Capítulo 24 #6
Tal vez el cerebro de los magos fuera un órgano más potente que el mío y el del resto de los humanos, pero eso no impedía que Ismael lo forzase más allá de lo imaginable.
Cuanto más lo conocía, más lo admiraba. En Seledia estaba aún más comprometido que en Ca’Foscari.
Participaba en el círculo de debate y, cuando no ejercía de magister para los arcanistas más jóvenes, volvía con humildad a aprender las otras tres artes.
Admiraba desesperadamente su voluntad y su dedicación, y deseaba absorberlas, al igual que lo deseaba todo de él.
—Estoy aquí, Ámbar. —Su cuerpo decía que no se movería.
Era inamovible, como la piedra secular de la Academia, y solo entonces comprendí que para mí se había convertido también en el lugar donde deseaba estar. Pero la última vez que me había acercado, él me alejó, y me había prometido a mí misma que no volvería a caer en la trampa de la atracción.
—Y yo estoy aquí —repliqué, apoyándome en la balaustrada de piedra que daba al archipiélago. Yo tampoco me movería. Esperaría a que él diese el primer paso. Porque si me deseaba de verdad…
No me dio tiempo a completar la reflexión.
Ismael borró la distancia que nos separaba y me tomó la cara entre las manos, hundiéndose en mis labios.
Enredó sus dedos en mi cabello y los mantuvo alejados mientras me besaba como si tuviera que compensar cada segundo que habíamos pasado en guardia, enfrentándonos desde lejos.
Y al mismo tiempo me pareció como si no hubiera pasado más que un abrir y cerrar de ojos desde que se había separado de mí, sobre los estantes de la Gran Biblioteca.
Experimenté la misma sensación de familiaridad que encontraba al leer las frases de mis libros preferidos: mis labios se movían solos, desgranando palabras que ya conocía y que ardía en deseos de pronunciar.
Con un sonido áspero, sus dientes se me clavaban en los labios y sus uñas en el cuello.
Sus dedos tenían la consistencia del pergamino, gruesa y antigua, y me hicieron arder con facilidad.
Sentí su aliento encenderse y respirar en mi oído, su cálido aliento sobre mi piel fría y el sonido de alivio y dolor que se deslizaba por su garganta. Era como si hubiera reprimido desde siempre un rugido de satisfacción y, al mismo tiempo, el pinchazo de una puñalada.
—¿Qué…?
Ismael ahogó mi pregunta con otro beso y me estrechó las caderas, dirigiéndome sin esfuerzo hacia la pared.
—Cállate, Ámbar, y deja que te bese, por favor —dijo, apartándose de mis labios lo suficiente para tomar un poco de aire y mostrarme su sonrisa socarrona.
Falso. Aquella fingida cortesía en su petición era lo más falso que había. Sabía muy bien que no era él quien pedía un favor, sabía que era mi cuerpo el que suplicaba que no se alejara más, que siguiera besándome hasta el final de la noche. Y esta vez no se detuvo.
Trató de empujarme contra la pared, pero yo clavé los pies en el suelo y giré sobre los talones, obligándolo a terminar con la espalda contra los ladrillos fríos.
Oí cómo soltaba una risita, antes de atraerme de nuevo.
Me tocó el pelo, recogiéndolo con cuidado, lo bastante como para descubrir mi cuello e invitarme a inclinar la cabeza a un lado.
Dedicó un instante a observar la curva desnuda de mi piel, antes de dibujar un sendero con los labios, una línea que se inflamaba con su caricia y que descendía cada vez más hacia los omóplatos.
—Los días que venías a clase con el pelo recogido eran odiosos para mí —dijo, separándose para bajarme el tirante del vestido y descubrirme un hombro.
—¿Porque te perdías parte de las explicaciones?
—pregunté, consciente de que mis pensamientos habían empezado a disminuir y a volverse líquidos, incapaces de mantener la coherencia.
En mi mente se arremolinaban las consecuencias de sus miradas en el aula, que se superponían a la forma en que me había mirado en el Ojo de la Náyade.
—Porque lo único en que podía pensar era en mis labios en tu cuello —murmuró, continuando por mi piel a lo largo de la clavícula, descendiendo cada vez más con sus besos para acabar mordiendo la carne de mi pecho.
Sofoqué un gemido y le desabroché el traje, pasando las manos por la camisa para dibujar la silueta de sus estrechas caderas, para sentir el torso ensancharse alrededor de las costillas y endurecerse en los abdominales.
Ya lo había visto sin camiseta, pero no estaba lista para la descarga que sufrieron mis dedos al tocarlo, que se difundió desde las yemas a todas partes, como el detonante de una chispa.
Cuando ya no pude contentarme con la tela, desabotoné todos los botones y posé las palmas sobre su piel desnuda. Estaba ardiendo.
Era como si nuestros cuerpos hubieran encendido una llama que repelía la noche de invierno a nuestro alrededor, sin preocuparse por nada más que nosotros dos.
Ismael me abrazó contra su cuerpo, agarrándome de las caderas, y comenzó a recoger la tela del vestido, haciéndola subir por las piernas.
Mi meñique de latón se estrelló contra su pecho cuando sentí que su mano me acariciaba el muslo y luego me apretaba hasta hacerme notar la huella de sus dedos al hundirse en la carne.
Apreté los labios para tratar de no emitir un suspiro que se asemejara peligrosamente a un gemido y me puse de puntillas para volver a besarlo.
En ese momento, Ismael se agitó con un violento temblor y empezó a deslizarse por la pared. Sentí que sus manos se crispaban, pero ya no se trataba de la firmeza con la que me había agarrado, sino de la parálisis que provoca el dolor. Me arrodillé a su lado.
Su rostro estaba tenso, como si cada músculo estuviera tratando de hallar una nueva posición bajo la piel. Con la mano izquierda, sostenía su brazo derecho.
—¿Qué te pasa? —grité.
Me guiñó un ojo y me miró con el otro; las gotas de sudor le perlaban la frente. La vena en su cuello palpitaba a un ritmo frenético.
Traté de levantarle la manga. Los puños no pasaban del antebrazo, así que me acerqué y le saqué la camisa por completo, ignorando sus intentos de alejarme. Eran tan flojos que podía esquivarlos, lo que significaba una cosa: Ismael estaba débil, demasiado débil.
—Ámbar… —suspiró, con los ojos entornados.
—Ismael —respondí con voz firme.
Con decisión, bajé la manga por el brazo. Me quedé paralizada, con el horror atrapado en la garganta.
El brazo derecho de Ismael estaba atravesado por unas espirales rojizas. Como si un rayo hubiera grabado su huella sobre su piel. Un rayo rojo que corría por su muñeca y se propagaba en torno a su hombro.
Ismael tenía herrumbre.