Capítulo 23 #2
Me tambaleé sobre los pies. Me había costado un poco deshabituarme a la gravedad y al peso de mi cuerpo, pero lo había conseguido. Había convocado mi poder sin destruir ni quemar. No había venido a mí para rescatarme ni para luchar. Había venido porque yo lo había convocado.
* * *
Las citas vespertinas con Leo y Bianca se habían convertido en mi último rato de libertad antes de encerrarme en mi habitación a estudiar.
Normalmente nos reuníamos en una de las torres de la Residencia y nos tumbábamos encima de los cojines para contemplar cómo la tarde se adueñaba del cielo y las primeras estrellas aparecían una a una más allá de la gran vidriera.
Una vez, mi farolillo había girado con furia hasta quedar atrapado entre los hilos de la esterilla. Le pregunté a Leo cómo era posible que el farol me siguiera.
—El director Panfilio me explicó que mi uso de los artefactos es… caótico. Solo puedo activar algunos de ellos, carentes de habilidades especiales, y no siempre con éxito.
—Porque a lo largo de la historia conseguimos diseñar artefactos que podían ser utilizados por cualquiera, aunque con limitaciones —replicó Leo, desenganchando el farol del hilo que lo atrapaba—.
No existe un término reconocido para clasificarlos, pero a mí me gusta denominar latentes a la mayoría de los artefactos, porque necesitan la magia de un mago para activarse…
Por supuesto, Leopoldo Rovere no podía resistirse a ofrecernos una demostración práctica.
Se levantó y extrajo un marco de madera de la cartera posada en el suelo que colocó sobre la vidriera, como si tuviera goma adhesiva en las esquinas.
Se mordió la lengua entre los dientes y apuntó con su anillo hacia el recuadro, chasqueando los dedos.
La magia de Leo consistía en una lluvia de confeti brillante que se encendía en cientos de chispas cada vez que se activaba.
Estaba tan embelesada mirándolas que casi me perdí el ruido del artefacto.
Al principio pensé que la magia había fallado, pero cuando Leo apartó el marco del cristal, me di cuenta de que la imagen de los palacios venecianos del fondo se había quedado prendida allí, inmortalizada como en una fotografía de vivos colores.
—Bueno, en este caso he tenido que hacerme cargo de activar el artefacto —confesó al tiempo que extraía la fotografía del marco y me la entregaba—.
Si quiero olvidarme de recargar las telas, tendré que pasar por la Forja —añadió, dejando el marco en su sitio, volvió a la carga con las explicaciones—.
Existen, sin embargo, otros casos en los que los artefactos están diseñados para retroalimentarse con la magia que atesoran.
Pero esos son una auténtica rareza, y el mago o la maga que los nutre con magia debe ser realmente poderoso, o bien deben tener otra fuente de carga.
Como los magos centinelas desperdigados por Venecia y todas las ciudades, que advierten a los vigilantes del uso de la magia, las plumas guardar recuerdos o nuestros queridos faroles, que se alimentan de la magia que impregna la Academia.
Era cierto. El momento en que me liberé de la pulsera supuso el arranque de mi percepción del aliento mágico de la escuela en cada esquina.
Las butacas parecían abrazar a los alumnos que las elegían como nido para una noche de estudio, y las velas era como si compitiesen para que las escogieran y consumirse, y, de ese modo, restituir al cielo el hálito de polvo de estrellas que contenían.
Sentía el poder como un fuego líquido que se deslizaba por mis venas.
—Entonces, ¿cómo pude utilizar los zapatos de Ismael para escapar al cielo? —pregunté, colocándome un bolígrafo entre el labio y la nariz, y frunciendo el ceño inmersa en mis pensamientos.
—Evidentemente, esa fue una de las escasas ocasiones en las que tu estrafalaria magia decidió funcionar.
Me alarmé cuando Ismael asomó la cabeza por la escalera de mano y me hizo un gesto.
—Lamento la interrupción, pero nos han convocado para una excursión a primera hora de la mañana y me gustaría hablar contigo antes de salir. ¿Te acompaño a tu habitación?
—Sí, acompáñame hasta el vestíbulo —especifiqué, y, mientras recogía mis pertenencias desperdigadas, me di cuenta de lo inapropiado de mi comentario.
—He oído que dormir juntos mejora la camaradería entre compañeros de excursión. —Leo nos guiñó un ojo, y Bianca se echó a reír.
Pensé en todas las cosas frías que mi mente podía evocar. En hundirme en las gélidas aguas del Polo Norte e hibernar, para intentar calmar el rubor que me llegaba al cuello.
Ismael, en cambio, era un témpano de hielo.
—No habrá necesidad de camaradería. Yo cumpliré la misión y Valmori podrá asistir para aprender.
Devolví una sombría sonrisa a mis amigos, como si quisiera ofrecerles una prueba de la indiferencia sobre la que algo les había insinuado los días anteriores.
Por su parte, no acababan de creerse que ningún detalle pudiera hacer mella en Ismael Sagredo, pero, al parecer, yo había triunfado en la empresa.
