Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—No permitiré que te expulsen.

La culpa arponeó mi corazón, y quise arrancármelo de cuajo. Aquel era el apoyo que esperaba, pero lo recibía gracias a una farsa, no porque de verdad él deseara que me quedase.

—Vamos —fue lo único que dije, y me dejé guiar por un enorme vestíbulo, donde una escalinata cubierta por una alfombra azul conducía al piso superior.

Bajo la bóveda estrellada del techo había estatuas que representaban los doce signos del zodiaco, y desde una gran ventana abierta se divisaban cuatro estandartes azul cobalto que ondeaban al viento.

Llegamos en silencio a la puerta de una sala con una grada de bancos de madera que se elevaba hasta el techo y recordaba a un juzgado.

Dentro, se sucedían voces en un bullicio controlado.

Logré identificar mi apellido. Hablaban de mí.

Me esperaban. Me clavé el meñique de latón en la palma de la mano y, al entrar, apreté el puño detrás de la falda.

Las voces se acallaron y un joven larguirucho salió a mi encuentro y me pidió que lo siguiera. Intercambié una mirada con Ismael, que se separó de mí de mala gana, sin duda frenado por el aura del rubí, que oculté enseguida tras un mechón de pelo.

Entonces sonó una campanilla en la sala; fue un sonido leve y etéreo que bastó para que se hiciera el silencio entre los presentes, sentados en un orden ceremonial.

Las primeras filas las ocupaban los profesores de las cuatro artes.

El director Panfilio me dedicó una sonrisa de ánimo, mientras que Altieri me fulminó con una mirada que significaba que su decisión estaba tomada.

Magistra Poluaro hizo un gesto a la mujer que se sentaba detrás de ella, y entonces reparé en la presencia de Domiziana, pálida y espectral.

Ismael se instaló en uno de los bancos más altos, junto a un hombre que supuse que era su padre: su viva imagen, pero más robusto y barbudo.

Me condujeron hacia una cátedra que parecía más el estrado del juez que el banquillo de un acusado, detrás de la cual había un ventanal abierto.

El ordenanza me mandó sentarme en una silla del tamaño de un pequeño trono y la empujó, como si fuera un camarero de categoría.

El ambiente que me rodeaba me concedió una pizca de seguridad.

Espiré y estiré las manos casi hasta las rodillas, al menos allí abajo nadie vería cómo me destrozaba las uñas.

El primero en levantarse fue magister Panfilio, que captó la atención de la sala con una palmada.

—Colegas, gracias por asistir en tan gran número a esta reunión extraordinaria de nuestro Colegio.

Conforme a lo previsto, el caso que hoy nos ocupa se refiere a Ámbar Valmori, que ingresó en Seledia para tratar de esclarecer sus orígenes.

La conclusión a la que hemos llegado tras nuestras indagaciones es que se le practicó un ritual durante los días de su desaparición para que recibiera un najma .

Un escalofrío recorrió mis brazos. Ismael me había contado que los rituales estaban prohibidos, pero, a juzgar por la reacción de los asistentes, había subestimado la gravedad del asunto.

La afirmación de Panfilio, de hecho, fue recibida con un rumor de incredulidad.

Todos los magos de la sala parecían querer replicar.

Alguien se encomendaba a todas las constelaciones del cielo.

Otros abrían pesados volúmenes. Sin embargo, todos coincidían en un punto: se trataba de una acción inadmisible.

Panfilio dio dos palmadas. La segunda vez sentí que las vibraciones se propagaban de forma antinatural: el pequeño gesto producía un efecto diez veces superior al normal.

Los cristales de las ventanas que tenía a mi espalda vibraron y todo el mundo guardó silencio.

—Permítame, magister Panfilio —intervino magistra Torkan, ya en pie de guerra—.

Por supuesto, no podemos estar seguros, pero es imposible que un aura de este calibre pase inadvertida.

Mi pregunta es: ¿cómo puede ser que usted, magistra Falier, no se diera cuenta de lo que ocurría?

—La suspicacia de sus ojos cayó sobre Domiziana como una guadaña.

Mi madrina se levantó con un movimiento delicado y cansado. Incluso en ese estado hacía gala de su calma y de su elegancia.

—Se debe a que no la vi después de su desaparición, magistra Torkan.

La señorita Valmori regresó a Génova; residió en mi casa hasta poco tiempo antes del ataque que sufrió.

Por nuestros mutuos compromisos, no tuvimos ocasión de vernos.

La primera vez que estuve cerca de ella fue durante la velada en casa de Vianoli.

