Capítulo 19
Habían pasado ya varios días desde que entregamos a Lisa en la Academia.
Noviembre se había adueñado del cielo de la laguna; las jornadas lluviosas alternaban con mañanas que se abrían camino a paso ligero entre la bruma que cubría la superficie del agua.
A aquellas horas, el archipiélago parecía suspendido sobre nubes nacaradas.
Estaba al tanto de que en ese mismo momento tenía lugar la reunión del Colegio para deliberar sobre la liberación parcial de Lisa, es decir, para permitirle permanecer en la Academia a condición de que se comprometiera a ayudarme a recuperar el colgante.
En opinión de magister Gritti, con quien me había detenido a hablar después de una clase de Astronomía, el collar inhibidor era suficiente prueba de la inocencia parcial de Lisa. Era imposible ponerse uno de esos collares sin colaboración.
Eliana Poluaro había certificado que se trataba de un artefacto que solamente podía retirar la persona que se lo había colocado.
Por supuesto, quienquiera que lo hubiera hecho se había encargado de silenciar la información, además de la identidad del instigador del robo de mi colgante, y era casi seguro que los dos nombres coincidían.
Abandoné Sotobóveda caminando sobre la piedra húmeda y me ceñí el cuerpo con los brazos.
Había olvidado un libro de alquimia en el Laboratorio y había salido corriendo de manera precipitada de la Gran Biblioteca, olvidando la capa.
Estudiaba las propiedades del latón, el material del que estaban hechos los anillos de Ismael, y necesitaba el libro para averiguar sus propiedades de transmutación.
Me sorprendía que Ismael estuviera vinculado con un material de los considerados sencillos, menos eficaz que otros, aunque lo que sabía hacer con los dedos cuando movía los anillos y a sus adversarios como un titiritero era cualquier cosa menos mediocre.
El frío se me introdujo en el cuerpo y me daba la sensación de que cada vez que respiraba perdía calor.
Bajé la cabeza y soplé mi aliento tibio en el cuello de la camisa, tras lo cual me permití una imaginaria sonrisa liberadora.
Mis días distaban mucho de ser tranquilos, y las semanas siguientes quizás serían peores, pero no lograba desprenderme de la sensación de estar donde deseaba.
Un par de zapatos de cuero me bloquearon el paso.
Me abracé con más fuerza. Ismael Sagredo no me daba tregua.
Había aceptado colaborar conmigo en la investigación a cambio de que mejorase mi forma física, además, por supuesto, de continuar con mi aprendizaje de las artes, que seguía estudiando de manera más teórica que otra cosa.
Me había impuesto un programa de entrenamiento destinado a recuperar los fundamentos de la respiración que había desarrollado corriendo, y me obligaba a hacer al menos treinta largos en la piscina cada día.
En todo aquel tiempo con él, sin embargo, no había tenido ocasión de hablarle de Lisa, salvo para mantenerlo informado de los avances de su liberación.
Todo indicaba que mi incursión en el islote de Reclusión había pasado desapercibida y nadie sabía que tenía su rubí.
De cuando en cuando me sorprendía pensando en el vínculo que unía a Ismael y a Lisa, y me preguntaba qué hilos lo urdían.
A mi modo de ver, era evidente que la despreciaba, pero eso no excluía otros matices que no saltaban a la vista.
¡Quién mejor que yo para saberlo! En ese momento estaba ante mí y no tenía ni idea de cómo enfrentarme a él.
—Mírame a la cara, hija de Mérope.
Me estremecí. No era la voz de Ismael, sino la de Jacopo Altieri, que me señalaba apuntándome con su anillo de diamantes y las maneras de alguien a punto de librarse de un gran peso.
—¿Sabes que por tu culpa están a punto de soltar a Lee Sun?
Sus palabras me cogieron por sorpresa y tuve que alzar los ojos y analizar su expresión furiosa para darme cuenta de que no bromeaba.
—Solo busco la verdad —fue todo lo que pude responder antes de intentar dejarlo atrás. Quería quitarme de encima su mirada malvada y el frío, porque me estaba congelando.
—¿Quieres la verdad? Sun por fin estaba recibiendo su merecido, después de años, y tú la sueltas para cumplir tus propósitos.
Sus palabras eran como ramas cortantes, y yo suponía que hundían sus raíces en algún hecho del pasado del que Lisa probablemente era culpable.
—¿Qué ocurrió entre vosotros? —pregunté, valorando si reexaminar mi cercanía con Lisa, lo que complicaría mi búsqueda. El rostro de Jacopo, sin embargo, estaba tan tenso y sus ojos tan abiertos que temí que lo sucedido fuera algo terrible.
Se limitó a negar con la cabeza.
—No es asunto tuyo. Te bastará con saber que, si queda libre, será solo culpa tuya.
Seledia era un lugar seguro antes de que llegaras, y ahora tenemos una ladrona, un ruginoso y…
—Dejó la frase en el aire, pero agitó la lana de la capa y descubrió su cinturón de cuero.
Además de una serie de frascos y pequeños bolsillos, llevaba una pequeña bolsa colgada de una anilla.
Sobre la tela se leía la palabra «litio».
