Capítulo 29 #3
«No». Lisa no se refería a Gritti. Seguí la dirección que había tomado su mirada y encontré las estrellas sobre nosotros.
Todas las luces de Venecia estaban apagadas, excepto los farolillos que colgaban de las góndolas y de las callejuelas junto a los canales.
La ciudad parecía un espejo del cielo sobre nuestras cabezas: una oscuridad que se extendía sin límites y pequeñas llamas que la desafiaban, que guiaban a los navegantes por el Gran Canal y…
me guiarían a mí. Estiré la mano, buscando a tientas el caramelo que había caído de la mano de Lisa.
Quizás era una idea estúpida volver a confiar en ella, pero era cierto que me había revelado la única verdad que importaba: su hermana, su necesidad de libertad.
Puede que yo hubiera sido el precio a pagar, y, ante la obligación de elegir, ella había actuado como lo habría hecho yo.
O quizás todo era una actuación y estaba a punto de firmar mi condena.
Me prohibí pensar demasiado. En cuanto encontré el caramelo, me lo metí en la boca antes de que Gritti me descubriera.
El sabor de las hierbas me impactó como si hubiera bebido jarabe de menta pura y me proporcionó un fulminante soplo de vitalidad.
Chupé el caramelo, mezclándolo con la poca saliva que tenía y tragándolo gota a gota.
—¡Ya estamos! —exclamó Gritti mientras se aproximaba la silueta del puente de Rialto, ajustándose los botones dorados de la chaqueta, como si le esperaran para una reunión de negocios.
A nuestro alrededor, otras góndolas cargadas de máscaras festejaban y saludaban a la gente que se agolpaba en los muelles, y la entretenían lanzando confeti al aire y disparando chispas brillantes, como pequeños fuegos artificiales. El público aplaudía y soltaba gritos de admiración.
—¿Lista para el espectáculo?
Me pareció intuir que los ojos de Gritti centelleaban por debajo de la máscara y deglutí un bocado más generoso de hierbas y saliva.
Mi cuerpo me lo agradeció. Dejó de enviarme señales de alarma con cada aliento y por fin empecé a sentir un rastro de mis brasas.
Noté una sensación rara, como si se hubieran encendido y apagado una y otra vez y en ese momento solo deseasen descansar bajo una capa de cenizas.
Percibí el mismo cansancio que me obligaba a dejarme caer, pero no podía. La góndola de Lisa había desaparecido sin dejar rastro y estaba sola, rodeada de los hombres de Gritti, que había sacado un astrolabio portátil con el que apuntaba al cielo.
—¿Qué tendría que pasar? —pregunté, mientras el remero hundía el largo remo hasta el fondo, con el propósito de contrarrestar la corriente para frenarnos.
—¡Buena pregunta! —Gritti agitó los dedos como si enrollara algo en ellos.
La tela de mi vestido le respondió y me forzó a levantarme, ignorando la oposición de mis músculos. Primero logró ponerme en pie y luego me hizo levitar sobre la góndola.
De las embarcaciones más cercanas surgieron aplausos y un coro de exclamaciones de sorpresa.
A sus ojos debía de parecer una de tantas distracciones del Carnaval, y probablemente ni siquiera la más peculiar.
Desde la góndola de los tragafuegos lanzaban llamas que recordaban a un pájaro ardiendo, y yo debía ser para ellos una chica que colgaba de un hilo. Pero aun así valía la pena intentarlo.
—¡Nos descubrirán! ¡Hagas lo que hagas, los humanos se darán cuenta! —grité, al ver que la góndola se tambaleaba bajo mis pies. Si los estiraba un poco, llegaría a la borda.
—Gracias por preocuparte, pero debes saber que es tradición que los magos celebren el Carnaval, hasta el punto de que los vigilantes siempre colocan, con motivo del festejo, una fila de estacas en torno al Gran Canal.
Durante una noche al año disponemos de la libertad de dar rienda suelta a nuestra magia, que los ojos humanos interpretan como fuegos artificiales o trucos elaborados.
Además, es Carnaval, Ámbar. Semel in anno licet insanire .
«Una vez al año es lícito hacer locuras».
—Ahora necesito que me muestres tu poder, por favor —me pidió Gritti. Su amabilidad volvía aún más odiosas sus palabras.
En un abrir y cerrar de ojos le pegué un mordisco al caramelo y sentí que su sabor fresco se difundía por todas partes, despejaba mi mente y me aclaraba la vista.
Una brisa sopló sobre las cenizas y prendió las brasas.
Hacía años que había abandonado la rabia.
La consideraba un sentimiento inadecuado para la chica en la que quería convertirme, porque siempre me repetían que la rabia solo conducía a la pérdida de control.
No obstante, con el fuego quemando en mi interior, estaba segura de que nunca había estado tan lúcida.
Inspiré y encendí una primera llama vacilante, y después otra y otra, hasta que sentí que mi cuerpo ardía.
Controlé el flujo de oxígeno y recordé las palabras de Ismael, la forma en que había fusionado nuestras respiraciones para ayudarme a dominar el poder.
