Capítulo 26 #2
Saqué la carta del tarot y la sostuve entre las manos, como si esperara que se moviese, que la estrella adquiriera vida para indicarme el camino.
—Ten fe en el universo, querida —suspiró Zora, haciendo vibrar el hilo con pequeñas y hábiles sacudidas—.
Desde tiempos inmemoriales, las estrellas han sido la guía para las mujeres y los hombres que decidieron emprender el camino hacia un nuevo destino.
Tú has tomado ese sendero, ahora solo tienes que creer.
Junté los labios en una línea que en el pasado habría sido mucho más escéptica.
Ahora que vivía en el mundo de la magia, era difícil negar la existencia de ciertas fuerzas, rebatirlas con argumentos lógicos.
No obstante, incluso en la magia que estudiaba había cierto orden, un rigor en las disciplinas que me había mantenido a flote cuando la verdad de la Hidden Society cayó sobre mí.
Zora debió de intuir mis sentimientos, porque volvió a hablar con su tono sereno.
—Mira hacia arriba. ¿Qué ves?
Llevé la cabeza hacia atrás hasta sentir cómo se me tensaban los músculos del cuello. Las estrellas se escondían entre cúmulos de nubarrones.
—Algunas constelaciones —respondí, poco convencida. Quizás Zora esperaba una observación más profunda, pero yo no tenía nada que ofrecerle.
—Exacto —comentó con voz ronca y benévola—. Las constelaciones no existirían sin nosotros, que las encontramos, que les dimos su nombre y su historia. Llevamos siglos comunicándonos con el universo. Plantéale tus preguntas, te escuchará.
Enderecé la cabeza y contemplé el reflejo de los arcos iluminados por las farolas, sus formas dividiéndose y recomponiéndose sin cesar por la resaca que hacía retroceder las olas en el muelle.
—Buen viaje, Ámbar —me deseó Zora, como si hubiera adivinado mi intención de marcharme. Sus ojos parecían saberlo todo. Aunque me habría gustado suplicarle respuestas, no tenía intención de dármelas.
—Hasta pronto —me despedí, convencida de que tarde o temprano la volvería a ver, y me marché, acompañada de Lisa y seguida por un torbellino de pensamientos negativos.
—Enigmática, ¿verdad? —apuntó Lisa, hundiendo las manos en los bolsillos mientras cruzábamos el puente Dei Pensieri para tomar las estrechas callejuelas desiertas.
Escruté su perfil, la nariz regular que había sido capaz de reconocer cada una de mis mentiras y los labios delgados pero bien perfilados que no escatimaban comentarios mordaces, y me di cuenta de que seguía sin entenderla.
—No es la única. Tú también eres extraña, Lisa. No acabo de comprender tu motivación ni por qué estás aquí.
La comisura de sus labios se curvó hacia arriba.
—Por Ismael, por supuesto.
Me estremecí bajo la capa y ella soltó una risotada.
—Es broma, Ámbar. Mis razones… son mías y punto. Ismael no tiene nada que ver.
—¿De quién se trata entonces? ¿Quién te impide escapar? —Sabía que eso era lo que deseaba.
Lisa vaciló y atrapó un copo de nieve en el aire.
—Mi hermana. La utilizaron para chantajearme y obligarme a robarte el colgante y… —Su voz se quebró, constreñida por el collar, y sus ojos se encendieron a causa de la frustración por no poder pregonar su dolor.
Yo había aprendido que, a veces, esa era la única forma de aliviar una herida que se escondía bajo la piel. Cambié de tema.
—¿Qué pasó entre Ismael y tú? —Aminoré el paso para mirarla. Ella bajó los ojos y comprendí que hurgaba en su pasado.
—Nos conocimos hace cinco años. Éramos compañeros en la Academia, Jacopo, él y yo.
Nos unía una extraña relación. Estudiábamos juntos, íbamos a fiestas juntos y soñábamos juntos con lo que haríamos una vez que nos convirtiéramos en magistri .
Incluso teníamos un escondite secreto encima de la lavandería.
Altieri estaba colado por mí. Era un enamoramiento ridículo, y hubiera renunciado a parte de su alma con tal de complacerme, pero yo solo tenía ojos para Ismael.
Porque…, bueno, sabes por qué. Convencí a Ismael de que Jacopo me estaba agobiando y le preparamos una cita con una chica, aunque le oculté a Ismael que se trataba de una humana.
Pensé que sería gracioso, en vista de lo engreído que es Jacopo.
No lo fue. Jacopo empezó a hablar por los codos del mundo mágico y la llevó al Ojo, donde la chica se volvió loca y acabó siendo víctima de un grupo de hombres lobo.
Se me escapó un grito ahogado de sorpresa y la miré atónita.
—Aunque recibió varios mordiscos, sigue viva —me tranquilizó Lisa—.
Altieri fue castigado con dureza, mientras que Ismael y yo nos libramos, porque, después de todo, no habíamos hecho nada malo.
Ismael nunca le contó a Jacopo que lo había planeado yo, una nueva muestra de una de esas galanterías suyas, me imagino.
El caso fue que a partir de aquel día nuestro trío se rompió.
Yo tenía la esperanza de que eso provocase que Ismael y yo pasáramos más tiempo juntos, pero él desapareció.
