Capítulo 24 #2
En los últimos días, magister Gritti había pasado varias veces por allí para felicitarme por mis estudios y mi progreso, aunque era el único que lo notaba.
Me habían incluido en la lista de alumnos considerados una bomba de relojería más que una promesa de la Academia.
Mi poder no estaba bajo control. Las brasas que llevaba dentro parecían estar indisolublemente ligadas a mí.
Cuando me sobresaltaba a causa de cualquier ruido fuerte, percibía el calor, que se expandía como una manta sobre mis hombros.
Y cuando me concentraba demasiado, juraría que sentía humear las orejas, aunque cuando me miraba al espejo estaba segura de que no emanaba bocanadas de vapor.
Hundí la mejilla en la palma de mi mano y, con la punta de los dedos, me masajeé las sienes.
—Valmori.
Las uñas se hundieron en la piel con el sonido de la voz de Ismael.
Ninguno había mencionado el beso en la biblioteca, y yo, quizás como una tonta, esperaba su señal.
Pero después de la discusión por el rubí, nos habíamos visto cada vez menos.
Él había sido el primero en alejarse, y a mis ojos había perdido la batalla silenciosa conformada por miradas y disimulos que llevábamos disputando desde el primer año de universidad.
Ya no tenía ninguna intención de castigarme ni de humillarme tanto como para pedirle una explicación.
Claro que era difícil. Su perfume de sándalo soplaba sobre el polvo con el que intentaba cubrir el recuerdo de sus labios.
De no haber sido tan perfectos, tal vez hubiera podido olvidarlos con facilidad, o dejar de atormentarme antes de dormirme y soñar con ellos.
El beso había sido increíble, pero le faltaba el sabor de un sueño hecho realidad después de tanto tiempo.
Era, más bien, una condena. Como manchar un papel con una sola gota de tinta, reconocer el vacío a su alrededor y querer llenarlo de palabras.
Deseaba que Ismael Sagredo escribiera cada uno de sus deseos en mi piel con la punta de los dedos y apretase hasta que se quedaran grabados en ella.
Deseaba que alcanzara mí parte más profunda, la que estaba segura de que no se había imaginado que, durante unos instantes, me había besado.
Esta vez, como tantas otras me mostró su mirada impenetrable.
—¿En qué puedo serte inútil ? —suspiré, convencida de que me llamaba solo por el gusto de distraerme de la lectura. El recuerdo de mi nombre grabado en su voz se desvanecía; había vuelto a referirse a mí por el apellido.
—Por el momento, estás haciendo un gran trabajo… interponiéndote en mi camino. Debe de ser un talento natural. —Sus labios eran como astillas, y la voz que le salía sonaba hiriente.
—Estoy sentada en la esquina de una mesa, ¿cómo puedo estar importunándote?
Levanté la cabeza y me retiré el flequillo para descubrir que tenía una carpeta debajo de la axila y le daba vueltas a una pluma entre los dedos.
Detrás de él, varios alumnos desplazaban las mesas hacia un lado de Sotobóveda.
Jacopo se había encaramado a una escalera para clavar un festón azul y plateado en las vigas de madera que sobresalían de la pared.
Encima de mí, Leo hacía lo mismo, colocando cintas brillantes en el balcón.
—La Noche de Polaris, Valmori.
A Ismael le encantaba enseñar, en especial ante mi expresión perpleja y perdida.
—¿Es hoy? ¡Pensaba que era el 21 de diciembre!
—Hoy es 21 de diciembre.
Ismael pasó el índice por el borde de la carpeta, para después golpetear sobre la pinza de hierro que sostenía el bloc de hojas, como si sopesara mi caída de las nubes.
Solté un gruñido de sorpresa. Sotobóveda, la inmensa sala de estudio revestida de libros y espacios de lectura, se estaba transformando en un salón de baile.
Finos manteles azules se posaban sobre las mesas normalmente cargadas de volúmenes, y nuevos cuadros y espejos adornaban las paredes.
Algunos alquimistas convertían los faroles flotantes de bronce en reproducciones de plata que emitían una luz fría, como la de la nieve.
—¿En dónde puedo seguir leyendo? —pregunté.
—En ningún sitio —contestó Ismael, metiendo la pluma en la carpeta antes de inclinarse sobre la mesa para agarrar mi libro desde arriba. Deslizó sus dedos por debajo de la portada con cuidado y presionó con el pulgar entre las páginas para que no se estropearan, antes de empezar a tirar de él.
—¡Déjalo! —protesté, poniendo una mano en el lado opuesto, con el mismo cuidado.
—Tienes diez segundos para retirar ese marcapáginas y colocar uno evanescente, después de lo cual perderás la marca y el derecho a estudiar —dijo, comenzando a contar sin dejar de arrastrar el libro hacia sí, ignorando mi intento por retenerlo.
—¿Ismael Sagredo impidiéndome estudiar? ¿Quién eres? —Fortalecí mi agarre al sentir que el papel áspero se me escapaba de forma inexorable bajo los dedos.
—Hoy soy miembro del comité de organización de la Noche de Polaris, y las chicas están vetadas desde ahora hasta el comienzo de la velada.
