Capítulo 29 #4
Como si se produjera una pequeña explosión, se difundió un fragor de viento cálido, y las góndolas que nos rodeaban empezaron a bambolearse, mecidas por las aguas repentinamente agitadas. Gritti cayó sobre el asiento y se agarró al borde, lanzándome una mirada gélida que intentó mitigar con la voz.
—No te esfuerces demasiado. Eres una humana, y te harás daño. Como antes es mejor —me indicó, mientras con una mano buscaba algo en uno de los bolsillos de la chaqueta.
—Se equivoca, profesor, hace tiempo que no soy humana. Quizás debería haber estudiado de nuevo lo básico antes de emprender este experimento. —Miré el bastón roto—. Ha pagado un alto precio, ¿verdad?
La cara de Gritti se ensombreció, y de su chaqueta sacó un reloj similar al de Ismael. Segundos después sentí que mis movimientos se ralentizaban. Probé a mover los brazos, pero apenas lograba desplazarlos. La rigidez se extendió por todo mi cuerpo, dificultando incluso la respiración.
—Llevo más de cuarenta años de estudio en la Academia, así que ni te atrevas a pensar que me vas a enseñar magia. —Se ajustó el cuello de la chaqueta, como si todo aquello no fuera más que un contratiempo pasajero^ echó un vistazo a la corona para asegurarse de que la energía seguía llenándola.
Y así era, pero eso no la convertía en su propiedad. Todavía era mía, y podría utilizarla si conseguía respirar a gusto. Necesitaba el aire para sentir arder el fuego, pero el reloj me lo impedía. Si pudiera…
Cerré los ojos e intenté ver el mundo a través del polvo que lo habitaba.
Ya no había formas ni contornos, solo chispas de luz aprisionadas en los artefactos.
Podía oírlos resonar, guardianes del polvo de estrellas, y, al igual que con los anillos de Ismael y el collar de Lisa, conectar con ellos.
Sin tocarlo, no era capaz de dispersar el polvo, pero con un esfuerzo conseguí hacer avanzar las manecillas del reloj de Gritti.
La extrema lentitud del tiempo se desplomó sobre nosotros y nos impulsó hacia delante, deprisa.
Inhalé y exhalé con fiereza y la oleada de poder que liberé hizo que todo temblara.
El viento arremetió contra el agua y multitud de olas rompieron contra las calles próximas a los canales, haciendo gritar de sorpresa a los ocupantes.
Un par de barcas volcaron, y alguien se apresuró a lanzar salvavidas a las máscaras que nadaban hacia la orilla.
La góndola a nuestro lado seguía intacta.
Mora y los demás se habían agachado a un costado y trataban de estabilizarla.
Gritti miraba hacia las aguas negras y gritaba.
Había perdido el reloj. El tiempo transcurría a la velocidad de siempre.
El magister perdió el control sobre la tela de mi vestido y sentí que caía, hasta que me envolvió la tibia cáscara de energía que irradiaba.
La fuerza que desprendía era más intensa que la gravedad, y el aire me sostenía como si se sintiera atraído por mí y empujara para rozarme, para que lo calentase.
Percibía todos los objetos mágicos a mi alrededor y, aunque no podía dominarlos, escuchaba su sonido, el latido del polvo de estrellas en sus corazones, igual que en el mío.
—Le daré una definición, profesor: cuerpo tejido de polvo de estrellas en el que hay un destello de fuerza de voluntad que puede desencadenar la magia.
Gritti se sentó y renunció a buscar el reloj.
La arteria palpitante en el centro de su frente recalcaba su respiración furiosa, y sus ojos se abrieron de par en par en cuanto asimiló mi afirmación.
La frustración se hizo patente al comprender que acababa de recibir una clase de una recién llegada a Seledia.
—No puede ser… —Gruñó, aferrándose al borde.
—Claro que sí, por eso la herrumbre ha devorado su bastón. Es lo que ocurre cuando se intenta utilizar sin permiso el poder de un artefacto. Era una humana, profesor, pero ahora soy un artefacto. Soy un najma .
El estupor se translucía en los ojos aterrorizados y cargados de ira de Gritti, con la máscara ya definitivamente rota.
Tenía ante mí el verdadero rostro del hombre que había planificado todos y cada uno de mis pasos en la Academia para hacer crecer mi poder y luego arrebatármelo, y sentí asco.
Descubrí algo que me complacía aún más que escuchar lo extraordinaria que era: sentirme poderosa.
Inhalé todo el aire que me rodeaba y el fuego recuperó el vigor.
Percibí un reguero caliente que me mojaba los labios y, tras tocarme la cara, descubrí una mancha de sangre en la mano.
Me abrasaba. Mi cuerpo se quemaba por concederme aquel poder y…
se consumía. Había sido demasiado de golpe.
Aunque por fin sabía en qué me había convertido, no tenía ni idea de los efectos secundarios.
De pronto, el dolor se incrustó en todo mi cuerpo.
Unas finas astillas me perforaron la piel y noté que el flujo de energía se extinguía.
