Capítulo 19 #3
Me desperté por enésima vez rodeada de telas blancas e imaginé que estaba en el Festival de la Media Luna o en el Ojo, pero el olor a hierbas machacadas me recordó que me encontraba en la enfermería.
Habían transcurrido siete días. Lo constataba el calendario que me habían traído Bianca y Leo en sus visitas.
Me había dormido y despertado en infinidad de ocasiones, alternando momentos de vigor con otros en los que incluso mover los brazos me parecía una hazaña imposible.
Las energías iban y venían, pero cada vez que regresaban las sentía con mayor intensidad. Poco a poco me estaba recuperando.
—Ámbar, cariño, tienes visita —me anunció Pakuna mientras abría parcialmente las cortinas de mi cama.
Retiré las sábanas y me levanté, me calcé las zapatillas y me alisé los pliegues del camisón.
Me moría por un espejo. En aquellos días había tenido que conformarme con mi imagen reflejada en las ventanas durante la noche.
Vestida de aquel modo, parecía un fantasma Victoriano que vagaba como alma en pena por su castillo, y estaba igual de pálida.
Me pellizqué las mejillas y me peiné el flequillo como pude, deseando con todas mis fuerzas vislumbrar a Ismael en el pasillo entre las camas. Pero se presentó Domiziana.
—¿Decepcionada? —me saludó, cruzándose de brazos y envuelta en un cálido abrigo color crema que hacía presagiar que las temperaturas en el exterior habían descendido y el invierno estaba a las puertas.
—Sorprendida —la corregí, caminando hacia ella.
Todavía me costaba mantener el equilibrio, y más de una vez había soñado que me devoraban las arenas movedizas.
Alejé ese pensamiento e hice todo lo posible por mostrarme en buena forma ante Pakuna.
Llevaba días suplicándole que me dejara salir y, tras el chequeo rutinario, su respuesta siempre había sido la misma: una mirada de tristeza que se podía traducir como «hoy no».
—¿Te parece extraño que venga a visitar a mi protegida? —Domiziana se apoyó en la barra metálica de mi cama y señaló la butaca girada hacia la gran ventana semicircular.
Me parecía extraño después de la conversación que habíamos mantenido en Sotobóveda, pero traté de evitar que la charla se agriara desde las primeras frases.
Dudé más de lo debido, y Domiziana se fijó en un cubo de madera hecho con piezas engastadas que estaba sobre la mesa de noche.
Un complicado objeto que, a manera de juego, desafiaba la lógica.
—Entiendo. Esperabas a otra persona.
Sentí que me ruborizaba hasta las orejas y me giré hacia la ventana para tomar asiento.
Mejor hacerle creer que solo me preocupaban los rompecabezas que aparecían a mi lado cada vez que me despertaba.
Sabía que era Ismael quien me los dejaba, me lo había contado Pakuna.
Al parecer, me visitaba todas las noches, pero sin esperar a que me despertara.
El asunto me atormentaba tanto como el hecho de que me hubiera visto la cara marcada por las arrugas de la almohada o las curiosas expresiones que ponía mientras soñaba.
—No sé de qué me hablas —mentí, y Domiziana se sentó junto a mí con un ademán algo triste.
El sol que se filtraba por la ventana me permitió verla, y lucía más cansada que la última vez.
Parecía dedicar menos esfuerzo a arreglarse.
Pese a ello, seguía siendo elegantísima.
Se veía, quizás, más humana. Tenía los ojos hinchados, como quien ha pasado unas cuantas noches en vela, y el ceño fruncido del que no ha dormido por darle vueltas a algún asunto.
—¿Te han dicho alguna vez que mientes fatal? —me preguntó con un nudo en la garganta.
—Sí —respondí, conteniendo un atisbo de risa—. Pero no con ese aire tan trágico.
«No es solo trágico —pensé—. Es triste».
—¿Cómo van las clases en la universidad? —le pregunté, y ella me contestó con una descripción detallada del programa de Astrofísica del semestre que impartía, a partir de lo cual entendí que no tenía ganas de hablar de cómo le iba de verdad.
—Ámbar… —dijo de pronto, apretando el camafeo que llevaba colgado contra su pecho, pero Pakuna interrumpió sus palabras al hacer vibrar el cristal de una estantería que se disponía a cerrar. Enseguida pidió disculpas por el ruido.
—¿Qué ocurre? —La apremié, acercándome.
Quería que me lo contara todo, que me explicara por qué a pesar del paso del tiempo persistía el rencor entre ella y Gritti, sobre todo después de los logros profesionales cosechados por mi madrina.
—Te he traído otra pulsera que puede ayudarte a mantener a raya cualquier cosa que te perturbe —dijo, aunque tuve la sensación de que quería hablarme de algo más.
Sacó una cajita alargada del bolso.
—¿Cualquier cosa que me perturbe? —repetí, sintiendo que el aire de mi pecho se calentaba—.
¿Es una pulsera capaz de hacerme retroceder en el tiempo, hasta la noche anterior a mi desaparición, y conseguir que me despierte a la mañana siguiente en mi habitación?
