Capítulo 21
El primer pie se hundió en el aire dentro del zapato, que me quedaba demasiado ancho. A duras penas conseguí agarrarme a uno de los estandartes. Me enganché a la tela con los dedos sudorosos mientras pataleaba en el aire. Mi corazón latía desbocado por el terror y la excitación.
—Valmori, dame la mano.
Torkan se había asomado a la ventana y me tendía el brazo, sorprendida por mi actuación. Detrás de ella, en la sala, reinaba un gran alboroto.
Escuchaba gritos y carreras, hasta que se asomaron las primeras cabezas.
Bastaría con asir aquella mano para ponerme a salvo.
Me conducirían a un lugar seguro, me regañarían y, más tarde, con la operación, ese recuerdo también se evaporaría.
No me estaban ofreciendo la salvación; pretendían enjaularme.
«Dominamos la gravedad», me sopló la voz de Ismael en medio de mis pensamientos, lo cual ralentizó el ímpetu de mis piernas hasta detenerlas. Inmóviles, los pies encontraron apoyo en el aire, como si se tratase de una superficie plana.
—¡Valmori! —gritó de nuevo Torkan encima de mí, estirándose tanto que pensé que también acabaría cayéndose.
Me encogí para evitar que sus dedos intentaran atraparme y di el primer paso. No me caí, sino que empecé a correr por el cielo.
«Elegimos hacia dónde caminar».
Recorrí el archipiélago por encima de las copas de los árboles, sin pararme a valorar lo absurdo de lo que estaba ocurriendo.
Caminaba y, paso a paso, escalaba por el aire, cada vez más arriba.
El sol se había abierto paso entre las nubes y me obligaba a mantener los ojos entornados, mientras el viento jugaba con mi pelo y con mi ropa.
Mantenía el equilibrio sobre los pies. Sin darme cuenta, había abierto los brazos, como si fuera una funambulista.
A decir verdad, aquello no tenía ninguna gracia, ya que a cada paso trastabillaba dentro de los zapatos de Ismael, sobre todo con el izquierdo.
Pero caminaba en el aire, engañaba a la gravedad y le hacía creer que mi lugar estaba allá arriba.
Y, lo más importante, había conseguido escapar del Colegio y de su sentencia.
Llegué al tejado de Sotobóveda, pasé entre sus agujas y me oculté a la sombra de las torres.
Descarté la idea de detenerme para buscar la seguridad de la piedra bajo mis pies, porque demasiadas miradas curiosas seguían mi recorrido.
Detrás de una ventana, de hecho, se había agolpado un grupo de estudiantes que no me quitaban ojo.
No mostraban sorpresa, evidencia de que no era extraño ver a una persona caminar por el aire.
Tal vez lo que atraía su atención era que se tratase de mí, de la recién llegada que aguardaba el mandato del Colegio.
Las voces de abajo eran como un eco difuso, e imaginé que entre ellas se encontraban también las de los magistri que me seguían la pista.
Necesitaba un lugar seguro donde aterrizar. Un plan de fuga.
Pensaba en esto al cruzar bajo un arco, cuando mi mirada se posó en la cornisa plana que rodeaba el edificio.
Estaba a solo un par de metros por debajo.
Podría bajar, tomar aliento y acurrucarme contra el tejado para volver a mirar el cielo solo como un horizonte.
El tipo de seguridad de la que me costaba despegarme.
Nunca había sido propensa al riesgo. Las metas que había alcanzado las había planificado con meticulosidad, paso a paso, consciente siempre de dónde ponía los pies.
Sabía que, si bajaba al suelo, no me atrevería a saltar de nuevo al vacío, sino que buscaría una forma de salir de allí, quizás a través de una torre.
Así que levanté la barbilla y miré al frente.
Tuve que taparme la cara, porque un rayo de sol se reflejó en una gran superficie de espejo. La Cúpula de Astronomía.
«Te esperamos en la Cúpula». La voz de Leo invadió mi cabeza.
Abrí los ojos de par en par, ignorando la punzada ardiente que me provocaba la luz.
La Cúpula de Astronomía, abarrotada por la noche, cuando se veían las estrellas, debía de estar desierta a aquellas horas, con la excepción de mis amigos.
Respiré hondo y reanudé la caminata aérea.
La segunda vez no resultó tan fácil. Cometí el error de mirar hacia abajo, inquieta por divisar las siluetas de los magistri .
En lugar de ello, solo comprobé cuánto espacio vacío había.
Las náuseas me revolvieron el estómago y me obligaron a respirar hondo mientras me impulsaba hacia delante, hasta que me encontré tan cerca de la Cúpula que me vi mi reflejo.
En torno a la base del cristal había un estrecho balcón que me permitiría encaramarme sin peligro, y detrás… Leo y Blanca me señalaban, incrédulos.
Leo se protegía del sol con una mano y observaba atónito los zapatos, calculando los escasos pasos que nos separaban. Bianca se abrazaba a su estola, clavando la mirada en el agua bajo mis pies, como si pudiera ordenarle que se volviera sólida.
Me sentí aún más ligera, ya no una fugitiva, sino una visita a la que se espera. No solo escapaba de los magistri ; estaba a punto de reunirme con mis amigos.
