Capítulo 26 #3
—He dicho que no —se impuso Mahasa, y el arco más cercano que conducía a las escaleras se cerró como con una persiana de piedra que estaba segura de que antes no estaba allí. Era la magia de las casas, gobernadas por sus amos.
Sentí cómo el poder ardía en mis pulmones agotados e hice todo lo posible para extinguirlo. No quería llegar a Ismael por la fuerza, pero quizás tendría que hacerlo en algún momento.
—¿Ámbar? —Nazar se asomó por detrás de la fuente—. ¿Se puede saber qué ocurre? —preguntó al ver el arco sellado.
—Tu amiga ya se iba —intervino Marco con afán pacificador, ofreciendo una mano a su mujer para que se levantara.
Tragué saliva. La Ámbar de meses atrás habría accedido, agachado la cabeza y obedecido.
La Ámbar de meses atrás no conocía a Ismael Sagredo como yo en ese momento.
No lo había visto esperar con un brillo en los ojos que superara una prueba de magia para tenerme en su misma escuela.
No lo había oído llamarme por mi nombre ni confiarme sus recuerdos más dolorosos.
—Quiero ver a Ismael —afirmé, buscando la mirada de Nazar.
Él asintió y se dirigió a sus padres.
—Dejadla entrar, Ismael se alegrará.
—Ya está bien. Mi hijo no puede tener nada que ver con alguien como ella —resopló Mahasa, levantándose con un gesto autoritario.
Detrás de ella, me pareció percibir un crujido—.
Acepté que fuera su magister por hacerle un favor a Domiziana y porque ampliaría su currículum académico, pero no toleraré ningún otro vínculo entre ellos.
—¿Aceptó? —repetí enfadada. Me levanté a mi vez, retirándome de la cara los mechones sudados.
Me sentía como un espantapájaros en comparación con la refinada madre de Ismael, pero no cedería—.
Puede que al principio Ismael se sintiera obligado a acompañarme, pero al final me ha ayudado más que nadie, y eso es lo único que cuenta para mí.
—Y, para agradecérselo, lo infectaste.
Mahasa estaba furiosa, tenía la boca tensa, enseñaba los dientes como una fiera y me apuntaba con el dedo. Había estado presente en la oficina de Panfilio la noche que nos llevaron allí después de nuestra última visita a Reclusión.
Titubeé, retrocediendo medio paso hasta chocar con el sofá.
—No es culpa suya —intervino Nazar, poniéndose a mi lado—. Ámbar fue víctima de un ritual, aunque aún no se haya descubierto lo ocurrido. Siempre ha estado al lado de Ismael, y él de ella. Tienen derecho a verse, madre.
—¿Tengo que permitir que la chica que infectó a mi hijo lo visite en nuestra casa? Nunca.
Un grito cruzó el aire y el pavo real apareció entre las plantas, desplegando su enorme cola en abanico.
Entonces fue como si el jardín se estremeciera.
Las baldosas de colores vibraron bajo mis pies y sentí una sacudida que casi me hizo perder el equilibrio.
Las cortinas se hincharon entre los arcos, como empujadas por un viento que no podía percibir. Parecían desear expulsarme de allí.
Nazar se acercó con un par de largas zancadas y estiró las manos. El piso se aplacó a nuestro alrededor y el arco más cercano se ensanchó sobre nuestras cabezas, protegiéndonos de los cascotes que comenzaron a caer del techo.
—¿Qué haces, Nazar? —preguntó Marco, abrazado a una columna para adquirir su textura pétrea. Debajo de la camisa remangada, sus brazos se convirtieron en duro mármol blanco para después cruzarse en el pecho—. ¿Así que de pronto has decidido tomar el control de nuestra casa?
Mahasa levantó los brazos y giró las muñecas. Todos los espejos fijados en las paredes se volvieron hacia ella, apuntando sus reflejos hacia nosotros. Los faroles suspendidos se agitaban como las cabezas de una hidra, dispuestos a saltar de un momento a otro.
Nazar exhibía una sonrisa decidida en la cara que nunca le había visto, pero que provocaba un brillo en sus ojos.
