Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 29 #2
89%

Capítulo 29 #2

La máscara se levantó y volvió a su lugar, y entendí que me observaba de arriba abajo.

Volví a tocarme la cabeza y seguí el contorno de la diadema; descubrí que se extendía en rígidas púas metálicas.

Cuando bajé las manos hasta las rodillas acaricié la tela de un vestido demasiado fino para abrigarme, pero pesado como una capa.

Y era espléndido. La única parte sólida era un corsé de hilos dorados que irradiaban desde el centro, mientras que las mangas y la falda eran gasas que parecían atrapar chispas de luz.

Tardé unos instantes en procesar que no poseía un traje así y que no iba vestida de aquel modo el día que entré en el despacho de Gritti.

Intenté hablar, pero se me escapó un sollozo. Por instinto, estrujé la tela dorada.

—Fui yo quien te vistió así —comentó Lisa, sin dejar de sujetarme, como si temiera que con cualquier leve oscilación de las olas terminase en el agua.

—Lee Sun, por favor, no aburras a Ámbar con información inútil. Arruinas la solemnidad del momento. Estoy seguro de que le interesará bastante más conocer los increíbles logros que alcanzaremos gracias a ella y a sus asombrosos poderes.

Volví a sacudir la cabeza para alejar la sensación que me producían sus cumplidos. No me halagaban. Además, por supuesto, me importaba saber quién me había visto desnuda.

—¿Qué me sucedió? —pregunté.

—Has llegado a tu máximo potencial, Ámbar.

Tus poderes se han desarrollado, y ahora estamos preparados para darles el espacio y el uso que merecen.

Te mantuvimos en un sueño mágico con la esperanza de completar el ritual de la manera menos agresiva posible, pero el hechizo se interrumpía una y otra vez.

—Chasqueó la lengua para expresar su enojo—.

Sin embargo, hemos aprendido de nuestros errores y encontramos cómo solventarlos. ¿No es esa la esencia de un erudito?

—No entiendo… ¿No me he esforzado lo suficiente en la Academia? —Odié el tono de súplica de mi pregunta, de súplica en busca de aprobación y de escuchar decir una vez más lo excepcional que era.

Gritti se frotó las manos despacio, como sopesando mi comportamiento en Seledia.

—Eres una estudiante ejemplar y talentosa, hasta el punto de haber superado la prueba de romper el collar antes de lo que me esperaba.

Podríamos afirmar que, a pesar de tus inestables inicios, te las ingeniaste para recibir la capa.

No pongas esa cara, Ámbar, lo sé todo, e incluso procuré ayudarte.

¿Quién crees que liberó al ruginoso de sus dependencias en Reclusión para incentivar tu aprendizaje?

Bien, no fui yo directamente, sino mi fiel Mora. —Señaló un punto a mi espalda.

Me giré para mirar a los enmascarados, uno de los cuales era más enclenque y, si bien se ocultaba tras una máscara angulosa, llevaba ese holgado abrigo marrón que conocía muy bien. Pertenecía a la mano derecha de Gritti.

Solté un murmullo para mostrar mi confusión. No había nada lógico en aquella conversación, y echaba en falta algún detalle, algo que, por lo general, asociaba de inmediato con el magister , que continuó hablando como si abordara una explicación académica.

—Te ruego que escuches mi razonamiento. Me costó semanas de investigación y estudio, pero cuando llegué a la verdad…, ni te imaginas la sensación de plenitud. El diseño celestial por fin tiene sentido.

Traté de incorporarme, pero mis músculos no obedecían. Era una sensación horrible, como si estuviera parcialmente separada de mi cuerpo, como si mi mente, que siempre había bastado para moverlo, ya no funcionase. Necesitaba con urgencia tomar el control, reunir las fuerzas necesarias para escapar.

—¡Es usted un monstruo! —exclamé con dificultad. Hasta intentar gritar me resultaba doloroso.

—Ten cuidado, Ámbar, el agua está helada, y no me gustaría perderte ahora que he encontrado todas las respuestas —dijo, extendiendo una mano más allá del borde de la góndola—.

No obstante, hay una pregunta que me atormenta desde el principio de esta historia: ¿cómo es posible que una humana posea un najma ?

Probablemente no lo sepas, pero desde el día que regresaste a Venecia, todos los magistri percibimos tu energía.

Lo confirmé en la fiesta de Vianoli: disponías del poder de una joya de las estrellas.

De manera que le pedí a nuestra común amiga Lee Sun que me la consiguiera.

Un poder así no podía permanecer en manos de una humana, y mucho menos de una al cargo de Domiziana.

