Capítulo 22 #3
Me quedé sin habla ante la melosa voz del director y lamenté no haber acudido antes a él.
Me había dado la impresión de que lo atenazaban el peso de las responsabilidades y las montañas de pergaminos que se acumulaban sobre su escritorio; pero había vigilado en secreto todos mis movimientos e, increíblemente, me había alentado.
—Me agrada confirmar su registro en la Academia de Seledia y poder seguir llamándola alumna —prosiguió Panfilio, moviendo una mano para ordenar a la tetera que vertiera su contenido.
Deseaba abrazarme al sonido de aquellas palabras e impedir que nadie se acercara a ellas para cambiar ni siquiera una letra.
Me observé las manos, los dedos finos con uñas redondeadas, las líneas que trazaban senderos en la palma que tiempo atrás creía que tal vez revelaban mi futuro, mientras que ahora eran un mapa de mi poder.
—Gracias, director. Tengo una pregunta sobre Lisa…, digo, sobre la señorita Go. Me gustaría saber si hay novedades en su caso y si será liberada de Reclusión —expuse, intentando que mi petición implícita sonase convencida, si bien yo misma no lo estaba en absoluto.
Ismael se revolvió en su butaca, incómodo, como si los cojines se hubieran convertido en urticantes.
Panfilio, por el contrario hizo un gesto con la mano, invitándome a argumentar.
—Creo que el collar inhibidor demuestra la presencia de una tercera persona implicada en el robo, probablemente alguien muy poderoso que no pretende utilizar el colgante como una simple joya.
Sé que la señorita Go no puede confesar, pero con ella tal vez sabría dónde buscar, mientras que encerrada en Reclusión no resulta de ninguna ayuda.
El director entrecerró los ojos e inhaló los vapores del té, como buscando inspiración en el aroma que flotaba en el despacho.
—Le confieso que a mí se me ha ocurrido lo mismo, señorita Valmori, pero temía ofenderla con una propuesta semejante. Ahora bien, si es usted quien lo sugiere…, lo discutiré con el Colegio.
Al parecer, allí no se movía una paja sin una decisión del cuerpo de magistri al completo.
—Entre tanto, concéntrense en el estudio y la investigación. Seguirá contando con el inestimable apoyo de magister Sagredo, que no dejará de ayudarla a examinar y controlar sus poderes —añadió el director.
Ambos nos giramos hacia Ismael, que se enderezó en la silla y se encogió de hombros, en actitud arrogante. Pero yo me acordaba perfectamente de sus ojos al tenderme la mano, al llamarme Ámbar. Recordaba sus labios posados en los míos, para nada reacios a ir más allá.
—Lo interpretaré como un sí —se regocijó Panfilio, aplaudiendo—. Si no tiene nada más que decir, señorita Valmori…
Por la forma en que me miró, de manera elocuente, levantándose las gafas hasta la verrugosa nariz, entendí que lo sabía. Quizás lo había intuido durante el enfrentamiento con los vigilantes de la Hidden Society.
—Lo siento —dije, ocultando la mano izquierda entre los pliegues de la capa, que empezaba a darme demasiado calor en la estancia caldeada por la chimenea.
Miré a Ismael por el rabillo del ojo y vi que sorbía el té y me observaba a través del vapor de la bebida con la expresión indescifrable con la que se disfrazaba cuando se mostraba hermético.
—Estaba desesperada —continué—. Ansiaba quedarme aquí a toda costa; su Academia es magnífica, y considero que esta oportunidad es un gran honor. Además, no esperaba contar con el apoyo de magister Sagredo durante el proceso, así que…
Las palabras se ahogaron en mi garganta, de modo que dejé que hablaran las manos.
Saqué el rubí de la cartera y abrí la palma, enseñándoselo a los dos magos. La piedra captó la luz de los faroles y la posé en la mesita. No conocía su funcionamiento y temía que, por el mero hecho de sostenerla, pudiera sacar algún provecho de su poder sin darme cuenta.
—Por favor, no cambie de opinión —le supliqué.
El director se atusó el pelo blanco hacia atrás, siguiendo las ondas que llevaba recogidas en un moño alto.
—Está claro que iniciativa e ingenio no le faltan, señorita Valmori.
—¿Por qué lo tienes? —preguntó Ismael, con voz cortante.
Al parecer, no lo recordaba. Era cierto que la magia del rubí hacía perder la memoria en las inmediaciones del rostro de quien lo llevaba.
A saber cómo me había visto aquella tarde.
Descubrí con una pizca de celos que me habría gustado ser aquella chica.
La Ámbar que lograba conmover a Ismael Sagredo y atraer su atención.
La Ámbar de la que no se apartaba tras un beso.
En cambio ahora me odiaría, y con razón.
