Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

El profesor Altieri surgió de entre las sombras de los árboles que rodeaban Reclusión y caminó hacia nosotras.

Aún vestía su elegante traje de gala y se había afeitado las sienes con motivos geométricos para la ocasión.

Lo que más llamaba la atención era el cepo sujeto a una cadena que colgaba amenazante de su cintura.

Lisa y yo nos miramos y vimos asomar sus uñas bajo las mangas de la capa. Di un paso al frente y mostré mis manos desnudas.

—Tengo algunas preguntas que hacerle al ruginoso para una investigación.

Era cierto, solo ocultaba una parte de la verdad.

Noté la expresión confusa de magister Altieri.

El estudio era el fundamento de la Academia.

Los alumnos solían quedarse a dormir en las celdas de las bibliotecas y, cuando algún problema les quitaba el sueño, tenían derecho a ponerse en contacto con un profesor incluso de madrugada.

El conocimiento era la columna vertebral de Seledia, y sabía que Altieri estaba considerando con detenimiento mi solicitud.

—La invito entonces a que vuelva mañana con un permiso. Reclusión es el único edificio prohibido a los estudiantes no acompañados. Alguien se coló allí recientemente, de manera que hemos aumentado la vigilancia.

Me lanzó la observación como una bala, para que comprendiera que sabía que la culpable de la intrusión era yo. Por otra parte, era evidente que nos había seguido desde Sotobóveda y nos había sorprendido a pocos pasos de nuestra meta; era inútil improvisar una excusa.

—Mañana podría ser demasiado tarde. —Fui consciente de que sonaba trágico, pero él no había visto la expresión de dolor de Ismael.

Altieri se cruzó de brazos y no dio muestras de moverse de allí, con los pies plantados en el suelo para impedir que avanzáramos.

—Tendrán que correr ese riesgo.

Sentí que las brasas se encendían bajo mi respiración cada vez más agitada.

Respondían a mi deseo de actuar y de encontrar una cura para Ismael, pero también al dulce sabor del recuerdo de Altieri en el suelo, derrotado por mi magia.

La estaba despertando, y esta vez no había nadie que corriera en su ayuda para detenerme.

Lisa, a mi lado, parecía igual de decidida a dejarlo fuera de combate.

—Déjalas ir, padre.

A nuestras espaldas sonó la voz desabrida e insatisfecha de Jacopo Altieri, que nos adelantó con ademán de desear estar en cualquier sitio menos allí.

Tras él aparecieron Bianca y Leo. Seguían vestidos de fiesta y tenían una expresión tensa.

Estaban desobedeciendo una de las reglas de Seledia.

Ponían en peligro sus carreras académicas por mí y por Ismael.

Aunque me lo podía esperar de mis amigos, examiné a Jacopo como si fuera un fantasma, una proyección del chico frío y furioso que me había atacado en el puente.

Incluso el profesor parecía conmocionado ante la presencia de su hijo.

—Jacopo. Vuelve a la fiesta —le ordenó.

—No lo haré, padre, a menos que las dejes pasar —replicó Jacopo en tono cortante, señalándonos a Lisa y a mí con el dedo en el que destellaba el gran anillo de diamantes.

¿Qué estaba pasando? Comprobé que Lisa no hubiera recuperado su rubí, porque era improbable que Jacopo quisiera ayudarnos, y del todo imposible que se enfrentara a su padre para hacerlo.

El profesor Altieri parecía pensar lo mismo, porque caminó hacia su hijo, mirándolo de arriba abajo.

—¿Qué te han hecho?

—Nada —resopló Jacopo con impaciencia—. Estoy harto de revolverme en mi odio. Y aunque hay alguien a quien nunca perdonaré… —Su mirada se dirigió a Lisa—, una persona necesita mi ayuda y no desaprovecharé la oportunidad de que esté en deuda conmigo.

Se refería a Ismael, de eso podía estar segura.

El profesor Altieri avanzó un paso, plantando las manos en el cinturón de cuero; sus dedos rozaban el gancho al que estaba fijado el cepo.

—No hagas ninguna tontería, Jacopo.

Su hijo resopló, sacudiéndose el mechón rojo que le caía sobre el ojo.

—Ya he hecho bastantes. Empezaré a practicar la puntería.

Se levantó las mangas de la capa justo a tiempo. El cepo del profesor salió disparado hacia delante, hacia Lisa y hacia mí, pero Jacopo se interpuso, inclinándose para interceptar la trayectoria de la boca metálica, que clavó sus dientes en la mano del alquimista.

Cerré los ojos al oír el metal resquebrajarse y, cuando volví a abrirlos, el brazo de Jacopo era de diamante puro y los dientes del cepo se habían deformado, enroscándose sobre sí mismos, como su dueño.

Altieri estaba encorvado, con los hombros caídos, como si el golpe se hubiera difundido por la cadena y lo hubiera alcanzado.

