Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Lisa se hinchó los mofletes con expresión de derrota y se sentó con las piernas cruzadas.

—¿Has venido a hablarme de tu noche con Ismael? ¿Habéis…?

—¡No! Lisa… ¡Ismael tiene herrumbre! —exclamé, segura de que me había puesto colorada hasta la punta de las orejas.

—¡Ah, así que tiene herrumbre! ¿No te detuvo ningún otro motivo?

Me llevé la mano a la bufanda y me la quité, consciente de que así eliminaba la suave defensa que podía ocultar mi embarazo.

—Me pidió que rompiera el vínculo con sus anillos —le conté, y la temperatura de la buhardilla se desplomó de inmediato.

Lisa soltó algo parecido a un gemido y apoyó la cabeza en la palma de la mano, con la mirada perdida.

—Los quiere más que… a cualquier otra cosa.

—Lo sé. Ahora lo sé —dije, y luego me callé, como guardando un minuto de respetuoso silencio.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó cuando se reavivó, hundiendo las cejas sobre sus ojos negros, ahora ávidos de curiosidad.

—El cómo se me escapa, pero sé que soy capaz de hacerlo. Puedo entrar en sintonía con los artefactos y soltar las cadenas invisibles que los atan a su mago —balbuceé, a falta de términos más científicos.

—Perfecto, ¿lo celebramos? Debe de quedar todavía un poco de vino en mi mochila, aunque me temo que no tengo pasas… —El tono despreocupado de Lisa se perdió mientras rebuscaba en la mochila.

—He venido a quitarte el collar —anuncié.

La rigidez con la que recibió la noticia me cogió desprevenida, pues se quedó inmóvil, con un brazo dentro de la mochila. Giró la cabeza y me miró sin pestañear.

¿Por qué ponía aquella cara? Era yo quien debería estar disgustada.

Estaba a punto de averiguar el nombre de la persona que había planeado el robo y tenía por delante más días de indagaciones e inseguridad, cuando lo único que deseaba era poder quedarme como estaba, pues temía que cualquier descubrimiento destruyera el equilibrio creado.

Sin embargo, allí estaba. Se lo debía a la versión desesperada de mí misma que había sentido cómo le arrebataban parte de su alma tras el robo del colgante.

Si encontrar al autor del robo me acercaba a descubrir la verdad sobre mi desaparición, debía intentarlo.

Lisa se puso en pie de un salto y echó una ojeada a la puerta.

—Ámbar… No lo hagas. Una vez que la verdad salga a la luz, no podrás volver atrás.

Lisa me suplicaba con la voz, con los ojos, con cada parte de su cuerpo inmóvil, que, por lo que intuía, solo deseaba huir.

—Afrontaré la verdad —me limité a confirmar mientras me colocaba las horquillas con el fin de hundirlas en el flequillo. Luego me acerqué a Lisa—. ¿Estás preparada?

—Eres tú quien debería estarlo —respondió ella. Después cerró los ojos y relajó el cuerpo.

Posé tres dedos sobre el frío metal del collar y, mediante ese contacto, empecé a percibir que las moléculas de hierro y de carbono se movían al tocarlas, chocaban y se separaban, en tanto el polvo de estrellas comenzaba a vibrar y a recalentarse.

Cerré los ojos y me vi en el oscuro y cálido espacio que había visitado la noche anterior, solo que esta vez se trataba de una prisión.

A mi alrededor, brillaba un disco frío y mudo, sin recuerdos que contarme.

Lo contemplé en silencio, esperando a que me hablara, y entonces, sin darme por vencida, empecé a caminar a su lado, flanqueando la superficie alta y lisa.

De vez en cuando lo iluminaba un resplandor, un rayo de luz procedente de quién sabe dónde, pero sin revelar ningún apoyo al que recurrir para establecer la comunicación.

Asombrada, golpeé tres veces el metal con los nudillos. El sonido reverberó en todo el anillo, como el encrespamiento de una ola en un lago en calma. Tras la sacudida recuperó la quietud.

