Capítulo 22 #2
No participaba en el banquete improvisado para los invitados y solo había aceptado un vaso de agua, aparte de lanzar todo el rato miradas aviesas a la pareja de vigilantes.
—Aun así, les pareció correcto arrogarse el derecho de encerrar a Valmori en Reclusión para analizarla y borrarle después la memoria —afirmó Julia categórica, ante los magistri presentes.
—Lo dice como si ustedes los vigilantes no borrasen con frecuencia la memoria a los humanos —intervino magistra Torkan, moviendo el pie cruzado como si fuera la punta de una cola desquiciada.
—Yo voté a favor de la eliminación porque sé el alivio que puede suponer para la mente de un humano.
Los dedos de Poluaro se entrelazaron de manera frenética. Podría decirse que balbuceaba, lo que me llevó a imaginar que su afirmación respondía a algún motivo.
—O porque esperaba poder localizar el najma y adueñarse de él —sugirió Julia, cerrando el bolígrafo para deslizado por el borde del bloc de notas mientras miraba a la magistra con una ceja levantada.
—Usted sería capaz de ver corrupción hasta en la obra de un santo —le respondió Torkan, tras un sorbo de vino.
Había recuperado su encanto y sus modales, pero yo recordaba la mirada inyectada en ira que le había dirigido a la guerrera—.
Ciertamente, no somos santos, somos eruditos, seres con una memoria milenaria, gracias a nuestra biblioteca.
Hemos leído decenas de casos de humanos consumidos por la proximidad al mundo mágico y queríamos evitar añadir otro a los archivos.
En cuanto a los najma …, sí, queremos localizarlos, pero no para alimentarnos de ellos como buitres.
Los najma para nosotros son reliquias, el legado de las estrellas.
Si se trata de uno de los cuatro najma perdidos, nuestro deber consiste en encontrarlo y protegerlo.
Julia hizo una mueca poco convincente y tamborileó con los dedos sobre el bloc de notas, como si sopesara el razonamiento de la magistra Torkan.
—Haré el esfuerzo de creer en sus buenas intenciones, pese a que deberían habernos consultado a los vigilantes antes de actuar. Somos el filtro entre la Hidden Society y los humanos. Sabe que nos corresponde a nosotros decidir cómo proceder con un humano que descubre el mundo de la magia.
—Una costumbre a la que nos oponemos —dijo Altieri, dando rienda suelta a un rencor que imaginé que llevaba tiempo fermentando.
Julia lo ignoró y se volvió hacia mí.
—¿Tienes algo que añadir, Ámbar?
Yo estaba sentada en una butaca, algo apartada.
Ismael se encontraba a mi lado y atendía a la discusión en silencio, con los ojos encendidos por la atención que prestaba.
Tenía el convencimiento de que, una vez perfilado mi destino, también se hablaría del suyo.
Me volví con rapidez para mirarlo y me mordí la lengua al darme cuenta de que su presencia me infundía valor.
Si Ismael Sagredo, el estudiante modelo, había desafiado a las autoridades de la Academia, yo no podía ser menos.
—Fui yo, con la ayuda de mis amigos, quien encontró a la ladrona del colgante. Los cuatro hicimos más que el Colegio, que solo se reunió para debatir y litigar.
El silencio se extendió por la sala y todas las cabezas se volvieron hacia mí.
—La fuerza del Colegio reside en la unión de nuestras mentes. —Altieri intentó contrarrestar mis palabras, y concluyó con un carraspeo que intentaba marcar el tono de su declaración.
—Decidieron votar para encerrarme, porque así es más sencillo dominarme. Magister Sagredo ha sido el único que me ha ayudado.
Me armé de valor para verbalizar aquella afirmación apretándome la mano izquierda, con la prótesis de latón escondida en la palma. La mano de Ismael estaba muy cerca de la mía, y me odié por desear agarrarla.
Los ojos de Julia chispearon.
—No quiero escuchar nada más. Por la autoridad que me confiere la Hidden Society, determino que Ámbar Valmori gozará de nuestra protección como testigo clave en el caso del presunto najma .
Podrá permanecer en Seledia y no se la amenazará con arrebatarle la memoria, a menos que sea ella quien así lo desee.
La tarea de la Academia consistirá en averiguar la naturaleza del rastro de poder que la joya pueda haber dejado en ella y en ayudarla a controlarlo.
Nos reuniremos para definir los términos de su reingreso en el mundo humano.
También confirmo a magister Ismael Sagredo como su protector, pues ha sido el único que se ha enfrentado a la situación con sensatez y ha actuado velando por el interés de toda la comunidad mágica.
—Su voz pesó como una sentencia, y el resto de la sala solo pudo asentir.
Me aferré a los brazos de la butaca. Tal vez en mí había un rastro de poder mágico procedente de un ritual, tal vez todo era culpa del colgante, y eso explicaba la energía que había sentido durante el asalto en el callejón, una fuerza que procedía de uno de los artefactos más poderosos del mundo mágico.
