Capítulo 25
—¡No me toques!
Ismael se deslizó por la pared, sujetándose el brazo en un intento desesperado por detener la infección.
Era como si la piedra se hubiera adueñado de mis piernas. Permanecí arrodillada, sentada sobre los talones, incapaz de explicarme lo que estaba viendo.
—¿Sucedió en el Ojo? —pregunté en cuanto reaccioné.
Ismael sacudió la cabeza.
—Antes.
—¿Has utilizado el marbiri de otro mago? —No podía apartar los ojos de la maraña de venas escarlatas que afloraban en su piel.
Giró la mano, dejando al descubierto, sin querer, las marcas que envolvían su brazo, rodeaban su hombro y se extendían por su muñeca.
—Que yo sepa, no —dijo, con los dientes apretados—. Me han tenido en observación. He analizado todos los artefactos que poseo y estoy seguro de que son míos.
Avancé de rodillas hacia él, pero él me lo impidió con las piernas para mantenerme alejada.
—Por favor, vuelve a la fiesta. Me voy a mi cuarto.
—¡Y dejarte así! —exclamé—. Creo que soy inmune a la quemadura de la herrumbre, ¿recuerdas?
Ismael cerró la mano al sufrir una nueva sacudida de dolor.
—Se me pasará enseguida y… no puedo correr el riesgo. —Sus ojos arrojaron un destello de angustia.
¿Estaba más preocupado por mí que por él?
Era evidente que la situación no estaba ni mucho menos tan controlada como su tono pretendía dar a entender.
Ismael restaba importancia a la gravedad de sus heridas, pero yo tenía la horrible sensación de que las cicatrices se apoderaban de su piel y de que el óxido lo devoraba.
—¿Está empeorando? —insistí, casi sin aliento a causa de la angustia.
Ismael se limitó a asentir con un ligero movimiento de cabeza.
—No entendemos por qué.
Inmediatamente sentí que la terraza se hundía y la piedra se inclinaba bajo mis pies.
Sabía que estaba en suelo firme y a salvo, pero mi equilibrio empezó a girar en torno a su afirmación, dejándome tan mareada como si me hubiera excedido con el vino.
Solo que en lugar de la descarga de euforia me encontré en un túnel de ansiedad que se cerraba sobre mí.
—¿Isma?
Nazar apareció de repente por la puerta más próxima, con una botella en una mano y Leo en la otra. Tenían la cara encendida y se les veía acalorados, pero en cuanto se fijaron en Ismael palidecieron y se precipitaron hacia nosotros.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Leo, agachándose con las palmas de las manos en las rodillas. Tenía los labios manchados de vino y la esclerótica líquida.
—Un repentino pinchazo en el brazo y… —Exhalé una nube de vaho.
Solo entonces me di cuenta de que Ismael estaba prácticamente desnudo, lo cual, además de presentar una escena equívoca, hacía que se estuviera muriendo de frío.
—Las explicaciones pueden esperar. Nazar, ¿lo llevas a casa?
El menor de los Sagredo sacó una pasallave a modo de respuesta y señaló la puerta. Ismael se levantó, apoyándose en la pared, y se cerró la chaqueta sobre el pecho.
—Descansa —dije, sorprendiéndome a mí misma por el ímpetu de mi recomendación.
Ismael esbozó una sonrisa fugaz.
—Si tú me lo ordenas…
Nazar introdujo la llave y vi su habitación por un resquicio, antes de que la puerta se cerrara tras los dos hermanos.
—¡Vamos! —le dije acto seguido a Leo, agarrándolo de la mano y arrastrándolo escaleras abajo.
—¿Adónde? —preguntó, esforzándose por seguirme el paso y vacilando en cada peldaño.
—Tengo que encontrar a Bianca —añadí de mala gana, encaminándome a la escalera de caracol.
La confusión de Sotobóveda me hizo retroceder y me obligó a sujetarme al pasamanos para no perder el equilibrio, tan mareada como cuando te pones de pie demasiado deprisa.
La pista de baile estaba abarrotada, los cuerpos se apiñaban y se movían a diferentes ritmos, y de las copas de vino salían ahora llamas blancas que parecían no quemar a los que bebían.
Leo se movía a trompicones para no perderme, aunque en su caso imaginé que era la borrachera la que volvía inestables sus pasos.
—Será mejor no contarle a nadie lo de Ismael.
Alcé la voz para que se me oyera sobre la música, constatando que nadie miraba ni escuchaba. A cambio, un pie perdido me pisó y una chica bastante revolucionada me lanzó el contenido de su vaso al pelo mientras braceaba, extasiada porque los músicos habían empezado a tocar su canción favorita.
Me pasé los dedos por los mechones pringosos, aplastándolos a los lados de las sienes, y me acerqué a las dos únicas personas que parecían haberse olvidado del resto de la fiesta, de la música, del mundo.
Blanca y Jacopo seguían sentados en el mismo sofá, cerca pero sin tocarse, con las manos abandonadas en el cojín: sus pulgares estaban separados por un pelo, y sus rostros miraban en direcciones opuestas, atentos a contemplar el reflejo del otro en la ventana, ya negra, de la celda.