«Quizás necesite más preparación», pensé. Estaba a punto de volver a abrir los ojos cuando dos manos metálicas surgieron del anillo y se cerraron sobre mi cuello.

De pronto, el aire dejó de fluir y forcejeé al agarrar el metal. Era tan duro y liso como la prisión que me rodeaba y actuaba con una fuerza mucho mayor que la mía.

Me solté. Mis dedos sudorosos no podían hacer nada, y acabaron posados a ambos lados de mi cuerpo. Se me nubló la vista y solo notaba la respiración entrecortada.

Exhalé el escaso aliento que conservaba en los pulmones y lo impulsé como no conseguía hacer con el polvo en el collar.

Hablar conmigo misma ya no resultaba fácil, pero la situación era de vida o muerte, así que mi sangre me escuchó. Me calenté con rapidez y mi temperatura aumentó hasta que me sentí al rojo vivo.

Noté que un chorro de aire me pasaba por la garganta y que el agarre de aquellas manos feroces aflojaba. Uno a uno, los dedos se soltaron, derretidos por mi emanación de calor, y cayeron hacia abajo como lágrimas de cera negra.

Respiré para llenar los pulmones y el oxígeno casi me lastimó al filtrarse por mi garganta, pero al mismo tiempo alimentó la furia del fuego.

Durante días había intentado mantenerlo a raya, aterrada por lo sucedido en las pilastras de Acre.

Lo había sofocado, pero él aguardaba con impaciencia.

Aquel poder formaba parte de mí. Negarlo sería como mirar el mundo con un solo ojo. Siempre habría una guadaña de sombra.

Levanté las manos y las apoyé en el círculo. De súbito, el metal empezó a derretirse, formando dos cráteres en la prisión. Rápidamente, el anillo entero empezó a ceder, implosionando sobre sí mismo.

Un grito me sobresaltó y me desperté del todo en la buhardilla.

Lisa se sujetaba el cuello, con la piel enrojecida y perlada de sudor. Cuando separó las manos, vi que tenía la garganta desnuda y que del collar solo quedaba un rastro oscuro, la huella del metal que había mantenido cautiva su verdad durante semanas.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté acercándome a ella y haciendo sonar los restos de metal esparcidos a sus pies.

Lisa asintió despacio.

—Por un instante pensé que te morías —me anunció, con la voz ronca—. Luego todo empezó a arder y por fin… —Señaló el collar roto con un movimiento de la barbilla.

—¡Lo he logrado! —concluí, abrumada por la energía de mi poder.

Respiré hondo para enfriar el oxígeno que seguía circulando a toda velocidad, pese a saber que mi corazón no ralentizaría sus latidos hasta conocer la verdad.

—Lisa, dime el nombre, por favor —le rogué, tratando de infundir calma en cada sílaba para enmascarar el desasosiego por la respuesta.

—Ámbar…

Nunca la había visto titubear. El hecho de que revelase esa faceta de su carácter justo en aquella ocasión me hizo resoplar de impaciencia.

—Lisa —repetí, inclinando la cabeza hacia un lado para buscar sus ojos.

Ella se mordió el labio como si librase una batalla, esta vez en el otro bando, y se resistiese a mi presión para revelar el nombre. Sabía que no podía mentir, porque el collar funcionaba como un cofre que encerraba la verdad, pero, una vez abierto, no podría encubrirla por mucho tiempo.

—¿Se puede saber por qué no me lo dices? Solo tienes que pronunciar un nombre y…

—Domiziana. —Su voz se quebró como una copa contra el suelo—. Domiziana Falier.

Retrocedí y choqué con la pared. El cristal vibró a mi espalda. El eco del golpe fue el único sonido en la buhardilla.

—Mientes… —susurré, a modo de súplica más que de acusación.

Le estaba pidiendo a Lisa que se retractara de sus últimas palabras, que cambiara la realidad a la que me había arrojado y que no me proporcionaba ninguna salida. No encontraría salvación más allá de aquel lugar, porque no había otro mundo en el que refugiarme.

—Sabes que no es así. ¿Por qué iba a hacerlo? —respondió ella, con amargura en la voz.

Y por primera vez deseé una mentira.