Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 24 #4
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Capítulo 24 #4

—¿Qué es lo que sientes? —le pregunté a Bianca, retomando el hilo de sus palabras.

Esperaba que sintiera estar con un chico problemático, o haberse comido el último pastel de arándanos.

No estaba preparada para oír que sentía ver a Ismael con otra chica.

Él tenía derecho a bailar o a hacer lo que le diera la gana con quien quisiera, pero el enorme, el gigantesco problema era que yo estaba celosa. Supercelosa.

—Escucharé tus mentiras, si necesitas a alguien a quien contárselas, hasta que tú también te las creas. —Bianca me pellizcó el brazo y el dolor me hizo saltar. Le devolví el favor y la empujé hacia los cojines del sofá.

—Gracias —dije, hundiéndome a su lado en el asiento—. Por el momento, me gustaría que me dijeran que no soy tan transparente.

—Pero lo eres… —respondió ella mientras se servía un trozo de tarta. Durante unos minutos comimos en silencio, mirando las altas ventanas que se abrían hacia el jardín oscuro.

De repente, Bianca sacudió la cabeza y dijo:

—El asunto es que él también… —Pero se interrumpió. La silueta de Jacopo apareció en el reflejo del cristal y pensé que era hora de concederles un poco de intimidad.

Pasé al lado de Jacopo mirándolo con la escasa simpatía que me inspiraba. Mientras me dirigía hacia el fondo de Sotobóveda, lo vi sentarse en la butaca frente a Bianca y, simplemente, observarla, con la fuerza de su secreto encerrada en un silencio que nunca había conseguido interpretar.

Ismael me había citado bajo las estrellas, que, en Sotobóveda, y durante aquella fiesta en particular, estaban por todas partes.

Crucé un arco desde el que descendía una lluvia de chispas luminosas que se quedaron prendidas en mi pelo como cristales de hielo y pasé al lado del gran fresco que representaba nuestra galaxia con la exacta colocación de los planetas a lo largo del tiempo, pero no había rastro de mi magister .

Por el contrario, bajo el gran copo de nieve, avisté dos figuras que nunca habría esperado encontrar juntas.

Domiziana tenía los brazos cruzados, tapados por una capa a juego con un vestido azul grisáceo que recordaba más ceñido.

Ahora caía holgado y pesado sobre la delgada figura de mi madrina.

Frente a ella estaba el profesor Gritti, que señalaba los dibujos cambiantes que se abrían y cerraban sobre sus cabezas.

Traté de evitarlos, pero la mirada de Gritti se cruzó con la mía y me invitó a unirme a ellos.

—Acérquese, señorita Valmori, precisamente le estaba mostrando a magistra Falier las decoraciones ideadas para celebrar la noche más fría y larga del año. También en esta ocasión he sido yo el encargado de dirigir el diseño de la estrella.

Me acerqué a regañadientes e imité a Domiziana, adoptando su postura de brazos cruzados para poner una barrera entre nosotras.

—¿Qué haces aquí?

—La Noche de Polaris es un evento apreciado por toda la comunidad mágica.

Es una tradición anual que yo y muchos otros maestros vengamos a la Academia para conocer a las nuevas mentes de Seledia y dejarnos llevar por la nostalgia.

—Todavía era capaz de hablar con su indiferencia refinada, como si nada hubiera sucedido.

Me costaba figurarme a Domiziana como una adolescente; sin embargo, sí veía con claridad la rivalidad exacerbada que la unía a Gritti.

—Enhorabuena por la decoración, profesor Gritti —dije, señalando el copo de nieve sobre nuestras cabezas—. ¿Esta es Polaris?

Gritti se acomodó el pañuelo en el bolsillo.

—En una representación muy libre, pero sí. Creo que nuestra Academia puede tomarse la libertad de mirar al cielo con creatividad, de apoderarse de lo que vemos para hacerlo un poco más nuestro.

No me dio tiempo a formular una respuesta, pues Domiziana estalló en una carcajada amarga.

—Ha hablado el experto en apoderarse de lo que no es suyo.

El profesor sonrió como si le hubieran dedicado un piropo.

— Magistra Falier, no procede arruinar esta hermosa velada con viejos rencores, ¿no cree?

—¿Qué pasó en realidad? —pregunté sin poder contenerme.

Domiziana levantó la barbilla con aire de desafío, invitando a Gritti a detenerla.

—Como ya te conté, hace muchos años sospeché de la existencia de una estrella y, como era joven e ingenua, decidí compartir mi convencimiento con un compañero de curso, Bartolomeo Gritti.

Durante años estudiamos juntos y, cuando logramos demostrar su existencia…

él se me adelantó y presentó el hallazgo en solitario.

Gritti se retiró un trozo de hielo del hombro.

— Magistra Falier, ¿niega su intención de atribuirse la mayor parte de los méritos del descubrimiento?

Aún recuerdo la sensación de traición cuando descubrí los papeles que se presentan ante el organismo de los mejores astrónomos del mundo, en los que mi nombre figuraba en calidad de asistente —replicó, y por más tranquila que sonase su voz, percibí que la ensuciaba una pizca de resentimiento.