La calma que fluía entre ellos me obligó a detenerme y a reprimirme para no quebrantar su intimidad.
—Voy sola, tú quédate. —Le hice un gesto a Leo en dirección a los profesores, situados a ambos lados de la sala.
La madre de Ismael discutía con magistra Poluaro, y Panfilio y Gritti charlaban con un grupo de invitados.
El profesor Altieri me miró un instante y sentí que un escalofrío me recorría la espalda—. Asegúrate de que no se muevan de ahí.
—¿Adónde vas?
Sentí el chasquido nervioso del meñique de latón contra la palma de mi mano.
—Quizás sea mejor que no te lo diga. Así evitaremos que te conviertas en cómplice.
—¿Sabes que esa frase no resulta nada tranquilizadora?
Le dirigí una sonrisa de disculpa y salí corriendo de Sotobóveda, tras recuperar mi capa.
Los soportales estaban casi desiertos. Un par de chicas se habían quedado rezagadas en el pequeño muro, con las manos entrelazadas y sin separar las caras ni un instante, y un chico vomitaba el alcohol en un canal, sujetado por un par de amigos.
Nadie prestó atención al frufrú de mi vestido al acariciar la piedra mojada mientras me acercaba al puente de Reclusión.
Era un plan arriesgado y desesperado, elaborado a partir de una serie de sospechas que habían anidado dentro de mí con el paso de los días, alimentadas por la información que obtenía de los libros de la Gran Biblioteca.
El recuerdo todavía fresco de Ismael resbalando por la pared y de la cicatriz escarlata que se extendía por su piel compensaba la perspectiva de un castigo.
De todos los magos que había conocido, Ismael sentía una veneración sin igual por el estudio de la magia y de sus reglas.
Estaba segura de que no había utilizado adrede el marbiri de otro mago, era demasiado honesto para hacerlo, y el vínculo que lo unía a sus anillos de latón, demasiado fuerte. Nunca los traicionaría.
«¿Cuándo empecé a preocuparme tanto por Ismael?
», me pregunté, al percatarme de que no había dudado en internarme en la noche en busca de una explicación, de la forma más desesperada posible.
Tal vez desde que me salvó en el callejón detrás del teatro La Fenice.
O quizás cuando se las ingenió para encontrar libros para que los consultase a escondidas.
O durante las clases extraordinarias que me impartía en las horas de descanso.
O cuando nos defendió a Nazar y a mí en el Ojo y me abrigó con su capa tras la pelea con Jacopo.
Pero había algo más allá de la preocupación, una sensación que me revolvía el estómago y a la que prefería no poner nombre. Lo tenía, claro.
—Vaya huida tan dramática del salón de baile.
Estuve a punto de tropezar con las losas de piedra y me costó encontrar el equilibrio para volverme.
Lisa me pisaba los talones. Aún llevaba el vestido plateado, atado a la espalda y con una atrevida raja para lucir las piernas. Sobre la piel desnuda emergía una serie desordenada de pequeños tatuajes que no parecían guardar relación entre ellos.
—La Noche de Polaris perderá a su estrella más deslumbrante —dijo.
—Justo ahora me disponía a volver —improvisé, colocándome los velos de la falda como si me estuviera preparando para hacer mi entrada en Sotobóveda y haciendo todo lo posible para no responder en el mismo tono a su comentario mordaz.
Lisa ocultó los labios y una carcajada tras sus dedos anillados.
—Ahórrate las mentiras, Ámbar, mejor dime por qué estás aquí. Has despertado mi curiosidad. Si te muestras convincente, tendrás mi ayuda.
Solté la tela de la falda, que se desinfló con una onda y se llevó por delante todos mis intentos de mentir.
—Ismael —me limité a decir, observando cómo cambiaba su rostro.
Al fruncir el ceño, las cejas casi se le pegaron en el centro de la frente, mientras en sus ojos rasgados la duda desafiaba las sombras nocturnas para rogar una respuesta más clara.
Estaba perpleja, había bailado con Ismael poco antes, y desde luego él era el último discípulo de la Academia candidato a ser encerrado en Reclusión. Él y quizás Bianca.
—Se ha contagiado de herrumbre. Tengo que hablar con el ruginoso con el que nos enfrentamos en el Ojo —dije sin preocuparme de que mi voz no sonase angustiada, si bien la preocupación me oprimía del tal manera el pecho que apenas era capaz de hablar.
La sorpresa se abrió camino en el rostro de Lisa, y me pareció una reacción espontánea. Bajó la barbilla en un único gesto de comprensión.
—Probablemente ya lo hayan interrogado —comentó enseguida, sin por ello dejar de mostrarse perpleja.
Me retorcí el meñique de latón mientras nos acercábamos a la entrada.
—Hay una pregunta que estoy segura de que no le han hecho.
Lisa estaba a punto de preguntarme de qué se trataba cuando un farol comenzó a girar vertiginosamente a nuestro alrededor.
—Valmori y Go se dirigen de forma voluntaria al lugar que les corresponde. Debería vigilar a los estudiantes, pero me tienta dejarlas seguir.