Capítulo 23 #4
Inhalé y retiré tanto polvo como pude. Pensaba en mi mano no como un contenedor, sino como un polo que lo atraía todo.
Volví a inspirar, y esta vez el polvo respondió.
Los granos más próximos empezaron a motear mis dedos, que se llenaron, y luego descendieron por mi brazo, hasta cubrirme con un guante de luz.
En un instante, todo el polvo varió su curso y comenzó a danzar a mi alrededor, descendiendo hasta rozarme, para correr en torno a mis brazos extendidos y cercar mi cabeza como una corona de luz.
Era una sensación tibia y trepidante, como si pudiera incendiarme en cualquier momento.
Esa idea, por alguna razón, no me asustaba, más bien me enardecía.
—¿Qué me dices ahora, Segredo? —Las palabras murieron en mi boca.
Ismael se había despegado del suelo y ahora parecía que era la grieta la que lo tenía como rehén, ya que se ensanchaba para dejar pasar un flujo cada vez mayor de polvo, que fluía hacia mí. El aire crepitaba y los hilos de polvo se agitaban como movidos por una brisa inexistente.
—Ismael, ciérralo —ordenó Panfilio con fingida calma, justo antes de acercarse a mí y atraer los granos hacia él. Abrió las manos, pero el polvo no obedeció. Seguía danzando a mi alrededor con una densidad cada vez mayor.
Ismael empezó a juntar y a apretar las manos, pero la grieta chisporroteaba y no parecía dispuesta a que la cerrasen. Era como un choque de magia. El rígido damero de energía que rodeaba a Ismael se había replegado sobre sí, concentrado en el mismo esfuerzo. Ismael estaba al límite.
—Valmori, escúchame con atención. —Panfilio tiró de un extremo de mi capa para obligarme a mirar hacia abajo—. Debes soltar el polvo. Ya.
¿De verdad tenía que hacerlo? Ladeé la cabeza y estudié su expresión serena, que contrastaba con el rostro ansioso de Lisa.
Al fin y al cabo, solo había seguido sus instrucciones.
Extraer el polvo de estrellas y la sensación que producía resultaban tan agradables que no podía haber nada malo en mi acción.
Sonreí y dejé que los granos siguieran fluyendo.
Las voces a mi alrededor empezaron a desvanecerse.
Lisa me dio una bofetada y el dolor cayó como un jarro de agua fría en una cama aún caliente.
Era necesaria: el poder me estaba controlando y tenía que despertar.
No sabía cómo hacerlo, pero bajé las manos y las escondí tras la espalda, espirando por última vez para después contener el aliento.
Tenía que aplacar las brasas de mi interior, el fuego que exigía alimento.
Los primeros granos empezaron a dispersarse y el flujo se ralentizó, tanto que Ismael consiguió estrechar la grieta.
Más, cada vez más, hasta que uno de sus brazos cedió y cayó a lo largo de su costado como inanimado.
La grieta se convirtió en una fisura y a través de ella atisbé un trozo de cielo y una cúpula.
Panfilio corrió a sustituir a Ismael y, con un esfuerzo que le hizo temblar, remendó el desgarrón, volvió a anudar los hilos de la magia hasta que desaparecieron y restableció la calma entre las pilastras.
Recuperar el aliento fue como emerger del mar. El oxígeno fresco en los pulmones me devolvió la lucidez.
—Has asistido a un ejemplo de situación crítica, Valmori —resolló Ismael, arrodillado en el suelo con una mano aferrada a su brazo. Lisa estaba a su lado y le ofreció ayuda para levantarse—. Puedo solo —soltó, empujándose hacia atrás para recuperar el equilibrio.
—¿Ya no quieres mi ayuda, Isma?
—Nunca la he querido —respondió él con decisión. Luego se acercó para ayudar a Panfilio.
Me esforcé en bajar la mirada para ocultar la sonrisa de satisfacción que no me permitía encoger los labios.
El director se secó la frente sudorosa con un pañuelo de algodón y me dirigió una mirada entre asombrada y perpleja.
—Electrizante, ¿verdad? —dijo con voz ronca, casi sin aliento—. Hoy ha visto lo que ocurre si el polvo de estrellas despierta en monumentos u objetos robados. Se abre una puerta hacia el lugar de origen.
Reflexioné sobre el significado de aquellas palabras; sobre la frecuencia con que las leyendas humanas mencionaban pasadizos entre las ruinas o advertían de casos de inexplicables desapariciones en determinados lugares. Muchas de ellas podían ser ciertas.
—¿No podría ser una oportunidad? —pregunté, recogiendo el poco polvo que quedaba.
—Muchos lo han intentado, pero los resultados siempre fueron desastrosos —intervino Ismael, peinándose sus desgreñados mechones antes de que Lisa se acercara más—.
El pasadizo es inestable, amenaza con ampliarse y engullir lo que lo rodea.
Los arcanistas intentan comprender el fenómeno, pero sus investigaciones están en una fase inicial.
—Se giró para mirar las dos columnas, sin soltarse el brazo, y reconocí en sus ojos un dolor distinto.
Era como mirar a un animal atrapado en una jaula de glifos espléndidos.
Ismael estiró una mano sin llegar a tocar las columnas—.
Las robaron sin conocer siquiera el idioma, ¿entiendes?
Porque eran hermosas, como si la estética fuera el fin de toda creación.
Estas tallas eran un canto para su pueblo y, cuando se las llevaron, lo dejaron mudo.
Lo que viste abrirse no es un portal, es una herida.