Capítulo 29
Cientos de reinas bailaban a mi alrededor.
O tal vez eran damas de una antigua corte que se habían escapado de un cuadro.
Mis pensamientos, al igual que ellas, giraban en círculos impredecibles, ignorando la gravedad de mi mente, perdida quién sabe dónde, lejos del dolor que caminaba sobre mi cuerpo y molía a golpes, bien mi pecho, bien mis brazos.
Moví la nuca, tanteando la blandura de la almohada sobre la que estaba acostada, sumiéndome en la sensación de haber dormido siglos sin descansar de verdad.
Al menos cuando espiraba y las costillas se relajaban, el dolor se atenuaba y me dejaba en paz.
También estaban las luces. El rojo vivo de docenas de faroles llenó de lágrimas la sutil comisura de mis párpados.
Apenas podía concentrarme en lo que me rodeaba.
Un remolino borroso de faldas y velos de brocado, y flores que trepaban por los suaves contornos de formas que no era capaz de identificar.
Todo me resultaba maravillosamente confuso y familiar al mismo tiempo.
Mi visión se centraba en un marco de columnas blancas que estaba segura de haber estudiado docenas y docenas de veces, y la idea de conocerlas me tranquilizó. Hasta que descubrí sus rostros.
Las reinas tenían el rostro blanco. Y también los reyes que las acompañaban, con sus largos mantos y sus pesadas coronas.
Lo más aterrador eran los bufones, que lloraban sangre y brincaban entre la multitud, postrándose de tanto en tanto en profundas reverencias.
Sus labios perfilados de rojo se estiraban constantemente hacia arriba, pero no lograba oír ninguna carcajada.
A modo de contraste, reparé en su séquito anónimo, una corte negra y uniforme que vagaba sin rumbo, oscilando adelante y atrás, a izquierda y derecha. Todos parecían estar cerca y a la vez fuera de mi alcance, demasiado ocupados para fijarse en mí.
«Tengo que huir». Fue el único pensamiento coherente que conseguí formular, pero, cuando me arrastré para sentarme, la corte de los rostros blancos inició una danza frenética y mi vista vaciló.
A lo mejor era yo quien se balanceaba, pues podía sentir cómo se estremecían los cojines debajo de mí; subían y bajaban como si deseasen acunarme.
Un lento vaivén que prometía acallar el dolor si me tumbaba de nuevo.
—Acuéstate, finge dormir.
Las palabras penetraron como alfileres en mi mente y abrieron una brecha a todos los demás sonidos que me circundaban. Voces y más voces, risas y algún que otro grito placentero, en realidad, demasiado lejanos para captarlos. Todo excepto una voz.
Una sombra se sentó a mi lado. Tardé unos segundos en reconocer a Lisa, y unos cuantos más en percatarme de que intentaba mantenerme erguida, mientras me entregaba un vaso lleno de un líquido transparente que se ondeaba.
—Bebe, es agua —repitió tres veces. O tal vez solo fue su voz repitiéndose y multiplicándose en mis oídos.
Mis labios se apretaron a modo de respuesta instintiva. No aceptaría nada que viniera de ella.
De haber contado con más fuerzas, habría intentado librarme de la mano que me sujetaba, pero la mera idea de sacudírmela de encima me hacía sentir un latigazo de dolor en la espalda.
—Estás deshidratada —añadió.
Esta vez sus palabras se enredaron como un trabalenguas.
A duras penas entendí qué quería decir. Cuando quise articular una respuesta, el aire ascendió por mi garganta con la aspereza de un papel de lija para morir antes de alcanzar la boca.
Estaba sedienta, pero tan pronto como traté de mojarme los labios, Lisa me acercó el vaso a la cara y vertió un poco de agua sobre mis dientes y mi nariz.
Unas gotas bajaron por mi garganta y parte de mí se lo agradeció.
Todas las demás partes seguían deseando estrangularla.
Si al menos consiguiera mantener el equilibrio…
Pero mi visión seguía vacilante. Apreté los párpados y derramé algunas lágrimas provocadas por la luz de los faroles, y me esforcé en concentrarme en el entorno y en Lisa.
Ella también se balanceaba. El pequeño sofá en el que estábamos sentadas subía y bajaba, como una barca.
Un repentino ataque de náuseas me hizo comprender que nos encontrábamos justamente en una embarcación: en una enorme góndola negra que se deslizaba en medio de la noche.
Otras góndolas corrían por el Gran Canal, decoradas con cintas y lazos, e iluminadas por farolillos que se reflejaban en el agua, todas ellas con máscaras a bordo.
Damas y saltimbanquis saludaban agitando abanicos al son de las trompetas.
Una bola de fuego surcó el aire, lanzada por una tripulación con el torso desnudo y brillante de aceite que jugaba con las llamas como si su embarcación no fuera de madera.
Gran cantidad de góndolas transportaban músicos que, con violines y panderetas, entonaban melodías alegres y repetitivas.
