Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Tal vez se refería a mi nueva vida aquí, a mis poderes. Puse el despertador y me arrebujé entre las mantas, pensando con todas mis fuerzas que ya no temería al destino.

* * *

Despertarse al amanecer es siempre una experiencia traumática, sobre todo si lo que sigue es un desayuno improvisado y demasiado rico en proteínas para afrontar un viaje con pasallave de una punta a la otra de Venecia, que era lo que me esperaba ese día.

Para rematar, iba en compañía de la ladrona de mi colgante y probable ex de Ismael, que permanecía en silencio junto a magister Panfilio todo el tiempo, sin siquiera mirarme.

Me encogí en la capa mientras el viento gélido de la mañana nos daba la bienvenida a la plaza de San Marcos y la inmaculada belleza de los palacios nos rodeaba con su geometría de arcos, columnas y ventanas, interrumpida tan solo por el campanario de la Basílica homónima con sus ladrillos rojos.

Las agujas del edificio sagrado reflejaban los primeros rayos de sol mientras que aquellos turistas más madrugadores desafiaban el frío y el sueño para conseguir una fotografía en una plaza prácticamente desierta.

Rodeamos la basílica por la parte sur y nos detuvimos frente a la Porta della Carta, que debe su nombre a la instalación en tiempos de un puesto donde los analfabetos podían pedir ayuda para escribir o leer un mensaje.

Siempre me preguntaba si, incluso entonces, cualquiera que pasara por allí se sentiría sobrecogido por la belleza de la Basílica.

En el pasado, solía dar largos y lentos paseos por esa zona a la caza de detalles y personajes esculpidos en el mármol, y siempre descubría otros nuevos, como si se trasladasen de una fachada a otra durante la noche.

—Ya estamos —dijo magister Panfilio, señalando dos columnas que sobresalían a un costado de la plaza con gran dramatismo. Medían algo más de tres metros de altura y estaban finamente talladas; habrían podido pertenecer a la Basílica si no fuera porque surgían de la nada para sostener el cielo.

—¿Las pilastras de Acre? —me extrañé.

—Están entre los monumentos más problemáticos de la ciudad —respondió el director Panfilio, murmurando como si hablara de dos familiares insoportables.

Enseguida le hizo una seña a Ismael, que sacó de su cartera seis finas estacas metálicas unidas por una cinta y las clavó entre las losas de la plaza, delimitando un espacio que nos incluía a nosotros y a las columnas.

Imaginé que se trataba de una protección que nos volvía invisibles ante los humanos.

Para probarla, agité la mano en dirección a un camarero que preparaba las mesas.

Este respondió a mi saludo con un gesto de extrañeza. Panfilio, a mi lado, soltó una risita burlona.

—No somos invisibles —susurré, sorprendida.

—Y no disponemos de aislamiento acústico, así que no grites palabras sospechosas. La cinta nos sirve para encubrir actividades mágicas. Pareceremos restauradores o arqueólogos —me reprendió Ismael.

Asentí, lanzando una mirada a Lisa, que se había quedado quieta y en silencio en el límite de la cinta, con la capucha de la capa calada hasta la frente y el collar, que se le veía de vez en cuando bajo la bufanda.

—Debemos actuar con prudencia —pidió Panfilio, entregándonos a cada uno un gran frasco de cristal—. Las pilastras de Acre son un monumento poroso, lo que significa que tienen tendencia a atraer y a absorber mucho polvo —añadió, dirigiéndose a mí en particular.

—¿A causa de la piedra con la que están construidas? —pregunté, extendiendo la mano hacia el mármol tallado en forma de cinta con flores, estrellas y otros símbolos.

—No —recalcó Ismael, agarrándome de la muñeca y retrayéndose de inmediato, como si hubiera sentido un pinchazo de dolor.

—Porque no están su ubicación original —intervino Lisa. Tuve la impresión de que llevaba días callada, pues su voz sonó profunda y desganada, como un eco triste de la chica chispeante de la fiesta.

—Cuando los vencedores de una guerra saqueaban los tesoros de las tierras derrotadas, cometían un crimen que escapaba a su comprensión —prosiguió Ismael, que incluso sin estrado ni pizarra sabía improvisar una clase—.

Los monumentos, en especial los religiosos, poseen raíces invisibles, alimentadas a lo largo de los siglos por las plegarias, los sueños y los miedos de las personas que los erigieron y veneraron.

En el momento en que son saqueados y trasladados a otro lugar, la desconexión que se produce parece atraer el polvo de estrellas.

—En resumen, que robar está mal.

Me crucé de brazos y miré de reojo a Lisa, que por toda respuesta bajó todavía más la cabeza.

Me habría esperado cualquier cosa, pero nunca verla mortificada. Recordé entonces las palabras de Ismael: no todo el mundo era tan mal mentiroso como yo, así que intenté no dejarme influenciar.

