Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Diciembre pasó volando, y en mi habitación empezaron a aparecer un montón de jerséis de lana y bufandas a juego que me enrollaba por encima de la capa antes de salir al frío cortante del archipiélago.

Aun así, a pesar de la creciente oscuridad sobre los cielos de Venecia, los días se me hacían largos.

Nunca había tenido tanta energía y, al mismo tiempo, tantas ganas de estar sola, encerrada en el dormitorio.

Me obligaba a salir para continuar con mis estudios, si bien la sombra en la mirada de Ismael seguía atormentándome.

El único consuelo era que por fin me habían permitido acceso libre a la Gran Biblioteca.

Por los soportales y las aulas seguía notando el recelo en algunos de los estudiantes con los que me cruzaba, pero al menos podía dedicarme a mi investigación sin tener que esconderme.

Estudiaba desde la mañana hasta última hora de la tarde, y me apresuraba a regresar a la habitación antes del ocaso para evitar quedarme a solas con Ismael y tener que enfrentarme a sus ojos acusadores.

Tampoco es que me perdiera nunca de vista.

Íbamos juntos a clase; mejor dicho, nuestros horarios coincidían, y mientras yo estudiaba los rudimentos de cada asignatura, él siempre estaba a unos cuantos pupitres de distancia, vigilándome con frialdad.

Imaginaba que lo hacía por su inflexible sentido del deber.

Si no hubiera estado obligado por su papel de magister , probablemente habría encontrado la manera de estar siempre en un edificio lejano.

Pensándolo bien, en todos aquellos meses no había hecho más que mantener a Ismael atado a mí, primero involuntariamente como mi magister , y luego engatusándolo. Me merecía su indiferencia.

Una tarde subí a la biblioteca de Arcana, oculta entre los capiteles de las columnas, recorriendo un pasillo que abrazaba la punta de la Espiral y, como me ocurría a menudo frente a estanterías enteras de libros, no conseguía decidir qué volumen hojear primero.

Al final, reduje mi elección a Crónica de la dispersión del polvo por las maravillas del mundo antiguo , de Amelia P.

Rafaeli, y Estratificación del polvo de estrellas en relación a los agentes atmosféricos , de Orione Dannolia.

Para escoger, utilicé el mismo método que empleaba cuando era niña para elegir la ropa de la playa, una retahíla sobre una estrella de mar que por la noche mira al cielo y sueña con alcanzarlo, pero que teme abandonar su roca y que acaba así: «Aquí abajo, allí arriba, aquí abajo».

Así que señalé un volumen y luego el otro, recitando en silencio la cantinela, hasta que mi dedo índice se detuvo en la Crónica , Saqué el libro de la estantería y, cuando me volví, vi a Ismael apoyado en la barandilla al otro lado del balcón, mirándome fijamente.

Incluso a esa distancia me fijé en sus manos abandonadas en el vacío y en su expresión indescifrable.

En cuanto nuestros ojos se cruzaron, movió los dedos, señalando el sol que descendía rápidamente más allá del horizonte, invitándome a reunirme con él.

Se acercaba la noche, y mi libertad también declinaba.

Apreté el volumen contra mí y, abrasada por la derrota, me refugié en la celda más cercana a él.

Acomodé los cojines tras la espalda y dejé que mi farolillo revoloteara a su antojo a mi alrededor.

Ismael se apoyó en la estantería más cercana, enfrascado en la lectura de un manual de arcana.

Me abstraje tras la cubierta y supe que había perdido en el momento en que mi concentración empezó a flaquear cada vez que Ismael movía los dedos para pasar una página.

—Valmori, en lugar de fingir que lees, tal vez sería útil que te ejercitaras en el control de la magia —dijo cuando la luna ya estaba alta y proyectaba su luz a través de las ventanas.

—Estoy estudiando —respondí con aspereza.

—La última vez que pasaste la página fue hace cinco minutos —me recriminó, mostrándome en comparación su progreso en la lectura, que abarcaba más de la mitad del libro.

—Es un concepto complejo e interesante. —No era mentira, si bien no impedía que estuviera distraída—. ¿No tienes nada mejor que hacer que cronometrar mi velocidad?

—Puedo atender a varias cosas a la vez, y tampoco es tan difícil contar hasta doce en una hora, el número de páginas que has leído —dijo, pasando una hoja con infinita lentitud, imitándome.

—Mejor me voy a mi cuarto —anuncié, quitándome la manta que me había echado por encima y temblando al sentir el frío que ascendía por mis piernas semidesnudas, con la tela de la falda arrugada sobre las rodillas. Ismael lo notó y, de repente, apartó la mirada.

—Eso significa que «vamos» a la habitación. Te recuerdo que debo acompañarte.

Coloqué el marcapáginas en el libro y lo cerré con energía, valorando mis opciones.

—De acuerdo, enséñame a controlar la magia —me rendí.