La corte de reyes y reinas iba enmascarada, rodeada de una multitud de turistas que arrojaban serpentinas. El viento arrastraba nubes de confeti por todas partes, lanzadas desde lo alto de los edificios al aire perfumado de dulces fritos y vino con especias del Carnaval de Venecia.
—No hagas preguntas —susurró Lisa, mirando al remero, que estaba de espaldas.
Yo no podía verle la cara, solo distinguía sus hombros moviendo el remo adelante y atrás, impulsándonos hacia la fila de barcas que descendían por el canal. Entonces Lisa me entregó lo que parecía un caramelo balsámico. Era verde y pequeño. Olía intensamente a hierbas.
—Tómatelo, te lo envía Pakuna —añadió.
Me armé de valor y le asesté un golpe en la mano, furiosa. El caramelo cayó entre las maderas del banco, la parte más profunda de la góndola. ¿Cómo se atrevía a imaginar que aceptaría algo de ella después de descubrir que me había vuelto a traicionar?
—¿Está despierta?
Una voz anormalmente alta resonó desde algún punto a mi derecha.
Me tapé los oídos y atisbé el farol que colgaba de la proa de una góndola vecina.
Avanzaba con lentitud, como si notase el peso del corrillo de figuras que transportaba, todas enmascaradas con rostros de yeso blanco, excepto el hombre que la guiaba.
Los flecos de su traje se hinchaban al viento, acariciando los rasgos felinos de una máscara de león.
No distinguía los ojos por debajo, pero reconocí la voz: era Gritti.
Claro que era él. La góndola se tambaleó cuando las dos barcas se tocaron, y el bandazo me trajo a la mente los recuerdos de…
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. Me sentía como si hubiera dormido varias horas, pese a que apenas controlaba mi cuerpo. Estaba como fláccido, y cada vez que intentaba hacer algún movimiento los músculos se tensaban como si recibiera una descarga.
—Sí, está despierta —respondió Lisa al cabo de un rato, en un tono neutro.
—Entonces intentemos resolver este contratiempo.
Un hombre enmascarado, con un abrigo marrón, agarró la borda de nuestra góndola, obligando a ambos costados a permanecer lo suficientemente cerca como para permitir que Gritti se cambiase de embarcación.
El asiento crujió y, por un instante, temí que volcáramos y acabáramos en el agua.
En lugar de ello, solo percibí que el casco se inclinaba bajo el robusto cuerpo del profesor.
Lisa pateó el caramelo bajo el asiento. Por absurdo que fuera, valoré la idea de que Gritti no debía verlo.
Fruncí el ceño, confusa. Todavía tenía el olor de las hierbas bajo la nariz, un concentrado portentoso que me recordó al ambiente de la enfermería.
Si Pakuna también estaba involucrada, ¿por qué Lisa le ocultaba aquello a Gritti?
«Actívate, cerebro, por favor», supliqué, aunque el dolor ocupaba la mayor parte de mis pensamientos.
—¿Cómo estás, querida Ámbar? —Gritti se sentó enfrente de mí. Su voz retumbaba, grave y tranquila, bajo la máscara. Se mostraba tan sosegado y obsequioso como siempre.
—No lo entiendo —murmuré, masajeándome las sienes y presionándolas con las frías yemas de los dedos para tratar de mitigar las punzadas de dolor.
Mis dedos tropezaron con algo, una especie diadema metálica a la que no concedí importancia.
Gritti siempre me había apoyado y había hecho todo lo posible para que me quedase en Seledia, a diferencia de…
Un pinchazo se concentró en mi pecho cuando pude respirar hondo.
—Entonces no fue Domiziana… Fue usted.
Gritti se sacudió la melena de león e imaginé que me miraba a través de las oscuras cavidades oculares agujereadas en su máscara.
—Te aseguro que tu madrina tiene más culpa de la que crees.
En lo que a nosotros respecta —prosiguió, señalando a las figuras que nos rodeaban y posándose una mano en el pecho con ademán teatral—, somos inocentes.
No tuvimos nada que ver con tu secuestro ni con la barbaridad que cometieron al amputarte el dedo. Siempre hemos intentado ayudarte.
—¿Ayudarme?
A nuestro alrededor, Venecia estaba de fiesta.
Yo era una más entre los chicos y chicas sentados en las calles paralelas a los canales que brindaban con humeantes vasos de lo que imaginé que era el clásico vino caliente de invierno.
Y las máscaras pasaban más desapercibidas que cualquier rostro descubierto.
—Llevamos días estudiando y experimentando para ti. Supongo que te sientes agotada. Al fin y al cabo, no existe ningún experimento que no comporte efectos secundarios. Es la cruz de los que somos académicos e investigadores, pero también nuestro orgullo. Y tú, Ámbar, eres un milagro.
De toda su exposición solo me quedé con una palabra.
—¿Días? —repetí, sintiendo que el sonido se hundía muy dentro de mí.
—Han pasado unos veinte días desde que hiciste tu feliz entrada en mi despacho para anunciarme tus progresos. Me hiciste sentir orgulloso de ti.