Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Lisa fue liberada oficialmente, como había prometido Panfilio, y yo le pedí que se reuniera conmigo en Sotobóveda.

La decisión de la Hidden Society me colmó de esperanza, pues me sentía respaldada en mi investigación.

El primer brote de confianza echaba una tímida raíz y confié en no haber sido una loca al plantarlo en invierno, en tierra estéril.

Traía puesta su capa de arcanista, pero, incluso así vestida, no parecía sentirse a gusto entre las estanterías de Sotobóveda, como si fuera mucho más ajena que yo a todo aquello, pese a que ella sí era una maga, mientras que en mi caso… todavía no estaba claro.

—Cuéntame en qué punto de la indagación estás —me dijo, tal vez para demostrar su intención de cooperar.

—Ojalá estuviera en algún punto… —suspiré, atrapando mi farolillo antes de que se estrellara contra la pared—. Tengo las primeras palabras de una frase que no sé cómo concluir.

—Esperanzador… —Sonrió con un parpadeo burlón, aunque advertí el esfuerzo que le costaba concretar el sonido de cada palabra, como si el collar fuera un filtro que ponderaba cada sílaba—. ¿Qué has hecho hasta ahora?

Estudiar e intentar engañar a la institución mágica más antigua de Italia para que me admitieran. Así que quizás ambas nos parecíamos más de lo que pensábamos.

—Me he dedicado a indagar en un amplio espectro para valorar todas las posibilidades…

—¿Te han dicho alguna vez que mientes fatal? —me interrumpió, al tiempo que se mordisqueaba una uña.

Era casi mediodía y el sol, con su esplendor pálido, se alargaba en conos de luz que apenas bastaban para iluminar Sotobóveda y que, sin las lámparas encendidas, dejaban zonas oscuras.

—Demasiadas veces.

—Entonces debes aprender a esconder una mentira detrás de una verdad a medias. Te propongo un juego: tú afirmas tres cosas y yo tengo que descubrir cuál es la verdadera. ¿Trato hecho? —preguntó, mirándose las uñas, ahora cortas y redondeadas sin su artefacto.

Me pasé una mano por el cuello, nerviosa incluso antes de empezar el juego, ante la perspectiva de tener que sostener una mentira.

Mis padres eran aprensivos, y sin embargo, en lugar de haber criado a una hija capaz de mentir y de eludir su vigilancia, me habían convertido en un ser transparente.

Con el propósito de amoldarme a sus deseos, dejaba al descubierto cada parte de mí, por eso no sabía dónde refugiarme. Tal vez podía aprender.

—Para empezar, te diré que mi primer amor fue Indiana Jones —comencé, contando por los dedos—. Además, tengo carné de conducir y de pequeña estudié piano. —Espiré, convencida de haber hablado en un tono neutro.

Lisa emitió un murmullo de reconocimiento.

—No está mal como primer intento, buena exposición. Por desgracia, es obvio que la verdad es la primera afirmación.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté impresionada, perdiendo el mínimo rastro de seguridad en mí misma.

Me miró con la cara de quien ni siquiera ha hecho un esfuerzo.

—Hay dos tipos de mentiras. Uno es la inversión de la verdad.

Tener carné de conducir es algo normal, y se te ha ocurrido que una característica que te distingue es no tenerlo, de manera que le has dado la vuelta a esa afirmación para convertirla en una mentira.

El segundo tipo son las variaciones de la realidad.

En este caso, tenía dos opciones, pero como estudias arqueología…

Asentí para confirmar la exactitud de sus deducciones.

—Ahora te toca a ti.

—Una: soy coreana —dijo sin asomo de vacilación, agitando la cola de pelo negro azabache a su espalda—. Dos: tengo una hermana pequeña —continuó, girando un anillo rojo entre sus delgados dedos—. Y tres: fui novia de Ismael —concluyó, mirándome a los ojos.

No estaba preparada para sentir cómo se me encogía el estómago y se me tensaban los hombros, como si intentara proteger algo pequeño e indefenso que se había estado escondiendo en mi interior.

Reflexioné en voz baja, intentando contenerme y calmar la punzada de un dolor al que no quería poner nombre.

Temía confundir su nacionalidad, pues no tenía la experiencia suficiente para identificar su rostro en forma de corazón, sus labios pequeños pero carnosos de color cereza y sus ojos rasgados y perfilados hacia arriba por una línea de brillante delineador negro.

La afirmación sobre su hermana me pareció muy simple, por tanto…

—Fuiste novia de Ismael.

Lisa ocultó una sonrisita detrás del pulgar, que oprimía sus labios fruncidos y arrogantes.

—Incorrecto.

Intenté ignorar la estúpida oleada de alivio que inundó mi pecho y me hizo sentir más ligera mientras reanudaba la marcha.

—¿Eres coreana?

