Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 29 #5
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Capítulo 29 #5

—Debería haberme enseñado —le grité a Gritti—. Debería haber hecho lo que hacen los verdaderos maestros y haber aumentado mi poder. Juntos, podríamos haber trazado nuevas rutas celestes y protegido los artefactos antiguos.

Gritti se giró con brusquedad, como si mi simple presencia arruinase su triunfo.

Experimentó un breve temblor, pero enseguida se recobró y se ajustó la corona en la cabeza.

Ya no necesitaba una sonrisa cortés, podía mirarme con toda la frialdad que encerraba en su corazón. Yo había dejado de ser útil.

Las góndolas habían retomado la navegación y pasaban bajo el puente de Rialto.

La gran silueta del arco nos cubrió de sombra unos instantes.

—Mátala —sentenció Gritti con indiferencia.

Mora aceptó la orden con una mueca de satisfacción y el aire de quien se dispone a cumplir un deseo largamente acariciado. El otro par de brazos metálicos rodearon mi cuello y apretaron sin vacilación. Sus dedos de hierro ignoraron el calor de mi piel y se cerraron con fuerza.

Apelé a las brasas, pero las cenizas las habían sepultado.

Intenté inspirar para reavivarlas, pero el aire había dejado de filtrarse y empecé a contar solo con la escasa reserva de oxígeno que me quedaba.

Sentí que la sangre me martilleaba en los oídos y que se me nublaba la vista, como chamuscada en los bordes.

Pataleé y forcejeé, pero Mora me sujetaba con decenas de manos, o tal vez intervenían también las otras máscaras, ya no lo sabía. No veía nada. Estaba perdiendo por completo la sensibilidad.

Miré hacia arriba y percibí el último resplandor de las estrellas; ante ellas, vislumbré una sombra que caía del cielo.

Por fin, me desplomé como si estuviera dormida.

Primero llegó el blanco, luego el silencio. Ya no sentía nada.

Entonces el mundo se ralentizó, como si la velocidad me afectase de nuevo, y el aire se abrió camino en mi pecho inmóvil.

Abrí los ojos y noté una sombra a mi lado, junto con la sensación de un brazo que me sujetaba la espalda, mientras la única orden que era capaz de darle a mi cuerpo era la de respirar.

«Respirar».

«Respirar».

Estaba sentada en la proa de la góndola, con la espalda apoyada en el hierro, inspirando todo el aire que me permitía tragar mi dolorida garganta.

Frente a mí, dos cuerpos se retorcían en una lucha encarnizada. Mora estaba aplastado contra el suelo, y un codo se estrelló en su mandíbula, mientras él utilizaba las cuatro manos para librarse del atacante.

La figura recibió un empujón hacia atrás y recuperó el equilibrio con facilidad, enderezando los hombros y metiéndose las manos en los bolsillos.

Vestía un traje negro con bordados dorados y llevaba una máscara igual de brillante, con los mismos adornos que en el pasado estuvieron grabados en sus anillos. Sentí el aguijón de la nostalgia.

Si alguien podía clasificar la ira en una estantería por orden alfabético, ese era Ismael.

Parecía haberse preparado a conciencia para ese momento, como si se hubiera estudiado una enciclopedia entera sobre el tema y, página tras página, hubiera asimilado la violencia escrita en tinta.

Su furia era fría, calculada, pero no por ello menos espeluznante.

—Ismael… —balbuceé. Mi voz sonaba débil, y el resto de las máscaras prorrumpieron en gritos mientras se le echaban encima.

Ismael apenas tuvo tiempo de sacar su reloj y de golpear la esfera antes de verse rodeado por una lluvia de dardos y pequeñas explosiones.

Mientras intentaba discernir lo que ocurría en la escena, una silueta alargada y oscura cruzó el canal a nuestro lado.

Era una tercera góndola, refulgente y punteada de brillantes.

Era la Galasias, de Domiziana. Me agarré al hierro para girarme y descubrí a Alberto empujar con decisión el largo remo para virar la barca en sentido horizontal, interrumpiendo el avance de la nuestra.

Torcí el cuello aún dolorido para reconocer el perfil de Domiziana. Mejor dicho, una versión exhausta de ella que nunca había visto: parecía haber envejecido diez años en apenas tres meses, tan agotada y necesitada de descanso lucía.

A pesar de ello, se mantenía firme, aferrada al farol de su góndola, y observaba a Gritti con todo el rencor reprimido durante años.

Por un momento, fue como si las aguas se detuvieran en torno a los dos magistri . Era el eclipse de dos astros que se reencontraban después de un tiempo inabarcable, después de haber recorrido órbitas que los habían mantenido infinitamente distantes, y que estaban destinados a superponerse.

Domiziana fue la primera en actuar. Levantó una mano y un aura dorada se expandió a su alrededor como un viento tórrido.

Surcó las aguas sin agitarlas y subió a la góndola para golpear de lleno a Gritti en el pecho.

El bogador ni siquiera se movió. El control había sido impecable, pero… había algo familiar en aquella energía.

