Capítulo 20
A la mañana siguiente, Ismael llamó a la puerta de mi habitación poco después de la hora de comer.
Me había encerrado en el cuarto y recorría una y otra vez la escasa distancia disponible entre el escritorio y la ventana, con un par de pausas para tumbarme en la cama.
Me agradaban los espacios pequeños: pensaba que se ajustaban a mi medida, controlaba sus dimensiones y me ofrecían la oportunidad de ordenar mis pensamientos.
Y ese día necesitaba aclararme de una vez por todas.
Ismael venía a buscarme para asistir al veredicto de la reunión del Colegio sobre mi caso: el de una chica normal con extraños poderes a quien, con ciertas suspicacias, aceptaron como maga y que había resultado ser… algo que carecía de definición. A menos que la hubieran encontrado.
Bianca y Leo se habían unido a mí en la comida y, a lo largo de una hora, mi tormento se atenuó.
Comimos sentados en el suelo, sin parar de bromear sobre las posibilidades de mis poderes.
Incluso nos reímos, y ver sonreír a Bianca aplacó en parte el sentimiento de culpa que arrastraba por la pérdida de su marbiri .
Lo seguía llevando sobre los hombros, aunque la tela seguía desgarrada casi por completo y solo podía sujetarla por los jirones de un extremo.
—Te esperamos en la Cúpula para celebrar tu segunda admisión en Seledia —dijo Leo, despidiéndome con un abrazo antes de desaparecer con su amiga.
Me vestí y ordené el cuarto, intentando hacer lo mismo con mis reflexiones. Tenía claro que debía reconocer mis errores, y confiaba en que esa actitud bastara para ganar el apoyo de más aliados, magistri convencidos de que, aunque no fuera exactamente igual que ellos, por lo menos merecía quedarme.
Una pseudomaga. El apodo se alborotó al recordar el sonido de mi nombre pronunciado por Ismael y el sabor de sus labios en lo alto de la Gran Biblioteca.
El beso había sido perfecto, y aquella sensación continuó abrasándome toda la noche hasta hacerme arder al pensar en su alejamiento repentino.
En vez de dormir, me pasé horas en la cama dándole vueltas y más vueltas a cómo le iba a mirar a la cara a la mañana siguiente.
Y, de manera más egoísta, elucubrando por quién tomaría partido en el juicio que me esperaba.
Seguro que, en calidad de mi magister , lo invitarían a expresar su opinión y, obviamente, él estaba al tanto de todos los movimientos en falso que yo había planeado para que me admitiesen.
Si hasta antes del beso estaba convencida de que se pondría de mi parte, tal certeza se había esfumado, en vista de la distancia a la que me mantenía sin ningún tipo de explicación.
Entorpecida por la falta de descanso, golpeé la cartera que estaba encima del escritorio.
Al caer, se abrió, y los cuadernos y todo su contenido se desparramaron por el suelo.
La carta del tarot se deslizó con suavidad y los puntos brillantes representados emitieron un destello fugaz, como para recordarme que estaban ahí, observándome.
Junto a ella, otro brillo llamó mi atención: el rubí de Lisa.
Lo agarré con firmeza. El meñique de latón que me había construido Ismael tintineó contra la lustrosa piedra y, antes de que me abrumara cualquier pensamiento, me lo pegué en la mejilla, bajo la comisura del ojo izquierdo, como una lágrima escarlata.
Lo cubrí con un mechón de pelo y miré la habitación a mis espaldas, reflejada en el espejo.
Mi desmañado farolillo me esperaba en la mesilla y, por un instante, creí distinguir un asomo de tristeza entre las sombras de sus cristales.
—Volveré —le confié al objeto que me había seguido a todas partes, a las cortinas tras las que me había escondido, a la ventana desde la que había observado en silencio las agujas de Seledia, y a todo el cuarto.
Ismael iba vestido de uniforme. Sin una sola arruga, por supuesto. Parecía haber dormido aún menos que yo. El kajal cercaba sus ojos enrojecidos, y en su cuerpo se percibía una rigidez distinta de la que yo conocía y que lo dotaba de una elegancia natural.
Noté que la tensión entre nosotros no se había disipado, pero por la manera en que se ajustó los puños de la camisa comprendí que aquella mañana no éramos Ismael y Ámbar, sino el magister Sagredo y la peor alumna de Seledia.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Estaré mejor —se limitó a contestar, indicándome que me dirigiera al pasillo y luego a los soportales que ya dominaba y en los que me había sentido aceptada.
Aquella mañana tenía la impresión de ser una convicta.
Cada estudiante con el que nos cruzábamos me miraba de un modo distinto: algunos con curiosidad, otros juzgándome, otros con suma desaprobación.
De no haber sido capaz de ignorarlos, quizás me habría detenido ante la siguiente mirada de contrariedad para explicarme con pelos y señales.
—¿Crees que me borrarán la memoria? —le pregunté a Ismael a quemarropa.
Estaba de perfil, pero vi que esbozaba una sonrisa perspicaz.