—Solo a medias. Mi padre era funcionario en la Embajada coreana en Italia cuando mi madre actuó allí como violonchelista. Un año después nací yo, y tres años más tarde, mi hermana.

Tamborileé despacio sobre la cartera en un aplauso amortiguado por el suave cuero.

—Se te da muy bien este juego. O bien yo soy muy mala.

Se encogió de hombros, sin fingir modestia.

—El truco consiste en decir medias verdades: no cabe duda de que parezco coreana y, aunque nunca fui novia de Ismael, hacíamos todo lo que harían los novios.

De repente, el balcón me pareció frágil y bajo, y el vacío lo bastante grande como para arrastrarme y devorarme en su vientre, dejándome suspendida en una caída perpetua, sin estruendo. Solo un vuelo constante, náuseas y mareos. Me esforcé en cambiar de tema.

—¿Por qué nos atacaste en el Festival de la Media Luna?

Una arruga se concentró en el centro de la frente de Lisa, poniendo de manifiesto una sorpresa incómoda.

—No tenía elección, solo quería ser libre.

Lo dijo con el fastidio de un animal acorralado, y al mirarla me pregunté si la misma capa que a mí me hacía sentir parte de una nueva vida no la había arrastrado a ella a una vieja prisión.

—¿Libre para hacer qué? —le pregunté.

Ella me examinó con atención.

—No lo entenderías. Tú pareces haber nacido para todo esto, pero yo… soy otra cosa. Y no digas ladrona. De verdad que no tenía elección.

—¿Quién fue?

Una vez más, la voz de Lisa se ahogó en su garganta a causa del collar y se mordió los labios de forma brutal, como si fuera culpa de ellos, como si al lastimarse fuera a soltar las palabras.

¿Qué aspecto tenían las víctimas? En aquel momento solo pensé que debía de ser similar al de Lisa, que las sombras debían de esculpir aquellos rostros igual que el suyo, anidar bajo sus ojos y sus mejillas mientras caminábamos, alternando conos de luz y oscuridad.

¿Por qué mi corazón se mostraba tan dispuesto a creer en la inocencia de cualquiera?

Probablemente Ismael me habría recordado que había quien sabía fingir mejor que yo, y entonces tal vez yo habría replicado que era preferible pecar de ingenuo que de duro.

Además, tratar a Lisa con un mínimo de amabilidad no significaba darle las llaves de mi joyero.

—No importa —dije—. Lo descubriremos. El profesor Gritti confía en mis poderes, y yo, si me aplico, podría quitarte el collar.

Los ojos de Lisa seguían apagados y duros, y fruncí los labios, imaginando que ella no era tan optimista.

—Ten en cuenta que puedo ser una estudiosa concienzuda, sobre todo con los temas que me apasionan —puntualicé mientras avanzábamos hacia una zona desierta del balcón.

Evité añadir que, con el paso de los días, mi determinación por encontrar el colgante disminuía, sustituida por el entusiasmo de la sabiduría mágica que al fin tenía a mi alcance. Aun así, si de verdad el colgante era uno de los cuatro najtna perdidos, merecía la pena encontrarlo.

Lisa me agarró de la solapa de la capa y, sin previo aviso, me empujó hacia la zona de atrás de Sotobóveda, lejos de las miradas del resto de los alumnos.

—Deja de buscarlo. —Sus ojos se habían encendido de pronto, pero no con el aire travieso de la terraza o la maldad de la Fiesta de la Media Luna: reflejaban terror—. Abandona la búsqueda y sal de aquí, es peligroso y…

El collar estranguló su voz una vez más. Ni siquiera supe qué decir mientras Sun se alejaba a la carrera.

* * *

La verdad se hallaba en la garganta de Lisa, y ninguna de mis preguntas había conseguido desenterrar nada.

Ya no sabía distinguir quién mentía y quién intentaba ayudarme y, como hacía siempre que tenía dudas, me refugié en los libros.

Había localizado un ejemplar que relataba el nacimiento del primer najma .

Dediqué días a sumergirme en sus páginas para profundizar en un saber originario de la antigua Asiria.

En el pasado, allí estuvo la academia de magia más importante del mundo, donde se reunieron durante años los mejores magos y magas de la época.

Tardaron decenios en establecer una teoría y otros tantos en formular el ritual.

Por fin, una noche de luna nueva vincularon el poder de la estrella más brillante a un artefacto.

Así nació la primera joya estelar, el najma del sol.

En los siglos sucesivos se crearon otras, pero el libro concluía con el najma concebido por el grupo de trabajo dirigido por el astrónomo Aryabhata.

Era un pacto entre magos y estrellas y, una vez estipulado, no podía quebrantarse, solo transmitirse.

Cualquiera que poseyera un najma era considerado un guía en el mundo mágico.

«Un guía». Recordé las palabras de Zora al introducir su carta del tarot de las estrellas para marcar la página en el volumen que estaba leyendo, abierto sobre una mesa de Sotobóveda.