Capítulo 24 #5
—A mí me dijo lo mismo. No sé. —Miré a mi alrededor y señalé con la cabeza hacia el fondo de la pasarela que rodeaba Sotobóveda.
Ismael asintió, captando mi intención de caminar—.
La última vez que busqué respuestas me persiguieron por un callejón oscuro.
Aquí estoy a salvo y puedo visitar bibliotecas cuyo final aún no he visto.
—¿Qué ha sido de la arqueóloga que deseaba entrar en el E-gipar de Ur y catalogar las piezas del primer museo que existió? —Ismael se situó a mi lado con una extraña sonrisa.
—Está aquí y sigue teniendo el mismo sueño. —Me sonrojé, recordando en qué contexto lo había confesado.
Lo había soltado en mi discurso de graduación, algo achispada después de tres copas de prosecco, convencida de que nadie me escuchaba aparte de Domiziana, mis padres y un puñado de compañeros a los que perdí de vista tiempo después, algunos por trabajo y otros porque dejaron la ciudad.
Ismael se graduó ese mismo día, pero a él no lo acompañaba nadie.
Yo insistí en quedarme en el aula, a pesar de que ya había recibido mi diploma, solo para asistir a la presentación de su tesina.
Recibió una matrícula de honor y, aunque yo estaba segura de que buscaba a alguien entre el auditorio, solo me encontró a mí, lo que quizás supuso para él una enorme desilusión.
Estaba convencida de que después se había marchado a casa enseguida, y probablemente así fue, pero había oído parte de mi confesión al pasar por donde yo estaba.
Ismael se detuvo para cederme el paso por un estrecho pasadizo protegido por el arco de una aguja.
—Entonces, ¿por qué dudas?
—Porque investigar me llevó a encontrarme en un callejón, acosada por cinco… ¿Qué eran esos tipos? ¿Sicarios? ¿Ladrones? ¿Espectros? Ahora mismo temo más a los vivos que a los muertos. —Pasé y me volví para caminar hacia atrás y poder mirarle a la cara.
—Y también te trajo aquí —rebatió Ismael, inclinando la cabeza para cruzar bajo el arco, con las manos hundidas en los bolsillos, sin quitarme los ojos de encima—.
De todas formas, mi teoría es que eran ladrones tras la pista del colgante, pero alguien fue más rápido.
¿No quieres averiguar quién? Podrías ser la legítima propietaria de uno de los cuatro najma perdidos.
Son un tesoro de valor incalculable. Y también descubrirías más cosas sobre tus poderes.
—No me mires como si fuera el mecanismo de la máquina de Anticitera. No soy un misterio por resolver.
Extendí la mano para tocar la pared y mantener el equilibrio mientras seguía poniendo un pie tras otro hacia atrás. Ismael caminaba despacio, a un par de metros de distancia, aunque, de haberlo querido, sus piernas podrían haberme alcanzado y adelantado en dos zancadas.
—¿La calculadora mecánica más antigua que ha desconcertado a decenas de científicos y arqueólogos? Valmori, déjame decirte que tú eres un enigma mucho más complejo.
Mi fuerte y fingida carcajada resonó en los arcos de la terraza.
—Muy gracioso. Creo que investigaré a partir de mañana, o de pasado mañana. Esta noche solo me gustaría bailar. —Odié que mi afirmación tuviese el sabor de una petición.
Ismael sacó las manos de los bolsillos y giró las muñecas, dejando al descubierto las palmas.
—¿En vez de celebrar la declinación negativa del sol que concede a las estrellas la noche más larga?
—Iré a presentar mis respetos al gran astrolabio más tarde —respondí, esforzándome por reforzar la ironía—. Buenas noches. —Giré los pies y corrí hacia la primera puerta que daba al balcón interior.
Solo había dado un par de pasos cuando sentí un apretón firme pero suave en mi muñeca. Los dedos de Ismael se habían cerrado alrededor de la tela de mi vestido. Sentí el contraste entre sus cálidas manos y la dureza de sus anillos.
—¿No sabes que hay que tener cuidado cuando se expresa un deseo bajo las estrellas? —Me agarró de la mano y la levantó justo por encima de mi hombro—. Podría hacerse realidad.
Me encontré con su otra mano y me sorprendió la facilidad con la que se entrelazaron nuestros dedos.
Lo miré fijamente. Mis ojos se abrieron de par en par, como sucedía en el pasado siempre que Ismael completaba una de mis respuestas en clase, pero ahora exigían una explicación.
—Solo por esta noche. Mañana podemos volver a detestarnos.
Me rozó el meñique de latón sin dudarlo y levantó los brazos para guiarme para que pasase por debajo de ellos.
—Ahora mismo te detesto más que nunca, Sagredo.
Las mejillas de Ismael se relajaron, como lo habrían hecho al apoyarse sobre una almohada, rebajando la rigidez que mostraba durante el día.
Sus labios se entreabrieron. Parecía a punto de hablar, pero en lugar de eso me condujo por el pasillo.
