Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Me acerqué un cojín al pecho y lo apreté hasta sentir que el algodón del relleno se dividía en dos partes y alcanzaba el estómago con los nudillos.

Me incliné hacia delante, aplastándolo con el cuerpo, me abracé a las rodillas y apoyé la cabeza sobre ellas, incapaz de hallar paz a causa de los pensamientos que me acosaban desde hacía tres días.

Era culpa mía. Mejor dicho, mi sangre era una especie de nutriente para la herrumbre, a juzgar por la reacción del mago en Reclusión y los espasmos de Ismael la Noche de Polaris.

Habían pasado tres días y me seguía aplicando con tesón a ordenar mis pensamientos.

Lisa y yo habíamos salido de Reclusión para enfrentarnos a todo el cuerpo de profesores y a los magistri más experimentados de Seledia.

Entre tanto, Bianca, Leo y Jacopo también habían sido detenidos, y los cinco nos habíamos llevado el peor rapapolvo de nuestra historia académica.

Me dio la impresión de que Lisa estaba acostumbrada, mientras Bianca reiteraba una retahíla de excusas.

Al final, no tuvimos más remedio que contárselo todo al director y a los profesores sentados en su despacho.

La oscuridad que flotaba en el techo nunca me había parecido tan amenazadora ni tan pesada como cuando confesé que había entregado un vial de sangre en el Gran Almacén de Centoquarzi.

Así fue como entró directamente en la carta del Ojo de la Náyade y en el cuerpo del mago, que aún seguía en Reclusión, sometido a una lenta recuperación tras nuestra entrevista.

Él entró en contacto con mi sangre de aquel modo, Ismael la había lamido de mis dedos en un gesto que probablemente había considerado divertido y que ahora lo condenaba.

Pateé la ropa de cama como si también pudiera alejar de mí aquella tela que me pesaba y me hacía sentir incapaz de hacer cualquier cosa útil.

Qué estúpida había sido al regalar así mi sangre, creyendo que era una práctica habitual en la Hidden Society.

Y mientras la sábana se me enrollaba en los tobillos, recordé que ni el dueño de la tienda ni el camarero del local recibirían ningún castigo.

No existía una ley que impidiera la compraventa de ese tipo de ingredientes, sobre todo porque eran necesarios para la supervivencia de ciertas criaturas.

Yo había firmado el sufrimiento tanto de un desconocido como el de Ismael, sin ninguna consecuencia para el resto de los culpables. Toda la angustia recaía sobre mí.

Llevaba tres días sin dormir. O tal vez había caído en breves ciclos de un sueño agitado y poblado de imágenes tan realistas que parecían más vívidas y crueles que los pensamientos que formulaba durante las horas de vigilia.

Era culpa mía. «Culpa mía. Mía». Me había empeñado tanto en hacer todo lo posible para que me admitieran en Seledia que en ningún momento contemplé las posibles consecuencias de mis decisiones.

Ni siquiera podía aferrarme a la justificación de la vida un tanto desoladora que llevaba antes de todo aquello.

Podría haberme concentrado en mejorarla, sin buscar una escapatoria en otro mundo.

Pero ¿era en realidad una vía de escape?

Recogí la ropa de cama, aterida por el aire invernal que ascendía por mis piernas desnudas.

Mi vida anterior no era tan mala, pero no resistía la comparación con esta.

Por absurdo que fuera, sentía como si ya me hubiera enfrentado a esa elección.

Era un disparatado déjà-vu que hacía que mis pensamientos parecieran más enmarañados que las sábanas.

¿Cuántas veces había escogido la magia sobre lo demás?

No sabría decirlo. Aquellos últimos meses habían sido un caleidoscopio de descubrimientos, y cada vez que las piezas de la realidad parecían adoptar una forma, algo las desplazaba y todo cambiaba, bailando bajo una nueva luz, y yo no acababa de saber cuál era la verdad.

Busqué en la mesilla el cuaderno que ahora utilizaba como diario y me senté apoyada en el cabecero, colocando el cojín detrás de la espalda para protegerme de la rigidez de la madera.

Tenía prohibido ver a Ismael. Esa era la primera verdad que sabía y la que condicionaba cualquier pensamiento.

Quería disculparme con él, deseaba verlo esbozar aquella sonrisa tan particular, sutil y burlona, que obraba el milagro de ahuyentar todos los problemas.

Y, por supuesto, quería besarlo. Pero todo esto me lo había prohibido con crueldad magistra Torkan, sin ocultar que me culpaba del mal de su hijo.

Pasé la página y encontré el rectángulo fino y liso de la carta del tarot que utilizaba a modo de marcapáginas. Le di la vuelta y el nombre de la carta volvió a aparecer.

Juzgué irónico que la carta de las estrellas pareciera carecer de sentido. La gran estrella de ocho puntas que brillaba en el centro parecía una brújula sin aguja, y en lugar de mostrarme el camino, me hacía sentir aún más perdida.

—Valmori. —La voz de Lisa resonó tras la puerta de mi habitación, junto con el ligero golpeteo de unos nudillos.

—No estoy —respondí, ocultándome bajo las mantas.