Me quedé boquiabierta al ver a Jacopo defendernos. Luchaba contra la mordaza de hierro, sus dedos manipulaban el cepo e intentaban abrirlo como si se tratara de las fauces de un tiburón. Bianca y Leo se acercaron a él y nos hicieron señas para que entráramos en Reclusión.

«Por Ismael», comprendí. Todo aquello lo hacían por Ismael, y quizás porque pensaban que yo podría encontrar algún detalle que el resto del Colegio hubiera pasado por alto durante el interrogatorio del ruginoso.

Les hice un gesto de agradecimiento y corrí hacia Reclusión, seguida de Lisa.

No podía detenerme; Ismael estaba en una situación desesperada.

La vigilancia era escasa en cuanto a personal, pero tan pronto como cruzamos el umbral sentí vibrar el latido de la magia hasta dentro de las paredes.

Cada ladrillo y cada esquina del edificio estaban encantados.

Desde que la pulsera de Domiziana había dejado de reprimir mi energía, mis sensaciones se habían agudizado.

Además de percibir la forma del poder de los magos, podía detectar el polvo de estrellas vibrando en los artefactos o en los edificios.

Era como si el aire estuviera siempre a la espera de una tormenta y la electricidad fluyera por todas partes, buscando mi cuerpo como conducto para liberarse.

Tendí las manos para tantear el acceso principal y apoyé una palma en la pared que tenía justo al lado.

Mi farol corrió hacia el interior e iluminó un pequeño zaguán que daba acceso a dos corredores a través de puertas acristaladas que de inmediato me parecieron muy lejanas.

En cuanto puse un pie sobre el damero de baldosas blancas y negras, el pavimento se volvió inmenso, tan grande como la plaza de San Marcos, y perturbadoramente hipnótico.

Debajo de mí había una extensión de cuadrados que se multiplicaba y se fusionaba, que formaba figuras y las destruía.

En el centro de un rombo descubrí a Lisa. Parecía a punto de vomitar. Sus ojos se movían de un extremo a otro de la estancia en busca de algún punto de referencia, pero las paredes parecían estar a decenas y decenas de metros de distancia.

Una minúscula parte todavía racional de mi cerebro sabía que lo único que tenía que hacer era estirar la mano para localizar la pared, pero el resto de mí se sentía aplastado, en medio de una arena sin escapatoria.

Cada perspectiva se burlaba de mis ojos, estirándose y distorsionándose.

Cuando ordenaba a mis piernas que avanzaran, empezaba a temblar y apenas podía mantenerme en pie.

Inspiré para combatir las náuseas y dejé de buscar hacia delante.

Bajé la mirada y me centré obstinadamente en los pies.

Estaban tal y como los conocía, una forma familiar que apaciguó mis sentidos unos instantes.

Quizás el zaguán estaba encantado para hacer perder la noción del espacio a quienes entraban sin permiso.

—¡Lisa, átate un hilo de la capa a la uña y lánzalo hacia delante! —le grité a la imagen de la maga que vislumbraba al otro lado del damero.

Lisa no protestó. Vi que manipulaba la manga de su capa, con movimientos ralentizados que se me hicieron interminables, antes de escuchar por fin el siseo de su artefacto, un susurro que cortó el aire y el sonido seco de una punta al clavarse en la pared.

Una pared que estaba mucho más cerca de lo que me imaginaba.

—No está mal para un ratón de biblioteca —jadeó Lisa, recogiendo el hilo con dificultad y siguiéndolo hacia la pared.

Sonreí para ahorrar saliva. Cada palabra resonaba en el zaguán y rebotaba en mí. Tuve que esforzarme en propulsar los brazos hacia delante y agarrarme a la mano de Lisa para que me arrastrara paso a paso hacia las puertas de madera.

Corrimos por el pasillo como dos náufragas en busca de tierra firme y nos apoyamos en las paredes para recuperar el aliento. El espacio recobró su dimensión y, poco a poco, recuperé el equilibrio.

—Espero que tu pregunta al ruginoso sea realmente útil, o podría vomitarte en tu bonito vestido.

Lisa estaba pálida y se sujetaba la garganta. Solo entonces me di cuenta de lo mucho que el collar complicaba un gesto tan sencillo como tragar. Vi lo mucho que le costaba hacer bajar la saliva mientras cortaba de cuajo el hilo de la capa descosido.

—Te debo un dobladillo —reconocí, mientras recuperaba la uña de la pared y me encaminaba hacia la estancia donde había visto al ruginoso en mi última visita.

La encontré sin dificultad y me asomé por la ventana ovalada.

Había una estantería bien surtida, una gran ventana y un pequeño gramófono en el que sonaba un disco de jazz .

El hombre que estaba sentado en la butaca junto a la chimenea se veía casi irreconocible con respecto al que nos habíamos encontrado en el Ojo.

La herrumbre había desaparecido de su rostro; ahora lo rodeaba como si fuera una línea de maquillaje demasiado marcada y surgía bajo el cuello de la camisa y en las palmas de las manos, que mantenía posadas en los reposabrazos.

Cuando advirtió nuestra presencia, se aferró a ellos con fuerza.