Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Los magistri se detuvieron y se volvieron para mirar hacia el vestíbulo con estupor. No estaba equivocada: aquel sonido no encajaba. Tampoco encajaban los pasos apresurados en el muelle y las tres figuras que se recortaron en la entrada.

Las dos primeras correspondían a una pareja vestida de gris.

Una mujer con aspecto de amazona encabezaba la incursión, el pelo recogido en una coleta alta, andar resonante y hombros anchos sobre los que llevaba un par de espadas cruzadas.

Era la mujer más imponente que había visto nunca.

Las correas que le atravesaban el torso y las extremidades realzaban sus músculos, como si aflorasen bajo su uniforme gris.

Era la encarnación de un caballero moderno.

A su lado caminaba un muchacho que, quizás por comparación con la mujer, parecía mucho más joven y esmirriado.

Vestía un uniforme similar, pero no portaba armas.

Al menos, no a la vista. Porque, por la sonrisa relajada que se curvaba en su rostro afilado, adiviné que se guardaba un as en la manga.

Detrás de ellos, descalzo y tenso, vi a Ismael.

—Rápido, llevadla arriba. —Altieri fue el primero en reaccionar, desnudando la manga izquierda para exhibir un macizo anillo azul.

Al azotar el aire emitió un destello de luz blanquecina, y el pasamanos de mármol tronó.

La piedra empezó a desplazarse y se cerró al pie de la escalera, formando una barrera entre nosotros y los recién llegados.

—¡Dario, por favor, podemos hablarlo! —exclamó Panfilio, aferrando el libro que siempre llevaba consigo mientras los escalones temblaban a raíz del impacto.

Caí al suelo entre Torkan y Poluaro, que se miraron sin pronunciar palabra. No sabía si mantenían una conversación mental, pero tenía claro que dudaban si atacar o no.

—Si yo fuera tú, me detendría. —La voz de la guerrera me llegó mientras se izaba hasta lo alto del pasamanos.

Tanto el chico como Ismael habían desaparecido.

—Este ha sido nuestro hogar durante siglos. Tú no eres nadie para entrar aquí e imponer tu ley —gruñó Altieri, levantando la mano y ordenándole al pasamanos que se plegara para hacer que la mujer resbalara como si fuera una molesta migaja.

Ella se acuclilló y se aferró al borde de la piedra como una escaladora, sin ninguna intención de dejarse amedrentar.

—Soy Julia Divicini, vigilante de la Hidden Society. Vuestra negativa a colaborar es un delito. El mundo cambia, Altieri. Es hora de que las viejas momias lo aceptéis.

Torkan inspiró con fuerza a mi lado. Alzó la mano y la alfombra sobre la que estaba sentada cobró vida debajo de mí, enroscándose como una serpiente de cascabel controlada por notas invisibles.

Salí despedida cuando la tela se abalanzó contra la vigilante, que solo tuvo tiempo de desenvainar una espada antes de que la envolviera. Gimió cuando la alfombra apretó su mordaza, y Torkan, blandiendo su bastón, rezongó:

—El mundo cambia cuando nosotros así lo decidimos.

Retrocedí apoyándome en los codos, ascendí unos peldaños para alejarme del centro de la pelea y aproveché para esconder el rubí.

Magister Panfilio había caído a mi lado y debía de haberse llevado un buen trompazo.

Del cuello arrugado de la camisa sobresalía su colgante.

Me aseguré de que respiraba antes de volver a centrarme en el combate.

Sentía vibrar el aire con la fuerza mágica liberada.

La percibía sin poder aprovecharla, pero me encantaba.

Una sombra cruzó el espacio y el chico desconocido se materializó de la nada, como si hasta entonces hubiera sido aire y luz, a espaldas de los demás, para aparecer de repente detrás de Altieri.

Le guiñó un ojo y se metió dentro de él, como una silueta blanca al evaporarse bajo un cuerpo al mediodía.

—Sabía que serías el más fácil de doblegar. —La voz que salió de la boca de Altieri era una versión distorsionada de la que yo conocía. Y sus ojos verdes se habían vuelto grises—. Veamos lo que puedo hacer…

—Mala elección poseer a un mago. Puedes poseer su cuerpo, pero nuestra fuerza es el conocimiento.

El murmullo de Poluaro se acompañó del chasquido metálico que hicieron sus pendientes al desengancharse.

Una a una, las pequeñas esferas transparentes se soltaron del enganche y permanecieron suspendidas alrededor de la maga como copitos de escarcha congelados en el tiempo.

Uno de ellos salió disparado con la fuerza de un proyectil y alcanzó a Altieri en la garganta.

El mago poseído se llevó las manos al cuello y empezó a resollar. La maga comedida que había conocido en las clases de Artificería mostraba ahora una mirada granítica.

Desde mi posición no veía a Ismael, aunque, de todos modos, mi atención estaba puesta en Julia, aplastada por la alfombra.

Gemía y se lamentaba mientras su cuerpo se retorcía.

No sabría decir si los sonidos que oía correspondían al estiramiento de la tela o al crujido de sus huesos, pero no iba a quedarme callada hasta averiguarlo.