Después supe que se pasaba la mayor parte del tiempo en una universidad humana, encandilado por una chica cualquiera.
Asimilé la revelación de Lisa con una lentitud extrema. Lo sentía por Jacopo. Muchas de sus heridas debían de deberse a eso. Y luego repasé todas las caras femeninas de la universidad, intentando hallar una cercana a Ismael, para reprimir la esperanza de que Lisa estuviera hablando de mí.
—Ámbar, tú eres esa chica —me anunció, con un tono de diversión sincera—. ¿De verdad no lo entiendes? Le atraes desde que te conoció.
—¿Qué dices?
Es cierto que nos habíamos besado dos veces, y la segunda me había parecido decididamente menos refractario a la idea, pero en los tres días posteriores a la Noche de Polaris había encontrado un sinfín de razones para justificarlo.
Me había convencido de que mi sangre había desempeñado un papel determinante.
Si el ruginoso se había abalanzado sobre mí para atacarme, la reacción de Ismael había sido similar, solo que menos violenta. Y, por tanto…
Lisa resopló.
—Para ser una estudiante brillante, a veces no eres consciente de lo que sucede delante de tus narices. Su perfume, idiota. Sándalo y… —dijo, esperando que yo completara la frase.
Sándalo y algo que nunca había sido capaz de identificar.
—Sándalo y ámbar… —Lisa sacudió la cabeza.
El recuerdo de la fragancia cruzó por mis pensamientos, junto a todas las ocasiones que me había impactado: Ismael al coger un libro por encima de mi cabeza en la biblioteca, yo al pasar por detrás de su mesa mientras él se estiraba o cuando nos rozábamos en la puerta demasiado estrecha del despacho de un profesor.
Me coloqué la cartera a la espalda y eché a correr, ignorando las protestas de mis piernas entumecidas por el frío y la humedad.
Dejé plantada a Lisa en medio de la calle y me precipité entre las casas rojas y los escasos transeúntes, que me observaban perplejos. El aire gélido me oprimía fuera y dentro del pecho. Al cabo de unos minutos, sentí que los pulmones me ardían.
Corrí sin saber la dirección hacia el palacio Sagredo. Estaba segura de que las estrellas me guiaban.
* * *
Llegué a las puertas del palacio Sagredo aproximadamente una hora más tarde, sin aliento y sin una buena excusa para que me permitieran entrar en la habitación de Ismael.
Una sirvienta apareció en la puerta y me escoltó hasta una sala de estar disimulada entre las galerías y las plantas del jardín, donde hacía un calor nada habitual para estar a finales de diciembre.
Me ofreció una cesta de nueces y se retiró para avisar a la familia.
Poco después apareció magistra Mahasa Torkan, ataviada con una bata escarlata y peinada con esmero, como si se estuviera preparando para una fiesta y no para irse a dormir.
La acompañaba un hombre que yo había visto en mi juicio y que sabía que era Marco Sagredo.
Ismael había heredado sus rasgos duros y su complexión esbelta, pese a tener la firme energía de su madre.
—Señorita Valmori, ¿a qué debemos su visita en plena noche? —preguntó Mahasa, llamando de nuevo a la empleada para que nos sirviera unos bocaditos de sandía y granada en cuencos de madera.
Ignoré la comida, confusa ante una bienvenida tan formal.
—Perdónenme, espero no haberles despertado.
—En absoluto. De hecho, estábamos celebrando los últimos restos de Yaldá, nuestra fiesta de invierno. ¿Qué podemos hacer por usted? —Añadió enarcando una ceja.
Sus ojos se estiraron hacia arriba y parecían querer aplastarme en el sofá. Además, me habían recibido fuera, no me habían dejado entrar en la casa: eso significaba que esperaban librarse pronto de mí.
—He venido a ver a Ismael —respondí, borrando el dolor que me causaba el aire que me ascendía por la garganta helada.
Mahasa juntó las manos sobre las rodillas y apretó los dedos con fuerza.
—Me temo que eso no es posible, a Ismael no se le permiten visitas.
—No me acercaré, solo me gustaría hablar con él, es importante —dije, golpeándome los talones, que me dolían de la carrera.
—¿Para qué necesita a nuestro hijo a estas horas de la noche? —preguntó Marco, apoyando las manos en los hombros de su mujer y clavando los ojos en mí.
La habría respaldado en cualquier caso, con cualquier finalidad. Mahasa era una leona, y Marco la roca sólida en la que se apoyaba. Estrechamente unidos, eran dos magos poderosos.
—Tengo que comunicarle algo importante —murmuré, con la esperanza de haber aprendido a mentir de manera aceptable. Me concentré en la parte real de la información. Tenía algo que decirle.
—Estoy segura de que puede esperar hasta que Ismael se haya recuperado —sentenció Mahasa, al tiempo que llenaba una cucharada de granos de granada y los mordía con un chasquido siniestro.
Podía esperar, era cierto. La urgencia era solo mía, pues, tras conocer una parte de Ismael que siempre había ignorado, quería verlo a toda costa.
—Por favor, solo unos minutos —dije, apretando la cartera en el regazo y sintiendo que la sangre circulaba de forma vertiginosa.