Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Moví los pies y encontré apoyo sin dificultad alguna en los granos de arena.

Era una sensación similar a la que había experimentado con los zapatos de Ismael, salvo que ahora mis pasos eran firmes y la gravedad respondía a mis órdenes.

Salí de la arena, me la sacudí de los pliegues de la falda y di un paso en el aire.

Sabía que lo conseguiría, porque la energía que se expandía en torno a mí era tan impetuosa que me mantenía en un caparazón capaz de ignorar hasta la más fundamental de las leyes de la física.

Jacopo alargó una mano hacia mí y la retiró de inmediato, aullando de dolor.

Sus dedos se habían enrojecido y su expresión revelaba angustia. Me agaché lo suficiente para asegurarme de que me mirase a los ojos mientras le decía:

—Creo que ya puedo pronunciar la palabra «magia».

—Tú… —Jacopo balbució como un niño al que le acabasen de quitar su juguete favorito. Un chico como él no estaba habituado a que personas como yo les arrebatásemos nada. Mi intención nunca había sido robar nada, hasta que Jacopo me atacó con su crueldad.

Estiré la mano y lo toqué. No su frente ni su pecho, que subía y bajaba con frenesí; toqué su esencia invisible, la magia que irradiaba alrededor de su rostro como una corona de grietas que fragmentaban el aire.

Incliné la cabeza y me pareció entrever, entre los desgarrones, sombras en movimiento, escenas congeladas en el tiempo.

Un niño que se escondía de un relámpago.

Un niño que se tapaba los ojos con las manos.

Una niña que corría hacia un pasillo oscuro y gañidos que la perseguían.

Hundí los dedos en las grietas y sentí cómo se resquebrajaban al tacto, se disipaban y se reducían a polvo.

Apenas podía oír los gritos de Jacopo. Todo mi ser estaba inundado de magia: la luminosa y ardiente que rebosaba de mi cuerpo y la que percibía en el ambiente.

Todo era mágico. Cada grano de arena, cada columna del puente e incluso las capas de los alumnos que se amontonaban en las orillas de los islotes.

En cada uno de ellos, podía ver brotar la magia alrededor, bien como una flor, bien como una cinta que ondeaba.

Entonces, una flecha dorada cruzó el aire y los eslabones de una cadena se enredaron en mi muñeca izquierda mientras un cepo de piedra me mordía el tobillo derecho, arrastrándome hacia abajo.

O, mejor dicho, lo intentaba. La energía que se disipaba de mis movimientos era una explosión constante, como si pudiera prender fuego a todos los tormentos que me habían asfixiado hasta ese día: mi naturaleza demasiado humana, mi valor constantemente cuestionado, mi fuerza ni siquiera tomada en consideración…

Y también a las dudas con las que yo misma me martirizaba, hasta llegar al punto de urdir el truco del litio para que me admitieran, porque lo cierto era que al final había dejado de creer en mí misma.

Por fin, respiraba.

Giré la mano y cerré los dedos sobre la cadena.

Me bastó agitarla para que el movimiento se transformara en ondas cada vez más pronunciadas, que acabaron por tirar al suelo a la mujer que la sostenía por el extremo contrario: la magistra Torkan, la madre de Ismael.

Rodó por la hierba como un ovillo de tela y a duras penas logró sentarse.

La magia rugía a sus espaldas, en ondas que se extendían y se encogían, hipnóticas como el manto de un gran felino.

—Valmori, sé razonable.

La voz me llegó distorsionada, distante, tediosa.

Había sido razonable, paciente y diligente. Solo había pedido compartir la mesa con ellos. Pero muchos me habían tratado como una polizona en su isla exclusiva, indigna de sentarme en sus pupitres y de hojear sus libros.

—Pagará por ello.

La voz airada de magister Altieri retumbó bajo los arcos del puente, mientras apretaba el puño hasta que sus nudillos se emblanquecieron. Noté que el peso en mi tobillo me arrastraba hacia abajo, hasta hacerme tocar de nuevo los granos de arena.

La magia sobre él era un pedrusco, un disco gris que circunvolaba a su espalda y que, tras una orden, me embistió.

Apreté los dientes e intenté levantarme, volver a flotar a un paso de la tierra, apoyada en el halo de energía que seguía irradiando de mí.

Incliné la cabeza hacia atrás para dejar que el oxígeno llenara mis pulmones, sintiendo cómo la combustión de la magia se repetía una y otra vez.

Se me cayeron las horquillas de las sienes y mi pelo comenzó a mecerse a su antojo en el aire, movido por aquella fuerza inexplicable.

Conseguí elevarme un palmo, pero la cadena volvió a agarrarme y a arrastrarme hacia abajo. Me escabullí, pues no quería volver a estar prisionera, a sentirme minúscula e impotente.

—¡Dejadme pasar!

Una voz nítida se impuso entre el murmullo de los alumnos, e Ismael apareció en la base del puente, a la cabeza del resto de los estudiantes.