—¿Qué has hecho, Domiziana? —bramó Gritti, sujetándose la corona con firmeza.

—Ahórrate el sermón, Bartolomeo, esta vez yo he sido más rápida —respondió ella.

El viento que brotaba de su centro empezó a calentarse con gran rapidez y se volvió abrasador. El agua que circundaba las góndolas humeaba, levantando una bruma blanquecina que nos envolvía y que, por los lamentos procedentes de las orillas del canal, imaginé que nos ocultaba parcialmente.

—¡Te has vuelto loca! —la increpó Gritti.

—Tú intentabas hacer lo mismo, pero la diferencia es que yo lo he conseguido; como siempre, debo añadir. —Se desabrochó la capa y pude ver el vestido de un blanco inmaculado que llevaba puesto y también su camafeo—. Esta vez la historia no se repetirá, no permitiré que me arrebates lo que es mío.

El corazón me dio un vuelco. Comprendí que Domiziana vomitaba el odio reprimido que había acumulado durante años, un odio que ahora ardía, negro y venenoso.

Al observarla, tuve la sensación de que la herida que imaginaba oculta tras su aplomo estaba infectada.

Y aunque estaba convencida de que había venido a salvarme, solo parecía tener ojos para Gritti.

El bamboleo de la góndola me devolvió al enfrentamiento que tenía lugar ante mí.

Las máscaras rodeaban a Ismael, arrodillado en la cubierta. Mora estaba en el suelo, a su lado, atrapado por una red que supuse mágica, porque, pese a sus reiterados intentos, no conseguía liberarse de ella.

Una máscara sujetaba el brazo izquierdo de Ismael con un látigo luminoso, mientras otra barajaba un mazo de naipes. Giró las cartas entre las manos con gran habilidad y, cuando sacó una, Ismael empezó a chillar.

No lo dudé, aspiré un largo rato, ignorando el dolor de la sombra fantasma impresa en mi cuello por los dedos de Mora, y, al fin, desperté las brasas. Les ordené que ardieran a toda velocidad, que irradiaran su calor dentro de mí y, poco después, también fuera.

—¡Ismael, colócate como el guerrero persa! —grité, con la esperanza de que no pensase que me había vuelto loca.

Enseguida imitó la postura de la estatua conservada en el Museo Vaticano, inclinándose hacia el banco un segundo antes de que mi viento arremetiera contra él.

El aire estalló y derribó a un par de máscaras, reduciendo el número a dos, además de Mora.

Vi sus cuerpos precipitarse por la borda e instantes después oí el sonido inconfundible de una zambullida en las aguas negras del Gran Canal.

Exhalé para emitir una nueva onda abrasadora y asegurarme de que las corrientes generadas los arrastraran lejos, mientras los otros se aferraban a la madera para no correr la misma suerte.

Ismael me lo agradeció con una sonrisa de admiración, pero no se permitió nada más.

Cerró el brazo ceñido por el látigo y empuñó el arma luminosa.

Su rostro se contrajo en una mueca de dolor mientras arrastraba a la máscara hacia sí, aprovechando el vínculo que los unía.

Tiró de ella hacia delante y, cuando la tuvo lo bastante cerca, le pasó lo que pareció una tiza desde el hombro hasta el costado.

En ese preciso momento no ocurrió nada, pero luego el cuerpo de la máscara se partió en dos, como un trozo de papel rasgado. Grité, temerosa de ver sangre, pero no salió ni una gota. Por el contrario, el hombre siguió braceando como si nada. El látigo perdió su rigidez.

Ismael lo utilizó para proyectar la mitad superior del hombre hacia el exterior de la góndola.

—Tranquila, en unas horas se recompondrá —me aclaró sin volverse.

Le creí, porque lo conocía, lo conocía de verdad y sabía que nunca mataría, ni siquiera por mí. Asentí y reuní todas mis fuerzas para impulsarme hacia delante. Unas cuantas gotas de sangre volvían a brotar de las heridas dejadas por las agujas cada vez que me movía. Me sentía cada vez más débil.

La última de las máscaras levantaba un guante de malla cuando rodeé su rostro con las manos y rogué que las brasas ardieran de nuevo.

Puede que Ismael se comportase como un caballero incluso con nuestros enemigos, pero yo me había cansado de ser el blanco de quienes pensaban que podían utilizarme.

Alguien había implantado en mí un poder ilimitado para aprovecharse de él, y ahora otros creían que podían hacer lo mismo.

Ni siquiera me sentí culpable cuando las palmas de mis manos empezaron a arder y noté que el yeso se derretía sobre la cara de la mujer.

Entre alaridos, se lanzó al agua y desapareció de nuestra vista. Por un momento la calma reinó en la góndola, e Ismael y yo compartimos el tiempo de una mirada.

Me limpié los restos del yeso, frotándome los dedos contra la tela de la falda. ¿Intentaba también eliminar el rastro de lo que había hecho? La primera vez había sido por error. Había derretido las manos del hombre en el callejón sin siquiera saber que podía hacerlo.