—Así que prefirió llevárselo… —Me sorprendía la pulcritud con la que me explicaba lo sucedido en los últimos meses, como si se tratara de una clase y se asegurara de que entendía cada uno de sus pasos.

—Comprenderás mi asombro al tener en mis manos un vulgar colgante inhibidor.

Deslizó una mano bajo los pliegues del traje y lo sacó. La cadena se desenrolló y el cristal del colgante se balanceó, captando la luz del farol entre sus grietas.

Intenté alargar la mano para atraparlo. Si Lisa no me hubiera sujetado, me habría caído hacia delante.

Solo pude lanzarle una mirada que contenía la herida aún reciente de su segunda traición.

La primera vez le había robado un collar a una desconocida, pero hasta hacía unos días la consideraba mi amiga.

Su respuesta consistió en bajar los ojos, abrumados por un sentimiento de culpa para el que yo no encontraba explicación.

¿No debería estar satisfecha? Todo iba según su plan.

Miré a mi alrededor. Poco a poco me iba acostumbrando a la luminosidad del día y surgían nuevos detalles con mayor nitidez.

En la góndola contigua, además del puñado de figuras que nos observaban en silencio, me llamó la atención una forma alargada.

Era el bastón de Gritti. La cabeza de león estaba inclinada, y la madera negra resquebrajada y devorada por la herrumbre allí donde se desgarraban las fibras.

Ese era el detalle que faltaba.

Gritti se encogió un poco y apretó el colgante en su puño.

—Créeme, te hago un favor alejándolo de ti. Durante meses este colgante limitó tus poderes. Ahora quiero hacerlos crecer hasta cimas nunca antes alcanzadas.

—Quiere hacer crecer mis poderes para luego arrebatármelos.

El agarre de Lisa vaciló.

—¡No seas egoísta, Ámbar! ¿No te das cuenta de que jamás podrás explotar al máximo toda tu fuerza?

Me preocupa que pierdas ese potencial. ¿Cuál es el objetivo último de los magos sino tratar de explorar los más remotos confines de cada ciencia gracias al polvo de estrellas y a través de él?

La magia es lo que nos facilita cumplir nuestras metas, que, si me lo permites, hacen de este un mundo mejor.

Con más poder, investigaremos con precisión la ruta de las órbitas celestes y detectaremos la trayectoria del polvo antes de que llegue a la Tierra.

Construiremos nuevos artefactos, cada vez más estables y funcionales.

Encontraremos la combinación perfecta de materiales y descubriremos sus secretos.

Prevendremos la creación de portales peligrosos, y mucho, mucho más.

¿Lo ves, Ámbar? El poder consiste en algo que va más allá de chispas y terremotos.

Yo seré un sensato guardián de tu fuerza, y tú volverás a ser una chica normal.

—Me guiñó un ojo—. Mejor dicho, una chica especial.

Sus palabras permanecieron sobre mí, tan pegajosas como la grasa.

Me hicieron sentir sucia por haber deseado sus halagos, por haberme alegrado cada vez que aplaudía con entusiasmo mis progresos.

Lo había hecho para aprovecharse. Había sido un magister paciente que me había mimado con falsas caricias.

Y yo había sospechado de todos excepto de él.

Contraje los abdominales y me caí hacia delante, tomando a Lisa por sorpresa.

Me resbalé del asiento hasta que mis rodillas chocaron con el banco.

Los codos impidieron que me golpeara también la cara; me quedé a cuatro patas, intentando controlar la respiración y sobreponerme a las punzadas de dolor que me nublaban la vista.

Gritti hizo un gesto de exasperación, como si esperase verme colaborar tranquilamente tras su confesión. Luego chasqueó los dedos.

—Lee Sun, tu tarea ha terminado. Recibirás lo acordado y serás libre.

Desde mi posición atisbé otra góndola que se acercaba. Además del remero, su única ocupante era una niña de mejillas sonrosadas, una versión risueña y en miniatura de Lisa.

—¿Lee Sun? —la incitó Gritti, al verla inmóvil en el asiento.

Por un instante me ilusioné con que se quedara, pero ella se levantó y miró hacia arriba.

—Déjate llevar, Ámbar —dijo con voz quebrada, antes de saltar con agilidad a la otra góndola y abrazar con fuerza a la niña, que respondió a su abrazo observándome con ojos curiosos.

—Exacto, déjate llevar por mí —sentenció Gritti, al tiempo que se levantaba y le transmitía una serie de indicaciones al remero de la barca de Lisa.