—¿Y privarme del único testigo de mi actuación en el callejón? No todos los días se gana en un cuatro contra uno. —Era increíble la prontitud con la que discurría ese tipo de frases.
—¡Eh, que el mérito también es mío! —protesté, atusándome el flequillo agitado por el viento. Quería presentarme ante el Colegio impecable, con tan buen aspecto como si me enfrentara a un examen.
—Vale, cuatro y medio contra uno —replicó, guiando el camino hacia la Recepción, el edificio grande, alto y estrecho que acogía a todo el que visitara formalmente Seledia.
En la fachada había una serie de muelles que albergaban góndolas y pequeñas embarcaciones, los vehículos preferidos de los magos de Venecia.
—La próxima vez tendrás que darme también a mí un reloj que detenga el tiempo, y entonces ya verás —resoplé, concentrando mis nervios en dar vueltas a los botones de la capa e intentando descubrir con qué actitud poner cara de « Magistra dos del Consejo, no me borren la memoria, seré buena y guardaré su secreto».
—¿La próxima vez? Sabía que le estabas cogiendo el gusto.
Giré la mano izquierda y contemplé el dedo de latón; lo estiré y lo cerré sin esfuerzo.
—En serio…, ¿pueden arrebatarme la memoria y mis poderes después de todo este tiempo?
Ismael se sacudió las solapas de la capa.
—No, dejarte sin memoria y permitir que regreses a Venecia sería una locura y un peligro, como dinamita a punto de estallar. Lo más probable es que decidan estudiar tus poderes, así que puede que te encierren en Reclusión a la espera de averiguar quién eres.
Sabía que evitaba llamarme por mi nombre. Desde que había dejado tic ser Valmori y me había convertido en Ámbar, el mundo a nuestro alrededor caía en picado y parecía que ya no había más tiempo, que ya no quedaba nada del tiempo detenido en lo alto de la Gran Biblioteca.
Ismael se paró en el último soportal antes de entrar en el edificio.
Podía escuchar el agua corriendo por los canales y sentía la hierba inclinándose con el empuje del viento, pero más que cualquier otra cosa, desde la ruptura de la pulsera, captaba el polvo de estrellas posado en cada trozo de piedra, en cada artefacto que los magos llevaban consigo.
No obstante, a pesar de esa aguda sensibilidad, seguía sin poder interpretar la mirada que intercambiamos.
¿Quién era el mago que tenía ante mí? ¿Mi rival, el que insistía en no tener nada que ver conmigo, o el magister que había encontrado la manera de burlar la prohibición de tomar libros prestados, que me había obligado a entrenarme y que no temía mi poder?
¿O bien Ismael, el chico al que había besado la víspera?
Me aparté un mechón de pelo y dejé al descubierto la lágrima de rubí.
—Hoy te necesito —confesé, buscando sus ojos y hallándolos inesperadamente vacíos, como si acabara de inhalar una fragancia que le aquietara los sentidos. Los músculos de su rostro se relajaron y asintió.
Estaba a punto de apartarme cuando la mano de Ismael subió hasta mi cuello. Sus dedos índice y corazón rozaron mi piel y luego me colocaron bien el cuello de la camisa.
—Pensaba que ibas a ser un incordio, pero has sido una alumna ejemplar, como siempre.
Sentí que mi corazón cantaba al recibir por fin un cumplido suyo. Por fin me lo había concedido, sin más, antes de conocer mi destino. Jamás me había felicitado cuando lo superaba en un examen o cuando le ganaba al obtener una beca. Su voz sonó tan dulce que resultó casi amarga.
— Sic itur ad astra —le recordé—. Sabías que mi camino consistía en acompañarte y en hacerlo mejor que tú allá donde fueras.
—Cuidado. —Su mano ascendió hasta mi cara y su pulgar acarició el lugar donde una vez me había dibujado una estrella de tinta—. Podría responderte que astra inclinant, non obligant .
El latín era una lengua viva en sus labios, porque estaba hecho para todo aquello que el resto del mundo llamaba antiguo.
Solo él tenía el poder de avivarlo. Allí, entre las bóvedas dramáticas de los arcos, Ismael me parecía el legado de una época pretérita, la última escena de una novela que temía que concluyera inesperadamente al pasar la página.
Porque era tan perfecto que solo podía pertenecer a una historia, no a más.
Y era verdad: las estrellas podían haberme influenciado, pero no me habían obligado a buscarle en cada aula, a desear cruzármelo en la biblioteca.
Me sentía inevitablemente atraída por Ismael Sagredo, y la culpa no era de las estrellas, sino de la gravedad que se extendía entre nosotros.
Sacudí la cabeza, recordándome que el rubí debía afectarle a él, no a mí. Concentré mis fuerzas en recordar que actuaba de ese modo porque estaba bajo el influjo de la piedra, y que era yo quien lo había dispuesto así para cerciorarme de que me apoyaría ante el Colegio.
Ismael se recompuso y enderezó los hombros, pero algo había cambiado en su postura, algo tendía hacia mí, como las plantas cuando buscan el sol. Por más que intentara ocultarlo, por un instante había percibido la esperanza en sus ojos.