—Porque me lo dio Lisa… cuando la visité en Reclusión. De mis motivaciones y del resto ya estás informado.
Pronunciar aquellas palabras en voz alta me hizo sentir aún más temeraria en mis decisiones. ¿Quién era yo realmente? ¿La chica dispuesta a todo o la que ahora se arrepentía?
Ismael depositó su taza en el platillo sin hacer ruido, con una expresión impenetrable.
—Has incumplido varias normas de la Academia, no me corresponde a mí juzgarte.
Panfilio tomó su najma entre las manos y sentí que los objetos en torno a él respondían despertándose.
Y esta vez percibí aún con mayor claridad la magia al propagarse desde el director, fluyendo en el aire en forma de minúsculas esferas que se agitaban juguetonas.
No era el momento de sonreír, pero la energía del director se asemejaba a la de un niño y brincaba a su alrededor como si no pudiera esperar a ser utilizada. Algo que no ocurrió.
—Me alegro de que me lo haya confesado espontáneamente, pese a que conocía lo ocurrido.
Seguía el desarrollo de los acontecimientos con curiosidad, ¿sabe?
Por mucho que existan ciertas reglas en nuestro mundo, y más aún en Seledia, siento debilidad por aquellos que se las ingenian para infringirlas.
—Director… —lo reprendió Ismael con el mismo tono lapidario de su madre.
—Sí, sí, de acuerdo. Como castigo estipulo que durante un mes la señorita Valmori no pueda salir por la noche…
, a menos que vaya acompañada por usted, magister Sagredo —sentenció Panfilio, sorbiendo su taza de té con aire solemne—.
Por cierto, sus zapatos están confiscados por el Colegio por uso impropio hasta nuevo aviso.
Casi me atraganto. Era una decisión todavía más firme que la simple relación de estudiante y maestro que nos unía.
—Soy su alumno y acataré su decisión, director —manifestó Ismael, con voz metálica. Estaba furioso conmigo y quizás más por haber perdido sus zapatos. En cuanto entreveía la posibilidad de librarse de mí, acababa todavía más implicado.
—Al fin y al cabo, podrá perdonarla —dijo Panfilio, examinando las hojas en el fondo de la taza—. El rubí, después de todo, no surtió ningún efecto.
—¿Cómo? —preguntamos Ismael y yo al unísono.
—Por supuesto. —Panfilio reaccionó con perplejidad ante nuestra sorpresa.
Cogió el rubí y lo observó a la luz de un farolillo—.
Se trata de un artefacto de gran poder, pero dada la inestabilidad de la magia de la señorita Valmori, creo que solo puede utilizar artefactos sencillos…
¿Algún problema? —nos interrogó, mirándonos alternativamente a la cara.
Me obligué a negar con la cabeza, mientras Ismael permanecía lívido e inexpresivo, inmóvil en su butaca.
El director se conformó con la respuesta, nos comunicó que tenía que enviar una carta y nos dejó solos en la salita de su despacho.
La estancia se sumió en un silencio absoluto, roto tan solo por el crepitar de las llamas en la chimenea.
Me volví hacia Ismael, que me miraba. Sus ojos de terracota nunca habían tenido la dulzura de su color, pero ahora más que nunca estaban del todo fijos y duros, como dos pesas ante una balanza a la espera de inclinarse hacia el plato que me declaraba culpable.
Aquella era mi pequeña venganza, y el orgullo herido de Ismael no me la iba a arrebatar. Me puse en pie y me senté en el reposabrazos de su butaca, provocándolo con mi sonrisa desde mi posición superior.
—Así que no fue por la influencia del rubí, Sagredo. El bonito discurso que pronunciaste te salió del corazón. En resumidas cuentas, deseas que me quede en Seledia.
—Eso parece —respondió con sequedad.
Entrelacé los dedos sobre una rodilla y recliné la espalda para interceptar su mirada.
—Entonces, ¿por qué te muestras tan huraño?
—Porque no confiaste en mí —suspiró, con la voz quebrada—. Después de todo lo que he hecho, ¿en serio te hacía falta un truco para convencerme de que diera la cara por ti?
La acusación me atravesó como una cuchilla y minó mi confianza. Me agarré la rodilla para resistir en aquel precario equilibrio.
—Quería estar segura… Tenía que estarlo.
Porque claro que no lo estaba, no me sentía digna de ser defendida. Desde luego no por el impecable Ismael Sagredo.
Mi magister asintió con gestos graves y apesadumbrados.
—Enhorabuena, has conseguido lo que querías.
Se levantó y me dirigió una mirada dolida antes de alejarse, y yo sentí que se abría una grieta en mi interior. La oscuridad del techo pareció descender hasta tocar mis hombros. El fuego de la chimenea quemaba de frío y los objetos enmudecieron.