—¿Qué tienes que decirme? —le pregunté, bajando los últimos peldaños para encontrármelo con la mano tendida, en una imperturbable pero galante espera a que la asiera para ayudarme a descender.
Calculé con rapidez qué opción se me planteaba si mostraba un aire más hermético, hasta que por fin decidí agarrarme a él.
Fue un error entrelazar mis dedos con los suyos, robustos y cálidos, que me sostuvieron mientras ponía un pie en el suelo, pues, cuando me soltó, sentí un pequeño desgarro para el que no estaba preparada.
—¿Así que ya vuelves a hablarme? —le pregunté.
—Por necesidad. A no ser que quieras ir a una tarea escolar sin preparación. Y hacerme quedar mal. —Enarcó una ceja, seguro de la respuesta.
Por supuesto que quería estar preparada para cualquier cosa, y él lo sabía.
—Te escucho —me limité a decir, y me encaminé hacia mi habitación, con los faroles encendiéndose uno tras otro a nuestro paso.
—Te comunico que nos han seleccionado para una excursión y que saldremos mañana al amanecer —repitió, enlazando sus manos a la espalda y acompasando su paso al mío.
—¿Eso es todo?
Las excursiones eran salidas organizadas por la Academia con el fin de realizar estudios de campo o de resolver problemas causados por el polvo de estrellas.
Normalmente, los encargados de esas tareas eran los magos arcanistas, que solían recibir el aviso en el último segundo, ya que el polvo podía manifestarse sin más, como surgido de la nada.
Me lo había contado Bianca, que además me aclaró que, en el caso de ser elegida para una misión así, recibiría un mensaje en la habitación.
Entonces, ¿a qué respondía la presencia de Ismael?
Estiró los labios y pronunció una aclaración con desgana:
—No. También participará… Lee Sun, a quien conoces como Lisa.
—¡Qué! —Mi exclamación resonó en el pasillo desierto.
—Es una poderosa arcanista, y parece que han convocado a los mejores magos —me aclaró Ismael, con los ojos clavados en un punto indeterminado, como si mirarme pudiera traicionar su firmeza. Intuí que a él tampoco le convencía que la liberasen.
—Tenía entendido que no le permitirían salir de Seledia después de lo que hizo.
—Créeme si te digo que ha hecho peores cosas en el pasado —replicó con tono de hastío—. Los magos tienen mala memoria cuando algo les beneficia. Al parecer, no hay duda de que fue extorsionada e inducida a cometer el robo de tu colgante.
—¿Te fías de ella? —le pregunté.
—Como regla general, no —respondió con firmeza—. Hace unos meses se juntó con gente equivocada, y no me extrañaría que lo que cuenta fuese cierto.
Me hundí en la capa y seguí caminando en silencio.
Pese a que Lisa venía de un mundo que yo desconocía, uno aún más despiadado con las chicas que se perdían, al final, con o sin najtna , yo me había convertido en discípula de la Academia.
El colgante era importante para mí, era algo en lo que había encerrado el dolor de los meses en los que había retomado el control de mi vida, pero si ahora tenía que decidir entre mi futuro en la Academia y seguir anclada al pasado…
, quizás por primera vez ansiaba una esperanza, un futuro.
—Hay otra cosa —añadió Ismael antes de que pudiera cerrarle la puerta en las narices—. Dentro de diez días se celebrará la Noche de Polaris, el baile de la Academia que, como su nombre indica, tendrá lugar por la noche. Me temo que te verás obligada a acompañarme.
Había conseguido librarme casi a diario de la condena de tener que pasar las tardes siguiendo fielmente a Ismael.
Me retiraba a mi habitación al anochecer con montones de libros prestados de la Gran Biblioteca sin necesidad de protección y salía temprano por la mañana.
Había planificado mi rutina diaria al dedillo y me había olvidado de la fecha más comentada del invierno.
—Tú sí que sabes cómo invitar a un baile a una chica, Sagredo —respondí arisca, mientras enumeraba mentalmente todas las escapatorias posibles, sin resultado.
—¿Quieres que te corteje, Valmori? —Si no hubiera tenido sobre mí sus ojos de piedra, habría vacilado.
—Me gustaría que me conocieran —respondí.
Y que me sacaran a bailar con una reverencia. Agarré el pomo, descargando sobre el metal la sensación de haber revelado demasiado a un chico que podía usar las palabras como cuchillos.
Levanté la vista y me encontré con los ojos de Ismael estudiándome en silencio.
Era una de esas ocasiones en que la pasta terrosa de su mirada se endurecía y ocultaba por completo sus pensamientos.
Me estaba leyendo, pero yo no podía adivinar nada.
Me encerré en mi habitación y busqué la carta del tarot que Zora me había entregado el día del examen.
La coloqué sobre la almohada y reflexioné sobre las palabras de la vidente.
El comienzo de una nueva era solo espera tu paso.
No tengas miedo del fuego, solo consume a los que temen arder.