Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Emergí para tomar aire y dos horas después estaba lista para cruzar de nuevo el umbral de Sotobóveda en compañía de Bianca y de Leo.

Al menos, eso creía. Abandoné mi capa en la entrada y me quedé paralizada.

Habían transformado la sala en un triunfo de plata: los farolillos flotantes revoloteaban, danzando en torno a una colosal araña manipulada para lucir como estrella y copo de nieve a la vez.

Irradiaba la luz del amanecer, un momento suspendido entre la noche y el día.

Los invitados abarrotaban ya Sotobóveda con su discreta presencia y sus elegantes atuendos en matices que recreaban el cielo invernal.

A ambos lados de la sala había bandejas con comida espectacular.

Por la mesa corría un río de gambas con huevas de pescado decorado con perlas tornasoladas.

Un cocinero servía una crema de setas de color añil con el inconfundible aroma de la lluvia entre los árboles.

Pulcramente alineados, se disponían cuencos de kerabu , un arroz de color azulado rodeado de un sinfín de guarniciones, de las que no conseguiría probar ni la mitad, en el caso de que no me lanzase directamente a por la pirámide de pasteles de arándanos.

Los invitados subían y bajaban por las columnas de la escalera de caracol, adornadas con una lluvia de purpurina, y desaparecían en la terraza.

Por una vez, los libros descansaban en las estanterías, y, en las celdas, los alumnos estaban tumbados sobre cojines, sosteniendo copas en las que se balanceaban vino azul y hojas argénteas.

—Estás obstruyendo el paso.

Jacopo Altieri estaba detrás de nosotros, con los brazos cruzados sobre su traje azul petróleo.

Los botones centelleaban para recordar que podía permitirse las piedras más caras, a juego con su marbiri , el anillo de diamantes, mientras su mirada confirmaba que aún no había digerido nuestro enfrentamiento en el puente.

—Ven, Bianca, creo que hay un retrato tuyo colgado aquí cerca —dije agarrándola del brazo, dejando atrás a un Jacopo desconcertado que se acomodó un mechón de pelo sobre los ojos, quizás para disimular su vergüenza.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Bianca, ajustándose el broche en forma de media luna que brillaba en su vestido de color marfil.

La pálida aura lechosa que desprendía me hizo pensar en que, si de repente se apagasen todas las llamas, ella se iluminaría con la tenue luz de las lámparas nocturnas.

Vacilé e introduje un dedo entre las gasas de mis mangas. Airear secretos ajenos no estaba nada bien, pero si alguien se lo merecía, era Jacopo.

—Altieri vio tu rostro en un espejo de los suspiros.

La carcajada de Leo hizo que se volvieran muchas cabezas y resonó por las bóvedas como si abriera la veda para que todos charlasen con más brío. En ese instante fue como si la fiesta hubiera empezado de verdad.

—Quien desprecia, paga —canturreó Leo apretándose la pajarita, como si cinco minutos metido en un traje elegante fueran ya demasiado tiempo para él.

—Creo que el dicho es «Quien desprecia, comprar quiere» —corregí, señalando la comida, mientras miraba a mi alrededor consciente de que, desde mi entrada en Sotobóveda, mis ojos no habían dejado de buscar el perfil de Ismael.

Las mejillas de Bianca adquirieron un color tan rosado como los pétalos de la flor del melocotonero, cerrados para proteger una especie de pudor y algo más, que hacía que fijase la mirada en la punta de los pies, como si compartiera parte de la culpa de Jacopo.

—¡No! —exclamé.

—Por favor, no se lo digas a nadie.

Su voz se entrecortó mientras miraba alrededor, calibrando la distancia que nos separaba de las personas más próximas y lo atentas que estaban a nuestra conversación.

Por suerte, la música empezó a sonar desde el fondo de la sala.

Leo fingió ignorar de qué hablábamos y, con los pies de tres copas entre los dedos, nos las entregó.

En la otra mano llevaba un platillo de crema.

—Por los tesoros encontrados —brindó, mirándonos con el mismo cariño con el que pulía sus queridos artefactos en la Forja.

Su cicatriz había dejado de mejorar hacía días y seguía marcando su rostro, pero su sonrisa ya no se resentía.

Tras triunfar en su intento de coser el chal de Bianca, había encontrado el ánimo necesario para trabajar.

—Por los sueños perdidos —susurró Bianca, y yo sabía que, pese a haber recuperado su marbiri , la herida tardaría en cicatrizar.

—Por las mentiras que nos contamos —se me escapó, sin saber si hablaba de mí o de mis amigos.

Degustamos nuestro vino en silencio hasta que algo me golpeó en el hombro.

Me volví de pronto, segura de haber visto el perfil de Ismael. En cambio, me topé de frente con el menor de los hermanos S agredo, que vestía una túnica blanca con bordados dorados y tenía los ojos maquillados del mismo color. Parecía divertido ante nuestro triste brindis.

—Supuse que necesitarías mi presencia para animar esto un poco. Aquí las fiestas son bastante aburridas —me soltó, al tiempo que se hacía con una copa. Se la acercó a la nariz, y al piercing dorado que lo atravesaba, olfateándola—. Sin embargo, la selección de vinos siempre es excelente.

