Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

Avancé hasta el centro de la estancia. Las mullidas alfombras atenuaban el sonido de mis pasos, mientras que el perfume a incienso y cera se intensificaba.

La puerta se cerró con lentitud y mis hombros se relajaron por primera vez.

Si bien al subir las escaleras había temido que los escalones me engulleran sin previo aviso o alguna estatua cobrase vida y me bloqueara el camino, allí me sentía protegida.

Miré a Ismael y sentí que mis brazos ardían en deseos de lanzarse y estrecharlo en un abrazo que nunca me había permitido imaginar.

Además de escuchar su voz penetrante y ver sus ojos, que parecían envolver hasta el más mínimo rincón en el que se posaban, ansiaba tocarlo.

Alcé la vista y descubrí que él deseaba lo mismo.

Abandoné la cartera sobre una cómoda, colgué la capa en un perchero y me ajusté la falda en la cintura antes de acercarme a él con pasos lentos y calculados.

Ismael no retrocedió, pero sus ojos me escrutaron sin perderse ni un solo movimiento. Inmediatamente, me tomó del brazo izquierdo, que se tensó, mientras los primeros cuatro dedos se cerraban en un puño distendido, con solo el meñique de latón estirado.

Ismael sonrió y levantó el suyo para trenzarlo al mío, como dos zarcillos que hubieran crecido uno sobre otro, entrelazados sin remedio.

No sentí nada. La prótesis se plegó, controlada por el dedo de Ismael, y me dediqué a recrear aquel contacto: cálido, marcado por los pliegues naturales de la piel, que encajaban.

Olí su perfume y me sonrojé al recordar las palabras de Lisa.

Sándalo y ámbar, la fragancia que nunca había conseguido reconocer y que lo acompañaba a dondequiera que iba.

—Ven conmigo —dijo Ismael, con una tensión en la voz que quebraba su acostumbrada seguridad.

Soltó mi dedo y me condujo hacia su cama.

Antes de que pudiera preguntarle si se trataba de otra de sus bromas, evitó el colchón y la ropa de cama con patrones geométricos y desapareció detrás del biombo taraceado, muy similar a aquel tras el que nos habíamos metido en el cuarto de Nazar: una lámina de madera con perforaciones que dibujaban motivos en forma de glifos.

En el lado contrario, yo me alcé en la punta de los pies y encontré una rendija lo suficientemente grande como para permitirme mirar.

Ismael se agachó un poco y nuestros ojos se unieron a través de la grieta.

Era la misma sensación que experimentaba cuando leía por las noches, cuando pasaba demasiadas horas en el sofá sin darme cuenta de que el sol ya se había puesto.

Mis ojos se habituaron a la penumbra y permanecí en silencio largo tiempo, interpretando lo que no nos decíamos.

Lo odiaba y lo amaba por su ingenio. Lo odiaba y lo adoraba.

Con sus palabras de cristal me había empujado a no abandonar el sueño imposible de entrar en la Academia y me había perdonado cuando había jugado sucio para quedarme con ellos.

Colocamos las manos a ambos lados del biombo, para tocarnos sin tocarnos. Ismael cerró los párpados e intuí que su rostro se atirantaba.

—Por favor, apártate el flequillo de los ojos porque no sé cuánto tiempo más podré contenerme de hacerlo yo.

Obedecí. Me retiré los mechones hacia un lado, pensando en lo mucho que deseaba que fueran sus dedos los que se deslizaran por mi pelo.

—Quiero ayudarte como tú hiciste conmigo.

Haré todo lo posible para encontrar la cura, aunque tenga que pasarme el resto de noches en vela enfrascada en los libros.

Cada página que lea será para ti —prometí, sonrojándome detrás del biombo, contenta de que solo pudiera ver la determinación en mis ojos.

—Lo sé, por eso no tengo miedo. Si hay alguien que pueda salvarme, eres tú.

Sus labios estaban tapados. Pese a ello, distinguí su sonrisa y la luz que irradiaba su rostro las escasas veces en las que esa sonrisa era sincera, y no la armadura provocadora que me había mostrado en infinidad de ocasiones.

—Yo y probablemente los curanderos, que para eso tienen años de estudio a sus espaldas.

Ismael asintió.

—Ellos tienen experiencia, pero tú eres metódica y decidida. Me he dado cuenta de que eres capaz de conseguir todo lo que te propongas, aunque te lleve años practicar y aprender.

—Y todo para volver a ver tu cara insoportable en clase. —Sacudí la cabeza.

Ismael me miró como si la fina rendija que nos separaba fuera el único espacio de valor en el mundo.

—Y yo que pensaba que tanta entrega era para que te besara de nuevo.

Me sonrojé como si hubiera corrido otra hora de un extremo a otro de Venecia.

—Quizás —susurré, apartándome del biombo para retroceder.

Mis emociones eran un tormento. Pensaba que resolver la tensión que nos había mantenido unidos durante años me traería paz; en cambio, solo hacía que mirarlo fuera más doloroso.

—Antes de que te vayas, quiero pedirte un favor. —Sus dedos encontraron dos rendijas más abajo y atravesaron la madera para doblarse ante mí. Los anillos de latón capturaron la llama del farol más próximo—. Quítamelos —me pidió, y el solo hecho de pronunciar esta palabra lo desgarró.