Pero nada podía explicar mi estúpida euforia ante la sonrisa de Ismael cuando se inclinó lo suficiente como para susurrarme:
—Todo indica que tendrás que seguir llamándome profesor, Valmori.
* * *
Al día siguiente recibí un pergamino en el que se me citaba en el despacho del director Panfilio esa misma tarde.
La noche anterior por fin había dormido.
No porque mis pensamientos se hubieran calmado lo suficiente como para permitirme descansar, sino porque estaba exhausta.
Cerré los ojos en cuanto toqué la almohada y los volví a abrir bien entrada la mañana, cuando el tímido sol de invierno ya estaba en lo alto de las ventanas empañadas de mi cuarto.
Me pasé el día en la cama, descansando y escribiendo en un cuaderno como si fuera mi diario.
Antes de mi secuestro llevaba un diario, estaba segura.
Era uno de mis momentos favoritos del día: sentarme en mi escritorio, encender una vela aromática y unir los recuerdos de la jornada a la fragancia que flotaba en el ambiente.
El diario tal vez estaba sepultado en algún lugar de la habitación que ocupaba en casa de Domiziana, si bien después de nuestros últimos encontronazos dudaba de que existiese un espacio que pudiera llamar mío en su ático.
Decidí cambiarme cuando el reloj dio las dos.
Me puse un uniforme limpio, pues el que llevaba mientras correteaba por el cielo había acabado en la lavandería y a lo mejor debía pasar por la sastrería para que me lo remendasen.
La idea de tener prendas preestablecidas que ponerme y no verme obligada a elegir me había ayudado durante la época que pasé en casa de mis padres.
Elegir me desconcertaba, y seguir un plan me ayudaba.
Me pregunté si aquellas prendas habían contribuido a que me sintiera más segura en Seledia.
Dudé frente al espejo. Abrí un cajón y hallé el rubí de Lisa. Lo había escondido y no lo había vuelto a tocar, pero quería salir del despacho del director con la conciencia tranquila, así que tenía que devolverlo. Lo metí en la cartera y me encaminé hacia la torre blanca.
Apreté el puño y el meñique izquierdo y ascendí por la escalera de caracol que conducía al despacho.
La gran sala en forma de faro y su oscuridad me acogieron como si aguardasen mi regreso y me identificaran como una presencia peculiar y familiar.
Todos los objetos parecían querer destacar, asomarse para atraer mi atención y que los tocase.
Imaginé que se debía a la inmensa energía que emitía el najma del director.
Panfilio estaba sentado en una butaca y me invitó a tomar asiento.
—Me alegra verla entre nosotros, señorita Valmori.
No reprimí una sonrisa al entrar y ocupar mi sitio, conocedora de la amabilidad con la que el director siempre me había tratado.
Sabía que durante el proceso no había podido expresarse como deseaba, a pesar de que había votado a favor.
Era consciente de que las obligaciones de un director iban mucho más allá de dedicar toda su atención a una sola estudiante, pero tenía la sensación de que, al ser Ismael su alumno favorito, no respondía a una mera casualidad.
Bastó con que pensara en él para que apareciese en el umbral de la puerta, por primera vez desde que tenía memoria, con retraso. Llegó jadeante. Sin duda había subido las escaleras corriendo, y cuando se pasó una mano por el pelo despeinado y se disculpó, percibí la misma rigidez previa al juicio.
—Estupendo, ya estamos todos —sonrió Panfilio, señalando otra butaca destinada a Ismael y dedicando unos instantes a preparar la tetera de cristal, remover las hojas de la infusión y disponer tres platitos de pastas—.
El té no es tan bueno como el de magistra Torkan, pero las pastas están deliciosas —dijo, invitándome a tomar una.
Obedecí y miré de reojo a Ismael. Me habría gustado hablar con él a solas antes de aquel encuentro. Me habría gustado leer los pensamientos que reprimía tras su mirada impasible y la línea severa de la boca.
—Señorita Valmori, creo hallarme en condiciones de afirmar, ya que estamos en un lugar íntimo, que me alivia que se encuentre entre nosotros.
El joven Sagredo expuso a la perfección mi parecer ante el Consejo.
Estoy seguro de que tenerla aquí es una ventaja, no un peligro, además de que sin duda posee un vestigio de magia, lo cual nunca antes se había visto —dijo Panfilio, mordisqueando una pasta—.
Pese a ello, ciertas acciones que ha llevado a cabo difieren de la conducta que esperamos transmitir en Seledia.
El engaño no es un medio para alcanzar un fin —añadió, levantando una mano para evitar que replicara—.
Pero magister Sagredo me ha explicado sus motivos y los comprendo.
Por tanto, propongo que, a partir de ahora, unamos nuestras fuerzas para hallar la verdad.