—¿Tú no estudias en la Academia? —pregunté, mientras pasábamos del banquete a una celda para dejar sitio a las parejas o a los grupos que improvisaban los primeros pasos de baile.

—La frecuentó unos meses… —contestó Leo de improviso, y por primera vez lo vi morderse la lengua y contenerse, achicándose a mi espalda.

Nazar tamborileó sus uñas lacadas de negro sobre el cristal con aire burlón.

—Así es. Aquí desperdiciaba mi talento.

—¿Talento para qué? —preguntó Bianca, emergiendo a duras penas de la nube de vergüenza en la que se había hundido.

—Para el caos. —Los ojos de Nazar chispearon. Se bebió la copa de un trago y me tendió la mano—. ¿Quieres bailar, Ámbar, o esperas a mi hermano? Ismael es muy bueno organizando, pero el divertido soy yo.

Di un sorbo a mi copa para despejar la mente y remedar la expresión impasible de Lisa en el juego de verdades y mentiras.

—No espero a nadie, pero hay algo de lo que debería hablar con Bianca. Baila con Leo. —Me moví y empujé a mi amigo artífice hacia delante.

Los dos se miraron un instante. Leo se ajustó el primer botón de la camisa, y Nazar se frotó el piercing de la nariz.

—¿Sabes, Ámbar? Puedo percibir ciertas cosas. Aunque, en tu caso, ni siquiera hace falta la magia.

—Espero que percibas que queremos que nos dejes en paz —respondí. Nazar se rio y le señaló a Leo la zona de baile que se había formado en el centro de Sotobóveda.

—No creas que me he olvidado de ti. —Me volví hacia Bianca con una ceja peligrosamente levantada—. Por favor, dime que no te gusta Jacopo Altieri.

—Si no quieres que diga nada, me callo —sugirió Bianca, buscando el respaldo de un pequeño sofá para apoyarse y abandonar el plato de mozzarella que le había dejado Leo.

Sus labios se juntaron y se apretaron hasta volverse pálidos y más finos de lo que ya eran.

Un sentimiento peor se había impuesto a su embarazo, uno que la hacía remover nerviosamente el vino y fruncir y relajar la boca, como si estuviera a punto de confesar.

—Vale, no es feo, pero tiene el atractivo de una víbora o de una amanita. Yo no me acercaría a él —dije, parada frente a ella, de espaldas a los bailarines, intentando mantener una distancia prudencial con sus codos.

Bianca dio muestras de entender mi comentario y se acarició la larga trenza rubia, animando a los pocos mechones que se le habían escapado a recuperar su sitio. Finalmente, sus labios se abrieron.

—Llevamos dos años juntos.

De mi boca salió un gruñido que chocó con el paladar, produciendo un sonido desagradable y rudo que me arrebató la capacidad de expresar cualquier respuesta.

—No es lo que parece, se oculta tras una máscara. Su padre lo traumatizó y…

—¿Y por qué tiene que actuar así? —La indignación me llevó a recuperar la voz.

Bianca se permitió un largo sorbo de vino y sus ojos vagaron por la sala en busca de una respuesta a la que agarrarse. En su lugar, encontró algo que la hizo respirar de manera agitada, antes de llamar mi atención.

—Jacopo mejora poco a poco. No te pido que seas su amiga, pero espero que más tarde o más temprano puedas perdonarle. Está más solo de lo que crees.

Me frené para no responder «por qué será».

Al fin y al cabo, yo también había estado sola y sabía que la soledad suele empezar con un paso atrás con respecto al mundo.

Luego la distancia se convierte en refugio y te olvidas de cómo caminar al lado de los demás.

Y si te quedas quieta demasiado tiempo se vuelve una piedra afilada.

—Podría considerar darle una oportunidad, si se quita la máscara.

—Claro —dijo Bianca, distraída. Sus ojos seguían posados en un punto a mi espalda, antes de volver nerviosos hacia mí.

—¿Qué pasa? —Conociendo a Bianca, probablemente habría aparecido un enorme astrolabio y se moría de ganas de ir a examinarlo.

—Ámbar… —Bianca se precipitó hacia mí y me agarró del brazo—. Lo siento…

No fue lo bastante rápida: me giré y descubrí a Ismael a pocos metros de mí.

Ni siquiera la fiesta dedicada al invierno le hacía parecer frío.

Superaba en una cabeza a la mayor parte de los alumnos que pasaban junto a él y destacaba entre todos ellos por la comedida elegancia con la que se movía.

Lucía el traje con la misma severidad que la capa.

Las noches de verano bailaban con él, y él bailaba con Lisa.

Sentí como si se me clavasen una aguja entre las costillas y jadeé en busca de una respiración que sonara controlada, normal.

Abandoné la copa en un estante, sabiendo que la recriminación del magister Panfilio me perseguiría toda la noche, pero derramarla habría sido peor, y en aquel momento no controlaba los dedos.

Los coloqué a la altura de las caderas y dejé que la gasa de las mangas me los tapara.