Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 19 #5
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Capítulo 19 #5

Exhalé y me llevé la mano al pecho para expulsar todo el aire y sentir la sensación de quemazón de mis pulmones al exigir oxígeno. Por fin, los complací e inspiré.

—¿Qué va a pasar ahora?

Ismael se dio cuenta de inmediato de que algo iba mal y se arrodilló frente a mí.

—Habrá una audiencia del Colegio en la que determinarán cómo definir tu posición. —Luego me dio un pequeño golpe en la frente con dos dedos—. Piénsalo, decenas de magistri se reunirán para hablar de ti, imagino que siempre has soñado con algo semejante.

Mi respiración se convirtió en una carcajada entrecortada, pero claramente más tranquila, y me masajeé la frente donde me había golpeado.

—En mi sueño, esa audiencia es para concederme una condecoración, no para valorar mi expulsión.

—¿Qué cosas te tranquilizan, Ámbar?

Su voz al pronunciar mi nombre me tranquilizaba, pero no podía admitirlo. Solo provocaría su sonrisa engreída.

—Tumbarme sobre madera —dije, centrándome en la pregunta y excluyendo el resto de mis temores—. De niña solía tumbarme en la mesa del salón fingiendo ser la ilustración de un papiro. Ensayaba todo tipo de poses.

Ismael soltó la carcajada más estruendosa que le había oído nunca. Era profunda. No sabría cómo explicarlo, pero tenía la misma densidad que el primer chocolate caliente tras meses de helado. Poseía ese calor que me habría gustado como compañía el resto del invierno.

—Acompáñame, Nefertiti —dijo, ofreciéndome la mano.

Ni siquiera hice ademán de dudar; acepté su mano y un instante después levitábamos y nos deslizábamos entre las filas de libros, hasta que llegamos a un amplio estante de madera.

Ismael aterrizó en primer lugar, y yo estiré un pie vacilante, temiendo que me expulsara, como me había ocurrido delante de la estantería.

Pero apoyé los pies en la madera sin problemas y me senté con las piernas cruzadas, observando la biblioteca desde lo alto.

Era como un mar de luces flotantes, un espacio olvidado entre los pasillos y la terraza del piso de arriba, que recogía los murmullos de toda Sotobóveda.

Nadie nos encontraría. En aquel pliegue oculto, todos los problemas que se cernían sobre mí me parecieron lejanos, olvidables.

Tuve la clara sensación de que no debíamos estar allí, lo que lo volvía aún más fascinante.

«¿Desde cuándo me fascina lo prohibido?», me pregunté, sin reconocerme.

Había cambiado mucho desde mi ingreso en Seledia y, quizás, lo que más me había enseñado la Academia era a no tener miedo de mis deseos.

Bianca me lo había explicado en mi primera clase de Astronomía: es indispensable tener claros los sueños para poder cumplirlos.

Cuanto más fuerte sea la voluntad, más fácil será que las estrellas muestren el camino.

Y yo deseaba ardientemente quedarme en Seledia, tanto que había llegado a infringir las reglas para ver realizada mi petición.

—¿Estás mejor? —La voz de Ismael me sobresaltó. Se sentó a mi lado y me observó en silencio—. Inspira y espira.

Asentí e hice lo que me dijo. Allí arriba el aire era fresco, olía a lluvia sobre el cristal. Inhalé y sentí las brasas salpicar mi centro con sus promesas de poder. Exhalé, permitiendo que se aquietaran.

Cuando Ismael me tocó la mano, me puse tensa.

—Hay algo que quiero hacer hace tiempo —confesó, provocando que me temblaran los dedos—. Dame la mano.

Parpadeé, confusa, pero extendí la derecha.

Ismael sacudió la cabeza y desplegó la sonrisa más amable que jamás le había visto.

—La otra.

Lo miré a los ojos y moví la cabeza de manera casi imperceptible, sin entender nada.

Todo había sucedido demasiado rápido. Para las estrellas, debía ser la peor chica a la hora de comprender sus deseos, porque desde el momento en que me di cuenta de que quería a Ismael, empecé a obligarme a odiarlo por cada una de sus frases.