Con el calor de la energía que se expandía evoqué su tacto y deseé que estuviera allí, observándome.
A su lado había olvidado la definición de miedo y muchas otras palabras que ahora revoloteaban alrededor de mi llama, espectros de sombra dispuestos a sofocarla.
Traté de ignorarlos y uní el aliento del fuego al mío.
—¡Bravo, Ámbar! —Aplaudió Gritti una única vez para no perder el control de la tela de mi vestido, que seguía aprisionándome suspendida en pleno vuelo.
Lo fulminé con la mirada.
—No lo diga como si fuera mérito suyo. Desde el principio intentó controlarme. Seleccionaba los libros con los que podía estudiar para asegurarse de que mis investigaciones se encaminasen en cierta dirección, para aumentar mi poder sin que tener consciencia de ello.
Gritti suspiró. La irritación iba corroyendo el tono amable que había mantenido hasta ese momento.
—Creía que habíamos dejado claro que el poder que se te ha concedido es un don que escapa a tu control. No porque no seas suficiente, simplemente porque eres… una humana, una pseudomaga, como prefieras llamarte, pero biológicamente diferente. Te he hecho un favor: te he protegido de ti misma.
Exhalé una bocanada de aire caliente.
Sabía lo que significaba aquella frase. La había oído docenas de veces, y en cada ocasión la había aceptado.
Sabía que a menudo se derivaba de un acto de bondad, de cariño, aunque no siempre, no con Gritti.
Él no quería protegerme. No aquel día, no cuando me había negado el acceso a gran parte de la Biblioteca.
Quería imponerme límites, marcar una frontera infranqueable a mis capacidades.
—¡No! —grité, y el aire empezó a vibrar en torno a mi piel, acariciándola y agitando mi pelo, como si toda la energía ascendiera a gran velocidad. La sentía circular en ondas tibias.
—Despacio, Ámbar, despacio. Lo estás haciendo muy bien.
Gritti asintió y se retiró la máscara de león de la cabeza. Sus ojos se dirigían a algo justo encima de mi cabeza. No reprimió una sonrisa eufórica y morbosa.
Levanté la vista y vi que el aire se encrespaba sobre mí, como cuando en un desierto el calor distorsiona el horizonte, con la particularidad de que ocurría increíblemente cerca, casi al lado del punto central de lo que llevaba en la cabeza.
Alcé una mano para recorrer la superficie lisa del metal ardiente hasta encontrar el relieve de una piedra.
Allí sentí el aire tan cargado de energía que las yemas de mis dedos vibraron. Era una corona. Devoraba mi poder.
Era víctima de lo mismo. Primero, con mi dedo meñique; ahora, con lo que había recibido a cambio.
Querían llevarse un pedazo de mí, como si lo tuviera por error, como si yo no fuera digna de poseerlo.
—Parece estar al tanto de todo. Se enteró del litio, de mi visita a Lisa, de la búsqueda del colgante pensando que era un najma —enumeré con calma, clavando los ojos en Gritti—. ¿No lo sorprendí con cada acción?
Vi dibujarse la perplejidad en el rostro del magister y que un bufido retorcía sus labios. Su amabilidad había desaparecido, toda su atención se centraba en la corona que se llenaba de poder, pero suspiró como para armarse de paciencia y replicó:
—Eres lista y muy ingeniosa, lo reconozco.
El cumplido no me causó ningún efecto. Al contrario, su concesión no hizo más que avivar las brasas de mi pecho.
Percibí hasta la más mínima molécula de calor depositada en la superficie de mi cuerpo y luego las liberé todas.
La energía se expandió como una burbuja, una explosión de viento caliente que se propagó en todas direcciones.
La tela de la falda se infló y desde el entorno llegaron más aplausos y ovaciones, mientras la fiesta de Carnaval continuaba del todo ajena a mí. Decenas de actuaciones tenían lugar al mismo tiempo, y el espectáculo de la chica que levitaba tampoco era tan especial. Era mejor así.
—Cálmate Ámbar, lo estás haciendo muy bien. Ya casi acabamos —comentó Gritti.
Me consideré una estúpida por todas las veces que había valorado más un elogio que la idea de estar orgullosa de mí misma.
Pero ¿realmente siempre había sido así? Sentí un pinchazo en las sienes mientras diversas voces se superponían en mi mente.
Todas eran mías, si bien algunas no parecían pertenecerme.
Noté que mis brazos ascendían y me di cuenta de que Gritti había desplazado los velos de las mangas, obligándome a elevar las manos. Sentí que la energía fluía aún más rápido desde las palmas y se concentraba en la corona.
—Vas a sentirte un poco débil, pero es normal. Todo va según lo previsto —continuó Gritti, con un asomo de avidez en la voz que nunca antes había percibido en él.
Cerré los ojos y me concentré en cada ola de calor que se propagaba desde mi cuerpo y anidaba en la corona. Intenté contrarrestar aquel flujo.
Respiré hondo y contuve el aliento hasta sentir que las llamas se avivaban con más intensidad que nunca y, al exhalar, se propagó una onda abrasadora.