Capítulo 19 #4
Tenía bastantes cosas en la cabeza como para ignorar las voces de los estudiantes, aunque se pusieran a gritar.
El poder que había desbloqueado no se correspondía con nada de lo que había encontrado en los manuales básicos que me habían proporcionado.
Los magos utilizaban artefactos para generar su magia, transmutaban la materia si eran buenos alquimistas, pero ninguno emanaba…
luz. En aquellos días me había preguntado cómo llamar a la sensación que había brotado en mi interior en el momento en que Jacopo me rompió la pulsera, y había optado por eso: luz.
Sonaba mejor que las torpes observaciones con las que había intentado explicarle a Ismael que le había derretido las manos a un tipo en el callejón.
Derretir, fundir, quemar, todas eran palabras que me asemejaban más a un arma que a una chica con poderes misteriosos.
Yo elegiría cómo llamar a mi energía. Y luz me gustaba.
Mi farol corría por delante y chocó contra algo, una estantería, imaginé.
Deduje que me habían asignado uno defectuoso, porque mientras los de los demás alumnos flotaban con elegancia alrededor de cada mago, el mío parecía una canica enloquecida que se orientaba a base de tropezar con cada obstáculo.
—¡Ay!
El quejido se produjo a unos pasos, y cuando alcé la vista me encontré frente a Ismael Sagredo. Cargaba con un par de libros en los brazos, se disponía a colocarlos en su sitio, y su farolillo iluminaba de manera eficaz los registros.
—¡Hola! —exclamé, odiando que mi voz sonara más como chillido que como un saludo formal.
En aquellos días, Ismael no había venido a verme, al menos no cuando estaba despierta, lo que me liberó del problema de tener que saludarlo.
Porque entre los muchos aspectos de mi vida que se habían complicado después del enfrentamiento en el puente, también estaba la forma en que se había dirigido a mí, llamándome por mi nombre.
«Ámbar».
Me estremecí con solo recordar el sonido en sus labios y guardé silencio, deseando volver a oírlo.
—Estás despierta —dijo con sencillez.
—No he dormido todo este tiempo —protesté y, a modo de prueba, extraje de la cartera uno de los rompecabezas que me había dejado en la mesilla.
Ismael frunció la boca para dejar escapar una risa apagada.
—Eso no demuestra nada. Cualquiera los resolvería con los ojos cerrados.
Volví a guardar el cubo con un gesto de impaciencia ante su irrefrenable arrogancia y, antes de que pudiera darme cuenta, me acerqué a él.
Las estanterías de madera envueltas en penumbra, el susurro del pergamino y el silencio compuesto del runrún que ascendía desde las salas alejadas: todo aquello me recordaba la época en que habíamos estado extremadamente unidos, y aunque para Ismael solo hubiera sido una broma, mi cuerpo tenía una memoria hecha de sensaciones, y sabía que aquella, en particular, deseaba revivirla.
Pero no podía compartirlo con claridad.
—¿Qué estás leyendo? —pregunté para justificar mi cercanía, mientras me ponía a su altura y echaba un vistazo al título del volumen que tenía en la mano.
Guía sobre el volumen prohibido: los lugares de poder en Venecia .
Torcí la cabeza para releer el título, intrigada, porque en cierto modo me sonaba familiar.
Pero me concentré en su aspecto, todavía más extraño—.
¿Volumen prohibido? —Leí en voz alta, mirando a mi alrededor.
Estábamos en una sección claramente pública, donde los libros eran de libre acceso, al menos para los estudiantes.
Ismael suspiró y se limitó a decir:
—Ven conmigo.
Me condujo a la celda donde nos aislábamos para estudiar los fundamentos de la magia, y cuando lo acusé con ironía de querer esconderse conmigo, me respondió que el único motivo era su vergüenza por tener que repasar las clases de primer curso con una pseudomaga.
Aquel mote, después de todo, me resultaba hasta simpático.
Nos sentamos en la alfombra y nos hicimos con unos cuantos cojines y con un par de los habituales vasos de té con menta y azúcar. Por cómo Ismael enderezó la espalda y cruzó las piernas, comprendí que estaba a punto de soltar un largo discurso.
—Hace casi un año ocurrió un episodio que quizás no recuerdes, o que no conozcas lo suficiente como para aprehender su rareza. Ocurrió una tarde de diciembre. Nos encontramos en la Biblioteca Marciana y nos peleábamos por conseguir el mejor puesto en la sala de estudio.
—Primer piso, ala oeste, última fila de mesas a la izquierda —recité sin dudar. Recordaba haberme peleado con Ismael por aquellos asientos desde casi nuestro primer año, desde que decidimos que todo lo que se nos pusiese por delante debía ser un desafío.
Ismael asintió y tomó un sorbo de té.
—Deberías saber que las bibliotecas humanas rara vez disponen de libros de los que nosotros llamamos prohibidos.
Esos volúmenes contienen conocimientos que versan sobre un tipo de magia peligrosa, proscrita por la Hidden Society.