—Tienes quince minutos para prepararte o entraré. —Su voz adoptó con demasiada facilidad un tono amenazante y eso me hizo reaccionar.

Salí en cinco minutos, con el uniforme y la capa puestos y envuelta en la bufanda plateada con el fin de proteger cada centímetro de piel entre la barbilla y los hombros.

—Vamos —dije, abriendo la puerta con la cartera debajo del brazo.

Llevaba tres días aplazando aquella reunión, aunque yo misma la había solicitado. Quedarme dando vueltas en la cama no iba a solucionar nada.

—Vamos —confirmó Lisa, sacando una pasallave del cinturón.

Acto seguido, la introdujo en la puerta de mi habitación y esta se abrió para dejar paso a una Venecia cubierta por una nube de escarcha y nieve.

La sensación familiar de hormigueo en las plantas de los pies me descolocó cuando me encontré caminando por la parte trasera de la plaza de San Marcos y me acompañó durante todo el recorrido hacia el norte.

La ciudad estaba repleta de luces y colores cálidos.

Caí en la cuenta, entonces, de que era el día de Nochebuena.

En la plaza se recortaba un gran árbol decorado e iluminado.

Las calles estaban casi desiertas, las escasas personas que se veían abandonaban los restaurantes con rapidez, abrigadas en exceso, exhalando un vaho brumoso.

Se respiraba un ambiente de nieve y de reencuentros largamente esperados.

En poco menos de una hora llegamos al Arsenal y nos dirigimos a los astilleros Gaggiandre, donde los arcos de ladrillos rojos y blancos se reflejaban en el negro mar invernal.

Bajo uno de ellos había una mujer sentada con las piernas cruzadas y una larga melena gris que ondeaba al viento.

Un hilo de algodón atado a su dedo corazón flotaba en el agua, muy tirante y fijado al fondo, como si sujetase un peso o hubiera picado un pez enorme.

Sabía que el Arsenal no era una zona de pesca, así que la mujer no podía ser una pescadora.

Junto a ella no había cubos ni cañas, solo una cesta de mimbre de la que colgaban lazos de colores y una bolsa de tela. Además, la conocía. Era Zora.

—Hola, querida —me saludó con una sonrisa arrolladora entre las arrugas de sus labios—. ¿Hoy recuerdas cómo te llamas?

Asentí.

—Pero no mucho más —añadí, sentándome a su lado, con las piernas colgando sobre el muelle.

—Ya entiendo cómo me has encontrado —dijo la vidente.

Sus ojos de intenso azul se detuvieron en Lisa, que se había apoyado en una columna y observaba las inmediaciones desiertas, antes de volver a centrarse en mí.

—Me ha traído hasta ti —le confirmé, mientras colocaba la cartera a un lado y las manos en los costados, con las palmas abiertas sobre la piedra.

Los guantes me protegían del frío. Después de la noche en Reclusión, cuando Lisa me acompañó a mi habitación y estaba alterada, tenía las manos desnudas. Todo había dado un vuelco por enésima vez y necesitaba respuestas.

La Ámbar de meses atrás me habría mirado con displicencia al verme concentrar mis esperanzas en una vidente, pero ella no tenía ni idea de lo que le esperaba ni de los absurdos giros que iba a dar su realidad.

Por eso le había pedido a Lisa que me ayudara a localizar a la mujer que había conocido el día que me robó el colgante.

Descubrí que Lisa era buena encontrando cosas perdidas.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Escucho el mar —respondió, cerrando los ojos. El hilo vibró con intensidad y ella hizo un gesto como si comprendiera lo que le decía, como si acabara de recibir una revelación—. Las profundidades están inquietas; extraños sucesos desazonan al pueblo de las aguas.

Había leído un cuento infantil sobre el reino bajo los mares, y una de las razones por las que deseaba encontrar una respuesta a mi situación era tener acceso sin ninguna restricción a la Gran Biblioteca.

—Estoy aquí para preguntarte por mi pasado —solté.

—Por desgracia, poco puedo añadir a lo que te comenté en su momento —respondió Zora sin mirarme.

—¿Cómo es posible?

Mantuve la misma calma de la que había hecho gala en las reuniones con los profesores ante sus salidas ilógicas. Con ellos, nada tenía sentido, por eso confiaba en que existiera una fórmula secreta o una bola de cristal en la que leer mi verdad.

—Solo tú eres la guardiana de tu pasado. Lo escondes donde encierras todos tus recuerdos, Ámbar.

Me pasé las manos por el pelo, alrededor de las sienes, rodeando el gorro de lana que había encontrado en mi habitación como parte de mi uniforme de invierno. Exhalé una nube de vaho y sentí que mis pulmones se enfriaban y se vaciaban de repente. No tenía ni idea de a qué se refería Zora.

Miré a Lisa, que se encogió de hombros. Ella simplemente me había ayudado a localizar a la vidente, no podía buscar algo que estaba en mi interior. De mí dependía encontrar el camino hacia mis recuerdos más dolorosos, lo sabía. Sin embargo, necesitaba alguna pista para dar el primer paso.