—¡Detente o la matarás! —le grité a Torkan. La magistra no pareció oírme; en cambio, alzó el bastón y la alfombra ascendió bajo sus órdenes, elevando a la combatiente en los aires.

Me quité el zapato que conservaba y se lo lancé a Torkan, sin acertar.

Pero eso bastó para distraerla, para que se diera la vuelta con el fin de descubrir qué había pasado.

Al hacerlo, perdió la concentración en la alfombra, que Julia no tardó en desgarrar con la espada.

La guerrera cayó unos metros y, cuando tocó el suelo, la piedra de los escalones se agrietó bajo sus botas.

—Ahora me toca a mí —gruñó.

—¡Basta! —La voz de Panfilio resonó en cada molécula de aire de la sala, expandiéndose como una orden de puro poder.

Todos obedecieron. Mejor dicho, lo hicieron sus cuerpos, abriendo los brazos en cruz para levitar, inmovilizados por una fuerza invisible. El muchacho salió del cuerpo de Altieri, y ambos, ahora separados, quedaron uno junto al otro.

El director se había puesto en pie. Tenía la ropa descolocada, pero su najma resplandecía, recto hacia delante, irradiando una energía que no se asemejaba a nada que yo hubiera contemplado y que, al mismo tiempo, me resultaba familiar.

—Somos miembros de la misma sociedad; no nos comportaremos como salvajes. Hay leyes a las que todos hemos jurado lealtad. Ahora mantendremos nuestra palabra, porque eso es lo que nos convierte en seres civilizados.

Esperó a que todos asintieran antes de bajar la mano para depositarlos en el suelo.

Los magistri y los guerreros se miraron con desprecio, pero no se atrevieron a continuar con la disputa.

Panfilio chasqueó los dedos y colocó el pasamanos de la escalera, que regresó a su sitio provocando una vibración en cada rincón de la entrada.

La alfombra, en cambio, yacía en el piso, destrozada sin remedio.

—La pondremos en vuestra cuenta —dijo Torkan, enrollándose la cadena en el brazo.

—Os la pagaremos con los fondos que recaudemos tras la multa que os caerá por la enésima infracción de la ley —replicó Julia, envainando las espadas.

Altieri se había alejado del muchacho para situarse en los peldaños superiores mientras se masajeaba el cuello. Cuando tomó la palabra, lo hizo con un hilo de voz, la suya de verdad:

—No lo olvidaré.

El joven se limitó a guiñarle el ojo al magister y a Poluaro, que se estaba poniendo de nuevo los pendientes, completamente intactos.

Me asomé y vi que Ismael subía las escaleras, ajeno a las miradas de los demás, para tenderme la mano y ayudarme a incorporarme.

Su expresión resultaba indescifrable, aunque percibí una ligera tensión cuando nuestros dedos se tocaron.

Estaba segura de que había sido él quien había llamado a los luchadores, y sus pies descalzos eran una prueba adicional de su culpabilidad a ojos de los magistri .

Los había desafiado para salvarme, y yo no tenía ni idea de qué consecuencias acarrearía su gesto.

Solo sabía que no deseaba soltarme de su mano.

Alcancé a susurrar un gracias y vi que movía imperceptiblemente la cabeza.

—Sugiero que continuemos la charla en una sala.

—La voz de Panfilio seguía sonando suave incluso cuando daba órdenes que nadie se habría atrevido a desobedecer.

Luego señaló a los dos guerreros, invitándolos a subir las escaleras—.

Así podremos dar una bienvenida digna a nuestros amigos vigilantes de la Hidden Society.

Nos refugiamos en un saloncito donde los magistri recibían a los invitados, a juzgar por la cantidad de blasones y estandartes representativos de la Academia.

—Así que, si he entendido bien, usted es Ámbar Valmori, la humana que desapareció una semana el pasado mes de diciembre.

Desde septiembre, ha manifestado poderes latentes, distintos de los de los magos.

—La guerrera que se había presentado como Julia tenía en la mano un bloc de notas en el que había anotado los detalles recopilados poco antes.

—Correcto —confirmó Poluaro, agitando el vino dorado que había vertido en una copa—. Sospechamos que el colgante que recibió tras el ritual y que le robaron después es un najma .

—Sin embargo, los najma están contados. Asimismo, la propiedad de cada uno está registrada a nombre de su dueño.

Su poder los convierte en los artefactos más deseados entre los magos, razón por la cual su existencia se somete a vigilancia.

Si no me equivoco, existen ciento treinta y siete, y solo se han perdido cuatro.

Los demás son artefactos que pertenecen, por lo general, a ustedes, los magos. Como el que lleva el director Panfilio.

El hombre asintió.

Tomó la joya en sus manos y la mostró a la sala. Captaba la luz y era tan hermosa como la recordaba.

—¿Cabe la posibilidad de que se les haya extraviado alguno? —preguntó el chico, que se llamaba Jean y tenía acento francés.

—Si tuviéramos la solución, no estaríamos aquí —apuntó Altieri en tono gélido.