Palidecí y sentí como si se me derritieran las rodillas.
—No entiendo qué quieres decir —dije, intentando parecer firme.
—Yo tampoco lo entendía del todo, pero me encontré esta bolsita en Sotobóveda, donde Ismael y tú acostumbráis a esconderos. El litio es de uso común en Seledia, pero esta no es la típica bolsa del suministro educativo. Me pregunto por qué estaba allí.
Hundí las manos bajo las axilas para impedir que viera cómo me temblaban los dedos.
—No es asunto tuyo.
Con las piernas aún vacilantes, me encaminé hacia uno de los puentes cubiertos que conducían al Laboratorio.
«No puede saberlo, no puede saberlo», fue la única frase que ocupó mi cerebro mientras caminaba. Una bolsa de litio no demostraba nada; formaba parte del equipamiento normal de los magos. Me alejé e intenté imponerme esa convicción.
Enseguida noté que mis pasos se tornaban pesados, como si estuviera agotada, y que a mis rodillas les costaba moverse.
Ya no era el nerviosismo, sino que mis piernas estaban bloqueadas de verdad.
Miré hacia mis zapatos y descubrí que la piedra del puente se había transformado en arena y que las losas formaban un sendero de granos dorados que me engullía los pies.
Intenté echar a correr, pero mi peso me empujaba todavía más hacia el fondo, hasta que mis piernas se hundieron en la arena.
Forcejeé y me agarré al parapeto del puente.
Esperaba que los elementos decorativos fueran lo bastante resistentes para sostenerme.
Al girarme, vi a Jacopo con las manos apoyadas en el suelo y un gesto de rabia dibujada en la cara.
—¡Deja que me vaya! —le grité, mientras un par de magos echaban a correr hacia mí desde el otro lado del puente.
—¡Alto! —bramó Jacopo, dirigiéndose a ellos y a las escasas personas presentes—. Quien intervenga responderá ante mi padre.
Por lo poco que conocía a magister Altieri, la clemencia no era una de sus cualidades. La pareja de magos intercambió una mirada tensa.
Obviamente, entre el hijo de uno de los magistri , además de uno de los magos más poderosos de Venecia, y una recién llegada a Seledia, resultaba sencillo intuir por quién era más sensato tomar partido. Yo era una causa perdida, no valía la pena asumir ese riesgo.
Jacopo tomó un puñado de arena y, a partir de los granos que dejó caer, se formó una estrecha pasarela de piedra, inalcanzable para mí, pero perfecta para que él se acercara y me mirara de arriba abajo mientras yo me hundía cada vez más.
—¿Se puede saber qué te he hecho? —vociferé, agitándome para desplazar el montón de arena que me rodeaba las rodillas y los muslos. Era una lucha desigual, un esfuerzo que me hacía debatirme como una mosca en una trampa. Y Jacopo era la araña que se aproximaba lentamente.
—¡Ocupas un sitio que no te pertenece! ¡Has traído aquí a una delincuente y ahora actúas como si este lugar fuera tuyo! —gritó. Sus palabras ardían con una ira que yo no acertaba a comprender.
—De acuerdo, tal vez no sea una maga como vosotros —admití, asiéndome con más fuerza al parapeto, que era mi única tabla de salvación mientras la arena me envolvía las caderas—. ¿Por qué te molesta tanto mi presencia? ¿No consigues practicar tu magia? ¿Te estorba que esté aquí?
Él soltó una risita cruel.
—¿Sabes cómo te llama Ismael? Pseudomaga. Una pseudomaga y una semidelincuente que se pasean por la prestigiosa Academia de Seledia. Este lugar no es para vosotras. ¡Sois basura!
Sus palabras treparon por mi garganta y me estrangulaban.
—Yo solo quería estudiar magia…
Jacopo se abalanzó sobre mí y estrujó la pulsera de Domiziana.
—Borra esa palabra de tu boca. Nada mágico podrá pertenecerte jamás. —Tras decir esto, cerró los dedos hasta hacerla trizas.
Sentí un rasguño en la muñeca. La piedra se quebró y sentí una punzada dolorosa.
Entonces me invadió una ola abrasadora que azotó mi piel, como una explosión de calor que, de repente, me hizo tomar conciencia de cada célula que latía en mi cuerpo, de cada gota de sangre que circulaba sin cesar. Todo ardía.
Retiré la mano del parapeto y me observé la palma, a la espera del estremecimiento entre una sacudida de dolor y otra.
No se produjo. No obstante, el calor permanecía, y solo entonces me di cuenta de que en realidad no me había hecho daño.
Había sido repentino y fulgurante y había colmado mis extremidades, llegando hasta los extremos más alejados de mi nuevo centro candente. Me había reavivado.
Miré a Jacopo. Lo vi de verdad por primera vez. No solo a él, sino también su magia, que se difundía en una red de grietas tan hondas como para recortar el aire en torno a su figura. Estaba petrificado y desconcertado, y aún sostenía un trozo de mi pulsera.
Retrocedí ante la energía que emanaba de la piedra, un pozo hambriento con un fondo demasiado lejano para poner llenarlo, pero que llevaba días nutriéndose de mí, de mi calor.