Me arrebató el libro, pero no lo cerró como había prometido, sino que mantuvo la marca con un dedo, muy próximo a mi carta del tarot.
—¿Vetadas?
—Bueno, en realidad no es que estéis vetadas, pero, de acuerdo con la tradición, son los chicos quienes se encargan de decorar la sala —me explicó, sacando la carta de entre las páginas y dándole la vuelta para examinarla—.
Por supuesto, quien quiera ayudar es libre de hacerlo, pero ¿por qué no aprovecharlo?
Busqué en la cartera uno de los marcapáginas evanescentes que me había fabricado Leo y lo introduje en el libro antes de cerrarlo.
—Prefiero leer. —Me encogí de hombros e intenté disimular el gesto de enfado tras el cuello de mi capa—. Además, ni siquiera tengo ropa adecuada.
Ismael se apoyó en el borde de la mesa y por primera vez en días percibí un tono algo entusiasta en su voz.
—¿Ah, no? ¿Y qué es lo que hay encima de tu cama?
—¿En serio has ido a buscarme un vestido a casa de Domiziana? —le grité, intentando recuperar la carta, pero Ismael la alejó del alcance de mis brazos.
—¿Acaso tengo cara de polilla? Te he encargado uno.
Como te has pasado los últimos días con la cabeza metida en los libros, imaginé que no te acordarías hasta el último segundo.
Y no, no es que te haya perdonado, pero, ya que nos vamos a ver obligados a estar juntos, no puedo permitir que me hagas quedar mal.
Así que me vigilaba. A su manera, arrogante y molesta, pero no había dejado de observarme. O tal vez de verdad le preocupaba que me presentase en la fiesta con un traje ordinario.
—Muy bien, ¿me devuelves la carta? —Le tendí la mano y me colgué la cartera al hombro.
Ismael se quedó mirándome los dedos y pensé que les pasaba algo, que eran demasiado finos o que las líneas de mi palma le revelaban un destino enigmático, porque no apartaba los ojos de ellos.
—No —pronunció por fin, girando la carta y metiéndosela en el bolsillo—. Ven a buscarla esta noche, te la devolveré bajo las estrellas.
Un escalofrío me recorrió el brazo extendido y me impulsó a llevármelo al pecho.
Mi mano cerrada se posó en el lugar donde en el pasado había estado el colgante, aunque ahora solo podía sentir el aliento adormecido de mi poder. Era una invitación a reunirme con él, mucho mejor incluso que una reverencia.
Me largué, mascullando un insulto. Por el rabillo del ojo vi que Ismael seguía mis pasos y sacaba su portafolio para verificar la evolución de las tareas y anotar algo con su pluma.
Recordé la maravillosa estilográfica en el despacho del profesor Alberini y también que nunca más le había visto utilizarla.
Pasé al lado de Jacopo, que metamorfoseaba un marco y modelaba las esquinas para que parecieran un copo de nieve.
—¿Se puede saber por qué tenemos colgada una fotografía de Gardenigo? ¿Quién pretende estropear la decoración? —preguntó señalando el lienzo.
Desde donde estaba no podía verlo, pues quedaba ensombrecido por el grueso marco, pero Ismael se detuvo ante él y se llevó el índice a los labios. Reconocí la sonrisita que ocultaba, que iluminó sus ojos antes de revelarse.
—No es un retrato, Altieri, es un espejo de los suspiros. Muestra el rostro de la persona objeto de nuestras fantasías.
El rostro anguloso de Jacopo se tiñó del mismo color de su pelo, y yo me escabullí antes de poder mirar el marco, pues sabía muy bien a quién encontraría. La fría lluvia que hacía relucir la piedra y gorgoteaba en los canalones me acompañó hasta el dormitorio.
Ismael no me había mentido. Un vestido de color celeste me esperaba tendido en la cama, acompañado de una cajita. La abrí y encontré dos horquillas plateadas decoradas con una constelación de estrellas.
Sé que la última vez que te regalaron una joya fue para inhibirte.
Estas son para hacerte brillar.
I. S.
¿A qué jugaba? Deslicé un dedo por la suave tela, que se oscureció a lo largo de la línea trazada por mi índice y se iluminó en los pliegues marcados.
Se trataba de la estela brillante de un cometa en un cielo que exhibía los últimos rayos del atardecer y las primeras estrellas, lo bastante deslumbrantes como para hacerse notar.
Era precioso; en ningún caso, desde luego, el regalo apropiado tras el dolor de cabeza que habían supuesto para él mis meses en la Academia.
¿A qué venía aquello? ¿Quién deseaba que fuera esa noche?
Me hice estas preguntas mientras me sumergía en la bañera y desaparecía bajo el agua, manteniendo los ojos cerrados y las mejillas hinchadas para retener el aire.
Era el mismo juego al que jugaba de pequeña, imaginando que era la estatua perdida de un navío mercante griego cuya belleza estaba destinada a yacer por siempre en los abismos del océano.
Era una niña dramática que se había convertido en una adolescente desconfiada, aunque el regalo de Ismael habría resultado igual de ambiguo para cualquiera.