Sus piernas se movían entre las ondas de mi vestido, con armonía.
Me soltó de una mano y eso le permitió liberarse, pero volvió a asirla enseguida.
Lo percibí en la tensión de sus dedos: no me habría dejado ir por nada del mundo.
Mis pies se deslizaban dirigidos por el tacto de Ismael y, aunque siempre había sido una bailarina mediocre con un aceptable sentido del ritmo, me movía al compás del eco de la música que procedía del interior.
La palma de su mano se posó entre mis omóplatos y mi espalda obedeció, reclinándose hacia atrás.
Incliné la cabeza hasta que sentí que el pelo me rozaba la espalda.
Las estrellas parecían reírse de nosotros, divertidas por el capricho del destino que nos había reunido allí arriba.
—Nunca me habían hecho caso —dije de pronto, con la mirada dirigida al cielo.
—Yo, en cambio, creo que se confabulan cada noche para destruir mis planes —replicó Ismael, levantándome de nuevo, con el brazo repentinamente rígido.
—Entonces sí que me conceden mis deseos.
Me coloqué el pelo detrás de los hombros con gesto triunfal y luego me fijé en su brazo para tratar de entender qué lo había hecho reaccionar, pero no parecía haber nada extraño.
El dedo índice de Ismael se posó en mi barbilla para alzarla.
—¿Así que es tu culpa que el Palacio Sagredo haya elegido heredero a Nazar, a pesar de que mi hermano no sepa manejar la vieja lámpara de araña del salón ni qué cojines hay que acariciar una vez por semana?
Sus ojos desprendían un brillo mordaz que reconocía: lo utilizaba para ocultar una mirada más triste.
—Quizás las estrellas tengan mejores planes para ti. ¿Quién dice que tu camino tenga que ser heredar el Palacio Sagredo? —susurré, esforzándome por no mirar sus labios.
—Lo dice todo el mundo. Me lo llevan repitiendo desde niño: yo sería el heredero de los Sagredo.
Dediqué años a conocer cada piedra, a estudiar la historia de nuestra familia y la colección de objetos antiguos.
Naz, en cambio, se entregaba a cualquiera de sus aficiones.
Primero fue la moda, luego el baile, y ahora es un artista.
Me alegro por él. No consigo entender por qué, cuando nos sometieron al dictamen de la casa, esta lo eligió a él.
—Se llevó una mano a la cara, para esconderse—.
Sin pretenderlo, esta se ha convertido en la noche de las confesiones.
—Yo llevaba meses preparándome para ser la más brillante arqueóloga y, en cambio, desaparecí de repente, hace ya un año. —Era la primera vez que lo verbalizaba y me sentí segura hablándole de ello.
—Lo sé. —Se apartó la palma de la mano de la cara para acariciar las horquillas que me había regalado.
—Puedes pensar que las estrellas la han tomado contigo —dije levantando una mano para rozar su pecho—, o confiar en que te guían hacia un destino mejor —Introduje los dedos en el bolsillo de su camisa y saqué mi carta del tarot—. Yo elijo la segunda opción.
Mis pupilas se dilataron cuando la luz de un farolillo flotante iluminó el rostro de Ismael y descubrí su expresión.
Estaba a punto de separarme, en un intento de resistir la gravedad que nos atraía.
Pero lo deseaba. La conciencia se me retorcía entre las costillas como un plumín, fino y afilado, incómodamente doloroso, sobre todo porque me habría gustado pedirle que me lo quitara y escribiera el final de aquella noche. Yo no tenía el valor de hacerlo.
—Gracias por el vestido y las horquillas, te lo devolveré todo mañana —me limité a decir.
Ismael negó con la cabeza.
—Son tuyos, a nadie le quedarían como a ti.
Menos mal que sabía que Ismael utilizaba los cumplidos como estrategia de burla o podría haberle creído, pues su voz sonaba cargada de seriedad. Por sus ojos cruzó un destello.
—No bromeo, Ámbar. —El sonido de mi nombre llenó la bóveda y eliminó cualquier otra distracción.
Había temido no volver a escucharlo nunca más así, en la intimidad, limitado a sedante para controlar mis poderes.
Sin embargo, lo había susurrado como si le perteneciera—.
Tú que siempre lo sabes todo, no puedes entenderlo, ¿verdad?
No se trataba de una confesión que se escapaba bajo la influencia de la estatuilla de Ishtar. Era una declaración atormentada, intensa. Lo había dicho con los músculos de la cara tensos y los ojos clavados en mí, como si lo hubiera ofendido en lo más hondo.
—¿Sabes? Normalmente, en los libros que leo, las explicaciones son claras. Tú eres…
Lo señalé con ambas manos, como si su figura rígida e inquebrantable pudiera valer de explicación.
Me había pasado años estudiando piedras, y en sus vetas o en los restos de las esculturas había hallado una comunicación más clara.
Pero nada de lo que había visto me atraía como Ismael.
No había nada comparable a la sofisticación de sus razonamientos ni a la determinación con la que le había visto desentrañar incluso los exámenes más complicados.