Capítulo 27
—¡No! —exclamé, dando otro paso atrás.
—Acabas de decir que me ayudarás, y este es el primer favor que te pido. Rompe el vínculo con mi marbiri .
El eco del dolor que sentía se propagó junto con su voz, pero su mirada era decidida. Comprendí que llevaba tiempo meditándolo.
—¿Por qué?
—Temo que la herrumbre los infecte, los corroa y distorsione su magia —reveló Ismael, y supe que su temor era el fruto del estudio y la investigación, por lo que estaba seguro de lo que pretendía hacer.
Me mordí el labio inferior.
—De acuerdo. Cuando te cures, podrás volver a ponértelos —dije, esforzándome en sonreír.
Ismael me imitó, pero su rostro era una herida abierta, lo cual no tenía nada que ver con el dolor al que lo sometía la herrumbre.
—Una vez que se rompe el vínculo con un marbiri , no se puede reanudar.
Cerré los ojos y una lágrima rodó por mi mejilla.
—¿De verdad estás dispuesto a perderlos? —insistí, a pesar de que ya conocía la respuesta.
—Prefiero saber que están a salvo y no condenados conmigo.
Por mucho daño que le hiciera la idea, la decisión estaba tomada.
—¿Qué debo hacer? —pregunté, retorciéndome los puños de la camisa para liberar las manos.
—Intenta conectar con ellos y romper la fuerza que los une a mí.
Me di cuenta de que insistir para que cambiara de opinión solo conseguiría que la herida escociera más.
Lo único que podía hacer era actuar con rapidez.
Me limpié la lágrima con el dorso de la mano y apoyé los índices sobre sus anillos, con cuidado de no tocarle la piel.
Al principio solo sentí el latón tibio, calentado por sus dedos; luego reconocí los ligeros grabados.
Miré a Ismael a los ojos por última vez y cerré los párpados.
Durante un minuto, permanecí sumida en la oscuridad, consciente de los más leves murmullos de la estancia: el arder de las velas y el crujido de la madera. Y, por fin, su olor.
Ismael estaba poniendo en mis manos la decisión más dolorosa de su vida, y yo no iba a traicionar su confianza.
En lo más profundo de la oscuridad avisté una luz vacilante, un pozo luminoso en el que me dejé caer.
Vi a Ismael, reflejado en los brillantes destellos, trasladar a Lisa como una marioneta al islote de confinamiento después del Festival, y sentí su dolor ante el descubrimiento: una antigua amiga había traicionado a la Academia y las leyes de la Hidden Society.
Contemplé cómo guiaba con tristeza los gestos de Leo, que lloraba; lo sostenía mientras pasaba una aguja y un hilo negro por una mancha de tela que yo no era capaz de distinguir.
Lo vi luchar contra el ruginoso en la sala del Ojo y, tras cada movimiento, dirigir su mirada hacia mí para asegurarse de que estaba bien.
Observé cómo impulsaba en silencio sus zapatos, paso a paso, para traérmelos e infundirles la magia suficiente para permitirme escapar en el cielo del archipiélago.
Ante mí pasó aquella noche, casi un año antes, en la Biblioteca Marciana, cuando me encontré a Ismael en un pasillo con un chico desmayado al que había salvado de la posesión de un espectro, impidiéndole robar un volumen antiguo.
Y de pronto comprendí. Por eso, semanas antes, había experimentado aquella sensación de familiaridad.
No era un libro cualquiera. Se titulaba Los lugares de poder de Fenecía , e Ismael leía una guía sobre ese libro prohibido.
Y yo, a mi regreso a Venecia, había visto ese volumen en la biblioteca de Domiziana.
Me hubiera gustado volver a contemplar aquel recuerdo, pero el pozo me engullía muy despacio y me seguía llevando más allá en el tiempo.
Me topé con un Ismael adolescente que animaba a Nazar mientras este subía a un escenario para un recital de música.
Contuve una carcajada ante la versión canija de él y de Jacopo, mientras fingían utilizar sus marbiri para realizar hazañas de grandes héroes, y me entristecí cuando Mahasa Torkan y Darío Altieri interrumpieron aquellos juegos para llevárselos a ejercitarse.
Y finalmente apoyé los pies en el fondo, donde un niño de poco más de tres años se ponía los anillos en los índices con manos temblorosas y los miraba como si fueran su tesoro más preciado.
Y lo eran. Durante toda su vida lo habían acompañado con su don de apoyar a los que lo rodeaban y de frenar a los que querían hacerles daño.
Habían sido los compañeros perfectos para Ismael, y yo debía romper ese vínculo.
Deslicé las manos hasta la base del túnel de luz, para dispersarlo en el aire, pero de súbito dos cordones luminosos se alzaron como látigos y restañaron, forcejeando.
Apreté los dientes y busqué una conexión con cada partícula de polvo de estrellas anidado en el latón con el fin de entrar en resonancia con todas las moléculas que lo componían y liberarlas una a una.
Los látigos de luz se me envolvieron en los brazos, ciñendo mi piel.
Dudaba sobre qué me producía más dolor: el contacto con los huesos y la presión que amenazaba con rompérmelos, o todos los recuerdos de Ismael que estaba cercenando.
