Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 20 #3
63%

Capítulo 20 #3

Era Altieri quien hablaba. Su tono melifluo apenas ocultaba la alegría por la pequeña venganza que se había cobrado. No me había perdonado por la pelea en el puente, por lo que había pasado con Jacopo.

Mantuve la mirada baja mientras me retorcía el meñique de latón.

Todavía estaba tibio y, al tocarlo, tuve la impresión de sentir los dedos de Ismael entre los míos, la solidez de sus anillos al acariciarme.

Lo busqué al fondo de la sala, pero su banco estaba vacío.

Se había ido. Sentí que la estancia se derrumbaba sobre mí y que me asfixiaba.

Probablemente el efecto del rubí se había evaporado y volvía a pensar con claridad.

Quizás había vuelto a ser el mago que no me quería a su lado.

—¿Qué pasará con mi poder?

Altieri sonrió, complacido por mi reacción.

—Es difícil responder a eso con precisión, como ha señalado magister Sagredo. El suyo es un caso único, pero estoy seguro de que sabremos aislar aquello que lo desencadena y liberarla de esa carga.

«Carga». Era una carga para ellos, pero nunca aceptaría que me la arrebataran. Si no me aceptaban en Seledia, huiría.

Evidentemente, Altieri interpretó mi silencio con una rendición.

—Sabía que sería razonable, señorita Valmori. Pido un aplauso para ella.

La mayor parte de la sala obedeció, mientras yo continuaba con la vista clavada en las rodillas y los aplausos retumbaban en mi cabeza.

Entrarían de nuevo en mi mente, eliminarían parte de mis recuerdos y me quedaría un poco más vacía.

Sería un poco menos yo. Me mordí el labio y algo me rozó el pie.

Me puse tensa y me agaché. Al abrigo de las miradas de toda la sala, un par de zapatos de piel repujada golpeteaban mis talones.

Eran los zapatos de Ismael. Me esforcé por ocultar mi sorpresa.

Seguía siendo mi magister . Y quizás algo más.

—Haga el favor de seguirme. —Altieri ya había sacado su cuarzo.

Mis brasas se incendiaron. Me habría gustado arrojar aquella piedra por la ventana; recordarles, y recordarme a mí misma, que había sido uno de ellos quien me había metido en aquel lío, y que ahora yo elegiría qué hacer con mi investigación.

No un tribunal. «Un tribunal de magos arrogantes armados con objetos mágicos», recordé antes de dejarme llevar por una reacción descontrolada.

—¿Será usted quien dirija las indagaciones? —pregunté con escepticismo, mientras me descalzaba—. Preferiría que fuera Domiziana. Confío en ella.

El aire temblaba bajo las fosas nasales de Altieri, que lanzó una mirada encendida a la magistra Torkan y empezó a enumerar las razones por las que Domiziana no era la persona adecuada.

Ni siquiera lo escuchaba. Lo único que me importaba era que la discusión los mantuviera tan ocupados como para que me diera tiempo a ponerme los zapatos de Ismael.

Deslizar los pies en ellos sería fácil, debían de ser por lo menos seis números más grandes que los míos, y por eso atarme los cordones me resultó más complicado.

Cuando al fin Panfilio se acercó a mi mesa, los del zapato izquierdo seguían desatados.

Por su mirada comprendí que no podía demorarme más.

—Por favor, síganos, la llevaremos a Reclusión.

Magistra Torkan señaló el rellano al otro lado de la puerta. Junto a ella estaban los otros tres profesores, mientras el resto abandonaba despacio la sala. No me arriesgué a localizar a Domiziana, por miedo a que percibieran la chispa de esperanza que me animaba.

—Señorita Valmori, no tenemos todo el día —me apremió Altieri, ganándose una mirada de rechazo del director Panfilio, quien, en cambio, mostraba una expresión abatida.

Panfilio había sido uno de los pocos en votar a favor de mi inocencia.

En cualquier otra circunstancia, habría sonreído ante aquella muestra de empatía.

En una circunstancia en la que no tuviera que concentrarme en la búsqueda desesperada de una pregunta lo bastante ingeniosa como para entretener a cuatro magos, unos eruditos que saciaban su sed de conocimiento en una Academia repleta de volúmenes raros sobre temas que el resto del mundo ignoraba.

—¿Por qué todo es azul? —La voz escapó de mis labios presa de un pánico absoluto—. Me refiero a los techos, las decoraciones, hasta sus capas.

Torkan frunció los labios, molesta por la pérdida de tiempo. Pero Poluaro dio un paso adelante, como si a pesar de todo considerara importante ofrecerme una respuesta.

—El azul siempre ha sido el color de la concentración, de la calma. ¿Conoce las propiedades de los colores, señorita Valmori? El azul ayuda a relajar la mente, favorece el aprendizaje y representa el intelecto. Pero lo que usted no podía saber es que también es el color de la magia.

—¿Acaso pretendes explicarle la historia completa de Seledia? —soltó Altieri, dirigiéndose nervioso hacia la salida.

—No es necesario —dije mientras me levantaba, con los brazos petrificados y las piernas pesadas como rocas.

Me volví para dar las gracias al ordenanza y, de un salto, me encaramé al alféizar. Luego di un paso hacia el vacío. Me tiré.