—Y tú no deberías tirar la primera piedra —me recordó Ismael, que no daba muestras de querer zanjar el asunto.

—Perdona, ¿de qué lado estás? —repliqué, sintiendo cómo el calor se me concentraba en el diafragma.

Magister Panfilio carraspeó. Su incomodidad fue más eficaz que cualquier reprimenda.

Ismael fue el primero en reaccionar y se colocó en medio de las dos columnas.

Juntó las manos en el centro del pecho, palma con palma, en un gesto que, más que una plegaria, parecía buscar la unión de dos polos.

El resto de su cuerpo se tensó y se expandió, relajando los hombros y alzando la cabeza hasta que se estiró como una flecha.

Un mechón de pelo le cayó sobre la frente. Lisa se acercó para retirárselo.

—No me distraigas —comentó Ismael en un tono neutro.

De repente, mi aliento se volvió ardiente, y me obligué a contenerlo entre los labios mientras intentaba aplacar mis celos.

—Ahora Sagredo probará a liberar parte del polvo. Tenemos que estar preparados para recogerlo —explicó Panfilio, abriendo las solapas de su abrigo y revelando un conjunto de frasquitos de cristal alrededor de la cintura—. ¿Alguna duda?

—¿Qué pasa si no lo conseguimos? —pregunté, al tiempo que destapaba mi recipiente.

—Nada de qué preocuparse, el polvo se disipará. Podría producirse criticidad si el polvo residual se despierta.

—Preferiría no oír la palabra «criticidad» antes de las diez de la mañana y de mis dos primeros cafés —rezongó Lisa, tomando un par de viales finos entre los dedos, diminutos sin sus uñas rojas.

Eran los dedos con los que me había arrebatado el collar.

También eran los dedos que acababa de pasar por el pelo de Ismael.

No sabía a cuál de las dos ideas achacar aquel sabor amargo en la boca.

Por supuesto que quería recuperar mi colgante, pero la sensación de urgencia que me había cegado los días posteriores al robo se había desvanecido.

Si intentaba evocar el colgante, porque me avergonzaba haberme olvidado de él, experimentaba tan solo una leve nostalgia, como la que se siente por un viejo juguete extraviado en el fragor de una mudanza.

«Un juguete muy poderoso», me recordé. Me llevé una mano al pecho y me di cuenta de que incluso ese gesto me resultaba extraño.

La pequeña forma que me había ofrecido consuelo durante meses ya no era ni un surco.

Cuando toqué el jersey y el hueso que había debajo, sentí que mis pulmones se llenaban de aire fresco y lo transformaban en un aliento cálido.

Comprendí con claridad, por vez primera, que mi respiración bastaba para calmarme. Que yo era suficiente.

Ismael rechinó los dientes con un chasquido y yo centré mi atención en las pilastras.

Temblaba, tensaba cada músculo para encerrar entre las manos una fuerza que ahora resultaba visible.

Había una grieta de luz, como si alguien al deslizar un cuchillo hubiera conseguido arrugar el aire y desgarrar el tejido en dos jirones que Ismael se esforzaba en mantener cerca, pero no cerrados.

De los rasgones surgían puntitos dorados que Lisa y Panfilio se disponían a atraer hacia sí con gestos de las manos.

—¡Señorita Valmori! —Me apremió el director, instándome a apretar con fuerza mi frasco e imitarlo.

Lo sostuve con firmeza frente a mí y traté de recordar las enseñanzas de Bianca en la Cúpula de Astronomía.

Acaricié pacientemente el aire, ahuecando la mano.

Para mi sorpresa, cayeron sobre ella unos granos de polvo.

Eran tibios y ásperos, y me dio la impresión de estar agarrando un puñado de cerillas.

Una ligera fricción habría bastado para encenderlas.

Por suerte, se dejaron arrastrar hasta el interior del recipiente, flotando como luciérnagas. Mi pequeño logro me hizo sonreír.

—Eso, tú no te apures, Valmori… Que yo puedo aguantar todo el día.

Me sobresalté al oír la voz irónica y fatigada de Ismael.

Lo observé unos segundos mientras recogía más polvo.

Su rostro se asemejaba al de una escultura eternamente concentrada en un acto de sufrimiento.

El sudor le empapaba la frente y el cuello, y sus ojos entornados suplicaban una tregua. Trabajé para concedérsela.

A mi lado, Lisa se movía entre los granos, recogiéndolos sin atraerlos.

No les dejaba opción y tapaba los frascos con rapidez.

Panfilio, por el contrario, se limitaba a permanecer inmóvil, con las manos abiertas y los ojos cerrados, canalizando como un ánfora los granos que llenaban sus numerosas reservas.