«Mentira. Mentira. Mentira». Era mentira. Domiziana me había visitado en el hospital y había venido a verme a menudo a Génova. Sin embargo, cabía la posibilidad de que mintiera para protegerme. Me aferré a esa idea.

La explicación no pareció convencer a magistra Torkan.

—¿No percibió el aura de la magia a su alrededor?

Domiziana sonrió y se volvió hacia el fondo de la sala.

—Pensé que pertenecía a Ismael Sagredo. Ya antes de su desaparición hallaba su magia sobre ella.

—Éramos compañeros en la universidad —intervine, con la certeza de haberme sonrojado cuando la palabra resonó en la sala.

La madre de Ismael se puso lívida.

—No sabía que su percepción de la magia fuera tan pobre, magistra Falier.

La insinuación no hizo mella en Domiziana, que mantuvo su sutil sonrisa insinuante.

—Y yo no entiendo por qué olvidamos una de las leyes de la Hidden Society. Los humanos cuyas vidas se ven permanentemente alteradas por la magia tienen derecho a elegir su destino —declaró, pero su voz se vio superada por una avalancha de murmullos.

—Esta es nuestra Academia y aquí nos regimos por nuestras leyes, que son más antiguas que las de la Hidden Society.

Nuestra propuesta es que la señorita Valmori sea declarada culpable de sus actos y, por lo tanto, encerrada en Reclusión para analizar sus poderes.

Seguidamente, se procederá a borrar su memoria.

La intervención de Altieri fue acogida con tal ovación de asentimiento que Domiziana se vio obligada a sentarse, consolada tan solo por la caricia de Poluaro.

Y Mahasa Torkan aprovechó la ocasión para hacerme relatar lo sucedido durante el enfrentamiento con Jacopo, qué había sentido y qué había visto.

Se desencadenó entonces una enfervorizada discusión entre los presentes, pues cada uno de ellos consideraba imprescindible su opinión, y tomaban la palabra uno tras otro, enumerando las razones por las que yo constituía un peligro para el secreto de la sociedad y una amenaza para la seguridad.

Apenas me dieron la oportunidad de defenderme, de explicar que me había empeñado en resolver el misterio por el bien de todos.

—Debemos llamar a declarar a otro testigo —intervino Gritti, lanzándome una mirada cómplice—. Magister Sagredo, usted la ha acompañado desde su primer día en Seledia… ¿Puede aclararnos algo?

Contuve el aliento mientras Ismael se levantaba. No tenía ni idea de si el efecto del rubí funcionaría a aquella distancia, o si permanecía sobre él como una ligera pátina de euforia y falsa preocupación por mí.

—La magia causó una profunda herida en la señorita Valmori desde mucho antes de que me fuera confiada como alumna.

Como todos ustedes, capté el aura que la circunda y tuve ocasión de experimentar la extraña magia que puede conjurar.

Si pretenden que les dé una respuesta, sepan que no la tengo.

Ámbar Valmori es también un misterio para mí.

Pero les pregunto: ¿no es eso lo que nos enorgullece hacer aquí, en Seledia?

¿No es nuestro propósito estudiar y comprender los misterios de la magia?

Conocemos las formas y maneras en que el polvo de estrellas llega a nosotros desde hace cientos de años.

¿No resulta sobrecogedor y emocionante pensar que hemos logrado un punto de inflexión en nuestras artes?

No tengan miedo de lo nuevo y, por una vez, dejemos de preguntarnos si esta chica puede ser peligrosa o útil para nosotros.

Más bien, vamos a preguntarnos qué podemos hacer por ella.

Había hablado con voz cristalina y tono firme, pero cuando se sentó me pareció ver un gesto de dolor en su rostro.

Nadie más se dio cuenta, pues todos estaban concentrados en discutir, en hablar al mismo tiempo y en debatir.

Tras lo que me parecieron horas de gritos y de señalarse con el dedo para lanzarse acusaciones, Panfilio convocó la votación a mano alzada.

Con treinta y un votos a favor, doce en contra y cuatro abstenciones, me declararon culpable.

Palidecí. No podía respirar ni mantenerme erguida. Me sujeté con las manos a los bordes de la silla para no caerme y respiré hondo unos segundos para no gritar.

—Señorita Valmori, tranquilícese. Lo que le ocurrirá no tiene nada que ver con su pasado. El proceso de extracción de los recuerdos mágicos no perjudicará a su memoria. Simplemente cubriremos los recuerdos mágicos con otros, para confundirlos.