Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Me pasé la semana siguiente investigando, enfrascada en los libros con el propósito de encontrar una escapatoria para la verdad que Lisa me había revelado.

Sin embargo, las inmensas bibliotecas de la Academia carecían de material relacionado con mi capacidad de escindir los vínculos con los artefactos, en especial con los marbiri .

Le pedí a Lisa que me ayudase a buscar referencias, pero todo parecía indicar que la información era escasa.

Llegada a este punto, estaba dispuesta a que Gritti me castigara si descubría que otra estudiante me entregaba libros a escondidas.

Los magos consideraban que el polvo de estrellas era una divinidad, aunque se guardaban mucho de hablar de él en esos términos.

Instar al polvo de estrellas a abandonar un artefacto era un acto ignominioso, a juzgar por los antiguos escritos de Seleuco de Babilonia.

Me había devanado los sesos toda una tarde con la breve explicación de un anónimo artífice asirio, autor del primer modelo de collar inhibidor.

Se trataba de la copia de una tablilla de arcilla, reproducida en un volumen cientos de años más tarde, junto con anotaciones dispersas de artífices y filósofos de épocas posteriores.

Se discutía el concepto de verdad absoluta y relativa, se analizaban posibilidades para eludirla y, tras páginas y páginas de controversia transmitidas a lo largo de los siglos, se llegaba a una conclusión: la primera respuesta una vez extirpado el collar podía ser una sombra de verdad, pero jamás una mentira.

Domiziana era responsable de alguna manera de la historia de mi colgante perdido.

Levanté la cabeza de la mesa y me froté los ojos, sin apenas conseguir enfocar a Lisa, que estaba a mi lado.

—Creo que cenaré y luego volveré…

—Ámbar, son las ocho de la mañana —carraspeó Lisa, estirándose en la silla y señalando la ventana al fondo de la biblioteca.

Hacía una mañana tan sombría que podía confundirse con un atardecer.

Enero había irrumpido, y yo había perdido la noción del tiempo.

La única vez que las manecillas del reloj se alinearon había sido en Nochevieja, cuando Bianca y Leo me obligaron a salir de entre las estanterías para llevarme a la torre a ver los fuegos artificiales en el cielo de Venecia.

Esa misma noche recibí una larga carta de Ismael, una de las numerosas páginas que llenamos de tinta durante aquellos días, en las que cada palabra era especial.

Le había hablado del collar y del descubrimiento, y él me animaba a buscar la verdad.

Su ausencia me pesaba menos así, aunque el papel no lograra transmitir la sensación que me producía verle girar la pluma entre los dedos, o sus miradas, que tanto me decían sin necesidad de palabras.

—¿Me estás escuchando?

La voz de Lisa me llegó distorsionada y sacudí la cabeza para concentrarme en ella.

—Me temo que me he perdido —confesé, limpiando de mi mejilla la huella del volumen sobre el que me había desplomado.

Lisa dejó escapar un pequeño suspiro.

—Te decía que ya has estudiado bastante, ¿no crees?

Si aún tienes dudas, ¿por qué no le preguntas a un magister ?

Panfilio es el guardián de las bibliotecas, y Poluaro una de las mayores expertas del mundo en metalurgia —dijo, empujando hacia mí los restos del collar que conservaba en una cajita de madera.

Acaricié sus aristas y las presioné con la yema del dedo, como si buscara la clave para despertarme y pensar con más claridad en aquel inocuo pinchazo.

—Podría hacerle una visita a magister Gritti —concluí, recogiendo la cajita y poniéndome en pie.

A Lisa pareció sorprenderle mi decisión.

—¿Por qué molestar a un astrónomo por un asunto así? El resto de los magistri poseen competencias más específicas.

—Ninguno de ellos me ha apoyado y animado como lo ha hecho Gritti a lo largo de estos meses. Fue el primero en confiar en mí, incluso cuando nadie veía mi potencial mágico, ni siquiera Domiziana —añadí.

Recogí mis cosas y me dirigí al despacho del profesor. Lisa me acompañó, aunque seguía empeñada en que recurrir a él no era adecuado.

—¿Tienes miedo de que te expulsen, ahora que te has liberado del collar? ¿Qué es lo que querías? —le pregunté, confusa ante su insistencia.

Lisa se encogió de hombros.

—A mí no me metas en esto —protestó para, acto seguido, guardar silencio y seguirme a un paso de distancia mientras caminábamos hasta la Cúpula de Astronomía.

Muchas cabezas se giraban al vernos, y algunas se acercaron al borde de la plataforma central cuando nos situamos en el medio del edificio para que nos subiera.

—Esta vez no has hecho nada malo. Yo también he estado en tu situación, más o menos.

—Murmuré, tras unos minutos de silencio cargado de tensión—.

Magister Gritti es un hombre… más que justo, y creo que estaría dispuesto a arreglar todo esto.

Si de verdad Domiziana te obligó a robar el colgante, y, lo que es más grave, se apoyó en un chantaje, estoy segura de que Gritti encontrará una solución para que te quedes.

Lisa se limitó a asentir, al tiempo que veíamos pasar las diferentes plantas del edificio, y me siguió hasta el despacho oculto en una celda bajo la Cúpula.

La puerta se abrió antes de que llamáramos. Giró en silencio sobre sus goznes y nos admitió en la estancia que yo había visitado antes. Entré con sigilo, observando las estanterías y las vitrinas abarrotadas de artefactos e instrumentos para la lectura del cielo.

Gritti nos esperaba sentado en su enorme escritorio. Su figura destacaba entre dos ordenadas pilas de documentos y una serie de objetos de papelería pulcramente bruñidos.

—Señorita Valmori y señorita Lee, qué grata visita. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Espero no molestarle —dije, examinando su gesto y caminando hacia el fondo, seguida por la sombra silenciosa de Lisa.