Ismael acogió mi decisión con una inclinación de cabeza y volvió a bajar los ojos hacia su libro, llevándose el índice a la sien.

—Como ya te he explicado, la magia de un mago es tan firme como su voluntad. Tú eres una pseudomaga, pero yo diría que la idea consiste en lo mismo: debes despejar tu mente de pensamientos superfluos y concentrarte en un objetivo.

—Pensar en no pensar es la mayor estupidez que existe —protesté.

—A ti debería resultarte sencillo —se burló.

Le dirigí una mueca que no captó y me coloqué la falda, sentándome con las piernas cruzadas en el borde de la celda.

Cerré los ojos y mis pensamientos se agolparon como falenas en torno a un fósforo.

Ese era uno de los motivos por los que leía, me ayudaba a mantener a raya mis pensamientos y a clasificar algunos cada vez que encontraba una respuesta entre las líneas en la que me reconocía.

Las palabras habían sido mi mayor maestro y mi consuelo.

La oscuridad que permanecía cuando la voz de mi cabeza corría libre no tenía límites y era fácil perderse.

Intenté arrojar algo de luz recurriendo al pequeño fuego que llevaba dentro.

Caminé sobre el manto de cenizas bajo el que me había enterrado tras el enfrentamiento con Jacopo, pero no hallé nada.

Frente a mí, en mi interior, había una superficie gris y apagada en la que ya no me adentraba.

Me había aislado de aquel poder porque tal vez ni siquiera podía reconocer ante mí misma que me asustaba, y me había concentrado en el estudio porque era el único camino que conocía.

Siempre que me sentía perdida, abría un libro.

Y eso es lo que había hecho para buscar respuestas en todas partes menos en mi interior.

—Respira, Valmori.

La voz de Ismael sonó lejana. Continué conteniendo el aliento, por puro despecho.

¿Qué había bajo mis pies? Las cenizas empezaban a grisear mis tobillos y mis pasos se volvían pesados.

Cada grano era un recuerdo que se me había quedado pegado.

La noche en el callejón donde habían intentado secuestrarme, el ataque del ruginoso en el Ojo, la pelea con Lisa en la Fiesta de la Media Luna y el combate con Jacopo en el puente.

O me extinguía o era un fuego que ardía sin control. Era débil incluso cuando era fuerte.

—Concéntrate. Aire, toma aire.

La voz de Ismael sonaba cada vez más lejos, y la ceniza ya me llegaba a las caderas. Bueno, el gris me sentaba bien. Había hecho todo lo posible por sobresalir, por hacerme notar y ser aceptada, pero ¿qué sentido tenía todo aquello si por dentro solo era gris?

Podía fingir que era algo mejor que eso, pero con el tiempo todo el mundo descubriría lo que era o, peor aún, lo que no era. Incluso los vigilantes comprenderían que se habían equivocado.

Un gruñido provenía de no sabía dónde y yo no podía responder, porque la ceniza me había ensuciado ya hasta los labios; un paso más y se levantaría un remolino que me cubriría por completo.

¿Me estaba dejando dominar? ¿Me estaba obligando a cerrar los ojos incluso sobre lo que tenía dentro?

Respiré antes de que se levantara la nube gris y retuve el aire con fuerza en los pulmones.

Quizás era cierto que era una pseudomaga…

, pero dependía de mí cómo llenar el resto.

Todos se mostraban temerosos por la respuesta de lo que podía ser, pero tal vez me correspondía a mí decidirlo.

Decidir qué había dentro de mí. Y yo deseaba que fuera luz.

Era luz, y cada chispa de fuego me obedecía.

Exhalé y ahuyenté el viento. A mis pies, mi mundo estaba hecho de brasas, y yo brillaba.

—¡Ámbar!

Abrí los ojos y por un momento pensé que era de día. La luz había invadido la Espiral y se reflejaba en las ventanas para expulsar la sombra. Solo que no procedía del exterior, sino que irradiaba de mí en forma de rayos blancos y dorados que caldeaban el ambiente a mi alrededor.

Ismael estaba debajo de mí; sus manos me rodeaban los tobillos mientras flotaba. La gravedad empujaba desde todas las direcciones para sostenerme, y mis pensamientos consistían en la cálida sensación de mi poder.

—Fácil —susurré.

Ismael me lanzó una mirada severa y de admiración al mismo tiempo. Me observaba con una adoración idéntica a la que dedicaba a las estatuas enterradas durante siglos bajo capas de arena, y puede que a sus ojos yo fuera algo así. No tenía intención de hacerle cambiar de opinión.

—Suéltame.

Obedeció y dio dos pasos atrás. Yo continué levitando, parpadeando para contemplar el resto del balcón. Los demás alumnos se habían detenido a mirarme, boquiabiertos.

Inspiré una y otra vez, ajustando mi respiración al flujo de aire que me rodeaba, y cuando estuve segura de haber encontrado el equilibrio, dejé que las brasas se disiparan y regresé al suelo.

El aterrizaje fue vacilante.