—Fui yo quien inició el estudio, merecía encabezarlo —respondió Domiziana—. Merecía más.

Yo sabía que se refería al puesto de profesor de Astronomía.

—Yo… debo encontrar a Sagredo —murmuré, arrepentida de haber hecho la pregunta.

Apenas me escucharon, ocupados en un toma y daca que me permitió alejarme.

Evité fijarme en los cuerpos que bailaban y que se acercaban cada vez más a medida que las luces se atenuaban.

Juraría que la temperatura había descendido un par de grados desde mi llegada.

Fuera como fuese, mi piel no estaba preparada para el frío que me invadió al salir a la terraza.

El hielo invernal anestesió mis pensamientos y, por un segundo, solo pude ver Venecia desplegada ante mis ojos.

La noche era tan clara que me parecía poder tocar la ciudad con solo extender las manos, pero las mantuve muy próximas a mí, pegadas a los codos para conservar el escaso calor que conservaba.

Había estrellas. Me volví y descubrí una figura apoyada en una columna, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada. Ismael estaba a unos pasos de mí y me examinaba de arriba abajo.

—Has tardado en encontrarme.

Mis ojos se refugiaron en las copas de los árboles que había bajo nosotros. Me esforcé en sonar natural cuando respondí:

—Estabas ocupado bailando. —Mi aliento exhaló vapor.

—Y tú comiendo arándanos y revoleándote en los sofás. —Sus labios emitieron la frase con delicadeza, pero había un destello de burla en sus ojos.

Me habría gustado echarme a reír, pero pensar en él dando vueltas con Lisa, preciosa con su vestido plateado, empujó las comisuras de mis labios hacia abajo en una expresión de dolor que no quería dejarle ver. Y además, en teoría, todavía me odiaba por haberlo engañado.

—¿Ocurre algo? —Su mirada se afiló de repente, y me analizó en busca de una respuesta incluso antes de escucharla de mi voz—.

¿Tienes frío? —me preguntó, y yo asentí, contenta por una vez de disponer de una buena excusa para ocultar la verdad.

Una verdad por la que, estaba segura, se habría burlado de mí hasta…

La idea giró como una llave entre mis recuerdos.

Me resultaba imposible pensar en el día en que no volviera a verle, porque en mi mente seríamos rivales para siempre.

Habíamos participado en las mismas excavaciones, discutido sobre la datación correcta de un jarrón y expuesto nuestros resultados en las mismas conferencias.

Nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera tener otros planes.

Parpadeé y me lo encontré plantado delante de mí.

—¿Puedo? —me preguntó y, a juzgar por su gesto de desconcierto, no era la primera vez que lo hacía.

—¿A qué te refieres? —Sacudí la cabeza y vi que esbozaba una sonrisa.

—¿Valmori pidiéndome que repita algo? Hoy es un día excepcional —dijo, señalando mis brazos—. Es un vestido templado. Debería mantenerte caliente, pero…

—Pero como soy una pseudomaga o a saber qué… —concluí, liberándolo de la tarea de tener que recalcarlo. Me parecía ridículo pensar que Ismael hubiera dudado si mofarse de mí, cuando siempre había sido su entretenimiento favorito.

—¿Entonces puedo ocuparme? —insistió, mostrándome las manos, como si yo no conociera de memoria cómo se doblaban o se agarraban a una pluma estilográfica.

Por toda respuesta, me acerqué un paso más y permití que me tocara los hombros, que me envolviera.

Sus meñiques rozaron mis omóplatos y sus pulgares cubrieron mis clavículas, mientras sus palmas friccionaban la tela con suavidad.

Solo nos separaban sus brazos, ligeramente flexionados.

Alcé la barbilla cuando la primera oleada de calor se propagó desde el pecho hasta mis extremidades superiores.

Detrás de Ismael estaban las luminosas y frías estrellas del invierno, y sin duda era culpa suya que solo pudiera pensar en lo guapo que era.

—Bailabas con Lisa.

Mi voz habló sin mi permiso, y los dedos de Ismael se detuvieron, sin soltarme. Su rostro se tensó.

—¿Estás celosa?

Lo miré, confiando en que no leyera la verdad en mis ojos.

—Por supuesto que no. Me preguntaba si tienes alguna novedad sobre el colgante —solté la primera idea mínimamente sensata que se me ocurrió.

—Pues sí —respondió, retirando las manos tras un instante de duda y cruzándolas a la espalda con una sacudida que dio la impresión de ser casi dolorosa, lo que hizo que se enderezara y recuperara la seriedad—.

Lisa me pidió que nos alejáramos para poder hablar en privado, pero no me apetecía quedarme a solas con ella, así que le propuse bailar.

Nadie escucha las conversaciones de los demás mientras baila, están demasiado concentrados en averiguar dónde poner los pies o las manos.

—¿Qué te ha dicho? —Me pellizqué los labios con el dedo índice para que pareciera que solo estaba nerviosa, no nerviosa y con una sonrisa de alivio.

—Insiste en que lo mejor es renunciar a la búsqueda del colgante y, en consecuencia, a las indagaciones sobre tu poder. —Por la forma en que estiró la mandíbula entendí que desaprobaba la idea—. ¿Tú qué opinas?