—En absoluto —recalcó el profesor, estampando una firma en un folio que procedió a doblar con precisión geométrica.

Aunque no le faltaban tareas, el magister siempre tenía tiempo para sus alumnos.

Le dirigía una mirada a Lisa. Su rostro no transparentaba ninguna respuesta, y todavía parecía tensa, nada dispuesta a bajarse la bufanda con la que llevaba días protegiéndose el cuello desnudo.

— Magister , estamos aquí porque he conseguido desbloquear el collar inhibidor, como usted predijo. —Revelé mi éxito sin poder reprimir una sonrisa de orgullo. Algo vibró en mi interior al ver que Gritti recibía la novedad con más entusiasmo aún.

—¡Señorita Valmori, sabía que haría honor a sus extraordinarias dotes! ¡Enhorabuena! ¡Ahora tendrá que contármelo todo! —exclamó, y atrajo una silla con un gesto de la mano, recurriendo a la misma magia que los Sagredo utilizaban para manejar su palacio.

Sabía que no era un conjuro, no existía nada similar en el mundo mágico, sino más bien la capacidad de remodelar rápidamente la estructura de una estancia propia. Quizás en algún lugar del despacho había desaparecido una silla, o tal vez un jarrón al que Gritti había dado una nueva forma.

Miré esa única silla y me volví hacia Lisa.

—Antes de detallar el proceso, me gustaría que Lisa fuera perdonada por su participación en el robo. A partir de que la localizáramos en el festival, siempre ha estado a mi lado y me ha apoyado en todo. Me ha espoleado a estudiar para desarrollar mi talento.

—Encomiable —comentó Gritti, y la sorpresa no dibujó más que una pequeña arruga en su rostro perfectamente enmarcado por la barba y el pelo canoso.

Sonreí, consciente de que estaba colorada.

Coloqué la cajita de madera sobre el escritorio y abrí la tapa para enseñarle los fragmentos del collar. Gritti se apoyó la cabeza en las manos y hundió los hombros como un búho grande y elegante, con los ojos tan fijos que apenas parpadeaba.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que consiguió romperlo? —preguntó.

—Una semana —aclaré, echando un vistazo a la caja abierta para observar cualquier posible deterioro de los materiales durante el lapso transcurrido.

Los días habían sido fríos, pero los microclimas se alternaban en la Academia de acuerdo con las necesidades de conservación de los volúmenes o los artefactos, y no era extraño pasar de ambientes muy húmedos a estancias secas.

Gritti movió la cabeza de un lado a otro, balanceando todo el torso y la capa, murmurando para sí suposiciones de las que solo capté tímidas señales. Me giré hacia Lisa para dirigirle una mirada triunfante. El profesor parecía más interesado en el collar que en un castigo por el robo.

La mirada penetrante de Lisa a modo de respuesta me dolió.

Tenía los brazos cruzados a la espalda y los labios apretados, como si temiera el momento en que tendría que confesar su participación en el asunto.

Podía comprender sus temores; quizás la obligarían a cumplir una breve condena por el acto que había cometido.

A fin de cuentas, para los magos, robar un artefacto era un delito tan grave como secuestrar a una persona.

Pero yo estaría ahí para asegurarme de recordar al Colegio su contribución en la resolución del caso.

En ese instante, cuando me disponía a decir en voz alta el nombre de la culpable, el nombre de mi madrina, habría deseado que alguien me mirara como yo miraba a Lisa.

Unos ojos amigos, un respaldo para las horas posteriores a aquella entrevista.

Probablemente Domiziana sería juzgada por el tribunal de la Hidden Society.

Respiré hondo, a la espera de que Gritti por fin me preguntase el nombre del cerebro del robo; en lugar de eso, se giró para tomar un cofre a su espalda, una cajita de madera y piedra que enseguida me resultó familiar. ¿Acaso la había visto antes?

Gritti deslizó el cofre por el escritorio y lo colocó frente a mí.

—Ábralo.

Hice lo que pude para aplacar mi excitación. ¿Sería un broche o algún reconocimiento a mis nuevas habilidades ya desarrolladas? En aquellos días había fantaseado con la posibilidad de que el Colegio reconociera un quinto arte: el talento para anular los lazos entre artefactos y magos.

Lo abrí y encontré mi colgante.

El cordón estaba enrollado con cuidado, y el colgante de cristal yacía desportillado entre los pliegues del terciopelo.

Parpadeé, imaginando que mis ojos somnolientos me engañaban.

Me restregué los ojos con el dorso de la mano, pero cuando volví a abrirlos el colgante seguía allí.

Lo alcé con dedos temblorosos y el tacto me resultó familiar.

Posé el disco de cristal en la palma de la mano y observé las difusas grietas y arañazos que habían socavado su color, transformando la superficie iridiscente en un espejo opaco. Sin embargo, allí estaba.

Lo encerré en el puño y me lo llevé al pecho.

No noté alivio alguno, ni sentí que las brasas dormidas en mi interior despertaran como avivadas por el poder directo de las estrellas.

Solo experimenté una sensación de equilibrio, como si me hubiera tambaleado hasta aquel momento y aquel peso efímero me proporcionase estabilidad.

—¿Lo ha encontrado para dármelo? —Mi voz surgió innecesariamente patética, entrecortada, en un intento de no sollozar—. ¿Esperaba el día que fuera digna de él?

—Valmori, Valmori, Valmori… — Magister Gritti estiró su grueso cuello, colocándose el emblema del sol sobre su pecho—. Es usted muy inteligente, pero también muy ingenua.

Detrás de mí sentí que Lisa se movía y luego me paralizó un dolor insoportable en la nuca. Mi visión se nubló y al instante me desvanecí.