Porque, cuando pienso en lo que me perturba de verdad, me vienen a la cabeza los meses que me pasé encerrada en casa, sin saber lo que me sucedía.
—Intentaba mantener la voz bajo control, pero cada vez que respiraba, sentía que las brasas de mi energía se avivaban.
Domiziana miró a su alrededor: la enfermería estaba desierta, salvo por Pakuna, que canturreaba mientras ordenaba un armario. Tuve la certeza de que lo hacía para concedernos un poco de privacidad.
—No existe ningún artefacto con el poder de retroceder en el tiempo; de lo contrario, lo habría utilizado hace ya mucho —comentó Domiziana con voz cortante.
No estaba segura de si se refería a mi desaparición.
Además de que estaba al comente de que era imposible hacer algo así; había sido una de las primeras preguntas que le hice a Ismael.
Tan solo buscaba que le quedará claro que no aceptaría llevar un limitador de mi poder.
Durante semanas me había hecho sentir una incompetente.
Como si la noche en el callejón detrás del Teatro La Fenice hubiera sido solo una ilusión.
Sin embargo, todo encajaba. Al liberarme de toda restricción, la magia se había manifestado.
Al día siguiente, cuando me puse la pulsera de Domiziana, mis fuerzas volvieron a adormecerse.
—Qué lástima que no exista… Entonces no puedes hacer nada por mí.
Aparté la pequeña caja con la mano y Domiziana me agarró por la muñeca con firmeza.
—Ámbar, es por tu bien.
El eco de sus palabras sopló sobre las brasas y sentí prenderse las primeras llamas. Di un manotazo a la caja, que cayó al suelo, abriéndose y dejando al descubierto una fina cadena dorada del tamaño perfecto para ocupar mi pulso.
—Buen intento, pero no, gracias.
Me levanté bruscamente y me tambaleé. No era un mareo, sino el poder que se liberaba. Sentí que el dobladillo del camisón se inflaba y me acariciaba las pantorrillas. Domiziana también tuvo que notarlo, porque se echó hacia atrás, con los hombros hacia la ventana.
Retrocedí. No deseaba hacerle daño, solo demostrarle que era fuerte. Exhalé para calmar el fuego, pero la energía hormigueó por mis piernas y me envolvió, y sentí cómo mis brazos, ligeros, se alzaban, como si convocasen otro poder.
«No», pensé. Cerré los ojos y expulsé un aire tibio. Me obligué a pegar las manos a los muslos y a ralentizar el pulso, hasta que el fuego, a regañadientes, se aquietó.
Me agaché y recogí la pulsera. En cuanto entró en contacto con mis dedos, sentí que las yemas se me entumecían y las brasas se replegaban hacia mi pecho para ocultarse bajo las cenizas por miedo a que las apagasen de nuevo.
No lo permitiría. Llevaba demasiado tiempo bajo escudos que, erróneamente, llamaban protección: el de mi padre, que solía recogerme en su coche a la salida del instituto en lugar de dejarme ir andando con mis compañeros de aula; el de mi madre, que me llevaba a las clases de música y me desaconsejaba entrar en el equipo de equitación, como yo soñaba, y el de Domiziana, que me había puesto una protección en la muñeca, neutralizando la oportunidad de demostrar mis capacidades.
No eran más que estrategias disimuladas para controlarme.
Cerré la tapa de la caja y se la devolví.
—Gracias, pero a partir de hoy cuidaré de mí misma.
* * *
Domiziana se había marchado sin decir palabra, y aquella misma tarde Pakuna me informó de que podía abandonar la enfermería.
Me aseé en los espléndidos baños contiguos, sumergiéndome en el jacuzzi que parecía una pequeña piscina, rodeada de serpientes de bronce enroscadas que de tanto en tanto expulsaban agua hirviendo.
Me vestí y me dirigí a la Gran Biblioteca de Sotobóveda, añorando mi vieja gorra, Al pasar por los soportales, muchos rostros se volvieron hacia mí, y algunos susurros me persiguieron.
Me esforcé en evitar descifrarlos. En los últimos meses casi había conseguido olvidarme de esa sensación, y ahora era el centro de una atención que no sabía cómo interpretar.
¿Eran miradas de admiración? Lo que había hecho en el puente me había sorprendido como al que más.
Al repasar la escena, tenía la impresión de observar el enfrentamiento desde fuera, como una espectadora.
No obstante, percibía el rastro del poder como una sombra cálida a mis órdenes, una compañera silenciosa, a la espera de que la convocase.
Era como sí hubiera descubierto que poseía un ojo más o, mejor dicho, un sentido más, que me permitía atisbar la energía de los que me rodeaban, y la mía propia, en todo momento.
Entré en la sala principal de Sotobóveda y el murmullo se elevó.
Las voces pronunciaban mi nombre y el de Jacopo, y decidí que la mejor manera de alejarlas era fortificarme en mis pensamientos y caminar erguida, sin vacilar, hacia la parte trasera del edificio, donde las celdas más retiradas me concederían un poco de soledad.