Me vio y se detuvo en seco, con todos los músculos inmóviles, incluida la magia que se colocaba de manera ordenada como un tablero de ajedrez a partir de sus manos, una serie de líneas y articulaciones que encasillaban el aire.

A lo largo de mis días en Seledia había tenido tiempo para imaginar cómo sería el día en que emanase la fuerza que sabía que se ocultaba tras mi aliento.

Cada vez veía un desenlace distinto, una conversación diferente. En algunas ocasiones, me pavoneaba como si llevara puesto un vestido espléndido; en otras, Ismael me hacía cumplidos. Pero ahora que lo tenía ante mí era incapaz de decir nada.

—Valmori…

Daba pasos cautelosos. Se agachó despacio, liberando una mano para apoyarla en el suelo. Transformó la arena en una pasarela similar a la que había creado Jacopo, solo que más frágil y tambaleante, a juzgar por cómo se balanceaba cuando la pisé.

—¿También tú has venido a decirme que me calme y que sea razonable? —pregunté. Mi voz traslucía mis sentimientos: rabia, decepción e incluso desesperación.

Ismael negó con la cabeza.

—No. Tienes derecho a estar furiosa.

Una bocanada de energía se evaporó, disipando parte de mi rabia, arrastrada por el aire húmedo y la sorpresa ante su respuesta.

—Siento haber hecho trampas, lo siento, lo siento —grité, hundiendo los dientes en el labio para intentar retener las palabras, que enseguida brotaron en forma de humo—.

Pero no quiero irme. ¿Sabes por qué decidí estudiar Ciencias de la Antigüedad?

Porque estoy enamorada de los misterios de la historia, de los tiempos en que hombres y mujeres se reunían para contemplar las maravillas del mundo y las adoraban hasta el punto de atribuirles un carácter divino.

Ahora, el mundo es muy gris, y yo solo quería poder asistir a esa misma maravilla.

—Bajé la mirada hacia Jacopo, que se había apoyado en el parapeto y me observaba con los ojos abiertos de par en par.

—No sea ridícula. — Magister Altieri había subido al puente. Con cada paso que daba, se formaban discos de piedra bajo sus pies, mientras llegaba a la altura de Ismael—. Está claro que es un peligro.

Sentí que el peso del cepo me arrastraba hacia abajo y que mi ira se desataba de nuevo junto con la energía que aún fluía de mi cuerpo. ¿Qué sucedería si probaba a expandirla?

Inspiré y cerré los ojos en busca de un equilibrio entre el peso en el tobillo y la sujeción de la cadena.

Contuve la respiración en el centro, junto a todas las voces de quienes nunca me habían considerado suficiente, y luego dejé que todo saliera y abrí los ojos.

Mi energía se deslizó entre los eslabones de la cadena, obligándola a abrirse como si me liberara de los anillos de una serpiente, y se dilató alrededor del cepo, haciéndolo saltar y caer al suelo.

Sentía cada hilo de magia, cada mota del polvo de estrellas posado en el archipiélago. Sabía que podría volver a convocarla.

—¿Sigo siendo una pseudomaga, Sagredo? ¿No es así como me llamas? —Busqué los ojos de Ismael—. Quizás soy algo más.

Abrí los brazos y el puente tembló. La arena se alzó y descendió para corretear en una serie de dunas que pusieron patas arriba a los magos que se encontraban allí. Las columnas se tambalearon y algunos escombros cayeron como la lluvia sobre el agua que seguía su curso imperturbable por el canal.

—¿Alguien más quiere poner en duda mi presencia aquí? —pregunté al grupo de alumnos que estaban en la orilla. Nadie abrió la boca y alguno incluso dio un paso atrás.

—En realidad eres mejor que cualquiera de nosotros.

—Desde abajo me llegó la voz de Ismael. Estaba encaramado a una columna y me tendía la mano—.

Eres ingeniosa y condenadamente inteligente.

Lo tienes todo, y nos honraría tenerte aquí.

Aunque para mí siempre serás una pseudomaga y un incordio, por supuesto.

—Esbozó una sonrisa socarrona—. Pero ahora, Ámbar, por favor, vuelve aquí. —Tomó aliento y me miró a los ojos.

En ninguna de las versiones de nuestra discusión, Ismael me llamaba por mi nombre. El sonido me recorrió como una caricia y diluyó mi ira. Me agarré a su mano y el mundo se calmó.

Poco a poco, la energía vibrante se debilitó, hasta aquietarse dentro de mí.

Se durmió, pero no desapareció. Estaba ahí, en mi pecho, y solo aguardaba a que respirara hondo para despertarse.

La gravedad volvió a pesar en mi espalda, y el frío húmedo se apoderó de mí y agredió mi piel aún tibia.

Me estremecí, e Ismael me soltó de la mano para quitarse la capa y colocármela sobre los hombros.

Estaba tibia, olía a sándalo y a algo que nunca conseguía identificar, pero que empezaba a resultarme familiar.

* * *