—Durante años la habéis convertido en una palestra, en una escuela para convertirnos en los mejores.
Habéis criado a un perfeccionista obsesionado por el control y aterrado por el fracaso.
Pero yo no era fuerte; nunca lo he sido.
Me hundí mucho antes y traté de curarme con el arte.
Ahora la casa me ha elegido a mí, y, tal vez, después de años de inflexibilidad, esté valorando relajarse.
El viento amainó y las cortinas se enredaron en suaves ondas. Los azulejos se asentaron y las paredes dejaron de temblar.
El palacio Sagredo pareció emitir un suspiro de alivio. Me apoyé en la pared, aturdida. Nazar había apaciguado toda la casa y ahora se frotaba el marbiri en la nariz, como si pudiera sentir la fragancia del nuevo aire que se dispersaba por el jardín.
Sus padres lo miraban fijamente. No solo habían perdido el control del edificio, sino el de sus propios sus rostros. Su espanto se reflejaba en sus bocas y en los ojos abiertos de par en par, Nazar agitó dos dedos y el arco clausurado volvió a abrirse, descubriendo el acceso a la escalera.
—Adelante —me invitó, y yo traté de transmitirle mi gratitud en la mirada que nos unió unos instantes.
Corrí escaleras arriba, ignorando la súplica de mis pies, que habrían preferido descansar.
Intenté orientarme hasta la parte de arriba del palacio con los faroles que se encendían a mi paso, hasta que el aire se volvió más tibio y familiar.
Reconocí la puerta en la que me había detenido mientras Ismael amenazaba con dormirse en ese mismo cuarto y golpeé la madera maciza hasta ver enrojecer los nudillos.
Se escuchó el clic del pestillo y la puerta se abrió en silencio, dibujando un cono de luz en la habitación.
Una figura esbelta estaba de pie delante de la biblioteca; las sombras barnizaban sus rasgos, asemejándolo a una imagen de ensueño, tras un velo que no estaba en mi mano levantar.
Y no podía hacerlo. Tenía un libro entre las manos y el aspecto de alguien a quien han interrumpido en medio de la lectura.
—Ismael —lo llamé desde la entrada, alisando la tela de la capa en las caderas en un intento de mostrarme tan impecable como él—. Lo siento.
Me esforcé por extraer al menos una palabra del torbellino de sensaciones que ocultaba mi cara roja.
—No entiendo por qué te disculpas, no veo ninguna razón.
Su voz había mejorado mucho desde el jadeo entrecortado de la Noche de Polaris y casi volvía a emitir las vibraciones tranquilas que conocía.
—Así que no te han informado —tragué saliva, buscando un punto de apoyo en la madera de la puerta y siguiendo con el índice las líneas geométricas grabadas—. Yo tengo la culpa de que tengas herrumbre.
Dicho esto, empecé a relatarle lo ocurrido desde el momento en que nos habíamos separado en la terraza. Todavía jadeaba, pero al hablar y encajar los hechos de forma ordenada en una línea temporal, me tranquilicé.
Los largos dedos de Ismael recuperaron un marcapáginas del escritorio y lo introdujeron entre las páginas, acariciándolas como si se excusara por abandonarlas.
—Lo sé. Lo sé todo, me lo contó mi madre.
Volví a tragar con dificultad la poca saliva que me quedaba tras la carrera y el nerviosismo. Dudaba que magistra Torkan le hubiera dado la vuelta a la historia a mi favor.
—Ámbar… —El sonido de mi nombre en su voz ahuyentó la angustia—, te esperaba.
Tenía el corazón en la garganta y tuve que reprimir las ganas de correr hacia él.
Ismael, en cambio, dio un paso adelante.
La luz de una lámpara mostró su sonrisa maltrecha por el cansancio y las marcas escarlata que ascendían por su cuello y trepaban por sus muñecas.
Me hizo un gesto con dos dedos para que me acercara.
—No puedo —le recordé, aferrándome a la puerta como para establecer allí mi frontera.
—Mientras no nos toquemos estaré a salvo —me explicó, cerrando el libro y posándolo en uno de los pocos espacios libres del estante.