliento se incendió y un dardo llameante cruzó el aire para clavarse en el profesor.
El magister chilló de dolor y cayó de rodillas.
Avanzó a gatas, con sus elegantes ropas sucias y rasgadas.
Su fachada se había desmoronado. Incluso su traje estaba hecho jirones.
Los botones colgaban deshilachados, la corona sobre su cabeza estaba torcida, y su bastón, destrozado a su lado.
Cuando apoyó la mano en el suelo, creí que iba a suplicar clemencia, pero se sacó del zapato una pieza de cerámica y, haciéndola girar, apuntó a Domiziana.
El brazo de mi madrina se volvió tan blando como la arcilla húmeda y cayó bajo el peso de la lupa hasta pegarse a su costado. Con un suspiro ronco, también acabó de rodillas en el suelo, sin aliento, y un instante después los brazos de ambos recuperaron la dimensión y la consistencia habituales.
Durante un momento que se hizo interminable, se miraron fijamente.
Gritti y Domiziana luchaban en igualdad de condiciones, pero ambos habían agotado sus fuerzas.
Se observaban como esperando vencer al otro utilizando solo el poder mental.
Entendí que aquella mirada contenía todas las disputas que habían mantenido a lo largo de los años y que sus mentes se centraban en una única idea.
Cada uno de ellos asió una mitad del bastón y la clavó en el estómago de su rival.
La sangre salpicó por todas partes, se esparció por la ropa, empapándola, y goteó sobre el banco de madera de la góndola.
Grité algo que ni siquiera entendía e invoqué la energía abrasadora que vencía la gravedad para desplazarme flotando hacia Domiziana mientras ella se desplomaba de rodillas y presionaba con las manos la herida abierta por el bastón.
La rodeé con los brazos y la levanté sin esfuerzo.
No pesaba nada. Se apoyó en mí y reclinó la cabeza sobre mi pecho, mirándome a los ojos.
Me quedé horrorizada.
En el fragor de la batalla no me había fijado en las venas rojas que palpitaban en su cuello y rodeaban sus sienes. Su piel diáfana estaba agrietada por la herrumbre.
—Perdóname —sollozó, y se llevó una mano temblorosa al camafeo que le colgaba del cuello—. Esto…
—No es momento para discursos —la reprendí, estrechándola entre mis brazos para cubrir la herida con las palmas de las manos abiertas.
Sabía que estaba a punto de contarme algo sobre mí, probablemente lo que me había ocurrido, pero, al ver la sangre derramada, no pensé en nada más, ni siquiera en la verdad sobre mi secuestro.
—Quiero tu perdón —susurró Domiziana, y tocó el borde del camafeo, que se abrió para mostrar un pequeño compartimento secreto, del tamaño de un pequeño huevo y forrado de seda.
Entre los pliegues de la tela, perfectamente conservado, como si se tratase de una réplica de cera, había un meñique. Mi dedo meñique izquierdo.