Me encontraba a un par de pasos de la salvación cuando oí la voz de Altieri que procedía del suelo.
No logré discernir toda la frase, pero me pareció entender la palabra «barcas».
Nerviosa, levanté un pie con brusquedad y se me resbaló el zapato izquierdo.
Caí hacia delante. Sentí que la gravedad me arrollaba de golpe y que el aire volvía a ser simplemente un vacío insalvable a mi alrededor.
Me apoyé en el único pie que permanecía estable y me lancé hacia delante.
Aun así, empecé a caer en picado.
Entonces algo suave me rodeó la muñeca y frenó la caída.
Levanté la cara para descubrir que un extremo del chal de Bianca se había pegado a mi piel, sujetándome como lo haría una mano firme.
El problema era el largo desgarrón que atravesaba la tela y que se deshacía hilo a hilo.
En cuestión de segundos se rasgaría del todo y me precipitaría al vacío.
Abrí los ojos aterrorizada. Bianca sostenía el extremo opuesto de la tela, tensa, como si pudiera mantener unidos los hilos, como si se los hubiera atado al cuerpo, a cada fibra de su fuerza, e intentara que no cediesen.
Leo estaba pálido, con las manos aferradas a la barandilla y la cara tan contraída que su quemadura se veía enorme.
Y en su mente en realidad lo era, yo lo sabía.
Al igual que mi meñique me recordaba constantemente lo que me había pasado, Leo, cada vez que sentía estirarse la cicatriz, volvía a recordar el fuego.
Y eso lo paralizaba. Sabía que revivir la experiencia resultaría traumático.
Sentí cómo se desgarraba otro hilo y me deslicé un poco más hacia abajo. Cerré los ojos, preparándome para la caída, que, no obstante, no se produjo.
Sobre mí, la tela empezó a repararse. Hilo a hilo, el desgarro empezó a trenzarse, se recompuso en un elegante motivo que recordaba un torbellino de gotas de lluvia.
El prodigio lo estaba obrando Leo, que había agarrado el chal junto con Bianca y utilizaba su talento como artífice para arreglar su marbiri .
Se estaba enfrentando a su miedo para salvarme.
Me mordí los labios y me limité a permanecer inmóvil durante el largo proceso.
Fue agotador, ya que mi peso estiraba los jirones de tela hasta separarlos, pero por fin se unieron, se cosieron de nuevo sin un solo hilo mal colocado y consiguieron izarme hasta el balcón, aunque con algún que otro golpe por el camino.
Los tres nos lanzamos contra el cristal de la Cúpula, jadeando, exhaustos por el esfuerzo.
Habría deseado agacharme y romper a llorar sobre la sólida piedra que me sostenía.
La gravedad era ahora solo una caricia. Había sobrevivido.
Era cierto que no estaba del todo intacta.
Notaba palpitaciones de dolor por los golpes en las piernas, así como el ardor en las rozaduras de la piel a lo largo del costado izquierdo.
Cuando tragué saliva, el sabor metálico de la sangre en la boca me recordó que podría haber acabado mucho peor.
Y cuando conseguimos recobrarnos nos abrazamos.
Con los brazos entrelazados sobre los hombros, caminamos unidos, yo a la pata coja, con un solo zapato; Leo todavía incrédulo por lo que había hecho, y Bianca con los ojos vidriosos.
Nos dirigimos hacia los bancos, pero ni siquiera me dio tiempo a preguntarme cómo podría escapar de allí, pues la plataforma de piedra del centro de la Cúpula bufó a causa de la llegada de nuevos invitados.
—¿Sus padres no le enseñaron a atarse los zapatos, Valmori?
Magistra Torkan tenía la cadena enrollada en el brazo, y venía flanqueada por magister Altieri, que sujetaba el zapato de Ismael, y otros magos que no conocía.
No tuve ninguna oportunidad para reaccionar. Ante la perpleja mirada de mis amigos, la fina cadena dorada avanzó y se me enroscó en las muñecas, inmovilizándome los brazos.
Me ordenaron que me dejara llevar civilizadamente, aunque yo pensé que no había nada de civilizado en lo que me hacían. Pero estaba cansada y mi cuerpo ya no tenía energías para una fuga a la desesperada.
Traté de disculparme con Bianca y Leo dirigiéndoles una mirada y confié en no haberlos metido en un lío con el que no tenían nada que ver. Luego subí a la plataforma. Frente a mí vi pasar las estancias del interior de la torre, una espiral de bibliotecas y celdas de estudio que quizás olvidaría.
Antes de abandonar la Cúpula de Astronomía me desataron las muñecas, lo que me permitió caminar sin parecer una condenada rumbo al patíbulo.
Me pregunté dónde estaría Ismael. Miré las barcas amarradas en el muelle mientras ascendíamos por la inmensa escalinata que había subido de manera voluntaria tan solo unas horas antes.
Intenté buscar su lancha, pero no había rastro de ella.
En cambio, atisbé otra de color gris brillante, a motor.
Una especie de cacofonía rompió el silencio de la Academia.
El archipiélago sonaba como una enorme biblioteca al aire libre. Y ahora algo perturbaba aquel sonido.