En las discusiones siempre defendía la posición contraria a la suya, y si había forma de demostrar que una de sus teorías era errónea, me empleaba a fondo.

Cualquier cosa con tal de no admitir que la única que perdía era yo, porque estaba enamorada de mi rival.

—¿Confías en mí? —me preguntó, descubriendo la pulsera que llevaba en la muñeca.

—Sí —respondí de improviso, esperando que la penumbra cubriera mis mejillas repentinamente encendidas.

Me obligué a respirar otra vez y lo observé mientras se ponía manos a la obra.

Sujetó mi mano izquierda entre las suyas; una inmóvil, sosteniendo mi brazo; la otra levantada, como hacía cuando manejaba sus anillos.

Muy despacio, el latón respondió a su llamada y empezó a ascender de su muñeca a la mía, y luego se extendió por la palma, hasta sellarse en la base de mi meñique ausente.

Permanecí en un silencio absoluto, sin mover ni un músculo, para permitir que Ismael se concentrara. Aquella era una de las técnicas de los artífices, que no era la especialidad de Ismael, y, por lo tanto, le exigía el triple de esfuerzo.

Con lentitud, el dedo fue tomando forma en la parte más externa de la mano, una copia del derecho, construyendo dos falanges menudas y regulares, la última más fina.

La sensación resultaba indescriptible. Mi piel estaba tan caliente como si recibiera el abrazo de un familiar al que llevaba años sin ver, fue como si recuperara un trozo de mí que había perdido dos veces, una al despertar y otra con el robo del colgante.

Cuando concluyó, abrí y cerré los dedos, y experimenté una sensación bastante parecida a la de la prótesis. La única diferencia era el tacto del latón, aún tibio por la elaboración, al que tendría que acostumbrarme.

—Me he fijado en que sueles agitar las manos cuando te pones nerviosa y he pensado que esto te ayudaría a controlar mejor tus curiosos poderes, estrafalaria pseudomaga —me explicó, con una sonrisa cansada.

La magia reclamaba su prenda. Ahora Ismael tenía la muñeca desnuda y los hombros algo encorvados, como si hubiera cargado con un peso insoportable toda la jornada.

Mi mente se quedó en blanco, incapaz de procesar tanta amabilidad por parte del mismo Ismael Sagredo que insistía en no ser mi magister .

Todo pensamiento se silenció junto con mi respiración y, tan claro como las luces que nos rodeaban, solo podía pensar en que no deseaba otra cosa que no fuera él.

No sabría decir si fue culpa de las estrellas o simplemente de la extraña gravedad que flotaba allí arriba, pero me incliné para besarlo.

Nuestros labios se encontraron como si siempre hubieran estado destinados a hacerlo.

Se buscaron antes y después de cada respiración, para anular con torpeza cualquier resquicio entre ellos.

Mordí su labio inferior, lamiendo el rastro de azúcar que quedaba, y no sabría decir si fue eso o el beso lo que me infundió una descarga de energía que me recorrió y me provocó que lo desease todavía más.

Imaginaba que la mayoría de los deseos, una vez apagados, se consumían como el humo. Sin embargo, con Ismael cerca, sentía que por cada beso que saciaba mi sed de sus labios, surgía otro similar, más intenso.

Abrí la boca lo suficiente para recibir su lengua y sentirla jugar con la mía, y luego me retiré para dejar que mis dientes se hundieran donde la piel era más suave, en un duelo no tan distinto a aquellos con los que siempre nos habíamos desafiado.

Entonces Ismael levantó una mano para recogerme el pelo detrás de la nuca y sus dedos sufrieron una sacudida.

Un gemido de dolor escapó de sus labios y retrocedió de golpe, rehuyéndome.

—¿Qué he hecho? —balbucí, tapándome la boca con la mano, como si pudiera ocultar mi deseo por seguir besándolo.

Ismael hizo un gesto que no supe interpretar y se limitó a decir que teníamos que irnos de allí. Sin pronunciar ni una palabra, me condujo de nuevo al suelo y desapareció por los pasillos.