La mayoría se guardan en el archivo de los vigilantes, bien protegidos, pero, por alguna razón, algunos de ellos circulan por el mundo, lo que, como comprenderás, los convierte en una amenaza.
Me pasé un dedo por los labios, pensativa.
—Siempre he pensado que ocultar información solo sirve para alimentar la curiosidad al respecto.
—No estoy de acuerdo, y creo que podría ser un buen debate.
—Sus ojos se iluminaron por un instante con una mirada de desafío que yo conocía bien—.
En este caso no hablamos de libros con escenas explícitas u otras tonterías censurables para los humanos.
Se trata de obras sobre rituales, hechizos complejos que crean aberraciones en el orden de la magia; ni siquiera podría decirte cuáles, ni quiero saberlo, ya que los pocos que he oído mencionar no son más que trucos para aumentar el propio poder o desarrollar fuerzas que van en contra de nuestra naturaleza.
Uno de esos libros se conserva en la Biblioteca Marciana.
Fruncí el ceño, perpleja.
—¿Por qué no se lo llevaron?
Ismael respiró hondo y supe que era el momento de empezar a sorber mi té.
—La primera ley de la Hidden Society, como ya sabes, es el secreto.
A lo largo de siglos de existencia hemos pasado de vivir casi en comunión con los humanos a escondernos en sus leyendas.
Nos hemos convertido en cuentos, en mitos, en fábulas infantiles.
Nos hemos escondido en el mejor de los lugares posibles, en su fantasía.
El truco más exitoso de la Hidden Society fue optar por contarnos como un cuento para niños.
Pero ¿qué sucedería si de pronto desaparecieran todos los libros de leyendas del mundo?
Los humanos se preguntarían adónde habrían ido a parar y entonces sospecharían que algo se oculta en las sombras de sus ciudades.
Así que se tomó la decisión de no robar nunca ningún libro que concierna a los humanos.
En sus manos, hasta el más peligroso de los tomos no pasa de ser una patraña.
Para impedir que un miembro de la Hidden Society pueda acceder al conocimiento prohibido, esos libros están encantados, de modo que repelen la magia.
Ninguno de nosotros puede tocarlos y, por lo que sé, es raro que alguien lo intente.
Así que imaginarás mi estupor cuando, una tranquila tarde de estudio como tantas otras, tuve que frustrar el robo del libro por parte de un espectro.
—¿Un espectro? —exclamé, casi quemándome la lengua con un trago de té demasiado largo.
—Son criaturas solitarias que rara vez se inmiscuyen en los asuntos terrenales.
Por eso se tiende a subestimar una peculiar habilidad suya: poseer seres humanos y ser capaces de mover sus cuerpos.
Así es como un espectro intentó robar el libro, y lo habría conseguido de no ser porque…
—Levantó ambas manos, como para indicar que, gracias a su intervención, el asunto se había solucionado.
Al hacerlo, me fijé en que llevaba una pulsera de latón en la muñeca, muy parecida a sus anillos.
—Ismael S agredo, guardián de las bibliotecas —suspiré, poniendo los ojos en blanco.
Él se encogió de hombros, como diciendo que no era un título equivocado, y dio otro largo sorbo al té.
—No te he contado lo más extraño. Resulta que aquella noche estabas en medio de la pelea, y en algún momento el espectro intentó poseerte a ti también…
sin conseguirlo. Lo cual no tiene precedentes, por lo que he podido ver y estudiar.
—Señaló con la cabeza en dirección a la estantería donde había colocado los libros.
Un recuerdo se iluminó en mi mente. Había arrinconado aquella tarde como un episodio extravagante sucedido tras demasiadas horas de estudio.
Había visto a un chico desmayado en un pasillo y a Ismael tratar de reanimarlo.
No era la primera vez que detectaba a alguien necesitado de un descanso de los libros, y no sospeché nada.
Aparte de eso, no recordaba nada de aquella tarde…
Sacudí la cabeza, con las sienes doloridas por el esfuerzo de traer los detalles a mi memoria.
—¿Y el libro que estabas consultando? —pregunté, dirigiendo la vista a las estanterías.
—Es una guía sobre ese libro prohibido. Explica qué conocimientos contiene, pero sin enumerarlos para que no puedan ponerse en práctica.
—Hizo una pausa para mirarme fijamente, con la mandíbula más tensa—.
El libro de la Biblioteca Marciana indicaba lugares de Venecia donde se pueden realizar rituales muy poderosos.
La información se asentó despacio y, de pronto, se disparó y repiqueteó en mi mente.
Cerré la mano con nerviosismo.
—¿Crees que soy resultado de un ritual?
Ismael permaneció inmóvil, con el rostro de piedra en medio de la penumbra, aunque me traspasaba con la mirada, como si quisiera resaltar el peligro que entrañaba nuestra conversación.
—Lo he pensado, sí. Y sé que el Colegio también está valorando esa opción. Jacopo ha ido con el cuento, con el respaldo de su padre. Y de mi madre.