Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Los labios del mago se curvaron para pronunciar una palabra que no escuché con claridad, pero que adiviné sin la menor dificultad.

—¡Tú! —exclamó, mirándome fijamente a los ojos.

Así que el problema no era Lisa, sino yo.

Bajé el cristal como me había enseñado Lisa.

—Solo hemos venido a hacerle unas preguntas —dije, con toda la profesionalidad de la estudiante que era, una frase que había repetido decenas de veces en el despacho de los profesores.

El nacimiento del pelo en forma de V del hombre se curvó hacia abajo, presionado por una franja de arrugas, como muestra de su recelo.

—Ya me han hecho suficientes preguntas los magistri y los vigilantes.

—¿Temes que se te gaste la lengua? —replicó Lisa, atrayendo una mirada fulminante del ruginoso. Al menos así éramos dos.

—Podrías sernos de gran ayuda —intervine.

Los ojos negros del hombre se demoraron en las ondas de mi vestido y por fin en mi cara, que observaba con atención, como resolviendo un acertijo.

—Probemos —rezongó.

—¿Por qué me atacaste aquella noche? —Le planteé, estremeciéndome al pensar en sus manos, que de milagro no habían alcanzado mis tobillos. La pluma me había permitido elevarme en el pasillo y le había hecho estrellarse contra una ventana, aunque no parecía haber sufrido daños visibles.

El hombre relajó las manos en la butaca para colocar la cabeza entre los hombros. Sus ojos se hundieron. Le concedí un tiempo para que reviviera aquellos momentos.

—No lo sé. Sentía hervir la sangre, y cuando te vi, la ira se apoderó de mí.

—¿Por qué estabas tan enfadado? —le pregunté con cautela.

Me aterrorizaba escuchar la respuesta que había imaginado, aquella por la que había emprendido todo aquel camino.

El ruginoso levantó las manos, enseñándome las palmas punteadas de rojo.

—Por esto.

Lisa se rascó el cuello por debajo de la mandíbula con las uñas que le quedaban.

—¿Qué tiene que ver Ámbar con lo que te pasó?

El mago negó con la cabeza.

—Nada, por supuesto. La noche que empezó todo no hice nada fuera de lo normal. Estaba en el Ojo con unos amigos, tomamos algo y nos sentamos a charlar. No tocamos ningún artefacto.

Sentí cómo mi meñique se retorcía contra mi piel ante aquellas palabras, mientras mis otros dedos se balanceaban, enumerando las opciones que se agolpaban en mi cabeza desde hacía unos minutos.

No tenía sentido, era una posibilidad tan remota que no podía ser cierta. Aun así, solo había una forma de averiguarlo.

—¿Por casualidad probaste algo diferente aquella noche? ¿Alguna bebida en particular?

El ruginoso frunció los labios y adoptó un aire de culpabilidad.

—Sí, pero eso no tuvo nada que ver, fue una apuesta ridícula.

—Esa apuesta ridícula podría haberte costado el pellejo —observé, inclinándome hacia la ventana para mirarlo con insistencia—. Dinos qué bebiste.

El hombre se hundió en la butaca y no volvió a alzar los ojos.

—Uno de mis amigos es un vampiro. Era su cumpleaños y le regalamos un cóctel especial. Él insistió en que lo probáramos todos. Lo sé, suena repugnante, pero no es ilegal.

Sentí que la piel se me incendiaba y que una ráfaga de calor me bajaba por el cuello y me inflamaba los brazos. Tuve que controlarme para no dejarme vencer por el temblor de la adrenalina. Las posibilidades eran mínimas, pero mi mente no paraba de enumerarlas una y otra vez.

Actué antes de que el temblor lograra detenerme. Empuñé la uña de Lisa y me la pasé por la palma de la mano contraria, abriendo un corte largo y fino lo bastante profundo como para que brotase un hilo de sangre. Extendí la mano más allá de la ventanilla y unas gotas cayeron en la estancia.

Un instante después, el ruginoso se abalanzó sobre mí. Apenas segundos antes se encontraba apoltronado en la butaca y, de repente, estaba pegado a la puerta, a un milímetro de mi brazo.

Lisa me empujó hacia atrás antes de que pudiera atraparme y cerró de golpe el cristal.

—¿Qué demonios ha sucedido? —me preguntó, desplomándose a mi lado con los ojos de par en par.

Me deslicé por la pared y me acurruqué en el suelo, apretando palma contra palma para cerrar la herida.

Ya ni siquiera notaba el dolor, solo estaba sorprendida por la rapidez del mago y su reacción.

Me parecía oír el paso de los segundos mientras mi sangre goteaba.

En un momento todo estaba en calma y al siguiente el mago se lanzaba contra la puerta para derribarla.

—Vámonos, podría romperse —dije, esforzándome en reunir las palabras.

Lisa negó con la cabeza.

—Estas cerraduras están encantadas, no se abrirían desde dentro ni aunque las embistiera un rinoceronte.

Entonces, ¿cómo había salido el ruginoso durante mi primera visita?

Apoyé la frente en las frías palmas de las manos y contemplé el pavimento.

Por suerte, era de simple mármol beis y parecía que no se iba a distorsionar.

Pero, por desgracia, el resto del mundo acababa de dar un giro de ciento ochenta grados.

Alguien le había abierto la puerta al ruginoso para me persiguiera, alguien que sabía muy bien que iría a por mí, porque lo que le enloquecía, a saber por qué absurda razón, era mi sangre.