Sabía que no los olvidaría, que permanecerían con él, aunque ya no conectados por un hilo luminoso, sino como un triste poso en su interior, y, cada vez que los visitase, experimentaría un hondo sufrimiento.
Cuando pensaba que aquellos látigos me iban a arrancar los brazos, reuní fuerzas para gritar:
—¡Lo hace por vosotros!
El agarre se interrumpió unos instantes, hasta que los látigos comenzaron a retraerse y retrocedieron para formar dos anillos de luz frente a mí.
Los vi girar suspendidos en la oscuridad.
Le ofrecían el último adiós a su mago; ellos también revivían los recuerdos que los unían. Luego, sencillamente, se desvanecieron.
* * *
Dejé a Ismael solo en su habitación; necesitaba tiempo para procesar la escisión del vínculo, un tipo de dolor diferente a la tortura extenuante de la herrumbre, una herida invisible que nunca cicatrizaría del todo.
Me topé con Nazar en el pasillo. Estaba sentado, radiante, sobre un arcón. El orgullo resplandecía en sus ojos negros. Se adivinaba su alborozo por haber demostrado que tenía el control sobre la casa y que era un digno heredero de su linaje.
Le pedí que me acompañara a la Academia y, curiosamente, decidió quedarse ahí una vez la puerta se cerró.
En cualquier otro momento le habría preguntado por la razón de su visita a Seledia, pero aquella noche estaba extenuada por la carrera y por haber roto el vínculo de Ismael, así que me metí en la cama y no me levanté hasta bien entrado el día.
Era consciente de la tarea que me esperaba en cuanto me levantase. Me vestí deprisa y, al tiempo que mordisqueaba una manzana, salí a preguntar por el paradero de Lisa.
Una racha de aire helado me recibió bajo los soportales.
Caminé impaciente hacia Sotobóveda, siguiendo las indicaciones de un joven mago que parecía ansioso por alejarse de mí.
No era el único. Las escasas veces que había abandonado mi cuarto los últimos días había descubierto miradas cargadas de recelo, un recelo idéntico al reservado para un ruginoso.
Me abotoné con cuidado los alamares de la capa, me puse los guantes y me rodeé el cuello con la larga bufanda de lana, como si eso sirviera de barrera ante el resto de los estudiantes.
Por fin recibí una información más precisa, me adentré en el edificio y recorrí las estancias en las que solía recoger las mudas limpias del uniforme.
El frío del exterior desapareció, pues allí el ambiente estaba cargado de vapor húmedo y cálido, e incluso el pasillo olía a jabón neutro.
Registré las cuatro dependencias, en aquel momento desiertas, dada la hora, y al fondo descubrí una escalerilla que conducía a un altillo.
Abrí la puerta y me topé con una buhardilla acristalada que tal vez en otro tiempo se utilizaba para tender la ropa: ahora, en cambio, parecía una guarida secreta decorada con un mosaico de alfombras y un montón de cojines.
Aquella mañana, tumbadas bajo una colcha remendada, me encontré a Lisa y a la chica de pelo negro que había visto en la Fragua con Leo.
Se reían, con las manos entrelazadas y los ojos de una, perdidos en la mirada de la otra.
—¡Perdón! —exclamé, poniéndome de puntillas y observando el suelo con repentino interés.
—¿No te han enseñado a llamar a la puerta? —refunfuñó Lisa, incorporándose sobre los codos para mirarme de reojo.
—Sí, pero…, tengo una muy buena razón para estar aquí —me justifiqué, volviéndome contra la pared. Los reflejos en el cristal me permitieron adivinar que la artífice se había desprendido de la manta y se estaba ajustando la falda a la cintura—. Me voy —añadí, buscando a ciegas el picaporte.
—No te preocupes, yo estaba a punto de marcharme. Tengo una cita con magister Altieri para que me explique por duodécima vez la correcta distribución de las moléculas de grafito tras la transmutación. En fin, encantada de conocerte, soy Makena.
La chica me guiñó un ojo y abandonó el cuarto canturreando.
Me volví hacia Lisa, que tenía la camisa abierta por encima del collar, un sujetador deportivo y un gorro de lana calado sobre el ceño fruncido. Me miró de malos modos un par de segundos y luego se relajó y se volvió a tumbar entre los cojines.
—Lo siento —reiteré, esperando una señal antes de continuar.
—No importa, Mak ya llegaba tarde —dijo, cerrando el pequeño gramófono que seguía girando.
Me pasé los dedos por los alamares para desabrocharme la capa y abrírmela. Hacía calor allí arriba.
—Así que, al fin y al cabo, le he hecho un favor —observé.
—Yo de ti no seguiría tensando la cuerda —me amenazó Lisa en tono de broma, y yo respondí haciendo el gesto de una goma elástica estirada mucho más allá de su límite.
—Creo que, en el recuento total, todavía estoy en deuda contigo. Ya sabes, con lo del robo de mi colgante.
Me rendí al vapor que penetraba por el suelo y me quité la capa, colgándola en uno de los numerosos ganchos de la pared.