Caí sobre el banco de la góndola, que zozobró.
El golpe hizo que aquellos pinchos se hundieran más en la carne, y mis gritos se vieron ahogados por los aplausos y la música.
Entre los innumerables espectáculos de la noche, nuestra pelea era una mera farsa a ojos de los humanos.
Me acerqué la muñeca sangrante a la cara y me di cuenta de lo que había pasado.
El vestido estaba hilvanado con finas agujas escondidas entre los pliegues de la tela. Por orden de Gritti, se me clavaban.
—¡Deteneos, no intervengáis! —voceó Gritti, alzando una mano hacia Mora y la otra barca, antes de inclinarse hacia mí.
Por toda respuesta, Mora depositó el bastón roto de Gritti en nuestra góndola, como si su proximidad bastara para conferirle más poder a su amo.
—¿Un artefacto, Ámbar? Algo todavía mejor: prácticamente eres un objeto. Según las leyes de la Hidden Society, tal vez ni siquiera cometa un delito al tomar el control de todos tus poderes.
Me retiró la corona de la cabeza y se la puso, dejando caer la máscara de león al suelo.
Al verla, me di cuenta de lo extraordinaria que era: una joya dorada que brillaba a la luz de los faroles, en tanto la piedra blanca del centro emanaba un resplandor idéntico al de las estrellas en el cielo.
—¡Lo hemos logrado! —declaró Gritti, y Mora y las máscaras se regocijaron.
Desde otras barcas también gritaron y aplaudieron, sumándose así a los coros de celebración de toda la ciudad.
Me ovillé en el banco de la góndola. Cada uno de mis movimientos provocaba que las agujas penetrasen más y que el dolor me hiriese en varias partes de manera simultánea.
Me abracé las piernas y volví a soplar sobre las brasas.
La tortura me dejaba sin aliento y me impedía respirar hondo.
El poder cobraba vida a rachas, difundiéndose tibio al principio.
Pero ya no necesitaba expandirlo, solo calentarme, aumentar la temperatura de mi cuerpo hasta fundir el metal de las agujas para que estas abandonasen las heridas, junto con la sangre.
Temblé durante todo el proceso, mientras Gritti invocaba el poder de las estrellas con los brazos erguidos hacia el cielo.
Una explosión de luz envolvió la góndola, un resplandor cegador que duró lo que un relámpago y luego se posó en el aire en forma de lluvia de polvo titilador.
Las estrellas parecían llover sobre nosotros en millares de motas brillantes, y todo el canal estalló en aplausos.
¿Era esa la historia que deseaba contar?
¿La chica coronada que acababa de ser despojada de sus poderes mientras el público exultaba y el magister saboreaba la nueva fuerza que fluía a través de él?
Apoyé las manos en el suelo y me levanté despacio, esforzándome en mantener el equilibrio. Estaba a punto de abalanzarme sobre Gritti cuando dos manos frías se cerraron sobre mis antebrazos y tiraron de mí hacia atrás, alzándome por encima de la borda de la góndola.
El hombre apareció en el ángulo más remoto de mi campo de visión, con un gesto de desprecio en su expresión, por lo demás impasible.
Se había desprendido de su grueso abrigo, dejando al descubierto una serie de correas de cuero que ceñían su cuerpo esmirriado, pero que lo dotaban de un segundo par de brazos metálicos.
Un ápice de conciencia me trajo a la mente al hombre cucaracha que me había capturado en el callejón y que, de no haber sido por Ismael, me habría raptado.
Pasé revista a los rostros enmascarados de los hombres de la barca detrás de mí.
Intenté escabullirme de sus manos y miré a Mora a los ojos.
—Fuisteis vosotros, en el callejón —jadeé.
El dolor debilitaba mi voz y anestesiaba mis pensamientos. Había perdido mucha sangre.
El mago puso los ojos en blanco, como si mi rabia no fuera más que un motivo de frustración y mi deseo de rebelarme contra su agarre un incordio.
Irguió el brazo metálico y me estiró los músculos desde la axila hasta el costado, arrancándome un grito ahogado.
El dolor era una oleada constante, cada vez más intensa, y cubría el fuego que me abrasaba por dentro, sofocándolo hasta reducirlo a un hilo de humo.
—Por supuesto que fuimos nosotros, y estuvimos cerca de…
—Gruñó Mora, apretándome con fuerza los brazos y tirando de mí hacia la otra barca—.
Lo habríamos conseguido de no ser por el entrometido de Sagrado.
Por su culpa, tuve que convertirme en tu perro guardián, para asegurarme de que triunfaras en todas tus estúpidas empresas.
La ira y la desesperación me invadieron de nuevo, se internaron en mis heridas abiertas y descendieron hasta lo más hondo, se mezclaron con mi sangre haciéndola hervir, uniéndose al dolor.
Las sentía por todas partes, ocupaban todo mi pensamiento, concentrado en la certeza de que me habían tratado como a un objeto.
Levanté la cabeza y me aparté un mechón de pelo de la boca.